Cuentan los Hechos de los Apóstoles (19, 1-6) que llegó Pablo a Éfeso, donde había algunos discípulos, y les preguntó: «¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando abrazasteis la fe?» Y ellos contestaron: «¡Pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo!». Pablo los bautizó entonces en nombre del Señor Jesús, les impuso las manos y vino sobre ellos el Espíritu Santo.

En la tercera de estas Cartas, dice Pierre que Jesús explicó el papel predominante e indispensable del Espíritu Santo. Tal vez la Iglesia, es decir cada uno de los creyentes, no hemos descubierto todavía el papel que Éste juega. Nos comportamos como si no perteneciéramos a la religión del Espíritu. Pero tal vez hay actualmente algo peor: hacer del Espíritu Santo un simple símbolo, como denuncia Pierre. Algunos ven símbolo en todo aquello que está más allá de la comprensión meramente racional. ¡Grave error!

Lee uno con atención estas hermosas Cartas de Pierre, las compara con lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 y llega un momento en que uno se pregunta: Aquí ¿quien tiene razón? Porque la Iglesia que pinta Pierre, el “retrato” que hace de Dios Padre y de Jesús es, a veces, totalmente distinto de lo que dice el Catecismo. Ojalá sepamos todos dejarnos penetrar por el Espíritu de Jesús para saber discernir donde está la Verdad.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

22 de marzo de 1931.

Mi querida mamá:

En el tiempo que vivís (lo que no significa exactamente lo mismo que la locución en que vivís), la situación del mundo terrestre y la existencia de los hombres, agitada, desequilibrada, es un justo tema de angustia para todo espíritu sabio, así como para los «santificados» por la gracia de Cristo. Centrándose en ellos, las reacciones de la sociedad, que parece descentrada, los «razonables» ―para no utilizar un término que indica demasiado la perfección realizada, los «sabios»― están conmovidos y desolados; se preguntan hacia qué abismo rueda la raza alocada a la que «tanto amó» (Jn. 3, 16) el Salvador, que se complació en el abandono momentáneo de su gloria celeste, para rescatarla del Maligno. Y nosotros también, que vivimos carnal y culpablemente, vemos llenos de dolor el declive de las conciencias, la impunidad del crimen, la inclinación al pecado, la esclavitud del espíritu a la carne… Pero Dios nos envía a vuestras moradas profanadas, cuyo umbral habíamos blanqueado con nuestra sangre derramada como la de nuestro Salvador en sacrificio expiatorio. ¡Ah, qué pocos son aquellos a los que nuestro espíritu despierta de su letargo!… ese letargo que es la entrega del alma a las maniobras del Rey de las Tinieblas (Lc. 22, 53). Nosotros hablamos sin embargo… pero los que nos han oído, se alejan con demasiada frecuencia, y ponen el dedo sobre sus labios para imponerse silencio a sí mismos, por miedo a la sonrisa de la crítica y de las observaciones malévolas de su prójimo. Esta es la fuente –la causa– de ese gran mal del que se muere la civilización cristiana… ¡del que ella va a morir! ¿hay necesidad de promiscuidad sabia, de reproches mordaces para transformar este estado de cosas tan peligrosas? ¡Por supuesto que no! pero la ayuda celeste no se manifestará sin el deseo de los humanos y sin la contrición de sus corazones, indignados tal vez contra sus hermanos, pero por poco tiempo, porque lo necesario es, ante todo, el arrepentimiento, la conversión y la actitud enérgica de los cristianos, puestos en pie ante sus causadores. Solo entonces podrán apelar a la promesa del «Hijo único que está a la Derecha de Dios»: «Lo que pidáis en mi Nombre, lo haré» (Jn. 14, 13). Es necesario, sin embargo, que una llama de vida brille en las almas de los discípulos de Jesucristo; ahora bien, ¿qué está ocurriendo? la Iglesia en cada uno de sus miembros, desde los que dirigen hasta los que obedecen, la Iglesia está sin vitalidad, sin entusiasmo, la iglesia es un «cuerpo muerto» y se os ha dicho: «Donde está el cadáver, se reunirán los buitres» (Mt. 24, 28). «Los buitres» que se ensañan para desgarrar el cadáver ―la Iglesia degenerada y sin vida espiritual, sin consagración real― son los escándalos que os consternar. Los «buitres» nacen de los «buitres»; cada ave rapaz, decidida a mutilar a la presa, se multiplica en torno a restos palpitantes del cuerpo que hacía que viviera el Don de Cristo, su Cabeza gloriosa. Dios «se ha dado» a Sí mismo, ¿qué más puede hacer? Leer el resto de esta entrada »

