Comienzo a leer esta mañana un libro que me parece «anti-sentido común». Se llama: “El enigma cuántico. Encuentros entre la física y la conciencia”, (Tusquets Editores). Leo en esta primer capítulo: «La mecánica cuántica establece que la propia observación crea la realidad física que observa», poniendo así en solfa intuiciones de «sentido común» como que un objeto no puede estar en dos sitios a la vez, o que lo que sucede aquí no puede estar afectado por lo que sucede en un lugar muy lejano.

Descubro la importancia de la observación, de la atención, de la toma de conciencia. Esto me parece importante: no basta con “creer” que Cristo era «verdadero Dios y verdadero hombre», o que hubo «otras Encarnaciones de Cristo», o «creer» en la Trinidad. A veces, tengo la impresión de que se nos proponen «verdades que creer», pero no se nos entrena para «observar, centrar la atención, tomar conciencia» de las «realidades» que existen detrás de esas verdades.

Esto me lleva a una conclusión, , a mi juicio de mucha importancia: esas «verdades» que se nos proponen, en realidad no existen para nosotros, porque lo que crea la realidad “física” de esas verdades es, de alguna manera nuestra observación, nuestra atención, el tomar conciencia de ellas.

Tengo pánico a acaparar la atención, la conciencia, con estas pequeñas entradillas con que presento mis envíos. Si alguien se queda en éstas y no centra su observación, su atención, su conciencia en las «realidades» que se incluyen en cada envío, cometería la mayor aberración: centrar la atención del que esto lea en las hojas del bosque y no en la realidad que se crea con nuestra atención más allá del «sentido común».

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

CAPÍTULO 5

Las grandes verdades (5ª parte y última)

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre

 Una de estas vías de infiltración pasa por la misma Iglesia. La Iglesia católica acaba de atravesar una de sus crisis más profundas. Solo lenta y penosamente sale de ella. El racionalismo había invadido la teología a sus niveles más profundos, el de los profesores de facultades de teología a través del mundo. Y, como siempre, sin que los fieles se diesen demasiada cuenta, este cristianismo desnaturalizado, vacío de sustancia, es el que se enseñaba ya a todos los niveles, hasta en los manuales para niños. Pero solo se trata aquí del triunfo momentáneo de una vieja tendencia que tratará por otra parte de imponerse siempre: la pérdida de la fe, con todo lo que ella tiene de locura para la razón humana normal. Pierre Monnier denunciaba ya este peligro: No utiliza evidentemente el lenguaje de los teólogos, pero confiesa claramente su fe.

P. «Desconfiad de las teorías debilitadoras de ciertos teólogos espiritualistas que, por caminos sutiles, llegan al positivismo más peligroso. So pretexto de ser razonables, minan todo lo que les parece maravilloso en la Biblia, especialmente en el Evangelio; pero el Evangelio no puede despojarse de lo maravilloso (me refiero de lo que parece maravilloso a vuestros ojos materiales), porque todo él se apoya en lo que vosotros llamáis un milagro. La venida de Dios al mundo, encarnado en su Cristo, es un milagro.» (23/12/1918).

Permitidme presentaros aquí los resultados de una encuesta que ya cité en detalle en La Vierge du Mexique. Se la debemos a Herald Grochtmann que la publicó en 1993. Se trata del número de teólogos de lengua alemana, católicos o protestantes, que aún creen en la realidad de los milagros, incluidos los que se refieren a los narrados en los Evangelios. Cita en primer lugar 23 para los que jamás hubo milagros; después 63, para quienes incluso los milagros de los Evangelios son muy poco probables. Por tanto 86 en total no creían en los milagros. Solo le quedan ya 26 a los que para Dios todo es posible y, por tanto, también los milagros. (Harald Grochtmann, Unerklûrliche Ereignisse, itherprufle Wunder undjuristische Talsachenfesistellung, Verlag HI. Pater Maximilian Kolber, 1993, p. 211-227).

P. «Os suplicamos que no os dejéis engañar por las teorías racionalistas que llevan a los filósofos cristianos a temer ante el temor de una superstición o de una confusión… lo que les lleva a ver en Cristo solo al mayor de los profetas y al más glorioso de los hijos de los hombres.» (06/05/1924).

P. «Dios tomó la forma humana de Jesús, Dios vivió como un hombre entre los hombres. ¡De esta verdad, no hay que dudar nunca! es un misterio… ¡un misterio de amor que nos supera!… basta con creerlo por convicción y no con dudas: este misterio es un hecho.» (14/11/1919). Lee el resto de esta entrada »

Escucho una tertulia en un canal de TV. Hablan de los partidos políticos que han ido surgiendo después del 15M. «Son “populistas” y “antisistema», repiten especialmente los representantes de PP y PSOE. Y explican: «”populistas” porque dicen solo lo que el pueblo quiere oír, “antisistema” porque quieren cargarse lo que penosamente hemos adquirido con la democracia. Noto diferencias con lo que me dice mi diccionario “Le petit Robert”: “populista: el que pinta con realismo la vida del pueblo”; “antisistema: el que va contra la armadura económica, política, moral, de una sociedad determinada considerada como alienante, coactiva” [cf.LPR].

Comparo estos términos con los contenidos de este libro de François Brune, especialmente con lo que dicen desde el Más allá Pierre Monnier y Roland de Jouvenel sobre El Maligno, Satán, El Demonio … He aquí algunas afirmaciones: «Cristo os habló de un poder del Mal, nacido de nosotros y por nosotros»; «Satán es una poderosa entidad espiritual a la que cada uno de vuestros pecados permite vivir»; «Satán es un centro, un dinamismo, una personalidad espiritual opuesta a Dios»

Deduzco: Satán es una especie de “sistema del Mal opuesto a Dios”; también el sistema de sociedad que nos hemos dado se opone a Dios, porque no persigue con contundencia las corrupciones que afloran en la sociedad: casos como “Gürtel” en Madrid y Valencia, “ERE” en Andalucía, “Banca Catalana” en Cataluña, “tarjetas black” en Madrid… Cada uno puede seguir poniendo casos desde Galicia a Castilla La Mancha, a Castilla y León, a Asturias… etc. ¿Y qué decir de los despilfarros en aeropuertos, en autopistas a ninguna parte, etc? Seamos sinceros, ¡¡¡todo esto no se persigue con contundencia!!!

Concluyo: Los que permitimos todo esto somos «el sistema injusto que ha nacido de vosotros y a través de vosotros»; somos «como una entidad espiritual a la que cada una de vuestras fechorías permite vivir»; somos «como una entidad espiritual opuesta Dios». Por eso debemos cambiar, debemos ser «populistas», para describir con realismo la vida del pueblo y poder canalizar su indignación y sus aspiraciones. Y debemos ser también “antisistema”, para actuar contra este sistema del Mal, contra esta sociedad nuesta tan injusta, tan explotadora y tan poco o nada cristiana.

No equivoquemos los términos.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

CAPÍTULO 5

Las grandes verdades (4ª parte)

El Maligno

El diablo no es un mito

P. «¡El diablo!… ¡¡símbolo… dicen los incrédulos de vuestro siglo!! ¡Oh, no! Satán es una poderosa entidad espiritual a la que permiten vivir cada una de vuestras faltas: el residuo de vuestras faltas son su alimento y vuestro pecado es el que la sustenta… Al lado de nuestras almas que vivieron en cuerpos humanos materiales y subsisten luego en cuerpos humanos espirituales hay innumerables espíritus que han salido de las obras del hombre. La autoridad que nos da sobre ellos nuestro origen divino nos permite dominarlos con toda la fuerza otorgada por el Padre omnipotente. Sin embargo, nos vemos obligados a contar con estos fantasmas que emanan de nuestra carne… me refiero con esto a nuestras acciones, buenas o malas.» (09/12/1920).

P. «¡Cuándo recordaréis que “los hijos del Maligno” no son un mito y que san Pablo os puso en guardia “contra los espíritus malos” (Ef. 6,12) que os rodean?» (27/01/1924).

P.«¡Ah! ¡rezad! ¡rezad, queridos míos! por los pecadores empedernidos, por los ángeles encadenados, por los propios espíritus malos, los “vagabundos del aire” (Ef. 6, 12) que señalan los Libros sagrados…» (23/08/1923).

P. «No os dejéis intimidar, ni desanimar: si el “Malo” y sus discípulos tienen el poder, Dios y su Cristo tienen la potencia… y me gustaría que comprendieras la diferencia que señalo entre dos palabras que son casi sinónimas. Sí, Satán puede hacer el mal, tiene el deseo y el poder; pero el Hijo de Dios, el Amor increado, posee la Omni-Potencia invencible, contra la que se estrellará el “poder” del que quiere el mal. A los hombres les toca elegir, con toda libertad, la bandera que seguirán.» (18/02/1928).

P. «No busquéis a los hijos de Satán solo en el mundo material, o más bien, comprendedlo, esos criminales contra Dios y contra los hombres, cuyas obras os horrorizan, son gobernados, dirigidos… yo diría más, poseídos por los “espíritus malos que dan vueltas en torno a los hombres”. Recordad las palabras del apóstol: “No es contra la carne y contra la sangre contra las que tenéis que luchar, sino contra los príncipes de las tinieblas de este siglo, contra los espíritus malignos de las regiones celestes” (Ef. 6, 12)». (29/08/1931).

Roland de Jouvenel confirma la existencia de estas fuerzas del mal que actúan contra nosotros. Informa de ellas a su madre:

R. «Mamá, deja los acontecimientos que te sacuden por todas partes. Te lo había advertido. Fuerzas demoníacas se muestran crueles contra ti. ¿Cuáles son las conclusiones que debes sacar de esto? Dios quiere que permanezcas liberada de todos los lazos…» 23-11-1947. Lee el resto de esta entrada »

En la primera clase del curso sobre Física Cuántica que dio María Victoria Fonseca en febrero de este año, tratando de explicar el objetivo del curso, decía citando a un autor: «Yo no estoy aquí para explicar ciertas cosas, sino para crear cierta cualidad dentro de ti, ESTOY AQUÍ PARA TRANSFORMARTE… El secreto está más allá de la materia». Algunos se sintieron decepcionados: «¡Esto no es física cuántica!», decían. Otros vieron en este planteamiento un modo de explorar el mundo interior y su relación con el universo físico. En este contexto leía yo la frase que siempre nos repetía: “¿Dónde está tu atención?…”

Me parece que ocurre algo parecido al leer lo que dicen Pierre Monnier (entrega anterior) y Ronald de Jouvenel (en este caso) sobre la Creación. No es algo puramente intelectual lo que dicen. Es algo que podríamos llamar “noético”, porque incluye la razón, los sentidos, el sentimiento, la intuición… No buscan ilustrarnos “científicamente”. Van más allá de la ciencia. «Todo vive», dicen, pero van más allá. Descubren el origen de esa vida y dicen que la ciencia será el camino para que los hombres lo descubran. Me parece que, más allá de lo que dice Roland sobre la “antimateria”, sobre la “superestructura” que crece más allá del “cero absoluto”, sobre las “ultramoléculas”, etc., tenemos que ser capaces de abrirnos a nuevas ideas y transformarnos…

“La mente es como un paracaídas … no sirve si no se abre”, se nos decía también en el curso. Y solo si la abrimos, entonces, podremos adentrarnos en ese Universo, salido de Dios y compuesto de “materia divina”. «Dios -dice Pierre Monnier- os ha dado “Su influencia”, esa corriente que va desde Su “centro dinámico” hasta los hombres». Esto nos permitirá comprender un poco toda la teología de las «energías increadas» de la tradición ortodoxa. «Ellas son emanación de Dios, pero no dejan de ser Dios mismo que se da en participación… Aquí está toda la teología de la divinización del hombre de los Padres griegos…»

La creación así entendida lleva, a mi juicio, a una “transformación”, a crear, como se nos decía en la clase a que antes he aludido, a crear una cierta cualidad dentro de nosotros. Los Ángeles ―sean “ángeles de la guarda” o espíritus de hombres separados de la carne―, tienen, en este contexto, una función importante: acompañarnos en los esfuerzos que hagamos para esa divinización de que hablaban los Padres griegos.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

CAPÍTULO 5

Las grandes verdades (3ª parte)

La Creación (continuación)

Creación del hombre (continuación)

Roland de Jouvenel está realmente en la misma línea:

R. «La materia vive, el polvo vive, el agua vive, el hierro, el cobre, el cristal, todo vive, y este conjunto de átomos se mueve por el mismo principio que rige al hombre. Puesto que la materia vive, tiene también su voluntad y, muchas veces, se dedica a reproducir la creación; lo que da la posibilidad a manchas de agua o de moho, de tomar formas humanas. En el polvo, pasos; en la piedra o en el suelo, dibujos de animales, figuras, siluetas, e incluso a veces espectáculos enteros que se forman… Materia viva obsesionada por el hombre hasta el punto de que se las ingenia incansablemente para representarlo. Aprended a descifrar el mundo misterioso que prolifera a vuestro lado.» 12-1-1954.

Pero evoca también a veces un punto de vista verdaderamente metafísico muy importante, en fórmulas muy ajustadas:

R. «La nueva forma de saber se hará por el estudio del cosmos. De este trabajo nacerán evidencias con las que el hombre redescubrirá al Creador que está totalmente en la Creación, mientras permanece fuera. La ciencia penetra en una era nueva; superando lo visible, da un salto hacia el descubrimiento del misterio.» 13-11-1953.

En la mayoría de las tradiciones religiosas, se encuentra un presentimiento de todo esto. En los bajorelieves del Egipto antiguo se ve con frecuencia un disco solar del que parten rayos que terminan en manos. El sol está, a la vez y al mismo tiempo, en el fondo del firmamento y muy cercano a nosotros por la suavidad de sus rayos que vienen a acariciarnos el rostro. El Bhagavad-Gita expresa perfectamente esta presencia de Dios en todas las cosas evitando el panteísmo:

«Yo soy el Sol, que reside en el corazón de todos los seres. Soy el comienzo, el medio y también el fin de todos los seres. (X.20)… En el exterior y dentro de todos los seres, inmóvil y móvil, con una sutileza imperceptible; muy cerca y muy lejos de nosotros esta Esto. Indivisible, reside en todos los seres, como si fuera compartido. El es Lo que sostiene a todos los seres; El absorbe y El genera.» (XIII, 15-16).

Me permito aquí concretar un punto importante de la teología de los Padres griegos, confirmada a mi juicio por la experiencia mística de nuestros santos de Occidente. La presencia de Dios responde a lo que acaba de decirse, pero también del Cristo en su naturaleza humana. Por su unión, en Cristo, naturaleza divina, su propia naturaleza humana participa en las propiedades de la naturaleza divina. Se encuentra así, a la vez toda entera en cada uno (como si fuera compartida) y al mismo tiempo indivisa. Así ocurre también por otra parte con la hostia consagrada. Para los Padres griegos, observaba el Padre Malevez, nuestra naturaleza humana era en Cristo «una realidad ideal numéricamente una, inmanente en cada uno de los individuos según su totalidad no multiplicable e indivisa.»[1] «Indivisible, reside en todos los seres, como si fuera compartido», decía Bhagavad-Gita. Lee el resto de esta entrada »

A finales de los años 70, en la universidad católica más importante de Roma se explicaba, como gran novedad, “el pecado original en la perspectiva evolucionista”. Si los profesores que explicaban así el pecado original hubieran leído lo que aquí dice Pierre Monnier sobre la “creación del hombre” habrían tenido, probablemente, más claras algunas ideas sobre este tema y, consecuentemente, sobre el pecado original.

Sobre el pecado original hay en este texto de Pierre dos frases relacionadas que me parecen en Pierre Monnier muy novedosas y que no acabo de entender. La una habla del «dogma de la preexistencia del hombre, puesto en la tierra para “realizar sus pruebas”». En la otra, habla del «inmenso orgullo que le había hecho culpable, al mismo tiempo que a los ángeles que obedecen a Satán, el culpable por excelencia». ¿Se refiere aquí Pierre a un pecado cometido por el hombre en su «preexistencia» al mismo tiempo que los ángeles que pecaron contra Dios?» Esto no lo acabo de entender. Dejo solo constancia de lo que me ha llamado la atención.

Sí que están claras, sin embargo, varias cosas que aquí dice Pierre. Por ejemplo, que Adán es el nombre de la humanidad, llegada a una cima de la evolución física de su cuerpo animal y capaz por ello de recibir el soplo espiritual de Dios. La Biblia lo sitúa por eso como el Primer Hombre…

Hay otra cosa también que está clara en Pierre: el centro de la vida del alma es un fragmento de la perfección de Dios y permanece, por eso, inmutable. Así, hay una parcela de nuestro ego que, siendo Dios en nosotros, puede proclamar como el mismo Dios: yo soy. Esta es la personalidad que permanece, que es y que es llamada a la eternidad

Hay que leer también con atención lo que es en Pierre una especie de “profecía” relacionada con la ciencia: «Estáis a la orilla de grandes océanos inexplorados». Estos textos de Pierre hay que leerlos con mucha atención, porque rompen moldes existentes y nos adentran en un mundo inmenso…

«El cartero de Pierrre»

¡Buen día!

 

CAPÍTULO 5

Las grandes verdades (2ª parte)

La Creación (continuación)

Creación del hombre

P- «Me has preguntado por qué he hablado de los hombres anteriores al que vosotros llamáis “Adán” y al que la Biblia sitúa como el primero de todos. Ya te he dicho que la humanidad evolucionaba lentamente más allá de la animalidad, de la que, sin embargo, había sido distinta por esencia. Cuando el hombre que llamáis “Adán” recibió el soplo espiritual de Dios, él fue realmente el Primer Hombre; pero había existido una ascendencia y ese ser primario que precedía a Adán había tomado conciencia poco a poco de una Fuerza todo-poderosa que lo dominaba: Dios. La certeza de la existencia de Dios fue sin embargo el nacimiento espiritual del hombre en Adán. Todo lo que te digo está contenido en los relatos que componen el Génesis… ¡pero vosotros no sabéis leer estas cosas!» (23/09/1919)

P. «El origen de la humanidad no es la tierra, porque el cuerpo no es el ser creado por Dios, sino el espíritu; ahora bien, el espíritu del hombre precedía en Dios, a la tierra y a la carne.» (19/09/1928).

P. «El dogma de la preexistencia del hombre, puesto luego en la tierra para “realizar sus pruebas”, parece a algunos incompatible en cierta manera con los textos del Génesis, que nosotros sostenemos conformes a la verdad bajo una forma ingenua y mística; nada de eso. Estos preocupados de las investigaciones de la ciencia teológica oponen a nuestra enseñanza la creación de los humanos terrestres… “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza” (Gén 1, 26); ya he explicado que Adán es el nombre de la humanidad, llegada, según la orden de Dios, a una cima de la evolución física de su cuerpo animal, y convertido por ello en capaz de recibir el soplo espiritual. Dios había preparado para el hombre-espíritu que se había rebelado contra las esferas celestes, el cuerpo que debía recibirlo y que se desarrollaría lenta y gradualmente, como se formaba el mismo mundo terrestre. Así pues, el texto del Génesis no se relaciona con la estructura del hombre (puesto que, con absoluta evidencia, ninguna criatura podría compararse con la Espiritualidad íntegra y completa, Dios), sino con la semejanza concedida por el Todo-Poderoso: “el conocimiento del Bien y del Mal”[1], la independencia espiritual, en una palabra, que confirmaba al hombre como rey de la tierra, tal como él lo había pedido en su inmenso orgullo, que le había hecho culpable al mismo tiempo que a los ángeles que obedecen a Satán, el Culpable por excelencia.

La evolución física de la Creación es un hecho incontestable; ahora bien, para vosotros mismos es cierto que el hombre está dotado de la superioridad psíquica y espiritual, que lo coloca por encima… realmente por encima de las razas animales que lo rodean. No habría ninguna razón para admitir esta superioridad incontestable, si su causa (o más bien el origen mismo del ser humano, y con este título entiendo no solo el cuerpo, sino el espíritu único en la creación terrestre que anima a este cuerpo) no tuviera una base inicial diferente. A todas las criaturas animadas de la tierra otorgó Dios un alma; pero solo el hombre podía hacer fructificar espiritualmente esta alma, porque era espíritu antes de su estadio terrestre (una prueba que él solicitó y cuyos peligros Dios le demostró, asemejándole durante muchos siglos a la animalidad que le precedió en la materia). Esta es la razón de que haya mundos ―entre los más grandes y los mejor organizados― que no están habitados constantemente por una raza que se parece a la humanidad.» (14/08/1930). Lee el resto de esta entrada »

El día que preparo esto está efervescente el conflicto entre el gobierno de Cataluña y el central. El periódico”El País” titula: “Mas desafía el Constitucional y crea la junta para votar el 9N”. Veo este conflicto desde la perspectiva de Pierre sobre la Creación y estas discusiones me parecen enanas. Destaco algunas cosas que me llaman la atención en Pierre:

Creación = vida. Cuando leáis esto, veréis vida por todas partes. ¡Los cielos evolucionan, cambian, se transforman! ¡Nuestra galaxia y todas las del universo desbordan formas de vida! ¡Pierre descubre mundos y mundos y se da cuenta de que los hombres no estamos solos en el universo!

Creación = unidad. Con la vida, descubre también otra cosa importante: la unidad con el universo. Se ve formando una unidad con el universo. No era un sentimiento religioso, es simplemente que solo forma una unidad «con el absoluto, con la vida, con la conciencia…».

Creación = continuo movimiento. Pero nada más lejos en Pierre que considerar a la Creación como algo estático. Todo está en movimiento: la parcela pequeña gira en torno a un centro, que es atraído por otro centro y así, infinitamente, hasta el centro absoluto: Dios. La tierra no está al margen de este movimiento: está compuesta de vibraciones, no exclusivamente terrestres, sino universales, que están en movimiento…

Creación = unidad de espíritu y materia. La materia y el espíritu son una misma cosa en distinto grado de condensación. «Cada átomo que gravita en el Todo es un elemento distinto, salido de Dios», dice. Esto nos permite comprender que el hombre fue creado “a imagen de Dios”: «Dios, como todo padre que engendra, transmite a sus hijos su propia sustancia». Por eso somos hijos de Dios, porque «El nos ha hecho nacer de Él, comunicando a Su criatura Su carne y Su sangre espirituales». ¡Nunca había leído algo tan claro!

Desde esta perspectiva, ¿es posible ser “nacionalista” español, catalán o vasco?

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

CAPÍTULO 5

Las grandes verdades (1ª parte)

La Creación

Hay que prevenir al lector que Pierre no recibió formación científica ni teológica. Los términos empleados no siempre tienen el rigor deseado. Se trata más bien de la descripción de lo que él ha visto y comprendido, algo así como un turista nos cuenta lo que ha visto en un país muy distinto del nuestro, del Extremo Oriente, por ejemplo. Su testimonio no por ello abre menos perspectivas extraordinarias en el campo de las ciencias y de la teología. Son textos para meditar, no confundirlos con todas las elucubraciones de «Nueva Era», aunque no todo es rechazable en este movimiento.

La inmensidad del universo

P: «Ante la eternidad, el tiempo no se puede ni medir, ni contar, y vosotros formáis parte de la eternidad ―nosotros formamos parte de la eternidad, debería yo decir… ¡habría incluso que concretar más y afirmar: “¡nosotros formamos parte de lo eterno!” Es un misterio para el espíritu humano.» (07/09/1919).

P: «¿Creéis que no existía nada antes de la Creación que veis, o adivináis, o admitís? ¿esos espacios ilimitados donde gravitan innumerables mundos ―los mundos marchitos, muertos, los mundos vivos, los mundos en formación? ―¡Por supuesto que sí! Al igual que los hombres, los mundos ―ínfimas partículas animadas por el Espíritu vivo― están formados por “fuerzas errantes”, si puedo hablar así, que se juntan durante un tiempo, luego se separan, después muestran otros “rostros”. Vosotros contempláis el Cielo, detenéis vuestras miradas en las constelaciones de vuestros dos hemisferios… pero ¿creéis que esas constelaciones están inmóviles en su conexión característica?… ¡qué error! Todos los sistemas solares están llamados a desaparecer, a agruparse de distinta manera, a servir para otras combinaciones siempre razonadas y reguladas por la Voluntad divina… ¡Y vosotros tenéis la pretensión de zanjar las cuestiones!» ¡de comprender el misterioso lenguaje de la creación en sus efectos más sutiles y más perfectos, detrás de su espiritualidad fundamental que vosotros no podéis conocer!» (17/01/1923).

Esta visión de la inmensidad del universo no era todavía posible en 1923. Aún no se hablaba de exoplanetas, de agujeros negros, de colisiones de galaxias. Por otra parte, no dejamos de ir descubriedo. Hubert Reeves trata de comunicarnos su deslumbramiento ante la amplitud del universo: «¿Cuántas galaxias hay? ¿Millones de miles de millones de miles millones… de miles de millones? Aún más. Siempre más.»[1] Lee el resto de esta entrada »

Al leer esta segunda parte del capítulo 4 me llamaron la atención dos palabras de Pierre que cita el P. François Brune: «dogmas supernumerarios».

¿A qué dogmas se refiere Pierre? ¿Qué significa «supernumerario»? Traté de descubrirlo. “Le Petit Robert” dice que se refiere a “una cantidad que supera un número fijo”. Según esto, Pierre querría decir que la Iglesia aleja a los que “no reconocen un número fijo de dogmas”. Pero ¿a qué dogmas se refería?

Dado el contexto, me parecía que se podría referir a determinadas verdades de las que se “discutía” en la Iglesia y que complicaban el modo de entender frases lapidarias, breves y concretas, como: “Yo soy el camino”, “amaos los unos los otros”…, esenciales para trasmitir y mantener el Cristianismo. Pero para asegurarme, le envié al P. Brune el siguiente correo: “¿A qué crees que se refiere Pierre con esos «dogmas supernumerarios»? A mí me parece que pueden significar que, frente a la simplicidad de las fórmulas del Evangelio, como: “Yo soy el camino”, “amaos los unos a los otros”, etc., la Iglesia complica a veces las cosas, haciendo creer a los fieles e imponiéndoles cosas que no nos “suenan” a Evangelio. Me gustaría, en resumen, saber tu opinión sobre lo que Pierre entiende por «dogmas supernumerarios». Un fuerte abrazo. Alfredo».

El P. Brune me respondió a vuelta de correo: Yo creo que Pierre Monnier se refiere a dogmas más tardíos y no esenciales (aunque se crea en ellos), como la infalibilidad pontificia (año 1870) o incluso la inmaculada concepción de la Virgen (8 de diciembre de 1854) y su Asunción (1 de noviembre de 1950.”. Encuentro más razonable su opinión. La mía me parece más complicada, porque Pierre habla de «dogmas».

Lo que también comparto con el P. François, después de lo que llevo leído de su teología, es lo que al final de este capítulo dice sobre que él ha seguido una corriente de pensamiento que existe desde los orígenes, «pero que la invasión del racionalismo en la Iglesia católica nos ha impedido tomar en consideración»

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

CAPÍTULO 4

Los fundamentos de la fe (2ª parte)

El papel de la teología

P. «¡Renunciad a vuestras discusiones!… ¡renunciad a vuestras discusiones!… ¿dio Jesús a los hombres varios evangelios? ¿dijo Jesús algo distinto de estas sencillas líneas de vida: “Yo soy el Camino”, el que quiera seguirme que renuncie a sí mismo; os doy un mandamiento: que os améis los unos a los otros?» Toda la síntesis de su enseñanza se concentra íntegramente en estas palabras tan claras, tan llenas de sabiduría superior: la sabiduría de Dios…Los dogmas deberían razonablemente nacer de estas certezas, porque la enseñanza del Salvador de los hombres no podía propagarse sin afirmaciones bien asentadas: “Nosotros decimos lo que hemos visto…”(Mt 11, 25), insistía el apóstol, como motivo irreprochable y sin contexto de su fe. Esta certeza tenía que expresarse en estilo lapidario, en palabras breves y concretas, fáciles de transmitir a los individuos y a las naciones, hasta el final de los tiempos; de aquí nacieron los dogmas; se hicieron indispensables para el mantenimiento infalible del Cristianismo en su integridad. Sin embargo, ¿es justo alejar del círculo sagrado de los hijos espirituales del Mesías a los que no reconocen los dogmas supernumerarios, establecidos por la Iglesia según las necesidades temporales (con frecuencia muy arbitrarias) cuya comprensión de los hombres burla a veces la lógica divina? Dios ha señalado una línea de fe tan fácil… Pero este Dios (justo, porque es comprensivo) ¿ha impuesto una fórmula única de fe? ¿Por qué iba a hacer esto? La renuncia y el amor que llevan al alma a la Vida eterna (es decir al mismo Dios) esta en la fe que hay que practicar y el cristiano la practicará con toda naturalidad. Cuando el amor ocupa todas los rincones del alma, llega necesariamente a Dios, cualquiera que sea el camino que ha elegido». (15/02/1923).

P. «Te lo he dicho muchas veces: soy ya incapaz de trazar caminos en la teología o de trasformar los métodos y revolucionar a la Iglesia ofreciéndole nuevas directrices. Atraigo simplemente la atención de aquellos con los que, en la tierra, compartí la doctrina y la fe, y los prevengo de un error importante en su teodicea, en la forma y en el modo de culto según los Reformadores; estos querían volver a las tradiciones de la primitiva Iglesia… pero la confesión es uno de los ritos más necesarios para la eficacia espiritual del bautismo purificador…». (06/05/1923)

Para Pierre Monnier, solo las experiencias espirituales:

P. «reúnen en una sola todas las ramas del Cristianismo que divide el orgullo de los creyentes; estos no admiten que sea legítimo a otras conciencias expresar de forma distinta las fórmulas vitales de la fe. Pero, lo repito: las experiencias son convincentes para las almas y quienes las han vivido solo pueden rechazar los argumentos de las demás». (10/03/1922) Lee el resto de esta entrada »

Como fundamento principal de nuestra fe, Pierre Monnier coloca la autenticidad de las Escrituras. Pero aquí conviene comenzar por el principio. ¿Se comunicó Dios en el Antiguo Testamento a través de los profetas y de los escritores sagrados? ¿Se comunicó en el Nuevo Testamento a través de Jesús y en Jesús de Nazaret? Y otro paso más: ¿se comunica Dios a través de “mensajeros” como Pierre Monnier y Roland de Jouvenel? Cuándo éstos dicen hablar en nombre de Dios, ¿cómo hay que entenderlo? Y otro paso todavía más difícil: ¿se comunica Dios a cada uno de nosotros a través de la propia conciencia?

No respondamos demasiado deprisa a todas estas preguntas. Vayamos paso a paso. Creo no equivocarme si digo que la mayoría de los cristianos respondería “” a todas estas preguntas excepto a las que se refieren a las comunicaciones de Dios a través de “mensajeros”. Pero me da también la impresión de que no hay que tomar demasiado en serio estas afirmaciones. Porque “creer” muchos lo entienden como prestar asentimiento a los dogmas, es decir a las verdades que la Iglesia nos propone reveladas. Y ¡no! ¡no es eso! Lo que Pierre entiende por “creer” no es “asentimiento intelectual” sino “adhesión desde el corazón”, eso que le lleva a uno a estar pendiente de su conciencia porque Dios habla a través de ella. Supone, por tanto, “adherirse” desde el fondo y cambiar de perspectiva en la forma de ver las cosas.

Aquí, se nos invita a fundamentar nuestra “adhesión personal” ante hechos concretos que hoy no resulta fácil admitir: Por ejemplo, que Dios se hizo hombre para salvarnos de nuestros “pecados”. ―¿Pecados? dirá alguno, ¡si eso es ya algo anticuado! Que se hizo hombre en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. ―¿Por qué ese empeño en decir que nació de una virgen? puede decir alguno. Que murió en una cruz y descendió a predicar a los que estaban en los “infiernos―¿Eso también hay que creerlo?, dirá otro. Que resucitó de entre los muertos. ―”Bueno, ¡ya está bien! ¿no?” dirán varios.

Pues fíjate lo que dice Pierre hablando de la resurrección: «La religión privada de esoterismo (es decir, de algo oculto a la razón, añado yo) solo puede dar hombres-robots». Esto es importante.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

CAPÍTULO 4

Los fundamentos de la fe (1ª parte)

Verdad de las Escrituras

Este mensaje de amor es el que Pierre Monnier quiere proteger. Y para esto defiende, en primer lugar, la autenticidad de las Escrituras. Pero lo hace como ha visto desde el otro lado, lo que hay que tomar al pie de la letra y lo que hay que entender solamente como una enseñanza espiritual.

P. «No habrá lugar para revisar los cimientos que se han colocado sobre la roca… estos cimientos que Dios puso para construir sobre ellos su Iglesia, no han sufrido daños; solo el edificio que sobre ellos construyeron los hombres hay que arreglarlo para las necesidades diarias. Cuando hayáis levantado sobre bases inmutables el edificio apto para las generaciones futuras, volveréis a encontrar la paz del alma.» (09/03/1924).

P. «Vuelve a tomar el Evangelio de Juan y sin detenerte en las críticas formuladas por los exegetas con un juicio demasiado estrecho, impregna tu alma de la ternura sagrada que se manifiesta en sus páginas. En efecto, es cierto que el Evangelio de Juan fue escrito en parte por sus discípulos, pero como te he dicho, la letra no es nada, todo se basa en el espíritu.» (20/08/1919). En otra parte, Pierre dice también más claramente, lo veremos: «Juan y sus hijos espirituales que compusieron y meditaron el cuarto Evangelio».

En efecto, los exégetas habían sospechado, desde hace tiempo que sobre todo el último capítulo había sido escrito por uno de los discípulos del apóstol. La introducción al Evangelio de S. Juan en la TEB (Traducción Ecuménica de la Biblia) se refiere como posible autor a un tal Juan el Anciano. Se sabe por Papías, obispo de Hierápolis, muerto hacia el 220, que este Juan era un discípulo cercano al apóstol amado por Jesús. Que él jugase un papel en la redacción final de este Evangelio es muy posible y no cambia en nada lo esencial. Benedicto XVI lo admite sin problema[1] y Pierre Monnier, acabamos de verlo, iba totalmente en el mismo sentido. Un descubrimiento, relativamente reciente, nos permite también representarnos cuál pudo ser concretamente el trabajo de redacción de los Evangelio.

André Paul*, exegeta cuya autoridad es reconocida a nivel internacional, nos explica las cosas bastante bien:

«En la época, y pasados ya tres largas décadas, se utilizaban carnets de notas llamados en latín Membranae, “pergaminos”; en griego, eran simplemente membranaï. Compuesto de muy pocas hojas, este tipo de objeto era el precursor directo del codex o “cuaderno de páginas”, modelo antiguo del libro. Desde Roma, se difundió rápidamente, alcanzando amplios sectores de Oriente Próximo que controlaba la administración de la Urbs (Roma). Son los membranaï que Pablo de Tarso, a principios de los años 60, pedirá a Timoteo que le lleve. (2 Tim 3, 14). Se trataba de notas, de borradores de cartas o de esbozos de libros. Jesús y sus compañeros evolucionaban sobre los soportes de difusión de esta manera reciente de conservar y transmitir la información… Entre los colaboradores de Jesús, las cartas pudieron muy bien utilizar estos soportes en sus propias misiones. En ellas habrían escrito las declaraciones del maestro, así como el relato más o menos comentado de lo que ellos habían sido testigos. ¿No era esto, en primer lugar, una forma de intercambio tácito entre Jesús y los más despiertos o influyentes de sus amigos? Ahora bien, los desplazamientos eran frecuentes, y se superaban muy pronto los territorios en los que triunfaba la lengua griega. Las notas eran entonces obligatoriamente en griego… iban lejos sin el maestro, la mayoría de las veces en grupo; llevaban de alguna manera sus palabras y la relación directa de sus actos. El carnet de notas era la garantía de la verdad del mensaje. Y el escrito circulaba así, incluso cuando Jesús vivía. Este pudo ser, a nuestro juicio, el origen escrito de las tradiciones recogidas y transmitidas por los primeros documentos cristianos que contaban los hechos y las palabras de éste último.» Lee el resto de esta entrada »

Este capítulo es sangrante, tanto por lo que en él se dice como por la explicación que da el autor de por qué se decidió a escribir algo tan crítico con la Iglesia. Yo no sé si convencerán o no sus razones. A mí me resultan saludables estas críticas venidas de un sacerdote, tan piadoso, tan gran teólogo y tan amante de la Iglesia. Es un poco como la crítica que hace Pierre de la Iglesia: nace de su amor a ella.

Personalmente, me habría gustado que el P. Brune hubiera profundizado en la razón del fracaso de las oraciones por la unión de las Iglesias. Llevamos años rezando por esta unión y la unión no llega. ¿Por qué? Estoy seguro de que por Dios no queda. Él inspira deseos de unidad en los cristianos más conscientes y más sencillos. ¿Entonces, por qué no llega? Da la impresión de que no se apunta seriamente al “blanco” por parte de las autoridades de las distintas Iglesias.

Recuerdo que, cuando estudiaba teología, se nos decía cómo teníamos que defender, frente a los protestantes, que la Virgen era inmaculada porque Dios la había llenado de gracia. Y nos insistían en las dos palabras griegas del saludo del ángel Gabriel: “jaire kejaritomene” (llena de gracia). Una vez me encontré con una testigo de Jehová y la pregunté, pensando que me iba a apuntar un “tanto” con las palabritas griegas: ¿Cómo traducen ustedes las palabras del ángel Gabriel a nuestra Señora? Y ella me dijo: “Salve, muy favorecida”. Y entonces yo le dije: “No, porque las palabras griegas significan “llena de gracia”. Y ella dijo: “no, significanmuy favorecida”. Ahora me río: si a la Virgen Dios la llenó de gracia, fue, efectivamente, muy favorecida. Pero lo que creo que ilustra este fracaso mío es que la unión de las Iglesias no vendrá si tratamos de convencer y dominar al otro con nuestros razonamientos.

Tal vez el camino sea el que emprendieron mi amigo Marcelo y un amigo suyo, sacerdote griego-ortodoxo, a quien conoció en el Instituto católico de París. Se hicieron tan buenos amigos que Marcelo fue a visitarle a Grecia y pasó unos días con él. Un día estaban en la playa bañándose felices. De pronto, el amigo ortodoxo levantó los brazos y le dijo riendo a Marcelo: “¡Ellos se separaron, nosotros estamos unidos!”. Tal vez sea éste el camino de la unión. “liberar el afecto, más que apabullar con argumentos, dejar que el Espíritu infunda amor en nuestros corazones”.

No creo que los místicos tengan dificultad para unirse….

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

CAPÍTULO 3

La Iglesia (2ª parte)

La división de las Iglesias

Pierre Monnier, de familia protestante, denuncia ya, en 1924, el escándalo de la división de las Iglesias. El texto desarrolla ampliamente este tema. Solo puedo citar aquí algunas frases esenciales. Recordando a los miembros del Cuerpo de Cristo, se lamenta:

P. «Discuten, se querellan, alejan a los discípulos, mostrándoles los distintos caminos por los que pretenden alcanzar la Verdad. “¡Yo soy de Pablo! ¡Yo de Apolo!”; pero el apóstol había zanjado desde el principio estas cuestiones ociosas, explicando su fe: “Yo solo quiero saber una cosa: Jesús y Jesús crucificado” (I Cor 2, 2). ¡Volved a esta luminosa concepción de la doctrina necesaria, hermanos míos divididos por exceso de celo!» (27/04/1924).

Pierre Monnier piensa, evidentemente, en la separación entre la Iglesia católica y las protestantes, sobre todo. Pero, en realidad, las divisiones comenzaron mucho antes, desde el comienzo de la Iglesia. S. Pablo hace ya alusión a los que se consideran de distintos maestros. En el siglo tercero, la crisis del Arrianismo estuvo a punto de arrastrar al conjunto de la Iglesia. En el siglo quinto, después de la condena de Nestorio, sus doctrinas se van a extender hacia Persia y desde allí hasta la India, China y Mongolia. En el concilio de Calcedonia, 451, cinco Iglesias se separan de las demás. ¡Solo después de 1500 años, estos últimos, los teólogos y obispos de todas estas Iglesias han acabado reconociendo que, con palabras distintas, ellos querían decir lo mismo! ¡Esta coincidencia, sin embargo, no siempre ha bastado para restablecer la comunión entre estas Iglesias!

En 1054, se produce la ruptura entre las Iglesias que dependen de Roma y las que siguen en la órbita de Constantinopla. Yo he tenido ocasión de demostrar, en distintas obras, que había una diferencia profunda entre las teologías desarrolladas en el Oriente ortodoxo y en las Iglesias católica o protestante. Sigo, sin embargo, convencido de que un poco más de amor y humildad habría permitido mantener la unidad.

Desgraciadamente, sigue siendo la búsqueda de poder la que ha triunfado. Como no podía unir y someter a las Iglesias ortodoxas, la Iglesia de Roma comenzó la creación de Iglesias paralelas a las ortodoxas, acogiendo lo esencial de sus ritos, costumbres y liturgia, con la esperanza de que así los fieles “no se enterasen de nada” y fuera posible discretamente picotear poco a poco en los ortodoxos y volverlos a atraer a la autoridad de Roma. Por eso hay, junto a cada Iglesia ortodoxa, una Iglesia submarina, paralela, sometida a Roma. Son las Iglesias llamadas «Uniatas». Lee el resto de esta entrada »

Comprendo el interés de este capítulo sobre la Iglesia. Los textos que cita el P. François los toma especialmente de Pierre Monnier y algunos son demoledores. Parece mentira que estas cosas las dijera Pierre hace casi 100 años. A mí, personalmente, esta crítica de la Iglesia me resulta dolorosa, por todo lo que he invertido en ella desde mi niñez, porque la veo imprescindible para difundir el Reino de Dios y, sobre todo, porque, como dice Pierre, «esta Iglesia, tan pálida y tan enfermiza ¿no es cada uno de vosotros?». Me siento concernido por esta crítica, sobre todo por tres puntos a los que alude Pierre:

Uno, no haber sabido entender que, «en el Evangelio, hay más que el Evangelio». No me enseñaron a leer lo que hay “más allá del Evangelio”: la «evolución» que iba a venir por el Iniciador de la vida en el Espíritu y la Verdad, Cristo, por la instrucción del Paráclito a través de sus mensajeros del Cielo y de los místicos. Lo grave es que, según Pierre, «los mediocres resultados de nuestra fe se deben a que nos oponemos a ampliar la religión en nombre de la revelación evangélica»…

Dos, no haber profundizado en la «religión del espíritu». Un día, un amigo me echó en cara mi exigencia intransigente en los ritos exactos de la liturgia. Y tenía razón y así se lo dije, porque no había descubierto todavía esta «religión del espíritu». Es como un ovillo: tus superiores y a ellos los suyos te obligan a ser “fiel a la letra de las ceremonias y no descubres el espíritu”. Traduciendo a Pierre he comprendido que solo se debe ser «intransigente» en un punto: «el deber único y absoluto del Amor».

Y tres, el «racionalismo» en la Iglesia, que siembra la duda en los creyentes. Por el año 1924, cuando Pierre lo denuncia eran los «modernistas» los que pretendían explicar todo a través de la razón. Hoy, esta plaga sigue en la Iglesia. Tuve ocasión de comprobarlo estudiando teología en el Instituto Católico de París. Oigo ahora a sacerdotes y teólogos tratando de explicar “racionalmente” los milagros del Evangelio y ¿qué quieren? me dan pena porque, sin darse cuenta, prescinden de lo maravilloso de los Evangelios…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

 

CAPÍTULO 3

La Iglesia (1ª parte)

Comencemos por las críticas de Pierre Monnier hacia la Iglesia. Me parecen muy importantes porque no vienen de alguien que quiere destruir a la Iglesia sino, muy al contrario, restaurarla. Estos textos, que cumplen ahora cerca de un siglo, podrían haber si escritos ayer. Lo que él presentía entonces se ha agravado considerablemente después. Sus críticas son un grito tanto de dolor como de indignación. Vienen de alguien que está cercano al Absoluto y tiene una visión elevada de lo que debería ser la Iglesia. Se pueden encontrar sus críticas excesivas, pero el lento deterioro de la Iglesia es un hecho que no hay más remedio que admitir y que no se debe solamente al abandono del latín o al último concilio del Vaticano. En 1830 fueron ordenados en Francia 2357 nuevos sacerdotes para 33 millones de habitantes. En 1901, setenta y un años después, 624 menos, por tanto 1733 solamente para 40 millones de habitantes. Se trata, por tanto, de una lenta erosión, que comenzó hace tiempo y que no bastará para frenarla una recuperación de la sotana, del latín y de los fastos de la antigua liturgia. Se estima que en 2020 solo quedarán en Francia apenas 6.000 sacerdotes. La disminución de la práctica religiosa sigue las mismas proporciones. La situación es casi la misma, con un poco de retraso respecto a Francia, en la mayoría de los países de Europa. En Alemania, en 12 años, de 1998 a 2010, el número anual de ordenaciones sacerdotales ha pasado de 171 a 79.

Benedicto XVI lo reconocía recientemente a propósito del conjunto de la Iglesia: «Las personas que van regularmente a la Iglesia se hacen cada vez más viejas, su número disminuye continuamente; hay una stagnación[1] de las vocaciones al sacerdocio; el escepticismo y la incredulidad aumentan.» (Le Figaro, viernes 23 de diciembre de 2011, p. 8).

Yo, por otra parte, estoy profundamente convencido, como Pierre Monnier, de que mientras no se haga la reforma completa de la Iglesia que él reclama, seguirá desmoronándose hasta representar solamente a un grupo insignificante en muchos países. Leed por ejemplo el excelente libro de los propios sacerdotes, sacerdotes “que siguen” y sacerdotes “que se han ido”: Prêtres, et après? L’avenir des paroises et de l’eucharistie[2]. No olvidéis sin embargo que sus críticas se dirigen en primer lugar a las Iglesias protestantes, pero se extienden también al conjunto de las Iglesias y son válidas, con frecuencia, para toda la historia de la Iglesia a través de los siglos. No se encontrarán las mismas críticas en Roland de Jouvenel, solo de pasada. Pero las situaciones de Pierre y de Roland son muy distintas. Pierre tenía 20 años y pertenecía a una familia muy practicante y comprometida en su Iglesia. Los padres de Roland no eran practicantes y fue Roland, él solo, el que había encontrado el camino de las iglesias.

He aquí por tanto algunas de las críticas de Pierre Monnier. Hay páginas enteras, pero no olvidéis que si son tan violentas es porque su autor ama a la Iglesia y sigue profundamente convencido de que ella es indispensable. Solo os presento aquí algunos textos, tratando de reagruparlos por temas: Lee el resto de esta entrada »

Aunque a alguno pueda sorprenderle, lo que más me ha llamado la atención de este capítulo de François Brune sobre Pierre Monnier y Roland de Jouvenel es la “valentía” de François enfrentándose a una frase que se suele admitir como si fuera un dogma: «La revolución terminó con la muerte del último apostol». Para ello, pone dos ejemplos en los que la misma Iglesia no se atuvo a esta regla: cuando definió como dogmas de fe la Asunción de María a los cielos y, sobre todo, la infalibilidad de los Papas. Vale la pena leerlo.

Me he alegrado leyendo estas reflexiones porque cuando traducía a Pierre y Roland me daba la impresión de que eran una prolongación del Evangelio. Pierre más reflexivo, Roland, más poético. Pero ambos insistiendo en lo mismo: en el amor… Pierre le dictaba a su madre, Cécile, a finales de la primera guerra mundial y Roland le dictaba a la suya al terminar la segunda, pero en los dos encontramos la misma “medicina”: amar. Lo mismo que Jesús, van a la raíz de lo que desencadenó las dos guerras: frente al odio, el amor.

Reconozco que durante la traducción de los textos originales de estos dos grandes mensajeros, Pierre y Roland, he pasado por tres fases. En la primera fase, con el primer tomo de Pierre, escribía notas en las que comparaba lo que él decía con lo que había estudiado en teología; era apasionante para mí. En la segunda, al ver que era tanta la insistencia de Pierre en el amor, hasta se me pasó por la cabeza dejar de traducir, porque “me parecía que siempre decía lo mismo”. En la tercera, comprendí que me habían enseñado un “sistema teológico”, pero no había aprendido a amar. Era como una campana que tañe y resuena por lo hueca que está. Ahora, tal vez sea el “salario de Pierre”, lo único que desearía sería aprender lo que no aprendí entonces …

Tal vez la Revelación, con mayúscula, terminó con la muerte del último apóstol. Pero las pequeñas “revelaciones” del Amor de Dios me parece que no terminarán nunca. ¿Quién ha dicho que Dios no puede hablarnos a través de mensajeros cuando, donde y como desee reiterar Su Palabra?

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

CAPÍTULO 2

Dos mensajeros excepcionales:

Pierre Monnier y Roland de Jouvenel

Pierre Monnier

Pierre Monnier pertenecía a una familia protestante muy fervorosa que incluía a un pastor: Jean Monnier. Pierre era oficial en la primera Guerra Mundial. Tenía 23 años cuando cayó en el frente de Argonne el 8 de enero de 1915. Poco después de su muerte se manifestó por teléfono. Como el timbre acababa de sonar, fue una prima hermana la que cogió el teléfono en el despacho. Al volver al salón estaba tan alterada que la Sra. Monnier le preguntó: “Pero Dagmar, ¿qué te pasa?” ―”Acaba de hablarme por teléfono –respondió- … era Pierre… He reconocido su voz. Me ha dicho: «¡Escúchame, Dagmar, soy yo, Pierre! Di a mamá que estoy vivo»” En aquella época, las llamadas pasaban por una central telefónica. El Sr. Monnier contactó enseguida con la central para saber de dónde podía venir aquella llamada. Pero le aseguraron que no se les había pasado ninguna llamada, Estas llamadas telefónicas procedentes directamente del más allá son evidentemente muy raras, pero, sin embargo, se conocen bastantes ejemplos, que han sido objeto de rigurosos estudios[1].

Algún tiempo después, un día la Señora Monnier oyó muy clara la voz de Pierre, resonando en la habitación donde ella estaba. Asombrada, preguntó: “¿Eres tú, Pierre?” La voz le respondió: «¡Pues claro, Mamá! No temas nada, ¡estoy vivo!» La Sra. Monnier no oyó nunca más, exteriormente, la voz de su hijo, pero sentía su presencia. El 5 de agosto de 1918 la oyó también, pero interiormente: «¡No pienses en nada, toma un lápiz, escribe!» Ella coge un lápiz y el papel que cae en sus manos y escribe: «Sí soy yo, te he pedido que escribas…»[2] Estas comunicaciones se convertirán en incontables cartas que le llegarán hasta 1937 y forman 7 volúmenes de gran formato que totalizan 2876 páginas. Fueron editadas bajo la dirección de Jean Prieur, a quien debemos también un excelente índice temático para cada volumen. En ellas se encuentran muchas informaciones sobre la vida del más allá, que nos hablan del sentido de nuestra existencia en la tierra[3]. Estos mensajes ofrecen también una enseñanza espiritual de muy alto nivel, totalmente comparable a la que se encuentra en textos de místicos. Pero, evidentemente, como en éstos, queda siempre una parte de oscuridad, de incertidumbre sobre la manera de interpretarlos, lo que confirma una cierta evolución del pensamiento en el mismo autor con el correr de los años. Pueden incluso encontrarse en ellos expresiones desafortunadas que podrían inducirnos a error. Las iremos descubriendo a su debido tiempo y el mismo Pierre Monnier nos advierte de ellas:

«Los errores de la fe pueden convertirse en un escollo para toda alma generosa; nosotros mismos no estamos totalmente a salvo de estos en nuestras esferas, en las que toda la vida, sin embargo, está dedicada al estudio y a la práctica de la Voluntad divina.» (02/12/1920). Lee el resto de esta entrada »

¿Para quién son “noticia” los contactos con seres del Más-allá? Solo para el que “nota”, es decir, advierte, presta atención al más allá. Hoy, lo tenemos difícil. Por una parte, por la cantidad de “noticias” que aparecen en Internet, Facebook o Twiter. Por otra, por las “creencias” que se nos han inculcado desde niños. ¿Para quién pueden ser “noticia” los contactos de que aquí nos habla el P. François?..

Hay más. Uno puede llegar a considerar “noticia” estos contactos, pero no admitirlos porque “su creencia” le lleva a considerarlos imposibles. Recuerdo que en la presentación de un libro le pregunté a un inteligente sacerdote de Burgos si era posible comunicar entre seres del más allá y nosotros. El respondió: “¡Imposible!”. Le conté entonces la grabación espontánea que obtuvieron los Padres Ernetti y Gemelli, el 17 de septiembre de 1952 en la Universidad de Milán, el susto que se llevaron y la tranquilidad que les transmitió Pío XII cuando se lo contaron al día siguiente. “¡Eso es imposible!” dijo el sacerdote, y zanjó la cuestión.

Por eso resulta interesante que otro sacerdote, en este caso el P. Brune, nos hable de sus “contactos” con su hermano Jean-Pierre y, sobre todo, con su amigo Remy Chauvin con quien escribió un libro espléndido: “A la escucha del Más-allá”. Este amigo suyo, científico, tenía una curiosidad insaciable. Entre otros estudios, investigó el comportamiento de las abejas y de las hormigas (“Tenía en su casa 300.000 hormigas” me contó un día François) y, cómo no, el Más-allá del que tanto hablaban.

Por eso resultan interesantes las preguntas que le hace el P. Brune el 16 de mayo de 2010, y, sobre todo, las respuestas que el mismo Chauvin da desde el Más-allá. Él no tenía ninguna “creencia” que le impidiera investigarlo todo, incluso la comunicación con los muertos. Llegado al otro lado, con el permiso de Dios, nos da “noticia” de algo de lo que encuentra allí. ¡Muy interesante!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

 

CAPÍTULO 1

Contactos con mi hermano (3ª parte)

Tercer contacto, 28 de marzo de 2008

El tercer contacto tuvo lugar en el mismo lugar y casi en las mismas condiciones. Esta vez Yves Linès no había podido quedar libre Todo dependería por tanto de Christophe Barbé. El viernes por la tarde, la víspera de nuestra jornada de conferencias, al llegar a su hotel, Christophe había sentido que mi hermano quería trasmitirle un mensaje. Así que tomó una hoja de papel y recibió un mensaje por escritura dictada. Éste:

¡Habría que decir tantas cosas! No sabemos por qué tema comenzar. Aquí estáis todos reunidos, en esta ciudad marcada por tanta historia. Esta ciudad que ha tenido que aprender a reconstruirse. François se muestra siempre muy impresionado por estos tejados, muros, fortalezas, por la historia de los alemanes, por tantos sufrimientos. Su amiga Edith también forma parte de esta generación, muy rara en vuestros días, en la que la historia ha recordado con honor las batallas sin límites que han marcado a todo un pueblo.

Edith está también muy sensibilizada por estos temas, como puede estarlo también por el de la post-vida, por nuestro mundo y por el mundo de los que no mueren. Pero es impedida, como sujetada, la que más podría puede menos. Dile que Hubert (o Herbert?) recuerda también la historia y que está con su hijo, su hijo que nunca la olvida porque ella sigue siendo su dulce ―como las músicas que escucha (ópera). Él se acuerda de la historia de los relojes y esto vuelve también bajo otra forma, la humanidad no avanza.

François está en un callejón sin salida en este momento. En su alma ha llegado a la meta. Para él, su paso terrestre, según su modo de pensar, llega a su fin y decide poco a poco dejarse llevar, después de hacer ya muchas cosas. Pero nosotros no tenemos aún la oportunidad de ejecutar sus deseos, lo que ahora pide, porque aunque dice estar ya claro en sus actos y opiniones, aún no puede dársele todo. Tendrá que hacer un seguimiento, pequeño, de esta aclaración que acaba de hacer. El tiempo revelará todo.

Nosotros nos preocupamos mucho más por su sobrina, frágil, que necesita cuidados especiales. El secreto de su malestar no puede revelarse, pero esta mujer joven debe saber que no debe seguir con su imagen fetal. Debe dar la vida (ella meditará). Su salud es primordial. Desde siempre se considera retrasada, mientras que la inteligencia de su corazón es inmensa. Le piden que se levante, su padre le ruega: «No te abandones como hice yo al final de la vida (dice él). Yo sabía que ya nada me quedaba por delante, tú lo tienes todo, lo mejor, sí ¡lo mejor! Lee el resto de esta entrada »

¡Lo veo lógico! Si en este libro François Brune va a tratar de sus contactos con los muertos, lo más lógico es comenzar por demostrar esos contactos. Y de forma objetiva. En este caso son cinco contactos con su hermano Jean-Pierre y otro con su gran amigo Remy Chauvin; desde 2006 a 2010. Lo curioso es que lo hace 5 meses después de morir, sin esperar un año, que es lo que muchos dicen debe pasar para conectar con los muertos.

Hay que leer en detalle cada contacto y las explicaciones que añade François, porque en éstas aparecen detalles, coincidencias que revelan la identidad de Jean-Pierre; por ejemplo, la simpática alusión al whisky, los detalles históricos sobre el monte St. Michel, el bloqueo del sonido en los aparatos de grabación, la referencia a tocar el piano que tanto había cultivado Jean-Pierre, las alusiones a la cercanía con sus familiares etc.