Conozco a una señora que agarra su coche y lo llena de comida con el dinero que la han dado en un grupo y, luego, ella misma la distribuye entre los parados de su pueblo. Sé de un grupo, que se distribuye los hoteles, recoge la comida que iban a tirar y la entrega para que la distribuyan en comedores de Caritas. ¡Gente fantástica!

Sé también de otras actividades que no se ven. Algunas las realizan seres que ni siquiera vemos, como Pierre por ejemplo, que desde el Otro Lado nos repite «las palabras, los nombres, las ideas que los identifican ante la fe vacilante…». Con palabras de siempre, diríamos que hay personas fantásticas que practican las Obras de Misericordia Corporales y otras no menos maravillosas que practican las Obras de Misericordia Espirituales…

Si deseas colaborar en éstas últimas, puedes empezar ya. Por ejemplo, así: recibes esta pequeña introducción, te adentras y lees despacio el envío de que se trate: de Pierre, de Roland o de otro, te das un pequeño paseo o te concentras. Te preguntas: “de esto que he leído, ¿qué me parece más útil para mi vida espiritual mía o la de otros?” Y expresas tu entusiasmo, tu indignación, tu amor, etc. Es una experiencia tuya. Sin más. Luego, eso tuyo personal me lo envías y yo lo hago llegar a otros. Sin tu nombre, si quieres. Todo está bien, si viene de ti. Algunos así lo hacen. Ya sabes: ¡si viene de tu vida, eso no muere!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

26 de diciembre de 1930.

¡Ah! Mamá, querida mía, estos frutos, «la reserva de Dios,» ¿son sin marcha, por no decir sin defectos profundos, que revelarían la podredumbre íntima o el gusano que corroe y deshonra? ¿Quién de vosotros, hermanos de Cristo, levantará la mano para decir: «¡Yo estoy limpio!»? Y nosotros que, llenos de dolorosa compasión, vemos ya a los corazones sangrantes, a las almas heridas por el mal, apelamos a vuestra ternura, puesto que el Amor de Cristo crucificado no tocó a vuestras conciencias indiferentes. Tal vez es más fácil recordar la vibración de una voz amada que ha muerto para vuestro oído entumecido, pero que resuena todavía en vuestro recuerdo fiel, que oír la gran Voz divina que, sin embargo, os ha prometido el perdón de un Padre al final de vuestros esfuerzos hacia la perfección.

Esta es la razón de que el Misericordioso nos envíe a los hogares terrestres donde aún nos quieren, para estimularos y para recordaros su adorable impulso: la Cruz.

¿Murmuramos nosotros en vano ruegos amorosos? ¡cómo repetimos a nuestros seres queridos las palabras, los nombres, las ideas que nos identifican ante su fe vacilante y les da confianza! ¡Ah! las vibraciones secretas de vuestro amor no bastan para tranquilizaros, y cuando os dirigimos tiernos reproches, que son parecidos a los de un padre justo o a una madre indulgente y afligida, ¿vacilaréis en reconocer la presencia invisible? ¿Os negaréis a tendernos vuestras dos manos? No, lo sabemos bien, porque tenemos de ello la experiencia frecuente… incluso la experiencia constante.