Después de leer estos contactos y teniendo en cuenta la honradez de nuestro amigo el P. Brune, a mí me parecen argumentos contundentes cada uno de estos contactos. ¿Qué hace que uno como yo crea en la existencia del Más allá a partir de estos contactos y que otros no crean? Recuerdo un principio que estudiábamos en filosofía y que, como hemos dicho en alguna otra ocasión, tal vez explique esta diferencia: “quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur” (lo que uno recibe se acomoda a su modo de ser). Pones agua en un botijo o en un cubo y el agua adquiere la forma del botijo o del cubo. Así ocurre aquí…

Esto es tan importante que en la segunda parte de un libro que el P. Brune escribió con el científico Remy Chauvin, (A la escucha del más allá) recopiló y refutó las diversas hipótesis que se han dado para explicar las voces grabadas en magnetófono: el fraude, la ilusión, las interferencias, las ondas remanentes, los extraterrestres… Al final, la hipótesis menos complicada para explicar las voces grabadas en magnetófono es que proceden de los muertos, efectivamente, de los muertos.

¡Buen día!

El cartero de Pierre

 

CAPÍTULO 1

Contactos con mi hermano (2º parte)

Primer contacto, 28 de mayo de 2006

He aquí como sucedieron las cosas en la habitación de la escritura automática. Cedo la palabra a Christophe:

 «¡La sinergia con tu hermano, qué gracia! Creo que el cartesianismo del cámara se vino abajo porque, mientras él me filmaba y yo recibía los escritos de Jean-Pierre, él leía al mismo tiempo, curioseando por encima de mi hombro».

En un momento dado, mientras filmaba y jugaba con el zoom, me interpeló diciendo:

«¿Qué escribe ahí?»

Entonces le descifré el siguiente mensaje:

«Yo no sé estar aún en dos sitios a la vez, paso aquí contigo en primer lugar y retraso la otra sesión (la de la «TCI).»

Receloso, me pregunta:

«¿Es eso posible? ¿Qué significa eso?»

«¡Que quiere en primer lugar comunicar conmigo por escritura y que se ha organizado para que, por otra parte, nada funcione», le respondí. No pude decirle más, porque mi mano se puso otra vez a escribir.

Pero más tarde, Jean-Pierre ha dicho más fuerte. Escribe:

«¡Bloqueo el sonido!»

Esto ha sido demasiado para el cámara; decide dejar su cámara e ir a ver lo que vosotros hacíais en la otra habitación. La necesidad de ir a comprobar se había convertido en incontrolable. Vuelve y me dice:

«¡Nada funciona, el sonido no se oye! Es increíble» Tenía un aire menos receloso, pero me miraba de forma extraña, como si me hubiera convertido para él en un bicho raro. Como quería controlar esta situación insólita, añadió que iba a reparar todo aquello, dejando claro que era ingeniero de sonido. Pero Jean-Pierre estuvo más ingenioso que el ingeniero, quien confesó:

«En diez años, nunca había visto algo así; generalmente, en 2 minutos resuelvo cualquier problema. Es mi profesión. Aquí, no funcionaba nada, ni siquiera con material nuevo que fui a buscar al coche. Y, de repente, todo volvió a funcionar, sin yo tocar nada.»

Creo que comprendió que era efectivamente Jean-Pierre el que manipulaba los instrumentos, porque leyó más tarde en el mensaje la siguiente frase:

«El sonido no funciona, tengo que ir allí. Vuelvo.»

Jean-Pierre acababa de arreglarlo todo. Lee el resto de esta entrada »

Los dos son científicos, los dos son astrofísicos y los dos son profesores: el P. Manuel Carreira, en la Universidad de Comillas, María Victoria Fonseca en la Universidad Complutense.

El primero dio, hace ya tiempo, una charla interesante al Movimiento A-A. María Victoria ha dado este año 2014 varias conferencias de Física Cuántica (F.C.) en la Fundación Tomillo. Los dos saben, como físicos, que «todo interpenetra todo… que todas las cosas del Universo están infinitamente interconectadas» (David Bohm).

Manuel Carreira llegó a decir con rotundidad en su conferencia que era imposible la comunicación entre el más allá y el más acá, porque eran dos planos imposibles de superar. Mª Victoria aceptó de buen grado, y se hizo eco de él en una de sus conferencias, el libro del Dr. Even Alexander “La prueba del Cielo”, en el que, como cirujano que es, cuenta su salida del cuerpo y su contacto con otra realidad. ¿Qué es lo que hace que dos personas con los mismos estudios piensen de forma tan distinta sobre la posibilidad de comunicación con otros planos de existencia?

Manuel Carreira, cuando alguien del grupo le recordó el principio de filosofía: “Lo hecho demuestra la posibilidad de hacerlo”, se negó a admitir “lo hecho”: «¡Imposible!» decía con vehemencia. La profesora Fonseca recibió con curiosidad el libro de Alexander y se hizo eco del mismo. ¿Qué hace que sus opiniones sean tan dispares?

La explicación tal vez esté en una de las conclusiones a que llega la F.C. y que se denomina «el enigma cuántico»: el que observa influye en lo observado. La “creencia” desde la que uno observa influye en la realidad que observa. Si la “creencia” no le permite admitir otras creencias, negará la realidad, si es preciso, antes que renunciar a su “creencia”.

Antes de comenzar este libro provocador del P. Brune, que trata de los contactos del autor con los muertos, permitidme una reflexión: ¿Cuáles son nuestras creencias? No lo dudemos. Si este libro nos parece “infumable” es porque nuestras creencias lo hacen “infumable”.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

François Brune

“MIS CONTACTOS CON LOS MUERTOS”

Título Original: “Mes entretiens avec les morts

Traducción: Alfredo Camarero Gil

(Esta “copia de trabajo” tiene por finalidad dejar preparada la edición por si algún editor se decide a publicarlo y no tiene en absoluto finalidad comercial)

INTRODUCIÓN

Este libro será probablemente el último que me sea dado escribir. Podría haber intentado escribir un nuevo libro de teología. Hay muchos temas que nunca he abordado o que apenas he esbozado, como el papel del Espíritu Santo, el de los sacramentos, el de la Iglesia como institución, etc. A veces me lo han reprochado. Pero yo nunca he pretendido hacer una «Suma teológica».

Me he limitado a algunos temas sobre los que me parecía que podía aportar algo. Esta parte de mis investigaciones y de mis publicaciones es para mí la más importante, porque me parece que se han falsificado demasiadas cosas en la teología de la Iglesia católica y que, mientras no se corrijan, la Iglesia continuará apagándose en este mundo.

Afortunadamente, sobre todo lo relacionado con la muerte y con la vida después de la muerte, otro campo que también he estudiado mucho y por el que soy más conocido, existen hoy muchas obras en francés y de gran calidad. En cambio, mi trabajo sobre la convergencia entre los místicos de Occidente y la tradición teológica de las Iglesias ortodoxas me parece que no tiene equivalente. Asimismo, no conozco ningún estudio teológico que utilice, como yo he hecho, los últimos descubrimientos científicos y todos los fenómenos en torno a la muerte para comprender mejor teológicamente el misterio de nuestra existencia y de nuestra relación con Dios.

Sin embargo, he decidido escribir este último libro a partir de los testimonios de los muertos. El tema de la supervivencia y de la comunicación con los «muertos» se relaciona también con la teología, tanto más cuanto que sobre estos temas las religiones, todas, no tienen mucho que proponer a sus fieles y son incapaces de aportar el menor consuelo a los que han perdido un ser querido. Por otra parte, el protestantismo alemán y la teología católica conocieron, hace algunos años, una crisis profunda en la que lo esencial de la fe cristiana, incluida la divinidad de Cristo, ha estado a punto de desaparecer. Lo expuse brevemente, pero con suficiente claridad, en «Cristo de otra manera». Este hundimiento de la fe tradicional se ha hecho sentir también a propósito de la muerte y de la situación de los muertos. La moda consistía en pensar que cuando uno muere no queda nada del cerebro y por tanto de la conciencia. Según esta teoría, solo sobrevivimos en el pensamiento de Dios, esperando la resurrección «al final de los tiempos».

Esto no era, evidentemente, lo que la Iglesia enseñaba desde hace 2000 años, ni lo que se podía deducir de la experiencia de muchos santos que afirmaban haber tenido apariciones, comunicaciones, curaciones, a veces incluso ayudas materiales de los que los habían precedido en la tierra y que ahora se encontraban en el Reino del Padre. En la perspectiva de esta nueva teología, las oraciones por los muertos apenas tenían ningún sentido y era inútil enviarles pensamientos de amor. Una vez más, la teología dominante en la Iglesia católica apenas tenía en cuenta la experiencia de los místicos y se sometía al dominio de las «ciencias» profanas.

Por los años, más o menos, en que se desarrollaba esta teología de la muerte total (Ganz Tod Theologie), se multiplicaban las Experiencias Cercanas a la Muerte (NDE), que hoy deberían llamarse, a la luz de las investigaciones más recientes: Experiencias de Muerte Provisional (EMP). Creo que la multiplicación de tales experiencias forma parte realmente del plan de Dios para paliar la falta de fe de su Iglesia. Me incorporé a la rama francesa de IANDS[1], a partir de su fundación. He participado en tres congresos organizados en Estados Unidos sobre este tema, dando incluso una conferencia en Washington en un estudio en el que comparaba estas experiencias con las de los místicos[2]. Me parecía ya, y lo creo hoy, que hay aquí verdaderas pruebas de la supervivencia inmediata después de la muerte, suficientemente sólidas como para refutar estas nuevas modas teológicas. Lee el resto de esta entrada »

Tenía razón mi amigo cuando me dijo: “Si las cartas de Pierre son tan importante para ti, no puedes terminar el blog del Cartero como si no lo fueran, solo con un «hasta aquí hemos llegado y adiós». Tantos años junto a Pierre, tanto esfuerzo como le has dedicado, tantas personas que te han acompañado y te acompañan en su lectura … hay que continuar teniéndo a Pierre entre nosotros”. Se refería a que hay que continuar profundizando en sus mensajes y extraer de ellos la riqueza que contienen en torno, sobre todo, a algunos temas relevantes: la muerte, la vida en el Más allá, la Iglesia, los fundamentos de la fe, las grandes verdades …

Pensé en lo que este amigo me decía y revisando algunos libros que me había enviado otro gran amigo, François Brune, encontré uno que me pareció útil para esta finalidad. Se llama: “Mis contactos con los muertos”. Tiene la ventaja de que es un poco como el “testamento” espiritual del pensamiento de mi amigo François: «Este libro  ̶comienza diciendo François ̶̶̶  será muy probablemente el último que me sea dado escribir». Es como el resumen de su modo de pensar sobre la comunicación con el Más allá. Se siente espiritualmente tan libre que comienza con un capítulo que escandalizará a algún super-ortodoxo: “Contactos con mi hermano”, lo titula. Cuenta los 5 contactos que tuvo, entre 2006 y 2010, con su hermano Jean-Pierre y con su gran amigo Remy Chauvin, ambos fallecidos previamente.

Luego, a partir del capítulo 2, en que presenta a Pierre Monnier y Roland de Jouvenel como dos mensajeros excepcionales, va tratando varios de los temas importantes a los que antes aludía. Lo bueno es que no se refiere solamente a Pierre, sino también a Roland de Jouvenel. Ambos son, a su juicio, seres de una categoría excepcional.

Así que he decidido continuar este blog del “Cartero de Pierre” con la traducción de este libro que, de forma tan próxima y tan comprometida, se aproxima a los mensajes de estos dos seres, Pierre y Roland, a los que tanto debo.

Pero antes de entrar en la lectura de este libro, me gustaría contar la  historia de mi relación con Pierre Monnier, por si a alguien puede serle útil. Se trata de mi evolución personal ante las cartas de Pierre, desde mi primera aproximación, pasando luego por su descubrimiento y hasta llegar al entusiasmo que en mi han producido.

Prejuiciador. Me eduqué en un ambiente que algunos llaman “nacional-catolicismo”. Viví, siendo niño, la guerra y la posguerra civil española en la “zona nacional”. En aquel ambiente se consideraban poco menos que enemigos de España no solo a los “pérfidos” judíos y a los masones, sino también los protestantes. La única “limpia y sin mancilla” era la Iglesia Católica Romana. Así, con mayúsculas. Tal vez por este prejuicio hacia los protestantes, cuando conocí a François Brune y me recomendó las Cartas de Pierre, confieso que sentí cierto “repelús” al decirme él que Pierre era protestante. Sin darme cuenta, había ingresado en el grupo de los “prejuiciadores”: aplicaba el prejuicio antiprotestante a las Cartas de Pierre.

Pero me influía también otro prejuicio: ¿Quién me aseguraba que estas Cartas, supuestamente dictadas desde el más allá, procedían realmente de Pierre y no de su madre? ¿Cómo fiarme de unas supuestas “revelaciones” desde el Otro lado, cuando no conocía a ningún teólogo, y por supuesto a ningún obispo, que admitiera la posibilidad de estas comunicaciones? ¿Acaso no había estudiado que la Revelación terminó con la muerte del último apóstol? ¿Qué valor podían tener, si tenían alguno, estas supuestas “revelaciones”?

Otra cosa que me resultaba hasta cierto punto “humillante” era cuando algún creyente me decía: “Yo no necesito nada de eso, me basta con el Evangelio”. Confieso que esto me hacía sentir, a veces, como un pequeño infantil en mi fe. Si estas “revelaciones” ya no podían aportarme nada, después de la gran Revelación de Jesús, ¿qué necesidad tenía de estas Cartas?

Y cuando, en atención a François, comencé a leerlas, había otro prejuicio en mí que funcionaba a fondo: solo admitía de las Cartas aquello que coincidía con lo que había estudiado. Solo eso. Me asomaba constantemente al libro de Enrique Denzinger, “El Magisterio de la Iglesia”, para ver si me llevaban en la buena dirección.

Curioseador. Pero esta misma comparación constante entre las Cartas de Pierre y la doctrina del Magisterio de la Iglesia me permitió adentrarme en lo que podríamos llamar “el club de los curioseadores”; esos que sienten curiosidad por todo y que coinciden en comparar lo que ven y lo que oyen con lo que ya conocen. Entre estos me he encontrado con “criticadores”, que coinciden con los “prejuiciadores”, a los que antes aludía, en que rechazan todo lo que no coincide con sus ideas y planteamientos y, manteniéndose a un nivel puramente intelectual, si se trata de ideas relacionadas con el Evangelio o con algo que han estudiado, suelen decir: «¡Nada nuevo!». Entre estos “curioseadores” también están  los “leedores” de todo lo que cae en sus manos, pero sin pasar de la pura curiosidad; los “escuchadores”, que van a todas las conferencias y charlas que pueden, pero acababan sin tener ideas propias sobra nada; y los “recibidores”, que se pasan la vida en internet recibiendo toda clase de correos y mensajes y luego se convierten en “mensajeros de copiar y pegar”.

El estar entre los “curioseadores”, reconozco que me hizo mucho bien. La curiosidad me permitió practicar un juego que me resultaba apasionante: comparar lo que iba traduciendo de Pierre sobre Dios, la Iglesia, la tolerancia, etc. con lo que había estudiado y con lo que enseñaba la Iglesia. Así fui añadiendo notas al final del primer tomo: sobre el paso del Mar Rojo, sobre Melquisedec, sobre la Reencarnación, etc.

Experienciador. Las cosas que por curiosidad iba descubriendo me llevaron a desear dar un paso más: tratar de experimentar personalmente lo que decía Pierre, por ejemplo, la tolerancia, la paciencia, el amor de Dios. Era todo un mundo el que iba descubriendo y necesitaba experimentarlo. Para llegar a valorar estas cosas, tuve que pasar por una especia de “vacuna”: tenía que aprender a valorar estas cosas que me sonaban de siempre, pero que nunca me había propuesto experimentar. ¡Este era el secreto! Tenía que pasar de valorar intelectualmente lo que eran la paciencia, la tolerancia, etc., a vivirlo desde dentro. Esto no es nada fácil. Yo no lo he conseguido. Digo esto para que, el que se anime a seguir este camino no se desanime si se sigue descubriendo intolerante o nota se enfada, etc. Hay que ir paso a paso. Despacio. Sabiendo que lo difícil es el “CÓMO”…

Me parece que el primer paso para experimentar estas cosas que dice Pierre es algo que nos viene repitiendo mi profesora de Física cuántica desde la primera clase: la atención. El que desee experimentar estas cosas, lo primero que tiene que hacer es preguntarse: ¿Dónde está mi atención? ¿Por qué? Porque poner atención es lo que siempre se ha llamado “tomar conciencia”. Los físicos modernos han descubierto la relación entre la conciencia y la realidad. No, no digo ninguna barbaridad. Me compré por 8,95 € un libro genial de Bruce Rosenblum y Fred Kuttner que se llama “EL ENIGMA CUÁNTICO, Encuentros entre la Física y la Conciencia”. ¿Sabéis en qué consiste el “enigma cuántico”? En algo que parece totalmente paradójico: que la conciencia, es decir, la atención afecta a los fenómenos físicos. Si esto es real referido a los fenómenos físicos, los es -creo- mucho más referido al mundo espiritual: si no haces, por ejemplo, una oración con atención, con conciencia, con amor, no existe tal oración. A esto se refería san Pablo cuando decía que «aunque hablara la lengua de los ángeles, si no tengo caridad soy como campana que suena…» (I Cor 13,1)

Pero si pretendía “experienciar” lo que decía Pierre, tenía que añadir otra cosa a la atención, a la toma de conciencia: la emoción, el sentimiento. Eso, justamente, que nunca aprendí, porque creí erróneamente que eso era una cierta debilidad.

Difundidor. Y en estas me encuentro ahora.Me gustaría dejar de ser mero “curioseador” e ir pasando, poco a poco, a lo esencial: tomar conciencia, prestar atención a lo que ocurre en el fondo de mi conciencia, experimentar esa actualización que hace Pierre del Evangelio y difundirla luego. Me encanta constatar que hay mucha gente de buena voluntad dispuesta a seguir este camino. A esto va dirigido este pequeño comentario.

Y a partir de aquí os invito, ahora ya sí, a iniciar la lectura del libro de François Brune “Mis contactos con los muertos”, que nos va a permitir mantener la imagen y el mensaje de Pierre entre nosotros.

 

Este es el último envío de las “Cartas de Pierre”. Parece que fue ayer, y hace ya más de veinte años que comencé a traducir estas cartas. Con la mayor ilusión, desde luego, pero sin ocultar mis limitaciones.

Me las recomendó como muy positivas nuestro amigo François Brune, y hoy me siento realmente satisfecho. Mi mayor satisfacción es contribuir a que algunos profundicen en su vida espiritual. Me permito recordar a mi amigo Miguel Fisac. ¡Cuánto bien me hizo y cuánto me animó a seguir traduciendo el ver que las recibía como un “cristiano nuevo”! ¡Bendito él y bendita Ana, su mujer!

A alguno le puede parecer exagerado llamar “cristiano nuevo” a Miguel, cuando había estado junto a D. José María Escrivá en la fundación del Opus Dei. Me permito dejar esta calificación porque fue en Pierre, según decía él, donde descubrió la faceta más entrañable del Cristianismo: el Amor. No de forma teórica, como se escucha con frecuencia en los púlpitos a partir de los años 50 del siglo pasado, sino de manera concreta, encarnado en Jesucristo.

En estos años, he llegado a la conclusión de que el que es sensible a los mensajes de Pierre está muy cerca del Evangelio. No digo que sea la única forma. En absoluto. Solo quiero decir que estos mensajes acercan más al Evangelio que todos los libros “piadosos” que conozco. Educado en una familia protestante, nos hace comprensible y racional el mensaje de Jesús. Se comprende cuando dice:

― Que la misión del cristiano es, como la de Jesús en Caná, cambiar agua “insípida” en “vino sabroso.”

― Que somos “flojos” a la hora de participar en la misión que exige la presencia de Cristo en la carne.

― Que el perdón «habita en medio de nosotros»… Como si el Reino de Dios, que es paz, etc. estuviera ya en medio de nosotros. El que quiere, lo acepta. El que no quiere, no. Pero aquí no sirven solo las palabras («Quiero, Señor, recibir tu Reino»), porque nuestra religión se reduce entonces a palabras inútiles. No. Miramos dentro de nosotros. Vemos que nos hablan con dureza, pero respondemos con paz: el Reino-Paz de Dios.

¡Buen día!

El cartero de Pierre.

10 de diciembre de 1934.

Mamá querida:

Con su primer milagro en las bodas de Caná (Jn 2, 1-10) Jesús realizó una parábola. Más tarde, toda su predicación se relaciona con esta primera manifestación del intento de Dios para volver a traer hacia Él a la raza humana pervertida. Insípida, por orden de Jesús, el agua se transforma en vino (vino delicioso según cuenta el Evangelista). ¿A través de qué catálisis[1] se realizó esta transformación? La voluntad de Dios que se manifestaba para llamar la atención de las gentes sencillas a quienes los problemas trascendentales, desprovistos de toda experiencia tangible o visible, habrían dejado completamente inconscientes de la calidad extraordinaria del joven que se encontraba en medio de ellos. Este milagro, por el contrario, era accesible a mentalidades simples, y ponía totalmente de manifiesto la misión de Jesús, lo mismo que su mensaje «a los hombres de buena voluntad» (Lc 2, 14).

Recuerda esta escena popular, mi pequeña Mamá, cuando haya que explicar el misterio crístico: «El Mesías vino al mundo para cambiar el agua en vino (Jn 2, 9).»

* * *

12 de diciembre de 1934.

¡Oh! Mamá, no menospreciéis el trabajo que Dios os ha confiado como hombres, como pueblo y como individuos. Cada uno de vosotros tiene una tarea especial, y no tenéis derecho a no realizarla con todas vuestras fuerzas, vuestro corazón y vuestro pensamiento (Mc 12, 30), pues ahí está la expresión misma de vuestro amor a Dios. Pero qué floja es vuestra participación en la misión que explica la presencia de Cristo en la carne. Estáis sorprendidos porque la desmoralización de las sociedades gangrenadas os trastorna y os indigna. ¿Os sorprende, hermanos míos? Y sin embargo, dad la vuelta y pensad en el camino que vosotros habéis recorrido. ¡Con cuánto egoísmo indolente!… sí porque, incluso en el egoísmo, el dejar hacer, el dejar decir, el abandono fueron vuestra fácil actitud. ¿Lo habíamos dicho suficientemente sin embargo? Violentamente, porque Dios os enviaba las llagas…

* * *

20 de enero de 1935.

No, mi mamá pequeñita, no temas nunca mi olvido ni mi indiferencia ante las dificultades del mundo en que aún os debatís contra el Maligno. Al contrario, piensa que Cristo, el Amor infinito de Dios, venció al Príncipe del mundo con su indecible sufrimiento (Heb 2, 9). Comienza a veces una tarea que os coloca ante él, invitándole a recuperar un papel que vosotros solo le permitís realizar. Lee el resto de esta entrada »

Él no lo hizo. Yo lo imaginé. Esta mañana he visto a un joven pidiendo a las puertas de Mercadona. Iba bien vestido y recibía con humildad las monedas que le daban. Por un momento, yo imaginé algo absolutamente insólito: el joven solo recibía monedas de 1 € y rechazaba, con suficiencia y cierto menosprecio, las monedas de 1, 2, 5, 10, 20 y 50 céntimos. Yo comprendía lo que estaba haciendo, porque él quería trabajar y no podía, pero me sabía mal, porque la gente daba lo que podía y quería.

Al ver las reacciones de algunos cristianos ante las comunicaciones de Pierre y otros mensajeros, me parece ver al joven que imaginé a la puerta de Mercadona: solo admiten las monedas de 1 € (revelaciones del Evangelio y de la Biblia) y rechazan, con cierta suficiencia («¡a mí, me basta con el Evangelio!»), todas las “aclaraciones” que Dios pone a nuestra disposición a través de sus mensajeros: monedas de 1, 2, 5, 10, 20 y 50 céntimos…

De nada sirve invitarles a pensar que tal vez algo nos aporten. Por ejemplo, facilitarnos el contacto y la comprensión actualizada de la Sagrada Escritura: ¡cuenta las citas de la Escritura que se hacen estas Cartas de hoy y verás nada menos que 29! ¿Conoces algún autor que, en 11 páginas, haga 29 citas? Pero vé más allá de estas citas. No hay ningún teólogo, que yo sepa, que diga, con tanta sencillez como en estas Cartas, cosas tan profundas y a la vez tan cercanas.

¿Te has dado cuenta de que aquí no se habla meramente al cerebro, como hacen los teólogos, sino también al corazón? ¿Cuántas veces hemos comentado todos que uno puede estar toda su vida estudiando teología y no enterarse de la vida amorosa que discurre a través de la Escritura, de los Padres, de los teólogos y de la Doctrina de la Iglesia que se citan? ¿No hemos echado de menos aprender a amar a través de la teología? Pues todo esto es lo que se encuentra en estas maravillosas “Cartas de Pierre”.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

2 de noviembre de 1934.

Pobre Mamá querida, «A cada día le basta su pena», es una palabra fuerte, pero que admite la prueba diaria, la pena que hay que llevar como una cruz. Cristo se tambaleó bajo el peso agobiante de la suya, ¿por qué iba a ser de otra manera para aquellos que lo siguen? Pero si tienes que llegar al Gólgota, es acompañada de tu Maestro que recuerda la agonía de su cuerpo y que, mejor que Simón de Cirene, aporta su ayuda y su fuerza a tu debilidad. ¡Ten por tanto buen ánimo, Mamá tan cansada! aún no has terminado de sufrir y «la muerte es una ganancia» (Fil 1, 21).

Tu Pierre.

* * *

21 de noviembre de 1934.

Desgraciadamente, Mamá querida, qué mayor vergüenza para los que se dicen cristianos (es decir «hermanos de Cristo») que esa falta de confianza en Dios cuyos resultados desoladores veis. Vosotros no ponéis tranquilamente vuestra alma enferma y vuestro corazón angustiado en las manos del Padre de toda misericordia… ¡qué ingratitud la vuestra! Cierto, los tiempos son confusos, el Cielo amenazante, el horizonte velado por las brumas que se elevan del lodazal en el que os sentís a gusto… pero vosotros, que pretendéis contar con la Cruz gloriosa del Hijo de Dios para ayudaros a dominar las pruebas y los peligros, ¿cómo es que camináis así, con las manos inactivas, con la frente baja, llenos de angustia y de temor?¿Murió Cristo en vano? ¿No dijo él: «Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33)? Pero los creyentes de la Primera Alianza tenían una fe más confiada, y sin embargo solo habían visto al Salvador en la luz de la esperanza. ¡Releed las palabras de los profetas y golpearos el pecho! ¿Dónde lograrán fuerza y ánimo los pecadores no convertidos? ¿Quién les hablará de Aquel que vino a la tierra, humilde proletario cuya ciencia espiritual asombraba a los doctores de su pueblo, y que decía a Jairo desesperado: «No temas, cree solamente» (Mc 5, 36)? ¿Quién os mostrará el amor de Dios si vosotros nos os ofrecéis en sacrificio, como hostias sin queja, para anunciar, a los que arrastra el Enemigo, la alegría de la renuncia y de la victoria por la entrega en holocausto? «Todo lo que ha nacido de Dios, escribía Juan a la Iglesia primitiva, vence al mundo, y la victoria con la que se vence al mundo es vuestra fe» (I Jn 5, 4). Lee el resto de esta entrada »

Todavía lo recuerdo. Aún era niño, pero no puedo olvidar cuando íbamos a misa, en el pueblo, cantando detrás de una cruz de madera que teníamos en la escuela: «Al Cielo, al Cielo, al Cielo quiero ir…» Luego, mientras la gente estaba en misa, una pareja de hombres vigilaba por las calles con una escopeta; no por seguridad, sino para denunciar al que no iba a misa. La blasfemia estaba prohibida bajo multa… En este contexto, el Opus Dei decía en su máxima 397: «El plano de la santidad está determinado por tres puntos: la santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza»…

Por el año 78 llegó la democracia y muchos cristianos se sintieron perdidos. Llegaron los protestantes: evangélicos, testigos de Jehová, etc. y algunos nos dedicábamos a tratar de convencerlos con “balas” de palabras que habíamos aprendido: “haire keharitomene” y otras. Había españoles, emigrantes de los años 60, que decían a los de otras religiones que se les acercaban: «¡No practico mi religión de España, que es la verdadera, como para seguir la tuya!». Todos estábamos muy seguros de nuestra religión, que algunos llamaban: “nacionalcatólica”, aunque la mayoría ya no practicaba ninguna.