¡Pues bien! os suplicamos que no deshonréis el árbol genealógico cuya raíz poderosa, eterna, es el Creador, y cuyo tronco es la Iglesia; pero sus ramas verdes no siempre dan fruto, y con demasiada frecuencia esos frutos solo tienen una apariencia de robustez y belleza… su corazón es negro, sus granos están muertos… esos son los frutos de la hipocresía… el veneno mortal que arruina a la Iglesia.

Pierre.

* * *

29 de diciembre de 1930.

La hipocresía, querida mamá, fue el vicio que con más frecuencia echó Cristo en cara a los fariseos que, bajo la apariencia de la rigidez de los principios, vivían cómoda y culpablemente. Leer el resto de esta entrada »

Me escribe una amiga y termina con esta pregunta: ¿crees tú en esa “advertencia”? Se refiere a que alguien advierte, al final de una reunión, sobre las consecuencias negativas que puede traer el dejarse inspirar por los seres queridos que se fueron.

En la primera de estas tres cartas de Pierre hay varias preguntas inquietantes para los sacerdotes de nuestras iglesias. ¿Habéis suscitado el despertar de las conciencias? ¿Habéis llamado a las almas al arrepentimiento?… Y luego viene una acusación terrible: «Nosotros os acusamos de prevaricación» por practicar un culto sin vida, etc.

En la segunda hay también esta pregunta: «¿por qué la Iglesia, redimida y bajo la gracia, permanece sin energía y sin entusiasmo ante la tarea inefable que su Jefe le confía?» Y al final de la carta hace esta reflexión: la fuerza que actúa es don de Dios, pero si os negáis a utilizarla sois como el hijo de la parábola a quien el padre envía a trabajar a su viña…

En la tercera carta incluye Pierre esta reflexión: «Habéis disipado las riquezas que os habían sido confiadas por vuestro Maestro». Vuelvo a la “advertencia” del primer párrafo. Me gustaría trabajar para que no haya culto sin vida, para vivir con entusiasmo lo que el Jefe nos confía, para no disipar las riquezas. Soy consciente de que hay que evitar al Enemigo…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

11 de diciembre de 1930.

Querida mamá:

La Iglesia pretende vivir del Pan diario de las Escrituras dadas por el Espíritu Santo a los hombres; pero la Iglesia olvida al «ángel del Eterno» que decía a Gedeón: «Ve con esta fuerza que tienes, y salvarás a Israel…» (Jue. 6, 14). ¿Sería Dios menos poderoso en adelante por dar esta fuerza victoriosa? Qué digo yo, ¿habría vuelto a tomar Dios la fuerza que Cristo, el Fuerte, dejó a sus apóstoles terrestres como un legado, pero un legado que implica la responsabilidad de quienes lo reciben? Los sacerdotes de vuestras Iglesias ¿no pretenden ser los beneficiarios del don concedido a los doce íntimos del Maestro vuelto a su gloria? «¿Entonces…?» les decimos nosotros, «¿qué habéis hecho con vuestra elevación sobre los tronos donde debéis juzgar a los pueblos? (Mt. 19, 28). ¿Habéis suscitado el despertar de las conciencias? ¿habéis llamado a las almas al arrepentimiento? ¿habéis bautizado a las naciones en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo?» (Mt. 28, 19). Sí, dirán ellos; pero en nombre del bautismo instituido por el Redentor, nosotros los acusamos de prevaricación. Practicáis un culto sin vida, sin indignación contra el pecado de hipocresía, porque preferís cerrar los ojos para no agobiar a vuestros hijos espirituales: en efecto, lo sabéis perfectamente, sois culpables ante Dios de abandonar todo formalismo de su religión, que los lleva a una fe convencional, sin eficacia, planta estéril que se adorna de flores, pero que no da frutos. Aunque «bautizáis a las naciones», como lo ordenó vuestro Maestro, no las «enseñáis» (Mt. 28, 19). «¡Ay de vosotros!» gritaba a los hipócritas… (Mt. 23, 16). «Venid a mí» (Mc. 10, 14), decía a los niños pequeños; pero vosotros, «decís y no hacéis…» (Mt. 23, 3), los « niños pequeños» no tienen interés para vosotros… ¡¡los hipócritas os halagan!! Sin embargo, «estos pequeños», no son los «pobres de espíritu» (Mt. 5, 3) que tienden hacia vosotros sus labios para recibir el Pan de Vida. No pienses, querida mamá, que yo apruebo con estas palabras las divisiones, tan peligrosas, que hieren el Cuerpo de Cristo entregado a todos los hombres. No hay diferencia entre los que son bautizados en el nombre de la divina Trinidad: todos son salvados por la gracia, todos llevan el mismo apellido —el del Padre— pero todos han imitado «al cerdo que, lavado, vuelve a revolcarse en su lodazal» (II Pe. 2, 22). Aunque hay excepciones gloriosas, ellas subrayan la decadencia moral del conjunto de los hombres.