Pasaron los años y, a principios de los 90, me recomendó el P. Brune “Las Cartas de Pierre”. Confieso que, al principio, me acerqué a ellas con prudencia, porque me había dicho que era un autor protestante. Comencé a traducir el primer tomo y me pareció un descubrimiento fantástico. Descubrí en ellos “otra religión cristiana”: razonada y razonable, bien asentada en el Nuevo Testamento, sobre todo en el Evangelio. Teológica. Con incursiones profundamente místicas. Es como «la religión del Espíritu» que vino a traer Jesús… Y Pierre todo lo decía en un clima de profundo amor a su madre, Cecile, y a Dios en Cristo.

Creo que conocer a Pierre ha sido una de las cosas más hermosas que me han sucedido en la vida.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

16 de enero de 1934.

Mi querida Mamá:

¿Has pensado alguna vez en la sonrisa de María inclinada sobre el pesebre donde dormía Jesús? Sin embargo, ¡qué pobreza! ¡qué preocupación! ¡qué mirada oculta sobre el futuro debía hacer estremecer su corazón de joven madre sometida a la voluntad de Dios! Pero el Hijo prometido había nacido, el sueño se había cumplido… el ángel no había frustrado su candor virginal… Es una lección de confianza en Dios que tengo el encargo de ofrecer a tu inquietud, Mamá querida. Una preocupación pesaba sobre tu corazón ante la noche que se abatía en torno a nuestras cruces, porque ella ocultó la Cruz triunfante del Redentor. Nosotros fuimos enviados al encuentro de vuestra angustia cercana, cuando nuestras madres arrodilladas bañaban con sus lágrimas nuestras tumbas… los «pesebres» donde acabábamos de nacer a la vida espiritual. Allí estaban los pastores y los Reyes Magos, postrados ante nuestra victoria… pero, como los que rodearon al Maestro, se fueron, recuperaron su vida abandonada un momento, se olvidaron de Belén y del establo, y de la joven Madre y del Niño… Olvidaron el entusiasmo de una hora, se apartaron, indiferentes, cuando Judas traicionó y Pilato condenó, dejaron que la cruz ignominiosa se levantara sobre el Gólgota… que las tinieblas cubrieran la tierra que tembló (Mt 27, 45)… pero el sombrío «rey del mundo» estaba vencido (Jn 16, 33).

¿Creéis que esta victoria es insuficiente, hermanos que no habéis comprendido la obra de Dios? «Si el grano de trigo no muere, permanece solo, pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24)

¡Acuérdate, Mamá querida, y anímate…! «Mi alma está turbada… y ¿qué diré? ¡Padre, líbrame de esta hora!» Pero es para esto para lo que vine (Jn 12, 27). Y vosotros todos, que os estremecéis de temor y de horror, vosotros que, como Cristo crucificado, gritáis «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» podréis, en la paz y como él, inclinar la cabeza: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Fiat… así sea.

Pierre.

* * *

2 de abril de 1934.

¡Ah, Mamá, querida mía, cómo expresar nuestra tristeza y con cuánto dolor vimos nacer y después crecer el mal entre los que habíamos creído despiertos y conscientes de la llamada de Dios!

¿Es demasiado tarde? Acuérdate de Amós, un modesto pastor que el Eterno había elegido para trasladar a su pueblo las quejas dolorosas de su Dios. Tú lo ves, el mismo Dios sufre cuando el pecado reina en las almas. Amós previno a Israel diciéndole: «Han llegado los días en los que el Eterno enviará el hambre al país; no un hambre de pan y una sed de agua, sino la sed de oír la palabra de Dios. Y los hombres irán acá y allá, buscando la Palabra (que es Cristo), pero no la encontrarán» (Jn 13, 34). Lee el resto de esta entrada »

Obedezco al médico y salgo a andar. Me viene a la mente una cosa que he leído en la carta del 28 de noviembre de 1933: «Presta atención, Mamá: renunciar a sí mismo para obtener más de lo que se consigue por el sacrificio, no es un sacrificio fecundo porque es egoísta». Recuerdo lo que dicen ya algunos autores: «la observación de mi conciencia influye en los fenómenos físicos». Es decir, mi manera de observar un fenómeno influye en él.

Recuerdo a una amiga que “se la tiene jurada al «dolorismo» “… Yo tampoco entiendo tantas expresiones de «dolorismo» que vemos en Semana Santa; capirotes, empalados, latigazos en la espalda, tamborradas en Calanda y Madrid… Lo que sí entiendo es lo que dice Pierre, citando la Epístola a los Hebreros: «las palmas y gritos que lo aclamaban no causaron la salvación del mundo, sino Getsemaní, el Pretorio y la Cruz». Así lo revelan las Escrituras. No porque a Jesús le guste el dolor, sino porque eligió este camino por Amor a los marginados… para que nadie se sienta marginado… La Semana Santa: hacer nuestro su dolor y hacer suyos los nuestros, más allá del espacio y del tiempo

Y entender así la Pasión, me ayuda a vislumbrar un poquito una cita de Jesús que hace Pierre en esta misma carta: que hay «alegría en el cielo cuando un pecador se arrepiente». No se refiere solo a los «grandes pecadores», sino a «todos». Si yo me decido a trabajar en serio para no enfadarme cuando alguien me corrige por algo que hago mal, soy «un pecador que se arrepiente»; si trato de comprender la “creencia” de un político que me cae mal, soy «un pecador que se arrepiente». Y aquí, añade tus propios ejemplos hasta sentirte «un pecador que se arrepiente»… ¡Y esto, dice Pierre, causa alegría en el cielo! ¡Porque el Cielo y nosotros somos uno!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

28 de noviembre de 1933.

Los cristianos tienen que pensar en la parábola del Mesías: «El reino de Dios se parece a la levadura» (Mt 13, 33) y en el comentario de Pablo: «Un poco de levadura hace crecer toda la masa» (I Cor 5, 7). El apóstol añade: «Haced desaparecer la vieja levadura». Si el mundo es tan malo, si está tan confundido, hermanos míos, es porque no habéis hecho desaparecer la vieja levadura, y porque esta levadura amarga hace que crezca la masa corrompiéndola a la vez. Los cristianos se indignan… Protestan contra el mal que reina y contra la indiferencia de los hombres, incluso en la Iglesia… solo con algunas excepciones. Pero son totalmente responsables de este estado de cosas, porque solo ellos poseen la levadura que ha producido el «Pan vivo bajado del Cielo» (Jn 6, 51)… Este es el Amor, destácalo, no digo la debilidad, el dejar decir, el dejar hacer, sino el Amor; ahora bien, el Amor puede mostrarse en severidad y en castigo, como el de un padre que reprende a su hijo culpable, como el de Dios que, a través del castigo, purifica al hijo que ama. ¿Habéis desempeñado esta tarea santa, vosotros que leéis estas líneas? ¿Habéis recordado la necesidad de renunciar a vosotros mismos, de desprenderos de las cosas efímeras de la tierra que mueren, para revestirse del manto celeste (realización de desprendimiento sin reserva mental de una ventaja o de una recompensa)? Presta atención, Mamá, a estas últimas palabras: renunciar a sí mismo para obtener más de lo que se consigue por el sacrificio, no es un sacrificio fecundo puesto que es un sacrificio egoísta. ¡La Cruz mostró la superioridad de Jesús porque tenía un sentido único: «¡La salvación de los pecadores!» Cristo se mostró en una humildad apasionada para redimir a los que Dios había condenado, porque la justicia inmanente no puede unirse con la injusticia que sería la acogida tierna de un Padre a unos hijos rebeldes, sin remordimiento, sin arrepentimiento, sin desgarramiento de su alma abandonada por ellos mismos al Maligno: bajo este nombre, entiendo el Orgullo, la Lujuria, el Egoísmo despiadado, todo lo que el Enemigo de Dios sugiere y que el hombre acepta sin entablar batalla. Vosotros estáis en esta situación. ¡Sembrado, permitido el cultivo de este grano envenenado, estáis sorprendidos al ver crecer la cosecha! ¿Quién tiene la culpa si los barbechos han sido trabajados por otros distintos de los cristianos… si ellos ni siquiera han intentado echar a los criminales que profanaban las llanuras enrojecidas por la sangre del holocausto generoso? ¿Quién tiene la culpa, hermanos míos? Os dejo que respondáis en el dolor, en el arrepentimiento, porque es de ahí, tal vez, de donde procederá el principio de energía que permitirá la Cruzada Santa, y que llevará a los hombres abominables al pie de la Cruz que salva. Así sea. Lee el resto de esta entrada »

Cuando aún nos comunicábamos con la Hermana Concha a través de nuestra amiga Amalia, le pregunté un día por D. José (nombre ficticio) que había sido mi profesor de teología dogmática cuando yo estudiaba. En concreto, quería preguntarle cómo veía él ahora algo que rechazaba obstinadamente cuando vivía aquí: la comunicación desde el Más allá. Me dijo que le estaba siendo difícil cambiar porque estaba muy aferrado a su creencia de que Dios se había comunicado en Su Hijo, en Su Palabra y ya no tenía nada que añadir.

Este es un tema recurrente entre personas que estudian una determinada teología. A mí me ocurría igual. Puedes decirles mil veces que no se trata de nuevas revelaciones, sino de actualizar y aplicar a circunstancias concretas la única Revelación de Jesucristo. Es igual. Seguirán tozudamente con la creencia que aprendieron desde niños de que no se pueden admitir nuevas revelaciones…

Sin embargo, como vemos en estas cartas dictadas por Pierre a su madre, la aplicación de la Revelación de Jesucristo no puede ser más oportuna. Hay que leerlas con atención. Le dicta estas cartas en el período entre la Primera y la Segunda Guerras mundiales. Se hablaba mucho de la paz, después del desastre de la guerra de 1914-18. Pierre recuerda que la verdadera paz viene de Cristo. Cecile, su madre, no tiene ya la energía de cuando era joven; le recuerda que el Espíritu puede darle posibilidad de acción. Insiste en la oración: recuerda la lucha de Israel con el Todopoderoso «y la bendición de Éste que se había dejado vencer por la perseverancia el hombre» (Os 12, 4-5).

Cada vez valoro más estas Cartas de Pierre, cuyo último libro estamos traduciendo. Estoy seguro de que nadie se convencerá si, como mi querido D. José, está “cosido” a sus creencias. Cada uno es muy libre de admitir o no estas “Cartas de Pierre”, al igual que otras “revelaciones privadas”. Yo encuentro, estas Cartas en concreto, cada vez más coherentes con el Evangelio y más distantes de una determinada Confesión cristiana. Pierre está cerca del Evangelio y más bien lejos de una determinada Religión

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

8 de octubre de 1933.

¡Ánimo, Mamita! Tú lo sabes, tu Pierre está siempre a tu lado, silencioso y tierno, y conoce tus pensamientos, tus dificultades, tus tristezas. Tú no te refugias con suficiente frecuencia en los brazos de tu Salvador, Mamá querida. Tienes en él un refugio constante y un hogar espiritual donde encontrarás a todos tus seres queridos en la intimidad maravillosa del Cristo-Amor. Esta unión es posible: no deberías privarte de ella, pues nosotros te invitamos a hacerlo con un cariño indecible. Este es el santuario de la verdadera paz, la del alma, que los hombres buscan en vano, porque quieren encontrarla en las convenciones políticas cuando la única paz que puede transformar el mundo es la paz de Cristo: «Os doy mi paz, os dejo la paz, no la paz que os da el mundo (Jn 14, 27)…» ¿No os lo había anticipado? Esta paz debe irrumpir en las almas… en cada alma en primer lugar, después, poco a poco, en todas las almas de la tierra, como son pacíficas las almas en el Cielo. Solo entonces, las naciones estarán unidas y reinará la paz. Vosotros comenzáis por donde podríais terminar y estáis sorprendidos por la confusión, por el caos que invade a las sociedades terrestres. ¿No sois vosotros responsables, vosotros que os llamáis cristianos? Este nombre pacífico es para vosotros una simple etiqueta, un título sin valor, porque no tiene influencia ni en vuestra vida, ni en la de vuestros hermanos. Este es el cáncer que mata a la humanidad; el Cristianismo está despojado de toda lacra egoísta… pero vosotros sois todo egoísmo; es tranquilo y generoso… pero vosotros estáis excitados y sois aprovechados; el gusano que corroe a cada una de vuestras conciencias se une al gusano que destruye la de vuestros compañeros de camino; pronto la especie se reproduce en gran número y trasladáis el germen de la descomposición que devora y destruye la obra del Amor. Este mal es reparable con la ayuda de Dios, porque nuestras oraciones piden vuestra curación, que será en primer lugar individual. Los cristianos se han convertido en los enemigos de su Maestro: levantan las manos hacia Cristo y le gritan: «¿No te importa que perezcamos? (Mc 4, 38)» ¡Qué hipocresía! Vosotros sembráis la tierra preparada por la Cruz de un Redentor, pero lanzáis al suelo granos envenenados, y la cosecha solo contiene también flores venenosas.

Sin embargo, la necesidad de paz apremia a los hombres; morís de sed de paz, de hambre de paz, vosotros lo sabéis, pero no arrojáis, como el «colector de cizaña» (Mt 13, 36), las plantas malditas en el horno del Amor; el polen vuela, fecunda la llanura y la muerte que es el salario del pecado destruye la vida, don de la gracia. ¿No nos oís? Somos los que seguís amando a pesar del velo, los que os aman a pesar de los ojos cerrados de vuestra ingratitud, los que el Salvador ignorado os envía, los que rezan por cada uno de vosotros citando vuestro nombre.

Ánimo, Mamita, medita estas líneas de tu Pierre.

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Primero, creí que era “realista” porque solo admitía lo que veía con mis ojos, oía con mis oídos, tocaba con mis manos. Después, aprendí a preguntarme, a partir del psicoanálisis, “¿qué hay detrás de lo que aparece a primera vista?” Finalmente, al traducir a “mensajeros” del Más allá, como Pierre Monnier, Arnaud y otros, vi que había también una realidad detrás de lo que ellos trasmitían: sentimientos, descripción de otras realidades, modo de ver el mundo… y dejé de tener claro que las “únicas fuentes para conocer la realidad” fueran mis sentidos o preguntarme “qué hay detrás…”

Finalmente, estoy comprendiendo que puedo ampliar mi visión de la realidad modificando mi sistema de creencias, abriéndome a nuevas perspectivas [de “Aquí” o de “Allá”], abriendo puertas, aceptando nuevas formas de ver el mundo, ampliando mis ideas sobre lo que entiendo por espacio, por tiempo, por dentro, por fuera… Y luego dar otro paso: con la información recibida ir a mi interior, conectar con lo que soy, con lo que siento, y desde allí, al observar lo que sucede, descubrir lo que es adecuado para mí…

Oigo a amigos que, parapetados en lo que yo creía ser realista en mi primera etapa, me dicen que todas estas son creencias. ¡Y admito que lo que yo creía ser verdadero conocimiento: [«adaecuatio intelectus et rei» (adecuación entre el entendimiento y las cosas)] eran, en realidad, “creencias”! Porque, en realidad, ¿qué me llega cuando veo una realidad? ¿No son impulsos eléctricos que mi entendimiento luego, interpreta y dice si es una mesa, una silla, etc? Y desde este punto de vista, ¿no son, en realidad «creencias» los que llamo conocimientos sobre la realidad? Y ¿qué hace lo que llamamos ciencia, sino ampliar nuestras creencias?…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

16 de octubre de 1932.

Tal como tú lo has sentido, Mother dearest, para nosotros que nacimos por la guerra, qué decepción cruel ver los tristes resultados de nuestros esfuerzos entusiastas. ¡Ah, jóvenes hermanos en quienes habíamos creído, nos habéis traicionado! ¡y vosotras, nuestras hermanas, que debíais ser madres de nuestros hijos, nos habéis engañado! Es un hecho incontestable, doloroso, que retrasa considerablemente la madurez de nuestras semillas. Caímos en los campos de batalla con la mirada fija en una visión de victoria, cuyo centro era Cristo en la Cruz. Nuestros últimos suspiros fueron una oración, nuestras últimas sonrisas un mensaje a nuestras madres; vosotros cerrasteis nuestros ojos, recogisteis los suspiros y contemplasteis nuestros labios sonrientes en los últimos momentos terrestres ―ese último combate entre la carne y el alma― y estabais encargados de transmitir a los que os amaban esta herencia que debía ser una llamada ante nuestra obra inacabada… la de Dios. ¡Oh hermanos de armas, esta llamada la olvidasteis bajo la tierra de nuestras tumbas, enterrada debajo de nuestras cruces! Qué responsabilidad la vuestra, ante la historia humana, ante el destino de la patria por la que nosotros aceptamos la muerte, ante la Iglesia a la que vuestra indiferencia hizo sangrar un sudor que se parecía al del Salvador en Getsemaní. Dios os pedirá cuentas un día… ¿qué responderéis?

Pierre.

* * *

15 de octubre de 1932.

Querida Mamá:

Este grito de alarma, que llena el mundo espiritual y os lleva al rejuvenecimiento de las almas, lo enviamos con angustia a la tierra, a nuestros seres más amados entre todos. ¿Podréis oírlo y reparar el mal producido a la Iglesia por la deserción de los cristianos? Nosotros hemos caminado delante de vosotros, con el alma removida, y la victoria sobre nosotros mismos precedió a la victoria de nuestros esfuerzos guerreros. ¡Oh, qué flores frágiles pero vivas crecían en nuestros surcos! Ellas tenían  que vivir, prolíferas, regenerar la tierra, engendrar el amor generoso: el amor de un Cristo por sus hermanos, el amor que nos mantenía pies y manos unidos en un abrazo salvaje, en el que hemos respirado ampliamente los soplos del sacrificio. Pero vosotros habéis pisado nuestras cenizas nutritivas y las plantas vivas han muerto por vuestra brutalidad.

Os pedimos que trabajéis el suelo que así habéis pisoteado, para devolver a la superficie la semilla inmortal que vosotros impedís que se desarrolle normalmente. ¡Mirad a vuestro alrededor, queridos míos!… ¿Os parece que los campos espirituales auguran una primavera? Nosotros somos enviados para dirigir vuestro trabajo… Las labores han comenzado… ¡habéis perdido un tiempo precioso! Caminad por tanto en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

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Lo que más me ha llamado la atención, hasta ahora, del curso de Física Cuántica que estamos haciendo algunos es la insistencia de la profesora en algo a lo que muchos jamás habíamos dado importancia: la atención. En las cuatro horas de clase que llevamos, va repitiendo, como un “ritornello”: «¿Dónde está mi atención?» Alguno se preguntará como yo: ¿Por qué esa insistencia? Y la mejor respuesta es la que nos daba la misma profesora: «La atención es energía (psíquica, mental) que si no uso conscientemente, se disipa en el parloteo de la “mente de mono” que llevo dentro. La cantidad de energía que tengo es limitada y la uso según mi atención.»

En este envío, se adjuntan seis cartas de Pierre de 1932. Solo se pide una cosa para leer estas cartas: atención. Se nos dice que esta palabra tiene tres elementos: a-ten-ción, y significan “la acción que tiende hacia”. En este caso, hacia la comprensión de unos mensaje sencillos que Pierre dirige a su madre, Cécile, desde el Otro lado…

Pero, ojo, no se trata de una acción racional, porque «la mente racional no siente, me saca del sentir». Y de lo que se trata, cuando hacemos el ejercicio de enfocar la atención, es de que «una parte de mi atención esté dentro de mi cuerpo (el que siente todo)». Suceda lo que suceda, veamos la repercusión que tienen, dentro de mí cuerpo, los hermosos mensajes que Pierre dirige a su madre. Decía Buda: «Después de observar y analizar, cuando descubráis que algo es acorde con la razón, aceptadlo y ponedlo en práctica».

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

3 de octubre de 1932[1].

Mamá muy querida… «¿Olvida una mujer al hijo que amamanta? Pues aunque la mujer lo olvide, yo no te olvidaré» (Is 49, 15). ¡Ah, Mamá! estas palabras del Eterno que el Profeta gritó ante el dolor humano, me las apropio sin blasfemia y te las digo personalmente. Una madre no olvida al hijo de sus entrañas y el hijo no deja de bendecir a su madre cuando el ángel del Eterno ha llevado a uno de los dos al «valle de la sombra de la muerte» (Ps 23, 4). La lucha que mi alma ha sufrido en este día de otoño, ocaso de la virilidad terrestre, la ha marcado con un sello imborrable hasta en el Más-Allá de las cosas pasajeras. La Victoria estaba también armada como un guerrero: yo necesitaba nuestro amor y nuestro sacrificio consentido para mantenerla prisionera y abrazarla con cariño duradero. En adelante, sometida a mi voluntad bruscamente revelada, replegó sus alas y permaneció a mi lado «fiel hasta la muerte» (Apoc 2, 10). Ella fue la compañera de mis días de batalla, de mis horas de gran guardia, de mis noches frías y preocupadas. Cuando sonó la última llamada, querida Mamá, la Victoria cuya mano yo tenía entre las mías, cerró mis ojos con tus labios y me bendijo con tu voz

¡Consuélate por tanto, pobre querida, el abrazo era tan dulce y el adiós tan fácil!… tu amor se me mostró con el rostro de la Victoria familiar, que yo había desvelado aquella noche de otoño, en el Jardín de Getsemaní..

Tu pequeño Pierre.

* * *

4 de octubre de  1932.

¡Ah, Mamá querida! los hombres no han comprendido la obra que se realizaba  por  nuestras manos! ¡Desgraciadamente, no! Entonces, desde todas partes, «el Eterno de los ejércitos» nos ha enviado, jóvenes soldados del Ideal por el sacrificio, hacia aquellos que permanecían en la tierra, consternados y sin ánimo. Como Habacuc, el profeta de la Primera Alianza, hemos hablado: «Yo me mantenía como centinela; estaba de pie en la garita de guardia, y atento para ver lo que se me diría. Y el ángel que hablaba conmigo me respondió, me condujo y me encargó escribir de forma legible para que se lea con soltura.» (Hab 2, 1).

Pero ¿qué habéis hecho vosotros con esta gracia divina? ¿Por qué no tenéis en cuenta las advertencias solemnes que os hacemos de parte de Dios, nuestro Padre?

Una época bendita entre todas pasa por la tierra: el Cielo está lleno de consuelos, porque la tierra está abrumada de dolores. El Cielo se ha abierto y los hijos sacados de los hogares terrestres han hablado, instruidos por los Principados y las Potestades celestes. Vosotros habéis prestado «oídos, habéis mirado con curiosidad» después habéis cerrado las almas indiferentes»; Mamá, ¿has comprendido? «Yo me mantenía como centinela; estaba de pie en la fortaleza». Esta plaza fuerte, donde  he montado la guardia del Amor, es tu alma afligida. ¿Tendrías la debilidad de rendirla, porque el enemigo causa estragos y la rodea y amenaza? ¿Podrías olvidar que el centinela que se mantiene de pie en la fortaleza es tu Pierre? Lee el resto de esta entrada »

¿Aporta algo esencial a la religión cristiana el admitir que los seres del Más allá se comunican con los que vivimos en la tierra? Y si aportan algo, ¿qué en concreto? Estas preguntas son importantes. Hay que aclarar, de entrada, que la religión cristiana quedó completa con la Revelación de Jesucristo: Trinidad, Encarnación, Redención, etc. Por tanto, estas supuestas comunicaciones no aportan nada “esencial”.

¿Aportan algo “no esencial”? Mi respuesta es contundente: SÍ. He aquí algunas cosas que aportan estas cartas que hoy se envían. En el credo confesamos: «Creo en la comunión de los santos». En la carta del 28/08/1932 Pierre le dice, entre otras cosas, a su madre: ¿Has dejado alguna vez de sentirme a tu lado…? Conviene no perder de vista la aportación principal de estas cartas: explicitan y actualizan lo esencial. En este caso, algo que confesamos en el Credo…

Nos recuerdan cosas que están en el Evangelio y que son elementales: que nuestra vida está llena de «preocupaciones», que «amasamos tesoros para los ladrones, la polilla y el moho», que tenemos que tener ánimo para «vencer al mundo», como lo venció nuestro Salvador y el mismo Pierre

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

28 de agosto de 1932.

Mamy mine, ¡heme aquí! El tiempo te parece largo, la vida difícil (me refiero sobre todo a la vida espiritual)… pero ¿has dejado alguna vez de sentirme a tu lado, querida mía, fielmente amoroso, muy cerca de tu alma, compartiendo tus alegrías y tus penas?… esa sobre todo que ha sacudido tan violentamente tu corazón maternal, pero que yo me esfuerzo en mostrarte bajo su verdadera luz: el desarrollo maravilloso de una planta demasiado hermosa para la tierra, madura para la vida íntegra del alma, la del Cielo. Alégrate, amada mía, de la fe total en la comunión de los espíritus que te he enseñado desde que atravesé el velo. Tú nos volverás a encontrar así reunidos en torno a vosotros, llenos de amor, y uniendo a las vuestras nuestras fervorosas plegarias. Dios «no os deja huérfanos», acoge en sus brazos paternos a los afligidos a quienes llama al conocimiento de su misericordia infinita. Tú no oyes las voces tiernas que te gritan… solo la mía (por la gracia de Dios) llega a tu alma maternalmente sintonizada con mi alma, pero no olvides nunca que tú misma puedes hablar a los seres queridos a quienes no puedes ver ni oír: ellos distinguen sin esfuerzo los impulsos del cariño que permanece indiscutible, eterno. Ellos me han pedido que te lo diga, querida mía, y te asegure que no hay ruptura en los afectos puros, por el hecho brutal de la muerte ―un incidente sin poder sobre el destino de los lazos maravillosos que unen, unos a otros, a los que se amaron en el mundo. Por consiguiente, si tú no puedes recoger el eco de las voces que tu oído reclama, el canto de la fidelidad que tú y yo, querida, tan bien conocemos, no tiene notas perdidas. La armonía es perfecta, ninguna voz falta en él.

Pierre.

* * *

29 de agosto de 1932.

Mamá querida:

Tu cansancio me confunde, porque pone como una pantalla entre nuestros espíritus cuando quiero hablarte y decirte todas las cosas tiernas que hacen nacer…

Realmente, Mamá, es casi imposible llegar a ti, te ruego calmes esa tempestad que tienes en tu cerebro; lo cierras así a mi acción espiritual. Debido a esto, se producen esos largos silencios que tú lamentas… ¿Qué puedo hacer yo? Tal vez la vida está demasiado cargada de preocupaciones, yo no puedo juzgar de ellas desde mi esfera tan luminosa y tan tranquila. Así es toda la vida de las almas libres, querida mía, y lo que debería suceder en la tierra al igual que en el Cielo.

Vosotros llenáis vuestros días terrestres de ruido y de sombra… pero Dios no os ha puesto en el Mundo para esto: estáis puestos en él para hacer que reine la luz y la paz. Conocéis todos los medios: la serenidad, el don de sí y la aceptación. De esta semilla santa nacerán frutos de justicia y de caridad… ¡así de simple! ¿Por qué corréis por los caminos de la vida ansiosos, con envidia, celosos e indignados, tan duros, egoístas e indiferentes hacia los hermanos? ¿De qué os servirán las ganancias mal adquiridas y sin valor, cuando resuene la voz de Dios y pronuncie vuestro nombre? Cristo os dijo: «Acumuláis tesoros para los ladrones, la polilla y el moho», y cuando seáis despojados por la muerte, «de cosas que solo son para un tiempo», os veréis pobres y desnudos. Lee el resto de esta entrada »

¿Qué significa esta llamativa frase de la primera de estas cartas?: «Olvidáis la fuerza inmanente que excluye todo aislamiento de los espíritus encarnados y desencarnados». Hace recordar al físico David Bohm: «En realidad, –decía éste-, todas las partículas cuánticas son proyecciones de una realidad más profunda… Todo interpenetra todo… »

Para llegar a lo esencial en la búsqueda de esa fuerza inmanente hay que ir, a mi juicio, a lo que el mismo Bohm llama «el orden implicado». Me da que estamos en el meollo de lo esencial. Para descubrirlo, Pierre Monnier habla de «la comunión mística del alma con su Dios». No debe extrañarnos esta distinta terminología. Lo importante es descubrir que «todo interpenetra todo» y que podemos llegar a descubrir el todo.

Para llegar a ese orden implicado, a esa fuerza inmanente, hay que ir  -como nos insisten en el curso de Física que algunos acabamos de iniciar- más allá del conocimiento puramente racional, a la intuición. Es lo mismo a lo que apela Pierre para descubrir la presencia del ser amado que se fue: «Vosotros tenéis sin duda la intuición de la presencia del ser amado…»

Esta presencia nos consta a través de una gracia excepcional que algunos tienen y que se llama «perceptividad». Hay «perceptivos sinceros y cristianos» que deberían convencernos de estas presencias, pero nuestra falta de fe no nos permite llegar a esto.