¿Adónde habéis llegado, hermanos míos perezosos e inertes, que «tenéis las llaves del conocimiento, pero rechazáis introducir a los hombres en el verdadero santuario»? (Lc. 11, 52). Veis reinar sobre la tierra (Mt. 24, 15) «la abominación de la desolación» (Mt. 24, 15)»;  los hombres, abandonando el Camino doloroso que domina una cruz, se precipitan en el mal y siguen el camino ancho y seductor… él conduce a la nada, «a la segunda muerte» (Apoc.21, 3) sin despertar, a la muerte eterna… Jesús lo dijo, hermanos míos.

«¡Vete! ¡con la fuerza que tienes! seas levita o sacrificador, tienes que salvar a Israel.» Amén. Amén. Leer el resto de esta entrada »

Cada vez me es más difícil entender la actitud de ciertos cristianos ante los mensajeros «crísticos». Me refiero a los mensajeros del Más allá que están en la órbita de Cristo. En estas cuatro cartas de Pierre, se comprende perfectamente cuál es su misión. Podemos aceptarla o no, pero nunca podemos decir que pretendan trasmitirnos ninguna revelación nueva. ¡Es pura aplicación de la Biblia, sobre todo, del Evangelio!

Por simple curiosidad, he contado el número de citas que aparecen en estas cuatro cartas: ¡nada menos que 35! ¡Y son 6 páginas! ¡Lo que menos pretende Pierre es dárselas de decir cosas nuevas! Es pura explicitación del mensaje de Dios. ¡Con la radicalidad con que Dios se comporta hacia los hombres! ¡Con la radicalidad que Dios exige a los cristianos! Esto es lo que casi siempre aparece en estas Cartas.

Otro gallo cantaría a esta Iglesia de la tierra, que formamos todos los cristianos, si fuera más fiel al camino trazado por Cristo: ¡Getsemaní y el Calvario! Pero, seamos sinceros, ¡la mayoría no admitimos el por qué tanto dolor para redimirnos! Sinceramente, siempre hallamos disculpas para evitar la radicalidad a la que se nos llama. Algunos dicen: ¡no hay «mensajeros crísticos»! Yo les digo: ¡llamadlos como queráiss, pero no os perdáis lo que dicen!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

2 de diciembre de 1930.