Lo curioso es que creemos en la resurrección de Jesús, pero no en la de los seres queridos que se fueron. Esto supone –según Pierre- una cierta hipocresía [“actitud que consiste en manifestar opiniones y sentimientos que uno no tiene”] que aleja a la gente de la Iglesia…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

29 de diciembre de 1931

Querida Mamá:

Como consecuencia, si la Iglesia es culpable, si los hombres la abandonan y se independizan de su yugo, es porque la han descubierto sin valor, sin fuerza frente a las tentaciones y las pruebas de la vida. Sin embargo, no es porque los jefes eclesiásticos de la sociedad cristiana hayan olvidado predicar el perdón de las ofensas entre hermanos, el rechazo del mal y la búsqueda del bien mediante la comunión con un Salvador, sino los fieles se han mostrado tan débiles, tan cargados de pecados como el resto de los hombres, y su ejemplo pernicioso ha hecho caer en el crimen a las almas vacilantes o testarudas. La criminalización de los moderados es el ultraje sangrante, lanzado por los soldados alineados ante la Cruz de Cristo, a su Maestro crucificado por amor y por la salvación de la raza. El cristiano debería ser contrario al mal y no criminalizable; pero no es así, porque el mayor crimen que se ha cometido fue la deserción de los cristianos por su hipocresía. Ya no tenéis por tanto derecho a alejaros, con un escalofrío indignado, de esos pecadores condenados por las leyes del mundo, porque, ante Dios, lleváis una gran parte de responsabilidad… «Se le pedirá más al que más haya recibido» y los redimidos de la criminalidad congénita os adelantarán en el reino de los cielos. ¿Habéis comprendido?

Olvidáis la fuerza inmanente que excluye todo aislamiento de los espíritus encarnados y desencarnados; todos somos seres espirituales, lo queramos o no, los impíos lo mismo que los creyentes… a estos les toca superar triunfalmente la obra de los hijos de las tinieblas, mediante la luminosa y eficaz influencia que deposita en ellos el Espíritu Santo de Dios.  Vosotros estáis casi desconsolados por la decisión del Padre Creador: «dar a su Criatura la libertad absoluta». Os resultaría más fácil encontrar en él la autoridad total de un tirano que os permitiera echarle a Él solo las consecuencias del pecado general. Pero Él no os deja elegir y, de grado o por fuerza, influís psíquicamente los unos sobre los otros. Esta es vuestra servidumbre fraterna… esta es vuestra gloria.

Centraos por tanto en vosotros mismos y, en el remordimiento, abandonad la suficiencia por la que os creéis libres de la maldición de Dios… Entonces, el Rey les dirá: «Apartaos de mí, malditos…» (Mt 25, 41). ¡Qué sentencia! Qué condena… y ellos se consideraban justos.

Pierre.

* * *

2 de enero de 1932

¡Ah! Mamá querida, ¿por qué?, ¿cuál es la causa de esa debilidad mortal de la influencia cristiana? Es porque las obras son un resultado, un efecto, no una causa. Vosotros tal vez protestéis, cristianos fervorosos al servicio de vuestro Maestro, y sin embargo, os aseguro que este es el origen de un estado de cosas que ha producido la esterilidad de la vida interior, que ha alejado a las jóvenes generaciones de la búsqueda del único bien indispensable a las almas: todos los pensamientos centrados en Dios sobre todo y no en Su servicio. Lee el resto de esta entrada »

A veces uno se pregunta: ¿Por qué esa aversión de muchos cristianos  hacia todo mensaje del Más allá, sea de Cristo, de la Virgen o de mensajeros crísticos? ¿Por qué silencian los jerarcas, globalmente y sin distingos, los mensajes del Otro lado? Leyendo las cartas que hoy se envían, uno entiende algo…

La primera habla de la Paz que vino a traer el Príncipe de la Paz en su Nacimiento y se dicen cosas terribles sobre la Iglesia, no solo la «romana», sino la «católica»: «no comprende la paz según Cristo», «¡los teólogos han perdido el sentido de su misión… son responsables del mal que reina», «¡hablan de paz y sus corazones son hipócritas y están llenos de egoísmo!», «no soportan a los que oponen a sus tesis las suyas», no admiten la única tesis válida, la de Jesús: «amar a Dios que exige el amor fraterno». Leyendo esta carta, se comprende que se silencien…

La segunda comienza con una constatación: los discípulos del Príncipe de la Paz discuten ferozmente y no se ponen de acuerdo. ¿Alguno cree existiría la división en la Iglesia, si dejásemos actuar todos al Espíritu de Jesús en nosotros?  Pero la paz que viene de Dios hay que conquistarla, hay que luchar para hacerla triunfar del enemigo de Cristo que cada uno tenemos dentro. Pero, ojo, la paz no es el pacifismo; esto es nuevo en Pierre.

La carta del 28 de diciembre es un anticipo de lo que hoy nos dice la física cuántica: «no pensáis suficientemente en la reacción de las ondas con las que vuestros pensamientos y vuestras palabras llenan la atmósfera psíquica…»

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

Navidad 1931.

¡Mamá chiquitita, aún más querida que cuando vivía en mi carne! Mamá chiquitita, en cuyo fiel corazón leo la sensibilidad cada vez más consciente y más sagrada, y en tu rostro amado la marca de los recuerdos dolorosos y obstinados; Mamá querida, la jornada que la Iglesia celebra en el Cielo y en la tierra, ¿no es la victoria de la maternidad dolorosa? La madre ya conocía la amenaza contra el niño que iba a nacer «Emmanuel, Dios con los hombres» (Mt 1, 23), la madre ya aceptaba la angustia y preparaba su alma para «la espada que iba a atravesarla» (Lc 2, 35). Estaba escrito que el Hijo del Altísimo que ella traía al mundo, sería el Príncipe de la Paz (Is 9, 5). Vosotros habéis visto a los pastores acercarse al Nacimiento anunciado por los hijos del Cielo (Lc 2, 9-13). Habéis visto a los grades, según el mundo, llevar regalos al niño pobre, a quien ellos, reyes, llamaban su Rey (Mt 2, 2), y estos recuerdos (que no son leyendas, sino historia de la humanidad) son los que vosotros habéis cantado de rodillas  y emocionados. Sí, así es, ¡pero la paz ―su paz― que él dejó al mundo (Jn 14, 27) aún no la habéis comprendido! Cayó a vuestros pies como rama de laurel marchita, y apeláis con angustia, con ira, a «la paz que da el mundo», pero que no es la de Cristo.

Si la paz se ha alejado de las naciones, es porque la Iglesia es incapaz y no ha sabido hacer que prolifere el don de Dios Redentor, el Amor que produce la paz, la verdadera paz. ¡Ah! qué vacías y huecas son vuestras arengas, vuestras decisiones… y me refiero aquí a las de los cristianos. La Iglesia no comprende la paz según Cristo; ¿por qué quiere enseñar a los hombres la paz de las injusticias? La prognosis de las enfermedades del alma es ciega y limitada: ¡vuestros teólogos han perdido el sentido de su misión! Son responsables del mal que reina, pero nosotros somos enviados al mundo para gritar a las masas descarriadas: «Volved a Jesús que vino a traer la paz a la tierra, cuando murió por amor.»

¡Hablar de paz cuando los corazones son hipócritas, aprovechados, llenos de egoísmo, es locura! Ponéis el carro delante de los bueyes y miráis, sorprendidos, el efecto desastroso de vuestro trabajo. ¿Qué esperáis? ¡Reclamar la paz sin haber hecho que el Amor crezca! Guías ciegos (Mt 23, 16), no osaréis decir que habéis hecho nacer cosechas de amor, que los campos de Dios sembrados por vosotros han reverdecido, han madurado y llevan semillas fecundas… ¡es falso! Vosotros, que pretendéis llevar a vuestros hermanos a la verdad, estáis llenos de orgullo y miráis con suficiencia a los que se oponen a vuestras tesis; «solo una cosa es verdadera», ¡solo una cosa produce la paz! la de Jesús: «Amar a Dios que exige el amor fraterno»; esta es la paz verdadera que el mundo no puede dar…

Querida Mamá, te siento muy cansada, continuaré.

Tu Pierre.

* * *

26 de diciembre de 1931.

¡Pobre Mamá!

Tú eres de las que hace sufrir la contradicción desgarradora que domina entre los cristianos y que dice: «¿Creéis que he venido a traer la paz a la tierra? No he venido a traer la paz, sino la espada» (Mt 12, 34). ¡Oh paradoja que confunde a primera vista!… Y sin embargo, tenéis la prueba de la veracidad de estas palabras, al ver a vuestro alrededor a los propios discípulos del Príncipe de la Paz, discutiendo ferozmente e incapaces de ponerse de acuerdo. Lee el resto de esta entrada »

Me sorprende lo que dice Pierre en la primera de estas cartas: «vuestra vida es una oración, una oración de esperanza infantil, de decisiones juveniles, de actividad razonada, de agradecimiento filial…». Y me digo: ¿qué significa esto? ¿qué quiere decir? Tal vez la respuesta está más abajo: «El contacto con el Espíritu eterno es la oración».

Hace dos días, revisando las respuestas a la encuesta sobre el Más allá que hemos realizado y que ahora estamos analizando, encontré en una de ellas algo que me emocionó: “Busco a Dios por todas partes”. ¡Fantástico! ¡Bendita respuesta! Y benditos también todos los que, con motivo de esta crisis criminal, se movilizan para llevar pan a los que tienen hambre… Ellos nos permiten comprender a todos que nuestra vida –como dice Pierre– es una oración.

Estas “Cartas de Pierre” están haciendo mucho bien a muchos. Nos permiten comprender también a todos el «rechazo al agresor» por parte de jóvenes generosos, como él, en la Primera Gran Guerra, cuyo centenario celebramos este año. Son una prueba de que algo ocurre más allá de lo que vemos, cuando alguien expresa tanto amor desde el otro lado de la muerte…

Asusta un poco pensar lo que dice el 18 de diciembre de 1931: «El orgullo, que había llevado al espíritu-hombre a la tierra, fue el escollo que el Génesis llamó “la serpiente”. El orgullo engendra la envidia, el odio y las lágrimas». Me pregunto si será también el orgullo el que se interpone para que no descubramos lo que está al otro lado de la carne.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

31 de noviembre de 1931.

Querida mía:

Vuestra vida es una oración, una oración de esperanza infantil, de decisiones juveniles, de actividad razonable, de agradecimiento filial… ¡pero qué dolorosa es con frecuencia, inquieta, agitada, vacilante e incluso desesperada! Dios acepta con amor todos los impulsos sinceros que integran en realidad la vida de un alma, la vida mística y también la vida realista tal como la carne os la impone… Todo debería ser, todo es una oración no formulada, pero cada vez más envolvente y conductora de los movimientos profundos del espíritu. Lo sé muy bien, mientras el hombre está en la tierra, siente con dificultad la verdad indispensable de lo que aquí explico. Si digo «indispensable» es porque esta verdad es el sentido mismo de la existencia de las almas y porque, sin el contacto inconsciente, pero sin fisura, del alma y de Dios el alma se apagaría como una llama cuya fuente se ha agotado. Pues bien, este contacto con el Espíritu eterno es la oración… Quiero decir que, incluso sin saberlo, el alma reza y busca a Dios, lo que nosotros podríamos comparar con la flor que se eleva hacia la luz para no perecer. Se trata solo, por tanto, de hacer paciente, pura y apasionada esta oración que llena misteriosamente de deseo la personalidad profunda de toda criatura. Hay miradas, miradas de niño, tanto como de ancianos, que son así una imagen de la oración.

La tensión espiritual existe a veces bajo un velo de orgullo nocivo que trata de romperla, pero sin embargo existe en todo hombre, cualquiera que sea. Es el origen de todos los cultos paganos. Es el origen de todas las supersticiones que hacen las veces de religión para tantos de vuestros contemporáneos que ya no tienen la excusa de la ignorancia. La oración es un apetito del alma, tan irremediable como la necesidad de alimento. Da motivos por tanto para recordaros la obligación de rezar para vivir. Escuchad en vosotros mismos el murmullo armonioso que es un himno, pero también una súplica, y tomad conciencia de esta incesante plegaria: es la Vida, don de Dios. Habéis recibido la vida del cuerpo, que exige el alimento indispensable, ¿pero la vida del alma?… Pues bien, sin la oración, ésta acabará. ¡Tened por tanto cuidado!

Pierre.

* * *

15 de diciembre de 1931.

Querida Mamá:

No tengo intención de enviarte un largo mensaje con el que pedirte que me escuches. Quiero añadir unas palabras a nuestros últimos encuentros, solo algunas, pero muy graves, muy solemnes… éstas: el desacuerdo de la conciencia en los cristianos es una señal lamentable del estado en que se encuentra la Iglesia, después de 19 siglos bajo el Signo del Evangelio de Amor. Esta cuestión no debería plantearse, lo mismo que no se discute la obligación moral y afectiva para un hijo de amar a su madre, de protegerla, de proporcionarle los bienes necesarios, de sostenerla cuando llega la prueba, de alegrarse o de llorar con ella. Lee el resto de esta entrada »

Dada la situación actual de la Iglesia, estoy completamente de acuerdo con el obispo de Roma y Papa Francisco de que hay que recuperar a la Iglesia desde los cimientos. No me refiero a reformar la Curia. Eso le corresponde al Papa Francisco y lo está haciendo muy bien. Me refiero a recuperar, cada uno, lo más elemental del Cristianismo. Y aquí es donde entra Pierre …

Por ejemplo, en la carta del 18 de noviembre de 1931 dice lo que entiende por Iglesia católica: no se refiere solo a la romana, sino a la «sociedad de almas convertidas al Amor, que está destinada a convertirse en “la esposa engalanada para su esposo”». A esta Iglesia “católica” no pertenecen los que levantan un trono a su opinión, que se convierte en un dogma intangible para los que buscan; ni los que se parecen a los paganos que tienen muchos dioses: «Yo soy de Pablo, yo de Apolo…» ¡Ojo! A ella pertenece «la sociedad de almas convertidas al Amor».

En la carta del 20 de noviembre de 1931 dice que «el misoneísmo de la Iglesia es una tara peligrosa que escandaliza a los ángeles, servidores del Dios vivo». Este Pierre es sutil. Misoneismo significa «aversión a las novedades». Si el cristiano es servidor de un Dios vivo, ¿cómo se va a oponer a la novedad de la evolución de la vida? Sobre todo, sabiendo que Jesús dice: «He aquí que yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5).

Y el 27 de noviembre de 1931 dice sobre la Iglesia algo fundamental: la obra única de la Iglesia es repetir la prueba de Amor. Por favor, no señalemos a nadie con el dedo. Tratemos únicamente de descubrir lo que es esencial en el Cristianismo. Cada uno hemos de mirarnos por dentro.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

18 de noviembre de 1931.

Mamá querida:

La Nueva Jerusalén, tú lo sabes, es la Iglesia de Cristo, su reino, el reino de Dios entre los hombres. He dicho la Iglesia, y enriendo con este título: la Iglesia católica (no escribo únicamente romana), la Esposa a la que Jesús, el Admirable, hizo su promesa y de la que recibió el juramento de fidelidad. Qué mal habéis comprendido, hermanos divididos y llenos de rencor, la sociedad de almas convertidas al Amor, que está destinada a convertirse en «la esposa engalanada para su esposo» (Ap 21, 2). ¡Con cuánta maldad os desgarráis! ¡Con cuánto orgullo levantáis un trono a vuestra opinión, que se convierte para los espíritus todavía dudosos de los que sin embargo se preguntan, miran y juzgan, en un dogma intangible y asesino! Os parecéis a los paganos que tienen muchos dioses a los que los adoran sin discernimiento. «Yo soy de Pablo, yo de Apolo» (I Cor 1, 12)… y ahí está aún vuestra defensa ante el juez de los hombres… ¿Es posible presentarla al de Dios? Vosotros sabéis que no. Cada cual se imagina tener el monopolio espiritual de la luz evangélica… ¡pero se equivoca! ¿Qué importa el título añadido, como un adjetivo conminatorio, al nombre glorioso de cristiano? Sólo hay uno que el mismo Cristo pronunció: «hermanos». ¿Por qué profundizar decisiones tan lamentables con estas clasificaciones a las que pretendéis dar una importancia capital? Volved a la simplicidad de los primeros días, y preparad «el único rebaño del único Pastor» (Jn 10, 16) con la caridad y el perdón de las ofensas… «Padre Nuestro, perdónanos como nosotros perdonamos, Así sea…»

Querida Mamá, no he terminado, continuaré otra vez.

Tu Pierre.

* * *

20 de noviembre de 1931.

¡Ah! cuidado, hermanos, con faltar a la caridad, la que viene de Dios y que se ha presentado con el nombre de Jesús-Hombre. El habló siguiendo la Justicia perfecta, mostrando el juicio contra el culpable endurecido, voluntariamente endurecido por odio al Bien ―que es Dios. Pero con qué armoniosa dulzura. ¡Anunció el perdón al arrepentimiento! y el amigo que «se inclinaba sobre su hombro» (Jn 13, 23) en la última cena del Maestro y de los apóstoles, cuando predicó el Amor como la base de todas las cosas creadas o increadas, dijo: «En el Amor no hay temor, porque el temor supone el castigo, y el que teme no es perfecto en el Amor. El Amor perfecto aleja el temor». «Así esí cómo el Amor se ha cumplido en nosotros, para que tengamos seguridad el día del Juicio (I Jn 4, 17-20). Cuánta luz en estas afirmaciones del «que había visto, oído, tocado» (I Jn 1, 1). Pero vosotros no las comprendéis, y la Iglesia hace estremecerse a los pecadores aterrados y arrepentidos amenazándolos con el castigo sin piedad, porque son solo «polvo» (Gén 2, 7) y porque «la corrupción no heredará incorrupción» (I Cor 15, 50). Todos los pretendidos cristianos sostienen un dogma sin piedad para los que no alcancen la perfección en la tierra. ¡Nosotros, los hombres celestes, protestamos! Llegados al reino de Cristo, morada de la Pureza inaccesible, pero también del Amor infinito del que el mundo es la revelación, somos delegados por Dios para daros la seguridad (necesaria, desgraciadamente) de que el Evangelio ha salvado de la perdición al hombre culpable que exclama apasionadamente: «Ten piedad de mí que soy un pecador.» (Lc 18, 13). Lee el resto de esta entrada »

Mucho antes de que el obispo anglicano Robinson publicara, en 1963, el libro titulado “Honest to God” (Sincero para con Dios), le dictaba Pierre a su madre, el 6 de noviembre de 1931, la hermosa carta que responde, al menos en parte, al contenido del libro de Robinson: Dios no es como, a veces, nos lo han pintado: un Dios lleno de ira. Ni siquiera era así el  Señor eterno invocado por el “Jehovaismo” como «Dios fuerte y celoso», pues el mismo Deuteronomio lo presenta, a renglón seguido, como «El que tiene misericordia por mil generaciones».

En la carta que le dicta el 16 del mismo mes, dice una de las frases más hermosas que se leen en Pierre: «El Evangelio es el amor misericordioso y divino manifestado en carne» ¡Fantástico! Más adelante, en la misma carta, dice que Cristo es «un Camino por el que hay que ir para alcanzar a Dios». Y si es camino, hay que avanzar; la inmovilidad sería un crimen, cuya consecuencia se llamaría «despreocupación, ingratitud, muerte sin resurrección».

¡Todo está muy claro! Pero, ¿es así entre los cristianos y en la Iglesia que se llama de Jesús? Alguien me envió ayer un correo que hablaba del desconcierto que provoca el Papa actual, no solo en la Curia vaticana, sino entre muchos católicos que todo lo ven claro y que propugnan cierto inmovilismo.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

6 de noviembre de 1931

Querida Mamá:

Durante muchos, muchos siglos, la Iglesia predicó la ira de Dios, imitando en esto a los creyentes primitivos apenas civilizados, cuya sorprendente historia leéis en ese Libro que veneraba el mismo Cristo. Pero actualmente (hablo aquí vuestro lenguaje), se nos ha dicho que os recordemos que este Cristo, el Admirable, os anunciaba la justicia de Dios y no su Ira;  es algo completamente distinto, porque el juicio puede terminarse  con la misericordia del perdón. He aquí por qué, si vosotros encontráis en nuestras palabras una llamada a vuestras conciencias, esta llamada es un grito de amor. El Señor eterno invocado por el Jehovaismo… «Dios fuerte y celoso» (Deut 5, 9) era también sin embargo, para sus fieles temblorosos y atemorizados: «El que tiene misericordia hasta mil generaciones» (Deut 5, 10). El misterio era todavía grande y solo podía aclararse por la presencia del Amor mismo de Dios entre los hombres: el Mesías prometido.

El mal existía desde antes de la creación del cuerpo del hombre… (lo que está mal). Ahora bien, la Biblia, al hablaros de los «ángeles culpables» (II Pe 2, 4) y caídos, hace alusión a «esos espíritus malos de las regiones celestes» (Ef 6, 12) (los discípulos de Satán), pero también a los hombres celestes a los que su orgullo movía a exigir la libertad de su conducta ―ya te he hablado de estas cosas. Los espíritus encarnados (los hijos de la rebelión) (Ef 2, 2) fueron al mismo tiempo las víctimas del sufrimiento que nace del mal realizado.

No puedo, querida mamá, repetir toda la historia de la humanidad, envuelta en tantos errores (no materiales, sino espirituales), tal como os lo dicen los Libros antiguos, ni censurar esos textos que podéis considerar como la base viva de la religión ―entiendo por ésta el lazo que une la tierra con el Cielo. Pero te he dicho lo anterior para mostrarte el milagro incomparable, por el que Dios omnipotente y justo consintió en compartir espiritualmente la debilidad de la carne, para establecer el Amor en la tierra y consagrarlo Rey de los reyes (I Tim 6, 15). ¡Vosotros sabéis esto! Dais gracias a Dios por esta gracia, oh cristianos… y sin embargo la lucha trágica entre el Maligno y Dios a los cuales vosotros personificáis, no está terminada; ¡vosotros vais del uno al otro, ofreciendo y recuperando vuestra alma! Pedro dice a Jesús: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré…» (Mt 26, 35) y unas horas más tarde «cuando cantó el gallo» (Mc 26, 74) dijo «entre imprecaciones»: «no conozco a ese hombre» (Mt 26, 72).  Todos vosotros imitáis a Pedro, y la mirada de Cristo, llena de dolor y de piedad, se fija pesadamente sobre vosotros, hermanos míos. ¿Ira? No, ¡sufrimiento!… la respuesta del Mártir fue: «Padre, perdónalos» (Lc 23, 34) y la del amigo, una pregunta: «¿Me amas?» (Jn 21, 16).

Nuestro mensaje, amada mía, es éste. Estas dos palabras sublimes: el perdón del Padre y su llamada al amor de los hijos culpables, esto resume todo el Evangelio.

Pierre

* * *

16 de noviembre de 1931

Querida Mamá:

El Evangelio es el amor misericordioso y divino manifestado en carne… Cuántas veces fue comentada esta gracia inaudita. Pero, ¿reconocéis a Cristo en medio de este océano de amor inagotable? Sin duda, un Juan vidente, al hablar del Hijo, ofrece palabras luminosas. «He aquí lo que dice el Amén» (Así sea) «el que está en el principio de las cosas creadas por Dios» (Apoc 3, 14): «Todas las cosas fueron hechas en la Palabra, porque en ella estaba la Vida» (Jn 1, 3-4). Ahora bien, la Palabra es Cristo. Todas las cosas nacieron de una orden de Amor creador: «Hágase»… principio de la criatura «a imagen de Dios» (Gén 1, 27) que es así un resultado del Amor inicial, por consiguiente, Amor. ¡Ah, qué degenerada es esta amada hija del entusiasmo amoroso y omnipotente «la humanidad» caída desde el momento en que tomó conciencia de su valor autónomo y renunció a la obediencia para satisfacer el egoísmo de su orgullo.

Es un remordimiento y una emoción profunda lo que venimos a buscar en vuestras almas, nosotros que os amamos, nosotros a quienes os envía Dios como convertidores… iba a decir, como redentores.

Cristo es el Principio de la criatura; por El, vosotros existís… nosotros existimos; Dios, amándonos primero, manifestó a Cristo ―la Palabra― y para demostrarnos su perdón, lo envió al mundo para salvarlo (I Tim 1, 15) y arrancarlo de las lisonjas mortales de un Enemigo insumiso y soberbio.

Piensa, Mamá, en la extraordinaria revelación hecha a Juan (en Patmos): Cristo es el principio, el origen de la criatura; ¿tendríais vosotros la idea de dejar inacabada vuestra obra comenzada? Un comienzo ¿tiene una conclusión sin haber crecido, evolucionado, alcanzado la perfección deseada? Cristo es el Camino, «un camino por el que hay que ir para alcanzar a Dios». ¿Está escrito que, por tener el camino, habéis encontrado a Dios? No, aunque sea una paradoja decir lo contrario, pero en un camino, hay que moverse, avanzar o retroceder, y como «nadie va al Padre sino por el Hijo» (Jn 14, 6), la inmovilidad sería un crimen cuya consecuencia se llamaría despreocupación, ingratitud, muerte sin resurrección; un principio no es un todo; no es un día entero, es una mañana, y para que sea un día, hay que pasar por el mediodía, la tarde, y ver la noche ―la noche iluminada por el Sol de Vida, transformada ella misma en resplandor glorioso: Cristo el comienzo, Dios el fin conquistado ―el Amor (la página del Amor es la que explica todas las cosas), Dios, la creación, el don de Cristo, la misericordia que triunfa en el juicio.

Jesús, nuestro Jesús, el Niño de Navidad, el Mártir en la cruz, el Vencedor de Pascua; en la revelación que siguió a su vida terrestre, se llama el Príncipe de la criatura y el Amén, pero vosotros arrojáis la sombra de vuestro orgullo sobre esta luz, y nada de ella aparece más en la vida de los hombres en la tierra.

Pierre

flor10110La carta de Pierre del 22 de octubre de 1931 es tremenda. Cristo –dice él– se encontró con una religión «todavía primitiva» que se servía de ritos, usos y costumbres severas para frenar las conciencias y los espíritus.

Jesús se sirve de esta religión «todavía primitiva» que encuentra, en especial en los textos del Antiguo Testamento, y la utiliza como un soporte que prologa y prepara la gran sinfonía del Amor que viene a establecer.

En esta sinfonía, el “ritornello” [estribillo] que se va a repetir es siempre la «inspiración del Espíritu de Verdad». Y los apóstoles van a tener la misión de predicar según el Espíritu Santo les vaya dictando. ¡Esta es la gran diferencia entre la religión «primitiva» y la «religión del Espíritu» que trae Jesús!

Lo que me parece preocupante es lo que dice luego Pierre: «Vosotros permanecéis anclados en el mismo sitio, porque la Iglesia os retiene con una tradición que se convierte en una prisión para los creyentes». ¡Así, con todas las letras! Pero esa Iglesia no es algo abstracto que esté por ahí… Yo formo parte de esa Iglesia y contribuyo, a veces, a “primivitizar” la religión, con palabras, palabras, palabras…

A veces, me dan tentaciones de dejar de hablar para no “primitivizarla”, pero siento que debo hacerlo porque soy parte de la Iglesia que debe difundir el Reino de Dios… Por favor, sed críticos con lo que digo y hago. Si algo voy aprendiendo de las Cartas de Pierre es que lo esencial que vino a traer Jesús es la «religión del Espíritu»: Hay que escuchar y seguir, responsablemente, la «voz interior del Espíritu de Jesús».

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

22 de octubre de 1931

Solo hay un vencedor en la humanidad: Cristo. ¿Qué hizo él para ganar la batalla de la vida terrestre? ¡Oh, querida mamá, no lo olvidéis! Él se apoyó en la Sagrada Escritura, ley de su pueblo —entiendo esta palabra en sentido universal y religioso— no para menospreciar desdeñosamente los venerables textos que anunciaban su venida… todo lo contrario. Se sirvió de ellos como soporte para elevarse por encima de los ritos, de las rutinas, yo diría incluso de los hábitos estrechos que una religión todavía primitiva utilizaba como freno de las conciencias y de los espíritus. En resumen, el Antiguo Testamento es un prólogo que precedía y preparaba la gran sinfonía del Amor. Vosotros habéis escuchado sus primeras notas de la boca misma de Cristo; pero la melodía no está acabada, os lo dijo él mismo cuando os prometió la inspiración posterior y siempre generosa del Espíritu de Verdad (Jn 14, 26). Vosotros os limitáis piadosamente a repetir las frases consagradas y conocidas, pero Cristo no os pidió esta limitación. Sus apóstoles tenían la misión de predicar de acuerdo con el Espíritu Santo; ahora bien, el Espíritu Santo es «el Instructor». ¿Me comprendéis cuando os hablo tan severamente, tratando de despertaros de un sueño de muerte en el que la Iglesia os abandona? ¡Por qué no miráis los gestos de la Iglesia celeste! El Amor-Rey que es «Cristo, sentado en el trono del Cordero» (Apoc 5, 6) (símbolo del sacrificio sin reserva) reina sobre los espíritus de sus servidores y los mueve al trabajo misionero que debe seguir espiritualizar todavía lo que nosotros llamamos aquí «nuestra vida». ¿Puedo hacerte comprender lo que estas palabras significan para nosotros, liberados de la carne? La vida de que hablo puede convertirse en eterna, o bien interrumpirse a los pies del justo Juez omnipotente… es la «segunda muerte que no conocerá el despertar» (Apoc 20, 14). La vida es sencilla, dulce y fácil: es amar. ¿Os parece que la practicáis en el mundo material? El Evangelio de Jesús ¿bastó para desatar los lazos de sangre que atormentan a las almas? ¡Sí, por supuesto! pero vosotros permanecéis como anclados en la misma plaza, porque la Iglesia os sujeta por una tradición que se convierte en una prisión para los creyentes. ¡Qué admirable horizonte se abría en el Cielo cuando Cristo decía: «Tendría muchas cosas que deciros, pero aún no podéis comprenderlas; cuando venga el Espíritu de Verdad, dirá todo lo que haya oído (tradición) y os anunciará las cosas futuras (evolución).»

El Resucitado le dice a Pedro: “¿Me amas?” (Tradición). “¡Apaciente mis ovejas! Apacienta mis corderos” (Jn 21, 15-18) (evolución). ¿Me equivoco, Mamá?

Después, dice también Jesús a su discípulo: “Sígueme” (Jn 21, 19). Seguir es caminar, es avanzar, con la mirada fija en aquél que conduce. Amén.

Pierre. Lee el resto de esta entrada »

flor10117No sé si “pillé” bien lo que quería decirme aquel amigo. Si no fue así, le pido disculpas a él y a los que piensen como él. Lo que le entendí fue: Dios no tiene planes, porque no los necesita. Lo sabe todo en el “aquí y ahora” y no necesita planificar. Por otra parte, Dios nos quiere adultos y libres; nos deja actuar libremente en un mundo dotado de autonomía propia…

Yo discrepo de esta opinión porque, a mi juicio, de la Historia de la Salvación se desprende que Dios actúa siempre siguiendo un Plan de Amor desbordante que nos resulta, a veces, difícil de comprender. Elegoísmo le lleva al hombre a revelarse contra Dios. Dios “se inventa” un plan que es todo lo contrario al egoísmo: el Hijo se hace hombre en Cristo y elige sufrir una muerte terrible para que nadie, por mucho que sufra, se sienta proscrito del Reino de amor.

Dios prepara una comunión espiritual entre Pierre y su madre y, a través de ellos, con nosotros. Transforma profundamente la personalidad psíquica de Cecile para poder prepararla. Pero tanto Cecile como cada uno de nosotros podemos olvidarnos de Dios. Y Dios reserva lo que llamamos «el sufrimiento» para llamarnos otra vez:«Hijo mío, acuérdate de tu Dios»…

El plan amoroso de Dios es activo, dinámico. Por eso denuncia Pierre a una Iglesia que se sienta negándose a seguir su camino ascendente y que se adueña del don de Dios para «enterrarlo en la tierra». Y denuncia también algo, según él, común a muchos cristianos: se creen llegados a la meta, cuando apenas reciben la señal de salida de la carrera.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

1º de septiembre de 1931.

He aquí porqué, madre querida, como ya te lo he pedido, debes realizar con confianza el papel modesto, pero útil, que Dios te ha encomendado para tus hermanos. Tu personalidad física se ha conmovido hasta el fondo en esta hora en la que el amor maternal aún se emociona, y este fue el comienzo de la comunión espiritual que Dios preparaba para nosotros. ¿La habíamos presentido? Como yo, tú responderás sí. Pero esta gracia que se nos concedió por la prueba de nuestra fe no puede permanecer encerrada egoístamente en nuestras almas; es un cántico a dos voces que debe resonar hasta en las tinieblas de los destinados, y si Dios nos envía, es como «embajadores por Cristo», como escribía Pablo a los corintios… debes recordarte de esto (II Cor 5, 20).

¡Cierto, la obra no es fácil! Pero Jesús pronunció la parábola del sembrador, y su propio Evangelio puede secarse en el suelo pedregoso y morir, ahogado entre las zarzas del olvido y de la indiferencia; ¿podríamos por tanto sorprendernos de los fracasos de nuestros esfuerzos? Sin embargo, mi afligida colaboradora, no te desanimes, porque la voluntad de Dios es hacer que crezca la semilla y que reverdezcan las llanuras de las almas tentadas por el Enemigo, «mientras ellas duermen» (Mt 13, 25).

No temas por tanto empuñar la trompeta que arrastra a los combatientes, y «gritando a voz en grito» (Jn 7, 37) como Jesús a la puerta del templo, dirás: «El amor es más fuerte que la muerte» (II Tim. 1, 10), porque el Amor es Dios (Jn. 4, 8).

¡Gloria a Él!

Tu Pierre.

*  *  *

11 de septiembre de 1931.

Querida mamá:

Vosotros no sabéis leer, (comprendiéndolo, asimilándolo) el código de la vida terrestre que llega desde el fondo de los tiempos apenas históricos, para extenderse hasta vosotros. Si tuvierais los ojos abiertos (me refiero a la mirada espiritual) sobre el sentido oculto de los antiguos relatos que os hablan de la colocación de las primeras piedras del Edificio, si siguieseis las enseñanzas místicas del Evangelio que, lejos «de abolir, cumplía la Ley» (Mt 5, 17) principio de toda civilización hasta vuestros días terrestres; si los convencidos tratasen con confianza de convencer a los otros… en una palabra, si aceptaseis demoler para reconstruir… ¡qué expansión del pensamiento, qué transformación universal!… Lee el resto de esta entrada »

flor10116Con esta entrega, comenzamos el Tomo VII y último de las “Cartas de Pierre”. Da la sensación de que hay en él una profundización y una cierta síntesis de los temas que ha venido tratando en los seis tomos anteriores. De estas dos cartas son destacables, sobre todo, dos frases que expresan experiencias suyas.

En la primera carta -25 de agosto de 1931- hay una frase que destaca sobre todas las demás y que es como la culminación de toda la carta: «el Amor vencedor del odio». Parece evocar una experiencia vivida por él mismo en medio de una tensión. Con una sinceridad desgarradora recuerda: «la tentación del odio fue una de las más trágicas en aquellos días de luchas fratricidas». En medio de la tentación escucha el grito del Maestro: «Amad a vuestros enemigos». Unos pocos se irritan. Otros aprovechan el beneficio concedido por el amor de Dios para su crecimiento espiritual…

En la segunda carta -31 de agosto de 1931- hay otra frase importante: «No debemos olvidar estas emociones profundas que nos hicieron nacer a la vida mística». Decide «beber el cáliz» que Dios le ofrece, tenderse en la Cruz con Jesús. Ante la tentación de los adversarios, sus almas como la del Señor Redentor se callan. Entre ellos, solo hay algunos fanfarrones. La mayoría, al parecer, viven emocionados con Jesús condenado y silencioso ante los jueces. En ese contexto, no está dispuesto a olvidar estas emociones que le hacen nacer a la vida mística…

¡Buen día!

CARTAS DE PIERRE – Tomo VII

Estos mensajes del Más allá fueron dictados a una madre por su hijo, muerto en el campo del honor a la edad de 23 años.
Como el joven mensajero celestial los destina al consuelo de los afligidos y a la instrucción de los cristianos, ha parecido oportuno reunirlos en estos  volúmenes.
Quiera Dios bendecir la obra misionera de este que se llama a sí mismo y firma: 
PIERRE «SOLDADO DE FRANCIA … SOLDADO DE CRISTO»

* * *

“… Estas líneas, que explican su misión, ¿no son el prefacio más hermoso a las Cartas de Pierre? ¡Ojalá que estos mensajes resuenen, como una respuesta del Más allá a la angustia y a las preguntas dolorosas de «los que lloran»!” (LA MAMÁ de PIERRE)

* * *

“Las cartas de Pierre no proceden de la Tierra: fueron dictadas por un hijo, que no estaba ya en este mundo, al corazón de su madre, que todavía permanecía en él. Toda su enseñanza podría resumirse  en esta frase de una de ellas: “La muerte no rompe nada, ni el amor ni la vida”. Pero, ¿quién fue Pierre Monnier? Un oficial de 23 años que cayó el ocho de enero de 1915 en el frente de Argonne. Un hijo único cuya desaparición fue un drama. La muerte de un hijo es el fin del mundo. Y puede ser también el fin de Dios. Pero éste no fue el caso de la Señora Monnier, su fe no mermó, aunque dada su ortodoxia protestante no creía más que en la resurrección del Último Día.
La vocación de Pierre fue justamente anunciarnos a través de ella la resurrección inmediata, la realidad de la presencia de los desaparecidos, que, lejos dormitar, continúan pensando, amando y actuando en los espacios siderales”. (
JEAN PRIEUR)

__________

28 de agosto de 1931

Mamá chiquitita, amiga fiel de mi alma; mamá pequeñita formada para la vida terrestre, inconscientemente forjada para la muerte de los jóvenes, te lo vuelvo a decir: te amo como un hijo ama a su madre en la tierra.

PIERRE Lee el resto de esta entrada »

Queridos amigos blogeros:

A partir de hoy se encuentra disponible un nuevo blog de “Aquí-Allá” titulado “Teología de Aquí y de Allá”. Podéis acceder a él desde su enlace:

http://teologiaaquialla.wordpress.com

Como podeis suponer, en este blog solo incorporaremos textos de teología, para evitar colocarlos en nuestros blogs ya habituales:

http://aquialla.wordpress.com
https://elcarterodepierre.wordpress.com

Os animo a visitarlo para conocerlo.

Hasta pronto.

¡Buen día!

Parece que fue ayer cuando comenzábamos en este blog la traducción de las Cartas de Pierre y han pasado ya casi cinco años. Hoy terminamos su tomo VI y solo nos queda otro tomo pequeñito, el VII, que abordaremos aquí después de traducir un nuevo tomo (el III) de Arnaud Gourvennec en nuestro blog hermano Aquí-Allá.

Estas cinco cartas con que hoy terminamos incluyen varios temas. Me gustaría destacar solo uno: la intransigencia de la Iglesia. El día de Viernes Santo un obispo de Madrid se pronunció, al parecer, sobre varios temas que han provocado el “cafarnaún” que conocemos.

Sería bueno que, en contra de lo en este obispo que nos parece intransigencia, comenzásemos por mostrar hacia él la tolerancia que echamos de menos en su homilía, es decir, esa «actitud que consiste en admitir en otro una manera de pensar o de actuar distinta de la que uno mismo adopta» (Le Petit Robert).

Y una pequeña reflexión: La intransigencia está en cada uno de nosotros. ¿Cómo llega a hacerse uno intransigente? ¿Qué hacer para salir pitando de esas “zonas de intransigencia” que todos tenemos: hacia los que no son de “mi religión”, de “mi partido”, de “mi pueblo”, de “mi equipo”. Pierre hace observaciones muy atinadas…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»


1º de mayo de 1931.

Ante este programa, en el que el amor es la única ley que incluye el Código divino aportado por Cristo al mundo, ¿qué decir de la intransigencia de la Iglesia, querida mamá? Si el Estandarte que ondea en la frente del Cristianismo fuera el Amor (Cant. 3, 4), ¿veríais las divisiones, llevadas hasta el odio hipócrita que, con demasiada frecuencia, ha engendrado las persecuciones vengativas?… de la Tradición tal vez, pero sin duda alguna, no del Evangelio. Recuerda la exclamación de un Pablo lleno de remordimiento, de un Pablo convertido: «Me sentía animado por un “celo excesivo” por las tradiciones» (Gál. 1, 14); ahora bien, ¿cuáles eran esas tradiciones de las que Saulo de Tarso era el paladín? ¡las de la Ley «proporcionada por los ángeles» (Hech. 7, 53), hay que decirlo, pero qué desnaturalizadas y anegadas bajo los «mandamientos de los hombres», que los siglos y la sinceridad de los creyentes, lo reconozco, habían acumulado sobre la imagen maravillosa y sencilla de los diez mandamientos escritos en las Tablas de piedra en el Sinaí!

En la época en la que Cristo fue un «simple hombre» entre los demás, los fariseos deterioraban a las almas imponiendo a las conciencias una carga insoportable que una jurisprudencia «excesiva», según el propio testimonio de Pablo, contribuía a aterrorizar: el pueblo de Dios se hizo esclavo de las tradiciones de las que el Eterno no era el autor. Vino Jesús: comenzó su sacerdocio amando, como todo niño que «crece en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres…» (Lc. 2, 52), amando a los padres que preparaban sin saberlo (o al menos confusamente), la salvación del mundo. Vida natural y modesta de todo hijo de proletario, vida normal, que no se oponía, en Jesús, a la obra del espíritu Santo.

Querida mamá, tú sabes estas cosas; tú conoces la alegría de esta «sabiduría» según Dios que saltó luminosamente el día en que, en las montañas que dominan el mar de Tiberíades, Cristo dominó a las masas judías y paganas, divulgando, por las Bienaventuranzas prometidas a sus discípulos (Mt. 5, 6 y 7), el sentido oculto de los mandamientos que Moisés había recibido. Jesús, «por su doctrina y su autoridad soberana» (Mt. 7, 29), se reveló como el Cristo, el Mesías, el Redentor y Salvador, cuando explicó a las almas atentas de los hombres, completamente temblorosas ante la tradición de la Ley, la misericordia y el perdón otorgados al arrepentimiento y al amor. Lee el resto de esta entrada »

En el siglo XVII, el P. Claset escribió un libro que hizo época: “Alfalfa espiritual para los borregos de Cristo”. Lo recuerdo, cuando leo en esta primera carta de Pierre que, ante el autoritarismo de la Iglesia que no permite la individualidad de los espíritus, se pierde la conciencia religiosa de las masas y los cristianos parecen «un rebaño dócil… demasiado dócil».

―¿Cómo es posible esto? ―Y dice: «sois “practicantes”, no “creyentes”… y esto mata a la Iglesia». ―¿Cómo que “no creyentes”? le preguntamos, si “Fe es creer lo que no vimos” ¡y nosotros lo creemos! ―Esa fe, hasta Satanás la tiene y no le salva! «La fe –dice Pierre– es una visión de Dios, un impulso de amor, un entusiasmo y, sobre esta raíz sana y fecunda se elevan la alabanza, la plegaria y los actos de caridad» ¡Vamos, que el día que Satán tuviera esta clase de fe, se clausuraría el infierno!

¡Pero que no cunda el pánico! Pierre está neutralizado en esta Iglesia falta de entusiasmo, que no ha aprendido que “la filosofía de Dios, como su teología, es amar”. Nada sucederá en la Iglesia, mientras los fieles sigan siendo “un rebaño dócil… demasiado dócil”. Muchos seguirán su cantinela: «No es seguro que, desde el Más allá, se comuniquen», «Si lo que dicen está en contra de la Jerarquía, no puede ser verdad»… «Rebaño dócil… demasiado dócil»…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

9 de abril de 1931.

Querida mamá:

La Iglesia ha vaciado su canto de alabanzas; «desafina», si se me permite la expresión. So pretexto de practicar la afirmación indispensable de la que te he hablado, ejerce sobre las conciencias un autoritarismo tan duro, que las paraliza. Plegada a una disciplina estricta que no permite la individualidad de los espíritus, la conciencia religiosa de las masas se pierde; los cristianos parecen un rebaño dócil… demasiado dócil, que pasta en las praderas de la vida, bebe en las fuentes preparadas, pero en este fácil «dejar hacer» la vida se agota, el entusiasmo indispensable desespera, y ese bloque, que podría ser una fuerza invencible sin duda, se convierte en una pesada máquina en manos de una teocracia opresora: la Tradición.

¡Ah, hermanos, tened cuidado! La tradición de los judíos los llevó al regicidio… ¿y de qué Rey? ¡El Hijo de Dios! pero este Mártir es también vuestro Rey, y si la Tradición lo odió hasta hacerlo morir, es porque había venido a establecer en el mundo la Ley nueva de la libertad individual en el Amor. Aquí está vuestra regla de conducta, el sentido de vuestra vocación, la meta de vuestra educación terrestre que apela a cada una de las almas, hijas de Dios, y les pide cuenta personalmente del talento que les ha confiado.

Recordad la comparación de san Pablo para describir y explicar la Iglesia: un cuerpo. Un cuerpo es un todo compuesto de partes distintas: están los miembros, cada uno de los cuales tiene su razón de ser y su misión especial; está la Cabeza que es única y que es el Cristo de Dios. El solo es el Jefe del cuerpo, el Pastor del rebaño. ¿No había elegido él este ejemplo: «Un rebaño, del que es el Buen Pastor»? ¿Condenó la independencia obediente de la oveja que sigue al pastor en los pastos?

Vosotros habéis elegido este término evocador de un rebaño para designar a la Iglesia, pero olvidáis cómo había explicado el Maestro este paralelismo. No pretendo aquí criticar a la única Iglesia establecida bajo el régimen visible de la norma absoluta, porque el reproche que os dirijo se reproduce en toda la cristiandad, por todas las tristes divisiones del Cristianismo mutilado. Vosotros no habéis respetado el método divino de la responsabilidad individual, y si existen quienes se evaden de la Tradición desfigurada por el autoritarismo sectario y obtuso, no es para triunfar de él, con el Evangelio del Amor en la mano, sino para disolverse en otro grupo también deformador, en el que los «mandamientos de los hombres» anulan los mandamientos de Dios (Mc. 7, 7), por la oposición de sus consecuencias frente a los resultados que Dios exige del alma por separado, y porque el Padre de familia es el padre amoroso de cada uno de sus hijos. Lee el resto de esta entrada »

Cuentan los Hechos de los Apóstoles (19, 1-6) que llegó Pablo a Éfeso, donde había algunos discípulos, y les preguntó: «¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando abrazasteis la fe?» Y ellos contestaron: «¡Pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo!». Pablo los bautizó entonces en nombre del Señor Jesús, les impuso las manos y vino sobre ellos el Espíritu Santo.

En la tercera de estas Cartas, dice Pierre que Jesús explicó el papel predominante e indispensable del Espíritu Santo. Tal vez la Iglesia, es decir cada uno de los creyentes, no hemos descubierto todavía el papel que Éste juega. Nos comportamos como si no perteneciéramos a la religión del Espíritu. Pero tal vez hay actualmente algo peor: hacer del Espíritu Santo un simple símbolo, como denuncia Pierre. Algunos ven símbolo en todo aquello que está más allá de la comprensión meramente racional. ¡Grave error!

Lee uno con atención estas hermosas Cartas de Pierre, las compara con lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 y llega un momento en que uno se pregunta: Aquí ¿quien tiene razón? Porque la Iglesia que pinta Pierre, el “retrato” que hace de Dios Padre y de Jesús es, a veces, totalmente distinto de lo que dice el Catecismo. Ojalá sepamos todos dejarnos penetrar por el Espíritu de Jesús para saber discernir donde está la Verdad.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

22 de marzo de 1931.

Mi querida mamá:

En el tiempo que vivís (lo que no significa exactamente lo mismo que la locución en que vivís), la situación del mundo terrestre y la existencia de los hombres, agitada, desequilibrada, es un justo tema de angustia para todo espíritu sabio, así como para los «santificados» por la gracia de Cristo. Centrándose en ellos, las reacciones de la sociedad, que parece descentrada, los «razonables» ―para no utilizar un término que indica demasiado la perfección realizada, los «sabios»― están conmovidos y desolados; se preguntan hacia qué abismo rueda la raza alocada a la que «tanto amó» (Jn. 3, 16) el Salvador, que se complació en el abandono momentáneo de su gloria celeste, para rescatarla del Maligno. Y nosotros también, que vivimos carnal y culpablemente, vemos llenos de dolor el declive de las conciencias, la impunidad del crimen, la inclinación al pecado, la esclavitud del espíritu a la carne… Pero Dios nos envía a vuestras moradas profanadas, cuyo umbral habíamos blanqueado con nuestra sangre derramada como la de nuestro Salvador en sacrificio expiatorio. ¡Ah, qué pocos son aquellos a los que nuestro espíritu despierta de su letargo!… ese letargo que es la entrega del alma a las maniobras del Rey de las Tinieblas (Lc. 22, 53). Nosotros hablamos sin embargo… pero los que nos han oído, se alejan con demasiada frecuencia, y ponen el dedo sobre sus labios para imponerse silencio a sí mismos, por miedo a la sonrisa de la crítica y de las observaciones malévolas de su prójimo. Esta es la fuente –la causa– de ese gran mal del que se muere la civilización cristiana… ¡del que ella va a morir! ¿hay necesidad de promiscuidad sabia, de reproches mordaces para transformar este estado de cosas tan peligrosas? ¡Por supuesto que no! pero la ayuda celeste no se manifestará sin el deseo de los humanos y sin la contrición de sus corazones, indignados tal vez contra sus hermanos, pero por poco tiempo, porque lo necesario es, ante todo, el arrepentimiento, la conversión y la actitud enérgica de los cristianos, puestos en pie ante sus causadores. Solo entonces podrán apelar a la promesa del «Hijo único que está a la Derecha de Dios»: «Lo que pidáis en mi Nombre, lo haré» (Jn. 14, 13). Es necesario, sin embargo, que una llama de vida brille en las almas de los discípulos de Jesucristo; ahora bien, ¿qué está ocurriendo? la Iglesia en cada uno de sus miembros, desde los que dirigen hasta los que obedecen, la Iglesia está sin vitalidad, sin entusiasmo, la iglesia es un «cuerpo muerto» y se os ha dicho: «Donde está el cadáver, se reunirán los buitres» (Mt. 24, 28). «Los buitres» que se ensañan para desgarrar el cadáver ―la Iglesia degenerada y sin vida espiritual, sin consagración real― son los escándalos que os consternar. Los «buitres» nacen de los «buitres»; cada ave rapaz, decidida a mutilar a la presa, se multiplica en torno a restos palpitantes del cuerpo que hacía que viviera el Don de Cristo, su Cabeza gloriosa. Dios «se ha dado» a Sí mismo, ¿qué más puede hacer? Lee el resto de esta entrada »

Conozco a una señora que agarra su coche y lo llena de comida con el dinero que la han dado en un grupo y, luego, ella misma la distribuye entre los parados de su pueblo. Sé de un grupo, que se distribuye los hoteles, recoge la comida que iban a tirar y la entrega para que la distribuyan en comedores de Caritas. ¡Gente fantástica!

Sé también de otras actividades que no se ven. Algunas las realizan seres que ni siquiera vemos, como Pierre por ejemplo, que desde el Otro Lado nos repite «las palabras, los nombres, las ideas que los identifican ante la fe vacilante…». Con palabras de siempre, diríamos que hay personas fantásticas que practican las Obras de Misericordia Corporales y otras no menos maravillosas que practican las Obras de Misericordia Espirituales…

Si deseas colaborar en éstas últimas, puedes empezar ya. Por ejemplo, así: recibes esta pequeña introducción, te adentras y lees despacio el envío de que se trate: de Pierre, de Roland o de otro, te das un pequeño paseo o te concentras. Te preguntas: “de esto que he leído, ¿qué me parece más útil para mi vida espiritual mía o la de otros?” Y expresas tu entusiasmo, tu indignación, tu amor, etc. Es una experiencia tuya. Sin más. Luego, eso tuyo personal me lo envías y yo lo hago llegar a otros. Sin tu nombre, si quieres. Todo está bien, si viene de ti. Algunos así lo hacen. Ya sabes: ¡si viene de tu vida, eso no muere!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

26 de diciembre de 1930.

¡Ah! Mamá, querida mía, estos frutos, «la reserva de Dios,» ¿son sin marcha, por no decir sin defectos profundos, que revelarían la podredumbre íntima o el gusano que corroe y deshonra? ¿Quién de vosotros, hermanos de Cristo, levantará la mano para decir: «¡Yo estoy limpio!»? Y nosotros que, llenos de dolorosa compasión, vemos ya a los corazones sangrantes, a las almas heridas por el mal, apelamos a vuestra ternura, puesto que el Amor de Cristo crucificado no tocó a vuestras conciencias indiferentes. Tal vez es más fácil recordar la vibración de una voz amada que ha muerto para vuestro oído entumecido, pero que resuena todavía en vuestro recuerdo fiel, que oír la gran Voz divina que, sin embargo, os ha prometido el perdón de un Padre al final de vuestros esfuerzos hacia la perfección.

Esta es la razón de que el Misericordioso nos envíe a los hogares terrestres donde aún nos quieren, para estimularos y para recordaros su adorable impulso: la Cruz.

¿Murmuramos nosotros en vano ruegos amorosos? ¡cómo repetimos a nuestros seres queridos las palabras, los nombres, las ideas que nos identifican ante su fe vacilante y les da confianza! ¡Ah! las vibraciones secretas de vuestro amor no bastan para tranquilizaros, y cuando os dirigimos tiernos reproches, que son parecidos a los de un padre justo o a una madre indulgente y afligida, ¿vacilaréis en reconocer la presencia invisible? ¿Os negaréis a tendernos vuestras dos manos? No, lo sabemos bien, porque tenemos de ello la experiencia frecuente… incluso la experiencia constante.

¡Pues bien! os suplicamos que no deshonréis el árbol genealógico cuya raíz poderosa, eterna, es el Creador, y cuyo tronco es la Iglesia; pero sus ramas verdes no siempre dan fruto, y con demasiada frecuencia esos frutos solo tienen una apariencia de robustez y belleza… su corazón es negro, sus granos están muertos… esos son los frutos de la hipocresía… el veneno mortal que arruina a la Iglesia.

Pierre.

* * *

29 de diciembre de 1930.

La hipocresía, querida mamá, fue el vicio que con más frecuencia echó Cristo en cara a los fariseos que, bajo la apariencia de la rigidez de los principios, vivían cómoda y culpablemente. Lee el resto de esta entrada »

Me escribe una amiga y termina con esta pregunta: ¿crees tú en esa “advertencia”? Se refiere a que alguien advierte, al final de una reunión, sobre las consecuencias negativas que puede traer el dejarse inspirar por los seres queridos que se fueron.

En la primera de estas tres cartas de Pierre hay varias preguntas inquietantes para los sacerdotes de nuestras iglesias. ¿Habéis suscitado el despertar de las conciencias? ¿Habéis llamado a las almas al arrepentimiento?… Y luego viene una acusación terrible: «Nosotros os acusamos de prevaricación» por practicar un culto sin vida, etc.

En la segunda hay también esta pregunta: «¿por qué la Iglesia, redimida y bajo la gracia, permanece sin energía y sin entusiasmo ante la tarea inefable que su Jefe le confía?» Y al final de la carta hace esta reflexión: la fuerza que actúa es don de Dios, pero si os negáis a utilizarla sois como el hijo de la parábola a quien el padre envía a trabajar a su viña…

En la tercera carta incluye Pierre esta reflexión: «Habéis disipado las riquezas que os habían sido confiadas por vuestro Maestro». Vuelvo a la “advertencia” del primer párrafo. Me gustaría trabajar para que no haya culto sin vida, para vivir con entusiasmo lo que el Jefe nos confía, para no disipar las riquezas. Soy consciente de que hay que evitar al Enemigo…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

11 de diciembre de 1930.