¡Ah, los cristianos son culpables! ¡Como el Precursor, hemos vuelto a nuestros hogares tiernamente amados, y hemos gritado: «¡Enmendaos!» Hemos dicho: «Volved a vuestro Dios, porque El perdona generosamente» (II Crón. 30, 9); hemos dicho como el poeta sagrado: «Los caminos del Señor son misericordia» (Sal. 25, 10). ¿Nos habéis seguido por el camino del Gólgota, hermanos míos? ¿Habéis corrido también «al desierto» (Lc.7, 24) donde, como nuevos Juan Bautista, os llamábamos al bautismo del arrepentimiento? Llenos del «celo amargo que crea el desorden» (Sant. 3, 14), habéis querido vivir según las «cosas visibles que solo duran un tiempo» (II Cor. 4, 18); Mamón ha dirigido vuestras almas y vuestros destinos… y los cristianos contemplaban con una sonrisa los desórdenes del mundo. ¿Dónde podían rezar? La Iglesia seguía cerrada a las súplicas de los corazones indignados, que clamaban: «¡Dios de las venganzas! Dios de las venganzas… ¡muéstrate!» (Sal. 94, 1). Las masas se jactaban: «¡El Eterno no verá! ¡no oirá!». Pero nosotros decíamos: «El que ha puesto el oído, ¿no oirá? El que ha formado el ojo, ¿no verá?» (Sal. 94, 9). Y os hemos recordado las palabras terribles de la Escritura de vuestros padres: «Mía es la venganza y la retribución» (Rom. 12, 19). ¡De verdad!… ¡De verdad!…

Pero Jesús vino «para salvar lo que estaba perdido» (Mt. 18, 11).

Querida mamá, si nosotros volvemos severamente sobre el peligro que corre el que desprecia el aviso de Dios y la inspiración de su Espíritu, es para salvaros del peligro que corren vuestras almas. Los profetas anunciaron las desgracias y el fin de la primera Alianza, y Jesús fue la Señal de la Misericordia, prometida… dada de antemano, puesto que Dios amó a los ingratos, hasta el punto de compartir su suerte. Si los hombres de los que os habla el Antiguo Testamento han permanecieron sin caridad, todos nosotros que hemos visto el Amor de un Dios «humillarse», llevar la carne que se marchita —date cuenta, no digo solo que Dios, en Cristo, «se humilló» hasta la humanidad, sino que digo: El se humilló (en efecto, eligió la humillación como instrumento de redención), es imposible, a partir de aquí, que haya otro camino que lleve a la perfección deseada: Jesús es el «único» (Jn. 14, 6) que es accesible al hombre; ahora bien, este camino es la Cruz.

Así pues, queridos míos, el mundo ha hecho «una cueva de ladrones» de este templo que Cristo llamaba: «la Casa de su Padre» (Mt. 21, 13) —texto que yo comento dándole su verdadero sentido: se trata de vuestra alma. ¡Cueva de ladrones!… ¡esas almas que, con sus sufrimientos, El venía a arrancar de la perdición definitiva! ¡Cueva de ladrones!… ¡Trenzad vosotros mismo el «látigo de cuerdas» que sirvió al Hijo de Dios para echar del Templo a los mercaderes traficantes, que profanaban el culto y la adoración de los fieles! ¡Qué vergüenza su hipocresía! ¡se apuntaban a «las riquezas injustas» y sacaban provecho de la piedad de los sencillos «que se parecen a los niños» (Mc. 10, 14). ¡Los cristianos son más culpables todavía que estos judíos, si la Iglesia es «una cueva de ladrones!» Leer el resto de esta entrada »

Suele suceder en todas las carreras. Siempre hay una asignatura que te complica la vida. A mí me sucedió con el Hebreo y la Estadística; a algún aspirante a Ingeniero Aeronáutico, se les atraviesan las Matemáticas de primero; a otros, en Medicina, la Bioquímica…

Pierre nos pone en guardia frente a tres “asignaturas” que se suelen interponer en nuestra “carrera” hacia Dios: la carne, la inteligencia y el sufrimiento. En cuanto a la carne, recuerda a Cristo: «La carne no sirve para nada, el Espíritu es el que da vida». Y señala una pista: «Las palabras que os digo son Espíritu y Vida»…

En cuanto a la inteligencia, el «error fundamental de los métodos eclesiásticos» consiste en trasformar las enseñanzas del Mesías «centrando la piedad en una actitud religiosa de la inteligencia», que casi no responde a las directrices del mismo Jesús.