Querida mamá:

La Iglesia pretende vivir del Pan diario de las Escrituras dadas por el Espíritu Santo a los hombres; pero la Iglesia olvida al «ángel del Eterno» que decía a Gedeón: «Ve con esta fuerza que tienes, y salvarás a Israel…» (Jue. 6, 14). ¿Sería Dios menos poderoso en adelante por dar esta fuerza victoriosa? Qué digo yo, ¿habría vuelto a tomar Dios la fuerza que Cristo, el Fuerte, dejó a sus apóstoles terrestres como un legado, pero un legado que implica la responsabilidad de quienes lo reciben? Los sacerdotes de vuestras Iglesias ¿no pretenden ser los beneficiarios del don concedido a los doce íntimos del Maestro vuelto a su gloria? «¿Entonces…?» les decimos nosotros, «¿qué habéis hecho con vuestra elevación sobre los tronos donde debéis juzgar a los pueblos? (Mt. 19, 28). ¿Habéis suscitado el despertar de las conciencias? ¿habéis llamado a las almas al arrepentimiento? ¿habéis bautizado a las naciones en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo?» (Mt. 28, 19). Sí, dirán ellos; pero en nombre del bautismo instituido por el Redentor, nosotros los acusamos de prevaricación. Practicáis un culto sin vida, sin indignación contra el pecado de hipocresía, porque preferís cerrar los ojos para no agobiar a vuestros hijos espirituales: en efecto, lo sabéis perfectamente, sois culpables ante Dios de abandonar todo formalismo de su religión, que los lleva a una fe convencional, sin eficacia, planta estéril que se adorna de flores, pero que no da frutos. Aunque «bautizáis a las naciones», como lo ordenó vuestro Maestro, no las «enseñáis» (Mt. 28, 19). «¡Ay de vosotros!» gritaba a los hipócritas… (Mt. 23, 16). «Venid a mí» (Mc. 10, 14), decía a los niños pequeños; pero vosotros, «decís y no hacéis…» (Mt. 23, 3), los « niños pequeños» no tienen interés para vosotros… ¡¡los hipócritas os halagan!! Sin embargo, «estos pequeños», no son los «pobres de espíritu» (Mt. 5, 3) que tienden hacia vosotros sus labios para recibir el Pan de Vida. No pienses, querida mamá, que yo apruebo con estas palabras las divisiones, tan peligrosas, que hieren el Cuerpo de Cristo entregado a todos los hombres. No hay diferencia entre los que son bautizados en el nombre de la divina Trinidad: todos son salvados por la gracia, todos llevan el mismo apellido —el del Padre— pero todos han imitado «al cerdo que, lavado, vuelve a revolcarse en su lodazal» (II Pe. 2, 22). Aunque hay excepciones gloriosas, ellas subrayan la decadencia moral del conjunto de los hombres.

¿Adónde habéis llegado, hermanos míos perezosos e inertes, que «tenéis las llaves del conocimiento, pero rechazáis introducir a los hombres en el verdadero santuario»? (Lc. 11, 52). Veis reinar sobre la tierra (Mt. 24, 15) «la abominación de la desolación» (Mt. 24, 15)»;  los hombres, abandonando el Camino doloroso que domina una cruz, se precipitan en el mal y siguen el camino ancho y seductor… él conduce a la nada, «a la segunda muerte» (Apoc.21, 3) sin despertar, a la muerte eterna… Jesús lo dijo, hermanos míos.

«¡Vete! ¡con la fuerza que tienes! seas levita o sacrificador, tienes que salvar a Israel.» Amén. Amén. Lee el resto de esta entrada »

Cada vez me es más difícil entender la actitud de ciertos cristianos ante los mensajeros «crísticos». Me refiero a los mensajeros del Más allá que están en la órbita de Cristo. En estas cuatro cartas de Pierre, se comprende perfectamente cuál es su misión. Podemos aceptarla o no, pero nunca podemos decir que pretendan trasmitirnos ninguna revelación nueva. ¡Es pura aplicación de la Biblia, sobre todo, del Evangelio!

Por simple curiosidad, he contado el número de citas que aparecen en estas cuatro cartas: ¡nada menos que 35! ¡Y son 6 páginas! ¡Lo que menos pretende Pierre es dárselas de decir cosas nuevas! Es pura explicitación del mensaje de Dios. ¡Con la radicalidad con que Dios se comporta hacia los hombres! ¡Con la radicalidad que Dios exige a los cristianos! Esto es lo que casi siempre aparece en estas Cartas.

Otro gallo cantaría a esta Iglesia de la tierra, que formamos todos los cristianos, si fuera más fiel al camino trazado por Cristo: ¡Getsemaní y el Calvario! Pero, seamos sinceros, ¡la mayoría no admitimos el por qué tanto dolor para redimirnos! Sinceramente, siempre hallamos disculpas para evitar la radicalidad a la que se nos llama. Algunos dicen: ¡no hay «mensajeros crísticos»! Yo les digo: ¡llamadlos como queráiss, pero no os perdáis lo que dicen!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

2 de diciembre de 1930.

¡Ah, los cristianos son culpables! ¡Como el Precursor, hemos vuelto a nuestros hogares tiernamente amados, y hemos gritado: «¡Enmendaos!» Hemos dicho: «Volved a vuestro Dios, porque El perdona generosamente» (II Crón. 30, 9); hemos dicho como el poeta sagrado: «Los caminos del Señor son misericordia» (Sal. 25, 10). ¿Nos habéis seguido por el camino del Gólgota, hermanos míos? ¿Habéis corrido también «al desierto» (Lc.7, 24) donde, como nuevos Juan Bautista, os llamábamos al bautismo del arrepentimiento? Llenos del «celo amargo que crea el desorden» (Sant. 3, 14), habéis querido vivir según las «cosas visibles que solo duran un tiempo» (II Cor. 4, 18); Mamón ha dirigido vuestras almas y vuestros destinos… y los cristianos contemplaban con una sonrisa los desórdenes del mundo. ¿Dónde podían rezar? La Iglesia seguía cerrada a las súplicas de los corazones indignados, que clamaban: «¡Dios de las venganzas! Dios de las venganzas… ¡muéstrate!» (Sal. 94, 1). Las masas se jactaban: «¡El Eterno no verá! ¡no oirá!». Pero nosotros decíamos: «El que ha puesto el oído, ¿no oirá? El que ha formado el ojo, ¿no verá?» (Sal. 94, 9). Y os hemos recordado las palabras terribles de la Escritura de vuestros padres: «Mía es la venganza y la retribución» (Rom. 12, 19). ¡De verdad!… ¡De verdad!…

Pero Jesús vino «para salvar lo que estaba perdido» (Mt. 18, 11).

Querida mamá, si nosotros volvemos severamente sobre el peligro que corre el que desprecia el aviso de Dios y la inspiración de su Espíritu, es para salvaros del peligro que corren vuestras almas. Los profetas anunciaron las desgracias y el fin de la primera Alianza, y Jesús fue la Señal de la Misericordia, prometida… dada de antemano, puesto que Dios amó a los ingratos, hasta el punto de compartir su suerte. Si los hombres de los que os habla el Antiguo Testamento han permanecieron sin caridad, todos nosotros que hemos visto el Amor de un Dios «humillarse», llevar la carne que se marchita —date cuenta, no digo solo que Dios, en Cristo, «se humilló» hasta la humanidad, sino que digo: El se humilló (en efecto, eligió la humillación como instrumento de redención), es imposible, a partir de aquí, que haya otro camino que lleve a la perfección deseada: Jesús es el «único» (Jn. 14, 6) que es accesible al hombre; ahora bien, este camino es la Cruz.

Así pues, queridos míos, el mundo ha hecho «una cueva de ladrones» de este templo que Cristo llamaba: «la Casa de su Padre» (Mt. 21, 13) —texto que yo comento dándole su verdadero sentido: se trata de vuestra alma. ¡Cueva de ladrones!… ¡esas almas que, con sus sufrimientos, El venía a arrancar de la perdición definitiva! ¡Cueva de ladrones!… ¡Trenzad vosotros mismo el «látigo de cuerdas» que sirvió al Hijo de Dios para echar del Templo a los mercaderes traficantes, que profanaban el culto y la adoración de los fieles! ¡Qué vergüenza su hipocresía! ¡se apuntaban a «las riquezas injustas» y sacaban provecho de la piedad de los sencillos «que se parecen a los niños» (Mc. 10, 14). ¡Los cristianos son más culpables todavía que estos judíos, si la Iglesia es «una cueva de ladrones!» Lee el resto de esta entrada »

Suele suceder en todas las carreras. Siempre hay una asignatura que te complica la vida. A mí me sucedió con el Hebreo y la Estadística; a algún aspirante a Ingeniero Aeronáutico, se les atraviesan las Matemáticas de primero; a otros, en Medicina, la Bioquímica…

Pierre nos pone en guardia frente a tres “asignaturas” que se suelen interponer en nuestra “carrera” hacia Dios: la carne, la inteligencia y el sufrimiento. En cuanto a la carne, recuerda a Cristo: «La carne no sirve para nada, el Espíritu es el que da vida». Y señala una pista: «Las palabras que os digo son Espíritu y Vida»…

En cuanto a la inteligencia, el «error fundamental de los métodos eclesiásticos» consiste en trasformar las enseñanzas del Mesías «centrando la piedad en una actitud religiosa de la inteligencia», que casi no responde a las directrices del mismo Jesús.

Lo del sufrimiento es algo que hoy nos asusta tanto, que cita una frase del Apocalipsis: «No temáis por lo que vais a sufrir». El sufrimiento fue el método de redención de Cristo

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

19 de noviembre de 1930.

Ah, hermanos míos, recordad que en un discurso, misterioso para sus oyentes, cuando les enseñaba que era indispensable «alimentarse con su Carne y con su Sangre para tener la Vida eterna en sí mismos» (Jn. 6, 53), el Cristo de Dios añadió: «La carne no sirve para nada» (Jn. 6, 63). Después concluyó: «Las palabras que os digo son Espíritu y Vida» (Jn. 6, 64).

Este es vuestro error; el error fundamental de la Iglesia —o más bien de los métodos eclesiásticos—: transformar totalmente las enseñanzas del Mesías, centrando la piedad en una actitud religiosa de la inteligencia, que ya casi no responde a las directrices dejadas por el mismo Jesús. No me rebelo aquí contra la ostentación de los santuarios, ni contra la pompa de las ceremonias, muy al contrario, puesto que la mentalidad humana concibió así los homenajes de un culto de adoración, es peligros reducir la forma exterior, cuando ella acentúa la devoción y la piedad del corazón del hombre. Pero puedo preveniros que debéis tener presente en la memoria las advertencias del Maestro: «La carne no sirve para nada; solo el Espíritu vivifica». Dios puso en la carne el espíritu, para consagrarlo por la aceptación, la renuncia, el arrepentimiento y el amor. La Iglesia es un cuerpo… el Cuerpo místico de Dios que también apareció en la carne «rebajándose durante un tiempo» (Heb. 2, 7). Pero cuando exclamó: «Mi carne es una verdadera Comida y mi sangre una bebida» (Jn. 6, 55), vosotros lo habéis comprendido, no se trataba de ese cuerpo que él abandonó en la Cruz para siempre. «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc. 22, 46); «La carne no sirve para nada, solo el espíritu vivifica.»

Aquí, en la hermosa esfera blanca en la que, por «miríadas» (Heb. 12, 22), se reúnen los espíritus misioneros de vuestros hijos, oh mujeres de la tierra, nosotros no hemos dejado de «comer la carne y de beber la sangre» del Redentor eterno… la carne mortal no sirve para nada. Así es como la Iglesia de la Tierra debe «comer a Cristo para tener la Vida» (Jn. 6, 54-57). Muerta, la Iglesia dejaría de ser «la envoltura» de Cristo, porque el Cuerpo divino subsistirá para siempre; este Cuerpo divino no podrá tolerar a miembros sin vida, a miembros muertos… en esta repetición, querida mamá, busca un sentido muy restringido a mis palabras: los miembros muertos son, no solo inertes, sino corruptibles, y amenazan de muerte al mismo cuerpo; repito no solo inertes e inútiles, como los miembros sin vida personal (a los que Dios condena, ciertamente), los miembros muertos contaminan y destruyen… pero «solo el Espíritu vivifica, la carne no sirve para nada». Lee el resto de esta entrada »

Estas cartas son tan impresionantes que el propio Pierre reivindica la autoridad de Cristo para poder escribirlas: “no hablo de mi parte, sino de parte de Aquel que murió y resucitó”. Revestido con esta autoridad, recuerda algo importante: no se puede dividir a la Iglesia en dos, una celeste y otra terrestre. ¡Es una, como uno es el Cuerpo de Cristo, que no está dividido!

Lo mismo que Jesús, cuando caminaba entre los hombres, era a la vez el Hijo que estaba en el seno del Padre, así los cristianos tienen que recordar que su vida post-mortem es prolongación matemática de su vida en la carne y no han de contemplar con indiferencia las tareas que Dios pone ante el espíritu del hombre tratando de conquistarlo. Lo grave es que los cristianos no hemos sido conquistados por el divino Luchador

Dejarse conquistar significa dejarse arrastrar por la mística divina. Como miembros que somos del Cuerpo de Cristo –dice en una expresión mística muy atrevida– «formamos parte de Dios». Y para dar autoridad a esta realidad, Pierre cita a san Juan: «Dios es Espíritu, los que lo adoren deben hacerlo en espíritu y en verdad», porque solo el Espíritu vivifica…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

7 de noviembre de 1930.

Mamá, queridísima mamá:

Si tu Pierre inclina tierna y fielmente hacia ti su rostro espiritual, que se parece exactamente al que tú amabas cuando «sabías» que lo veías, es para hacerte llegar el mensaje celeste, la «Buena Nueva» que Jesús encarnaba, pero que la Iglesia enseña con de una manera lánguida, que aparta de ella la llama sagrada. No es de «mi parte», mamá querida, como hablo a tu alma maternal; soy enviado a ti por Aquel que «murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación» (Rom. 4, 25). ¡Ah, cómo podéis hacer realidad a la Iglesia… (¡triunfante, sin duda! pero incansablemente militante) que la Iglesia terrestre debe reproducir! entonces, os daríais golpes de pecho con dolorosa humillación. En realidad, el Cuerpo de Cristo es Uno, y cuando partís en dos a la Iglesia, convirtiendo una parte en celeste y otra en terrestre, olvidáis que para vivir, un cuerpo (¡símbolo admirable!) no puede partirse así. Jesús es «la Cepa y los discípulos son los sarmientos» (Jn. 15, 5), en el Cielo y en la Tierra. La paz prometida a las almas que creen, no es la paz en el inmovilismo, que sería una aniquilación pero no la vida eterna. Vivir, es actuar.

En el sentido místico, la acción debe realizarse por todo espíritu «nacido de Lo Alto» (Jn. 3, 3), esté encarnado o liberado de la carne; vosotros disminuís las gestos de vuestro amor y de vuestra actividad espiritual, limitándolas por vuestra concepción injustificada. Vuestra capacidad de influencia no es menor porque viváis en la Tierra, os sentiréis extrañamente vosotros mismos, cuando lleguéis a las regiones libres del Cielo.

Hay un gran peligro para la vida de las almas, si no se comprenden estas cosas. Jesús mostró el ejemplo de la unidad de la existencia en el hombre; Jesús, que estaba sin embargo perfectamente sumergido en la carne, no sufría su presión… el Evangelio os da de ello varios ejemplos; uno de los más convincentes sin duda es la afirmación del Cristo terrestre de que El «estaba en el Cielo» (Jn. 3, 13), mientras caminaba con los hombres, semejante a ellos. Decía: «el Hijo único que está en el seno del Padre» (Jn. 1, 18). ¿No comprendéis la debilidad espiritual que resultaría de vuestro error? Cuando, liberados, libres de nuestra pesada crisálida, penetremos en la vida del espíritu, nos sentimos sorprendidos —y puedo decir, preocupados— al encontrarnos tal como éramos cuando formábamos parte de la materia. Hay consecuencias benditas, pero trágicas, en esta continuidad absoluta de la vida del alma. Todas las responsabilidades asumidas en la tierra continúan, y nos abruman, desgraciadamente, cuando han sido voluntariamente violadas. Pero ¡qué maravillosa luz nos desvela la misericordia y la justicia de Dios! Lee el resto de esta entrada »

Pierre no hace teorías sobre el sufrimiento. Nos enfrenta con nuestras lágrimas y nuestro dolor y nos abre una perspectiva fantástica. Sin tapujos, nos muestra el verdadero camino.

He pasado unos días de vacaciónes y, con este motivo, he estado leyendo un libro del P. François Brune que se llama “Cristo de otra manera”. En el capítulo 3 habla de algunas interpretaciones inaceptables de la Pasión entre algunos teólogos católicos de hoy. ¡Son teólogos y no encuentran ningún sentido al dolor y a la Pasión de Cristo!

Algunos continúan pintando a un Dios justiciero y sádico que necesita el sufrimiento de su Hijo para perdonar a los hombres el pecado. Otros tratan de buscar nuevas teologías de la Redención. Para unos, Cristo es un simple modelo a imitar. Para otros, es un modelo político. Para otros, un modelo de sabiduría. Las cosas llegan en algunos tan lejos que el P. Brune se pregunta qué queda de Cristo en su teología…

¡De verdad, vale la pena leer despacio a Pierre y descubrir un poco de equilibrio en medio de tanto disparate!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

30 de octubre de 1930.

¿Qué oís, cristianos inconscientes, en los abismos de lo infinito? Las quejas de los que dudan, y que le culpan a Dios por sus sufrimientos y por sus lágrimas: «Mi llanto me ha servido de pan día y noche, cuando me decían: ¿Dónde está tu Dios?» (Ps. 42, 4).

Estos lamentos son injustos y, por consiguiente, culpables. ¿De qué sirve quejarse y levantar los brazos? Si el Cielo está sombrío y el camino lleno de obstáculos, está así porque habéis hecho nacer en torno a vosotros el obstáculo y sus trampas… solo vosotros sois causa de estas dificultades que os escandalizan. Entrad en vosotros mismos para convenceros de que digo la verdad. Dios quiso salvar a los pecadores; Dios no renunció a su amor por sus hijos; la «paciencia de Dios» (Rom. 9, 22) es un hecho, pero vosotros no eleváis hasta El vuestro ojos en duelo, vuestros ojos velados por lágrimas de ingratitud puesto que son lágrimas de desconfianza. ¿Habéis reconocido que es, en realidad, ese sentimiento el que os deja sin energía, para continuar un camino del que teméis cada recodo?

Jesús vino a reclamaros para la «tranquila casa paterna»; Jesús os previno: «Pasaréis por aflicciones», pero continuó: «¡Ánimo!» (Jn. 16, 33). Jesús solo prometió la felicidad a través del sacrificio y la renuncia, la expiación y el juicio… pero esta felicidad, sí la prometió.

Por tanto, no estéis vacilantes y no os desaniméis, aunque haya que «sufrir persecución» por amor a vuestro Dios y a vuestros hermanos, pues vuestra hambre de justicia será saciada (Mt. 5, 6).

Los cristianos rezan sin perseverancia, y cuando piden el final de las pruebas, de las guerras y de los martirios, ya no se acuerdan de que Jesús dijo a sus discípulos: «Orad por los que os persiguen» (Mt. 5, 44). No olvidéis tampoco que el Maestro, cuando catequizaba a los suyos en los días de su carne, les explicaba las exigencias de su Padre diciendo: «Esta especie (el Demonio) solo puede echarse con la oración y el ayuno» (Mt. 17, 21); Santiago escribió a sus discípulos: «Pedís y no conseguís nada, porque pedís mal» (Sant. 4, 3)

En resumen, cuando el horror de los crímenes os llena de indignación… casi contra un Dios justo y todopoderoso, que deja así al Príncipe del Mundo establecer su reino abominable entre los hombres… ¡daos golpes de pecho! ¡Rezáis mal! no conseguís nada, porque no sabéis rezar. ¡Recordad a Abrahán intercediendo por las ciudades condenadas (Gén. 18, 22-33), y poneos de rodillas! Lee el resto de esta entrada »

Tres cartas que no tienen desperdicio.

¿Por qué dice Pierre que sería una injusticia que uno no pudiera arrepentirse durante toda la eternidad? Porque el tiempo que vivimos en la tierra es como un suspiro. Si Dios da la eternidad a las almas, ¿cómo va a aceptar solo el arrepentimiento de los hombres mientras viven en la tierra? Me queda la terrible duda: ¿Por qué nos dijeron que no era posible?…

Hay un párrafo de la carta del 24 de octubre que me ha hecho recordar al neurocirujano Karl Pribram. Dice Pierre: “Lo que veis a vuestro alrededor es la representación de lo que ocurre en las regiones celestes”. Dice Pribram: «El mundo físico es solo una apariencia holográfica. El universo fundamental se encuentra en el “campo de la frecuencia”» ¿Pierre físico cuántico?

Me asusta este párrafo del 28 de octubre: «los cristianos, como otrora los fariseos, feroces defensores de la fe, “dicen pero no hacen”». Me siento aludido. Tengo a veces pánico de ser -como dice más adelante en la misma carta- de los que “se instalan” en la opulencia (“y hablo también de la opulencia intelectual…”, dice Pierre)…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

22 de octubre de 1930.

Querida mamá:

¿Hay en todo el Evangelio de Jesús una palabra más grave, una amenaza más trágica que su indignación contra los que El acusa de estar bajo el poder de Satán? «El que haya blasfemado contra el Espíritu Santo es culpable de un pecado eterno, no obtendrá nunca el perdón» (Mc. 3, 29).

Nosotros pasamos en la tierra muy pocos días: los que ven sucederse incluso varias generaciones, solo viven el tiempo de un suspiro… ¿creéis por tanto que Dios dará la eternidad a las almas, y solo aceptará su arrepentimiento durante este período, apenas un relámpago en un cielo infinito? Qué injusticia sería la conclusión de la obra divina, así limitada y convertida en tan arbitraria; pero la parábola de los «talentos» desmiente semejante concepción de la Justicia de Dios. Condenar a una alma por la Eternidad, después de u na experiencia (discutible después de todo, por tan breve como es y tan llena de circunstancias que pueden parecer inevitables), sería la negación de la Misericordia paternal de Dios «que tanto amó al mundo». Pero no es así: la vida terrestre de los espíritus es solo un episodio en la existencia que Dios les ha confiado. El Espíritu-hombre, desposeído del Cielo y del servicio espiritual ante el Señor omnipotente, recibe la prueba y el sufrimiento como las gracias más inefables que un Padre puede conceder a unos hijos extraviados… a unos hijos pródigos. ¡Dios espera su arrepentimiento y su vuelta, mientras ellos mueren de hambre! (Lc. 16, 11 y siguientes).

Toda la historia de la humanidad en la tierra es la manifestación de la Compasión divina, que llega hasta las lágrimas de Getsemaní y hasta la cruel agonía sobre el Gólgota. Esta Caridad que nos parecerá siempre tan misteriosa, ¿no iba a prever el remordimiento de los ciegos criminales, a los que el desprendimiento del cuerpo hace que la Luz ilumine todos los secretos del Amor, y desvele de pronto al Dios en el que hay que creer y adorar?

Si este es un enigma para los de la tierra, este enigma nos resulta fácil de descifrar aquí, querida mamá. El Amor que se entregó para salvar a la «oveja perdida» llega a nosotros, tan luminoso y tan tierno, que «todo se ha cumplido»… Lee el resto de esta entrada »

¿Es tan esencial la oración como se nos ha dicho? ¿Para qué vale? ¿Sirve para algo ponerse en contacto con el Más allá para pedir por los muertos que se han quedado “descolgados” de la Luz? Pierre aporta en estas cartas algunas cosas que nos ayudan a comprender la oración de intercesión.

Este tipo de oración, dice, acerca la existencia celeste del hombre con su existencia terrestre. A esta oración de intercesión se refería Teresa de Jesús el 8/11/2011 cuando decía: «¡Si vierais qué alegría hay cuando alguien ora por alguien! Siempre se les da la mano a los que quieren subir…»

En otra de las cartas, Pierre se refiere también a otro tipo de oración, esa que tiene lugar «en el santuario místico donde se encuentra Dios Padre. Este “lugar secreto” no es otro que el fondo más íntimo del alma». En él trataremos de entrar en la oración que algunos haremos esta tarde.

Otro punto que llama la atención es lo que Pierre llama «pecabilidad celeste» y la posibilidad de arrepentirse en el Otro lado. Pero este es un tema que conviene leer muy despacio en la carta que le dicta a su madre el 21 de octubre de 1930…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

18 de octubre de 1930.

¿Has sentido, querida mía, hasta qué punto nuestra necesidad de la oración de intercesión, por vosotros y para nosotros, relaciona los dos estados del hombre, acercando extrañamente su existencia celeste y su existencia terrestre? En efecto, ya te lo he dicho, la vida de los espíritus en el cielo no es espiritualmente distinta de lo que fue durante la encarnación en la tierra. ¿Os sorprende esto? ¿Por qué? Es evidente que aquí ya no somos turbados por el cansancio (sanos o la mayoría de las veces malsanos) de las almas a las que la carne envuelve y domina, desgraciadamente… situación cruel que Dios no ha querido, y que el hombre se ha dado por la debilidad contra la cual no reacciona. Como ha desaparecido la necesidad de alimentos que permiten subsistir al cuerpo, los deseos de nuestras conciencias despojadas de la materia se dirigen únicamente hacia las aspiraciones espirituales. Éstas no pueden ser (y no son) lo contrario de ese movimiento místico que elevaba nuestros espíritus, mientras que, en la tierra, nuestros pensamientos más puros y nuestras concepciones más desinteresadas desvelaban para nosotros el Amor luminoso, con vistas al cual fuimos creados, y del que el orgullo hizo venir a menos a toda nuestra raza.

En esto, querida mamá, encontrarás la confirmación de mis constantes afirmaciones: la perfecta continuidad de la personalidad humana, en el Más allá al que preguntáis temblando… y, por consiguiente, de las «costumbres», si así puedo llamarlas, limpias de los hábitos corporales inútiles… imposibles. Pero no es ni imposible, ni inútil, recurrir a la oración que sigue siendo la razón y la causa de la subsistencia eterna; nosotros vivimos aquí por la oración. No podríamos expresar mejor esta necesidad de orar que comparándola a la de respirar para no morir en la tierra. Ahora bien, este nutritivo alimento se nos da tanto por vuestra mediación como directamente: quiero decir que Dios concede a vuestra intercesión las gracias espirituales que le pedís para nuestras almas, cuando vivimos en el Cielo como cuando pertenecemos a la tierra. Hay un vínculo delicioso y fuerte… «más fuerte que la muerte» (Cant. 8, 6), es el Amor; mira, la oración de intercesión es un impulso de este Amor inmortal.

Esta es la razón de que Cristo, cuando enseñó la Oración perfecta (Lc. 11, 2), hizo de ella una oración de intercesión. Cuál es por tanto la dificultad que os hace dudar ante la oración por nosotros, vuestros queridos invisibles, que aún nos estremecemos por el beso de nuestras madres… esos últimos besos, de una ternura tan pura, que nos sirvieron de viático en el momento del desgarro de nuestras almas, solas frente a lo desconocido desvelado bruscamente. ¡Ah! aún se acuerdan las mujeres que tanto nos amaron en la tierra, y cuyas oraciones nos sostuvieron en nuestra agonía tan dolorosa… ¡aún se acuerdan! ¡y con este recuerdo que ellas continúan hasta en el Santuario donde Dios reina, el gesto de sus manos unidas que nos ofrecían, después se separaban para, desde lejos, bendecirnos! Nosotros lo sabíamos, porque nos sentíamos rodeados de una fuerza secreta de abnegación, de entusiasmo y de asentimiento a la Voluntad del Padre. Lee el resto de esta entrada »

Recuerdo una idea de Pierre en uno de sus primeros tomos. Decía que cuando murió sintió mayor remordimiento de sus faltas que cuando vivía en la tierra, porque la luz del Otro lado le hacía ver con mucho mayor detalle el mal que había hecho.

En estas cartas Pierre no se priva de hacernos caer en la cuenta de nuestros fallos: creer que obedecer es la no-resistencia de la hoja muerta en la tormenta; no valorar el sufrimiento; ser suficientes en la incredulidad; no resistir cara a cara frente al Diablo…

Pero abre a la vez un camino: en la tormenta hay que ser grano vivo que se deja trasladar y se convierte en origen de nueva floración; las leyes esenciales del Universo son el amor y el sufrimiento; las grandes pruebas nos hacen reconocer nuestra incapacidad; Dios envía a sus mensajeros luminosos a las conciencias rotas; Dios no actúa sin el hombre en lo que nos concierne…

Entretanto, a veces no somos capaces de ver lo extraordinario de este ir y venir entre la Tierra y el Cielo: de Allá-Aquí y de Aquí-Allá. Bebemos agua de “charcos”, cuando al lado tenemos fuentes de aguas cristalinas e inagotables.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

26 de septiembre de 1930.

Querida, amada mamá:

El hombre vive, pero sin aprovecharse de las gracias especiales que el Creador le ha dado. El hombre vive como vive el animal, como vive la planta. Cuando pasa la tormenta, con la misma sumisión ciega que caracteriza a los inferiores de los que él es rey (por expresa voluntad de Dios) (Gén. 1, 26-30), cuando se cree cristiano, acepta las decisiones soberanas, y se deja llevar por la tempestad como una hoja que se arranca del árbol, porque está seca y no «se mantiene ya» en su soporte. El hombre, él también, llama «obediencia» a semejante no-resistencia que significa la muerte [1]. ¿No es esto, diréis, la aceptación resignada de la Voluntad divina?… ¡Sin duda! Pero ¿ es esto lo que os pidió el Salvador, El que guardó silencio frente a sus acusadores y, «mudo como la oveja ante el esquilador» (Is. 53, 7) «se parecía al cordero que es llevado al matadero? (Hech. 8, 32). ¿Es esta una actitud de vencido? No, ¡oh, no, no! cuando llega la tormenta, debéis ser el grano vivo que se escapa del corazón de la flor bruscamente abierto: él es trasladado por los torbellinos; más lejos, cae y fecunda el suelo que lo recibe; se convierte en el origen de la floración y la prepara. Al desencadenarse el huracán, ha causado la expansión de la vida, encerrada en el vaso elegido para el nacimiento espiritual de una gracia que debe venir —¡no hablo aquí de una felicidad terrestre, sino de la elección de las almas por medio del sufrimiento!

* * *

27 de septiembre de 1930.

Hay en el motivo del dolor general, en la razón de Dios que ha elegido como leyes esenciales para regir el universo, el sufrimiento y el amor (pura antítesis en realidad, que esta Voluntad omnipotente del Señor de todas las cosas…), hay un misterio todavía indescifrable aquí mismo, para nosotros que lo comprenderemos sin duda al final de los tiempos dedicados a nuestra lucha espíritu, y cuando llegue la victoria definitiva: el «cara a cara con Dios» (I Cor. 13, 12).

Te lo he hecho notar, pobre madre querida, el sufrimiento, para el corazón y el alma de los hombres, es un medio de purificación, una llamada, un gesto violento que libera al espíritu, prisionero de la materia; herido, pero libre a su modo, como una mariposa salida de una crisálida informe, puede abrir sus alas… abrirlas magníficamente, para buscar la luz y la belleza. Pues bien, este es el papel misterioso y sagrado del sufrimiento, ¿no es verdad?

Pero ver sufrir a un inconsciente, sea hombre, animal o planta, es un tema de escándalo para la generosidad, natural a la mayoría de las sensibilidades humanas.

Pierre. Lee el resto de esta entrada »

Amor obstinado.

Como nos ha dicho muchas veces la hermana Concha, no es obligatorio creer ni en los mensajes que ella nos trasmite ni en los de santa Teresa o cualquier otro ser privilegiado del Más allá. Yo añadiría: “No es obligatorio, pero el que no cree se lo pierde”. Digo esto, porque estos mensajes de las cartas de Pierre son realmente antológicos, mirados desde el Evangelio, sin ojos “trapaceros”.

Hoy, por ejemplo, utiliza una expresión enormemente atrevida: Dios emplea «todos los rodeos» del amor obstinado y tierno para llevar a los culpables al arrepentimiento. Y cita algunos: sufrimientos, reveses, decepciones, abandonos, crisis morales y físicas, así como alegrías puras y dulces, satisfacciones legítimas, acogidas favorables…(14 de sep. De 1930)

Pero donde más se muestra este fantástico “amor obstinado” es en la carta del 18 de septiembre: Dios tiene tanta paciencia que espera nada menos que “la conversión de Satán”, que será vencido por el Amor, tal como profetizó su Hijo único. Esto me ha parecido tan fuerte que he consultado con el P. François Brune si es correcta la traducción, aunque me parece que el Amor de Dios es tan enorme que llegan hasta ahí las cosas: ¡el Amor vence a todos!…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

14 de septiembre de 1930.

Mamá querida:

¡Sed fuertes! esta es la orden de Dios; pero porque vuestra debilidad habrá buscado la fuerza de Cristo, que es el Amor, la Caridad. Dios no pide otra cosa a sus hijos, miserables y desgarrados. Dios pide amor, porque da su Amor… y vosotros hacéis sufrir a vuestro Benefactor… «¡Perdónales! No saben lo que hacen» (Lc. 23, 34).

La humanidad rebelde habría perdido el Amor eterno, si no tuviera como defensor a ese Mismo Amor; ahora bien, cada día, cada uno de los hombres crucifica al Dios-Salvador, y cada día el Amor incansable repite las palabras de la misericordia victoriosa: «No saben lo que hacen.»

¡Tomad en serio mis palabras, hermanos que las leéis! No son solo mis remordimientos y el recuerdo trágico de mis faltas terrestres vistas por fin a la luz justa que me mueven a pronunciarlas, sino que vengo como mensajero de Dios, como un Isaías, un Ezequiel, o un Juan Bautista (mis maestros en el Cielo), vengo a informaros sobre los caminos del Dios «que tanto amó a los pecadores», como para morir por salvarlos. Jesús envió a los Doce y a sus discípulos, todos convertidos en apóstoles (Mt. 10, 5), para despertar las conciencias y llamarlas al conocimiento del Amor divino: «Ida a bautizar a las naciones» (Mt. 28, 19). ¿Creéis que esta fue la última tentativa de Dios para salvar y regenerar a sus hijos? ¡Ah, hermanos, hermanos, vosotros sabéis bien que no es así! que los medios de Dios son infinitos… que Dios emplea, si se me permite la expresión… «todos los rodeos» del amor obstinado y tierno, para llevar a los culpables al arrepentimiento, que es el suelo preparado para las semillas de la salvación. No hablo aquí de la «salvación individual»; tú sabes en qué espíritu debéis comprender las promesas; hablo aquí de la salvación de la humanidad, perdida por amor propio, y a la que debe regenerar la caridad. Los medios de Dios, digo, son múltiples y suaves o amargos, pero su fin es único: rehacer… reconstruir el Amor-Dios, dividido y desposeído de Su poder radiante por la obstrucción voluntaria de las criaturas, en rebelión contra la disciplina del Cielo: renunciarse por amor —la Cruz de Jesús, el Cristo.

En medio de tantas llamadas, cuyas manifestaciones veis bajo la figura del sufrimiento, de los reveses, de las decepciones, de los abandonos, de las crisis morales, de las crisis físicas, dolorosas y humillantes; pero también en las alegrías puras y dulces, en las satisfacciones legítimas, en las acogidas favorables (gracias tan frecuentemente concedidas), en todas las bendiciones de las ternuras del alma que se une al corazón; hay otras, muchas otras también, cuya estela luminosa no distinguen no distinguen vuestros ojos cansados: la comunión de los espíritus humanos entre sí, es  una visión del Cielo concedida a los que, en la tierra, quieren comprender (descubrir, diría yo) todo el Amor paternal de Dios «que sondea las entrañas y los corazones» (Ps. 7, 10) y que, sin cansarse, pasa por la agonía de un Getsemaní del Espíritu, porque su sufrimiento de una noche no ha conmovido aún profundamente a los hombres, para abrirles a los abismos del Amor todopoderoso. Lee el resto de esta entrada »

Hay una frase en la primera de estas tres cartas que llama la atención. Dice: «El dogma de la preexistencia del hombre…» Esta frase me ha hecho recordar algo que nos decía la Hª Concha el 28 de septiembre y que fue para mí algo nuevo y de enorme significación.

En la reunión, se planteó un tema a propósito de dos bebés relacionados con el grupo. Preguntamos a la Hª Concha si habían elegido venir a la tierra, los padres de los que nacer, tener salud… Ella nos dijo algo impresionante: «Se unen con los Maestros de “aquí” y llegan al acuerdo de cómo va a ser su próxima vida».

Esto de la Hª Concha coincide, creo, con la preexistencia del hombre de que habla Pierre. Los hay que, para purificarse más, eligen venir con una deficiencia corporal, o unos padres que los van a hacer sufrir. Cuando le preguntamos si era así o era nuestra propia interpretación, ella dijo por dos veces: «¡No te quepa ninguna duda!».

Cada uno puede creer lo que quiera. Pierre dice solo una cosa: que esta enseñanza no se opone al texto del Génesis, ni a la enseñanza que él viene dando… Si esto es así, la consideración hacia las personas deficientes o con problemas, cambia del todo…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

14 de agosto de 1930.

Mamá querida:

¡De cuántas gracias inefables llena a los hombres el Amor divino! Los medios empleados son innumerables, variados, tiernos o severos, siempre justos, y os demuestran la voluntad «tenaz», si se me permite la expresión, invariablemente ingeniosa, de volver a llevar a las criaturas caídas a la grandeza de su origen, a la belleza que fue suya, a la alegría celeste que tenía que ser su dote, cuando el Creador eterno las había engendrado para las regiones del Cielo.

El dogma de la preexistencia del hombre, enviado luego a la tierra para «hacer sus pruebas», en cierta manera, parece a algunos incompatible con los textos del Génesis, que nosotros afirmamos de acuerdo con la verdad bajo una forma ingenua y mística; nada de eso. Esos preocupados por las investigaciones de la ciencia teológica oponen a nuestra enseñanza la creación de los humanos terrestres, según la hermenéutica de los tiempos misteriosos de la prehistoria, tal como llegó a los primeros escritores sobre el origen de las cosas. Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza» (Gén. 1, 26); ya he explicado que Adán es el nombre de la humanidad, llegada, según el plan de Dios, a una cima de la evolución física de su cuerpo animal, y hecha así capaz de recibir el soplo espiritual. Dios había preparado para el hombre-espíritu, que se había sublevado contra las esferas celestes, el cuerpo que debía recibirlo y que se desarrollaba lenta y gradualmente como se formaba el propio mundo terrestre. Así pues, el texto del Génesis no se relaciona con la estructura del hombre (puesto que, sin duda alguna, ninguna criatura podía compararse con la Espiritualidad integral y completa, Dios), pero a la semejanza otorgada por el Todo-Poderoso: «el conocimiento del Bien y del Mal» (Gén. 2, 17 y 3, 22), a la independencia espiritual en una palabra, que confirmaba al hombre como rey de la tierra, tal como había pedido en su inmenso orgullo, que le había hecho culpable al mismo tiempo que a los ángeles que obedecen a Satán, el Culpable por excelencia (Job. 4, 18).

No ignoro que los incrédulos de vuestro siglo leerán estas líneas con una sonrisa escéptica; pero, si piensan en la enseñanza que doy aquí, deberán reconocer que ningún obstáculo serio se levanta contra su veracidad. La evolución física de la Creación es un hecho incontestable; ahora bien, es cierto para vosotros personalmente que el hombre está dotado de la superioridad psíquica y espiritual, que lo eleva por encima… realmente por encima, de las razas animales que lo rodean. Lee el resto de esta entrada »

Nunca había leído cosas tan profundas y sencillas sobre la conciencia como las que hoy se incluyen en estas tres cartas.

Dice el Papa actual sobre el cardenal Newman: «Newman llegó a la conversión en su calidad de hombre de conciencia; fue su conciencia la que le llevó a salir de las viejas ataduras y seguridades, conduciéndole al mundo del catolicismo… pero este camino de la conciencia es todo menos una senda de subjetividad… es un camino de obediencia a la verdad.»

Cito aquí a Newman, porque lo más hermoso que había leído hasta ahora sobre la conciencia era de este cardenal. El Papa dice que el camino de la conciencia, en Newman,  es “todo menos una senda de subjetividad”. Esta afirmación coincide exactamente con lo que dice Pierre, aunque éste es mucho más comprensible: La conciencia no es de nuestra estructura psíquica, es algo que viene de fuera… es el Espíritu Santo… es Dios que nos habla…

Vale la pena leer con atención estas tres cartas. Por más que uno busque no encontrará cosas tan sencillas y tan profundas sobre la conciencia.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

11 de agosto de 1930.

Mamá querida:

Hay, en la vida espiritual del hombre, un punto que aún no he meditado contigo en nuestros encuentros: es el de la conciencia, y por este nombre entiendo la voz interior que todo hombre serio conoce, sea creyente o ateo, cristiano o librepensador… (hago una diferencia entre estos dos estados del alma, porque el librepensador puede reclamarse de la doctrina cristiana, pero en realidad, no acepta la sumisión perfecta al método de Cristo). ¿Qué es la conciencia que os mueve al bien; que os muestra en todo mal un caso peligroso y despreciable que hay que rechazar; que os aprueba, u os llena de tales reproches que a veces el criminal busca en la muerte la liberación del juicio severo que lo persigue día y noche? ¿Qué es la conciencia?… A esta pregunta, responded sin dudar: «la voz del Espíritu Santo», su medio de manifestarse por una acción que sea accesible al ser humano, muchas veces tan indiferente a las leyes de la moral, por no invocar y censurar su despreocupación por la ley divina. La conciencia, en realidad, no forma parte de vosotros, ni de vuestra «estructura psíquica», por decirlo así; viene de fuera, y es el Espíritu Santo inspirador, director, que se dirige así a los sentidos espirituales… es Dios. En esto, como en todas las cosas, Dios no se impone; siempre le es posible al hombre ahogar el murmullo que, sin embargo, es una prueba magnífica del interés del Padre por las almas vacilantes de sus débiles hijos. El Amo tiene el poder de hacerse obedecer diciendo: «Quiero», pero el Padre pregunta tiernamente: «¡Escúchame!» porque su amor es una plegaria eterna que pide amor. He aquí por qué las llamadas de la conciencia pueden permanecer sin resultados, y después, poco a poco, perderse para el espíritu preocupado solo de sí mismo, entregado al egoísmo hasta la crueldad, hasta la indiferencia asesina… quiero decir asesina de ese «sí mismo», del que he hablado más arriba.

Si la conciencia formara parte del organismo humano, su voluntaria inacción la atrofiaría para siempre sin posibilidad de recuperación; destruida en cierta manera, la voluntad personal del ser humano no llegaría ya a restablecerla. Pero la conciencia no forma parte del organismo del hombre; la conciencia es la Palabra compasiva de Dios, es su Cristo eterno, su Espíritu de Amor, siempre dispuesto a responder cuando el alma venida a menos está al borde del abismo… todavía vacilante, aunque entregada ya, sin ayuda, a las promesas de Satán, a sus pérfidos consejos, a su mortal atractivo. Lee el resto de esta entrada »

 Ayer envié a unos cuantos amigos una denuncia que me había enviado una amiga, en la que  se denunciaba algo que nos parece tan feo , “al menos estéticamente”, como cobrar unos sueldos desorbitados mientras muchos lo pasan mal. Pero en muchos casos tenemos que esconder el dedo y mirarnos al espejo, porque la maldita codicia está también en nosotros. Quizá por esto nos es muy difícil entender el Cielo del que nos habla Pierre en estas dos cartas.

Solo cuando nos libremos de toda codicia, podremos entender un poco el Cielo fantástico de Pierre. A pesar de ser los hombres culpables de utilizar mal la libertad, Dios nos salva del desastre y consigue sobre Satán la victoria del Amor. A esto se debe que el Cielo esté abierto a las almas desorientadas y que los desaparecidos rasguen el velo con su testimonio, y que se nos dé la prueba irrefutable de la inmortalidad…

Con un cariño inmenso, le desvela Pierre a su madre la patria celeste que nos es imposible prever, porque sus paisajes son sentimientos, y no estamos preparados para escuchar esas palabras amorosas. ¿Cómo vamos a estar preparados, si nos parece humillante ser sensibles a los sentimientos? Lo bueno, a mi juicio, es que cada vez hay más gente que está harta de la doblez de unos discursos fríos que alimentan la lógica y la codicia…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

29 de junio de 1930.

Sin embargo, mi pequeña mamá tan tiernamente amada, ¿podía Dios consolar con mayor generosidad a las almas angustiadas, a quienes la crueldad y los horrores del conflicto fratricida habían indignado y escandalizado?

Dios no es responsable de la maldad humana, pues el hombre exigió de El su libertad de conciencia; pero cuando su corazón de Padre constata el castigo que atrae el pecado sobre sus hijos rebeldes y culpables, El triunfa generosamente del desastre, que es la conclusión de los desórdenes acumulados por los hombres en su vida de libertad sin freno, porque ellos han dejado de dudar ante el crimen. Dios, digo, consigue sobre Satán la victoria del Amor.

Esta es la razón de que el Cielo se haya abierto a la llamada de las almas desorientadas, y las propias voces de los desaparecidos hayan rasgado el velo para aportar el testimonio inmortal del cariño que nada puede aniquilar. ¿No fue, querida mía, la dulzura de nuestra comunión maravillosa la que tranquilizó tu corazón materno y tu alma desolada, cuando te sentiste tentada de gritar a Dios: Por qué?… El momento era tan trágico, en la tierra a la que el Padre había prometido el Amor glorificándola por el sufrimiento, que, esta vez también, acogió «a los que estaban fatigados y agobiados» (Mt. 11, 28) y, como «el águila que pone a sus polluelos sobre sus alas» (Deut. 32, 11) para enseñarles a volar, Dios fortaleció vuestras rodillas vacilantes, concediéndoos la prueba irrefutable de la inmortalidad. En gran número, los ojos se abrieron, los oídos oyeron, y nosotros vimos decir a nuestros seres queridos las palabras imborrables y categóricas de la fidelidad permanente en la muerte. Nosotros éramos enviados para recordaros la gracia del sufrimiento aceptado como un beneficio de Dios, y la alegría de los que dejaron la tierra sin perder su amor. Mamá, mamá querida, ¿hemos triunfado en la obra de apaciguamiento y en la educación de las almas? Algunas veces, sin duda… pero no siempre, desgraciadamente, porque vosotros habéis sido demasiado tímidos ante las objeciones y las sonrisas. ¡Nada debe hacer vacilar vuestra fe, queridos míos! Nosotros construimos los cimientos de la vida espiritual renovada, y cuando los torrentes de la incredulidad y de la indiferencia remueven algunas piedras ya colocadas, volvemos a empezar sin esperar la tarea maravillosa, para restaurar los cimientos del puente que va de la tierra al Cielo. Lee el resto de esta entrada »

Acabo de encontrarme con un vecino y amigo. Doctor en física, es inconmovible en las fórmulas de su fe. También, como yo, por edad. Y tal vez por su formación, cita con frecuencia a la Jerarquía de la Iglesia. Muchos católicos, por el contrario, da la impresión de que no se atreven a dar su opinión, fundada en sus propias ideas. Menos aún  si supone criticar ciertos modos de la Iglesia.

Tal vez por eso les resulte tan difícil a muchos admitir ciertas cartas de Pierre en las que se muestra muy crítico con la Iglesia: con la suya protestante y con la Católica Romana. Es impensable, por ejemplo, que ciertos católicos estupendos admitan lo que dice Pierre sobre la Iglesia, en la primera de estas cartas. Habla ¡en 1930! de la gran miseria de la Iglesia y de que hay que salvar a la Iglesia que está en peligro…

No sé si estamos dispuestos a admitir también la hermosa idea central de la carta del 10 de abril en la que dice que no sabemos juzgar la obra inmensa del Amor “estabilizado” en las cosas materiales y que el “hágase” no ha terminado su acción realizadora, ni la terminará nunca. Veo tanta distancia entre lo que decimos creer y lo que demostramos creer…

¿Y qué decir de esa «Iglesia militante a la que nosotros vemos blasfemar y que merece el desprecio de los paganos y el castigo de Dios…»?

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

6 de abril de 1930.

Mi pequeña mamá:

Si te llamo con menos frecuencia a la colaboración tan dulce de nuestros estudios evangélicos, no es porque se haya producido entre nosotros una separación, ni porque yo esté ya demasiado lejos de la tierra, y de ello se siga una especie de evanescencia de nuestras tiernas relaciones espirituales; tú sabes, querida, hasta qué punto estoy atento a cuidar de tu subconsciencia y de su instrumento de acción: tu cerebro; ahora bien, tú eres menos joven y te cansas más fácilmente que al principio de mi misión, y yo evito un posible agotamiento, que comprometería todo nuestro trabajo realizado. Tú me comprenderás.

Mamá, te siento a veces particularmente emocionada por recuerdos dolorosos, y tu Pierre, que es todo amor, no puede dejar a tu alma maternal sin la fiel ayuda de su cariño. ¡Ah! te he dicho muchas veces, apoyándome para ello en las promesas del Salvador: el amor puro es de esencia inmortal; no puede ni debilitarse, ni desaparecer entre tú y yo, mamá, puesto que, amándonos así, cumplimos la voluntad de nuestro Dios. Era necesario sin embargo que yo hable a tu corazón tan triste, de esas horas que tú evocas con un dolor tan grande, a pesar de tu fe en mi presencia cercana… muy cercana después de los meses, de los años, eso que tú llamas: el tiempo que pasa (expresión muy inexacta, pero que la debilidad humana puede sentir cruelmente, tanto en la pena, como en la alegría de los corazones).

Es necesario sin embargo proyectarte fuera de ti misma, y pensar sobre todo en la gran miseria de la Iglesia, cuerpo martirizado de Cristo, martirizado por los culpables… Pero si los discípulos confesos no fueran infieles, el espíritu del mal habría sido vencido por el Amor según Dios.

¿Ojalá hubierais escuchado nuestras solemnes advertencias? ¡Ah! cierto, no debéis perder el tiempo en estériles remordimientos, pues es urgente recoger la cosecha que se descompone, para arrancar y quemar, la cizaña que la mata. Voluptuosos y sin nervio, los cristianos se han «cruzado de manos para dormir» (Prov. 6, 10), y el Enemigo ha lanzado semillas envenenadas (Mt. 13, 25), sobre ese suelo regado con nuestra sangre y nuestras lágrimas de sufrimientos, ese suelo bautizado con la señal de nuestras cruces innumerables, y que nosotros habíamos confiado a vuestro entusiasmo espiritual con tanta confianza… ¡vosotros, hermanos míos, lo habéis abandonado! Lee el resto de esta entrada »

Nunca había pensado en esto: mi tibieza puede ser causa de la tibieza de otros. Más bien había pensado siempre que la tibieza era cosa de otros. Tal vez porque me habían parecido terribles las palabras del Apocalipsis: «Ojalá fueras frío o caliente; pero eres tibio… por eso voy a vomitarte de mi boca». Siempre atribuía a otros la tibieza…

Para mí, procuraba aplicarme esas palabras  que, con mirada dolorosa, contemplan nuestros hermanos del Más allá, bajo el nombre de Cristo, en algunas tumbas: «Pertransiit benefaciendo». Y sin embargo, «hacer el bien» es propio de Jesús. De cada uno de nosotros, es suficiente con decir que, de vez en cuando, «obra bien».

Sería bueno que los momentos malos los considerásemos como intentos de llamadas de Dios, que nos pueden parecer trágicos, aunque la realidad es otra cosa: despertar las conciencias adormiladas y rasgar violentamente la corteza que envuelve nuestro corazón.

Sería bueno que, en medio de nuestros ratos buenos, viésemos eso que, a veces, escriben “ellos”, de parte de Dios, en el muro de nuestro corazón: «Mené, tequel, peres» Lo mismo que Daniel le ayudó a leer a Baltasar: que pesamos poco

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

12 de marzo de 1930.

Mamá pequeñita:

La tibieza es un pecado que lleva a la muerte. Quiso Dios que fueras  «frío o caliente» (Apoc. 3, 16), pero eres tibio, y es el mayor error después de la guerra es esa abulia general, que ha sucedido al generoso entusiasmo de una época trágica. Todos juntos habíamos levantado la Cruz abandonada del Redentor y habíamos bebido con avidez el cáliz de la renuncia… pero ¿qué os queda de aquel impulso de amor que purificó la guerra y sus horrores? Mirad a vuestro alrededor… las pasiones de la lucha ya solo se manifiestan en el egoísmo, cualquiera que sea la meta hacia la que se elevan las manos, ávidas de posesión: goces, corrupción, sed de poder… ¡Todas las cosas sin grandeza! pero eso es solo lo que tensa vuestras energías y os conduce a la acción… ¿me equivoco? ¡Ah, hermanos! mis queridos hermanos, dilapidáis las gracias con las que Dios os había colmado en las horas de prueba, cuando elevabais hacia él vuestros corazones temblorosos y vuestras almas decididas… esos adversarios, actores del gran combate que cada uno de nosotros tuvo que librar consigo mismo, pero del que salimos vencedores.

Una especie de senectud se ha apoderado de los espíritus, y es una decadencia envilecedora, porque es causada por el cansancio que produce el egoísmo brutal. ¿Recordáis nuestro cansancio agradecido, cuando teníamos conciencia de haber servido a nuestro Dios y a nuestros hermanos, sin miedo a la muerte?

Si recuerdo aquí esta victoria, y si muestro esta derrota, es para sacudir vuestras conciencias pervertidas y llamarlas a despertar y a la conversión. La verdadera conversión es una llamada de trompeta, una fanfarria que llama «¡a la bandera!…» (Hablo aquí de la bandera de Cristo, la que flota sobre nosotros: «Amor») (Cant. 2, 4). Esto no es el abandono de la batalla… ¡al contrario! es la llamada a las armas. «No penséis que he venido a traer la paz a la tierra… no la paz, sino la espada» (Mt. 10, 34), dijo el Maestro.

Porque os habéis entregado a un descanso que decíais «bien merecido», el Enemigo os ha derribado… ¡combate tras combate, la guerra sigue! y el Enemigo aprovecha vuestra apatía para conquistar poco a poco el Reino de vuestro Rey… la patria del Amor. Lee el resto de esta entrada »

Lo tenemos casi imposible. Si no somos conscientes los cristianos de que vivimos en un racionalismo estéril, no conseguiremos entender nada relacionado con Pierre. En la primera de estas tres cartas, por ejemplo, repite tercamente una frase que le dirige a su madre: «sé tierna, sé tierna, sé tierna». ¿Por qué esta insistencia? «Porque la gran desgracia de las sociedades que se llaman cristianas es la frialdad…», dice.

Solo el amor –dice en la segunda carta– puede transformar la vida terrestre, asemejándola a la del Cielo. Esta prueba solo la tenemos de manera indirecta: el odio y la crueldad hacen que resplandezca la inefable belleza del amor…

Y añade algo que no se atreve a formular en público ningún responsable de la Iglesia: si los tiempos son tan trágicos, es porque no practicamos la ley esencial del Amor… Lo malo es que caemos en la infidelidad por indolencia y no reaccionamos contra el Mal.

El racionalismo, que denunciábamos al principio, es una de las causas. No es que estemos en desacuerdo con lo que aquí se dice. ¡Lo que nos resulta infumable es que esto nos lo diga alguien desde “el otro lado” y en unas categorías que no son las nuestras!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

9 de marzo de 1930.

¡Oh mamá, sé tierna, sé tierna, sé tierna! Cuando aportas a nuestros hermanos en la noche el consuelo prometido por Jesús: «¡Ellos están siempre con vosotros!» no temas el escalofrío de tu alma, herida por la frialdad de una acogida o por la indiferencia de una palabra, incluso por el sarcasmo de un juicio. ¡Mamá, sé tierna, sé tierna, sé tierna!… un sufrimiento sin duda, la sensación de una herida, la extrañeza de la incomprensión y de la duda, la humillación del razonamiento crítico y severo… ¡Mamá, sé tierna, sé tierna, sé tierna!… ¿Quién, de entre los hombres, será más incomprendido que Jesús? ¿Quién será más vilipendiado? ¿más ignorado? ¿más despreciado?… «como un cordero que es llevado al matadero, como una oveja muda ante los que la trasquilan, él no abrió la boca» (Is. 53, 7), El, el Rey de reyes, El que se ofrecía como Víctima expiatoria por el pecado de sus hermanos, no elevó la voz, no protestó con indignación… Guardó silencio. ¡Mamá, sé tierna, sé tierna, sé tierna!… ¿No llegaría tu amor hasta ahí? ¡Claro que sí, querida mía!

La enorme desgracia de las sociedades llamadas cristianas, es la frialdad de los corazones que provoca tan cobardemente la mueca de los labios. La percepción de los sentidos espirituales no es suficientemente fuerte para combatir la anarquía ambiental: lo que es positivo, lo que es útil, domina, aplasta y mata las percepciones que la pérdida de costumbre de la vida sobrenatural atrofia poco a poco. ¡Veis, desgraciadamente, que la tempestad causa estragos contra el Gran Espíritu de Bondad, de Misericordia y de Amor! ¡Veis tambalearse la obra de Cristo, la civilización nacida del Evangelio estrangulada por la barbarie que renace!… pero ¿quién es responsable? ¿Quién es culpable? ¿No habíamos pedido a la Iglesia que abriese los brazos maternales a ese mundo trastornado por sufrimientos, por hecatombes, por mártires de todo tipo, que dejan a las almas desamparadas, como niños que caminan por la noche junto a su madre, y que han perdido el contacto de su mano? Nosotros fuimos enviados por el Padre celeste para garantizar con toda naturalidad la acogida favorable de vuestras plegarias… pobres madres desgarradas, pobres mujeres torturadas, pobres corazones innumerables, vosotras cuyas súplicas angustiosas habían formado un solo clamor, desesperado pero confiado; ¿quién mejor que vuestros seres queridos, habrían podido afirmar solemnemente la exactitud de las palabras del Hijo de Dios: «Yo sé que siempre me escuchas» (Jn. 11, 42), paráfrasis de su promesa: «Pedid, recibiréis» (Lc. 11, 9)? Lee el resto de esta entrada »

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