Lo del sufrimiento es algo que hoy nos asusta tanto, que cita una frase del Apocalipsis: «No temáis por lo que vais a sufrir». El sufrimiento fue el método de redención de Cristo

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

19 de noviembre de 1930.

Ah, hermanos míos, recordad que en un discurso, misterioso para sus oyentes, cuando les enseñaba que era indispensable «alimentarse con su Carne y con su Sangre para tener la Vida eterna en sí mismos» (Jn. 6, 53), el Cristo de Dios añadió: «La carne no sirve para nada» (Jn. 6, 63). Después concluyó: «Las palabras que os digo son Espíritu y Vida» (Jn. 6, 64).

Este es vuestro error; el error fundamental de la Iglesia —o más bien de los métodos eclesiásticos—: transformar totalmente las enseñanzas del Mesías, centrando la piedad en una actitud religiosa de la inteligencia, que ya casi no responde a las directrices dejadas por el mismo Jesús. No me rebelo aquí contra la ostentación de los santuarios, ni contra la pompa de las ceremonias, muy al contrario, puesto que la mentalidad humana concibió así los homenajes de un culto de adoración, es peligros reducir la forma exterior, cuando ella acentúa la devoción y la piedad del corazón del hombre. Pero puedo preveniros que debéis tener presente en la memoria las advertencias del Maestro: «La carne no sirve para nada; solo el Espíritu vivifica». Dios puso en la carne el espíritu, para consagrarlo por la aceptación, la renuncia, el arrepentimiento y el amor. La Iglesia es un cuerpo… el Cuerpo místico de Dios que también apareció en la carne «rebajándose durante un tiempo» (Heb. 2, 7). Pero cuando exclamó: «Mi carne es una verdadera Comida y mi sangre una bebida» (Jn. 6, 55), vosotros lo habéis comprendido, no se trataba de ese cuerpo que él abandonó en la Cruz para siempre. «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc. 22, 46); «La carne no sirve para nada, solo el espíritu vivifica.»

Aquí, en la hermosa esfera blanca en la que, por «miríadas» (Heb. 12, 22), se reúnen los espíritus misioneros de vuestros hijos, oh mujeres de la tierra, nosotros no hemos dejado de «comer la carne y de beber la sangre» del Redentor eterno… la carne mortal no sirve para nada. Así es como la Iglesia de la Tierra debe «comer a Cristo para tener la Vida» (Jn. 6, 54-57). Muerta, la Iglesia dejaría de ser «la envoltura» de Cristo, porque el Cuerpo divino subsistirá para siempre; este Cuerpo divino no podrá tolerar a miembros sin vida, a miembros muertos… en esta repetición, querida mamá, busca un sentido muy restringido a mis palabras: los miembros muertos son, no solo inertes, sino corruptibles, y amenazan de muerte al mismo cuerpo; repito no solo inertes e inútiles, como los miembros sin vida personal (a los que Dios condena, ciertamente), los miembros muertos contaminan y destruyen… pero «solo el Espíritu vivifica, la carne no sirve para nada». Leer el resto de esta entrada »

Estas cartas son tan impresionantes que el propio Pierre reivindica la autoridad de Cristo para poder escribirlas: “no hablo de mi parte, sino de parte de Aquel que murió y resucitó”. Revestido con esta autoridad, recuerda algo importante: no se puede dividir a la Iglesia en dos, una celeste y otra terrestre. ¡Es una, como uno es el Cuerpo de Cristo, que no está dividido!

Lo mismo que Jesús, cuando caminaba entre los hombres, era a la vez el Hijo que estaba en el seno del Padre, así los cristianos tienen que recordar que su vida post-mortem es prolongación matemática de su vida en la carne y no han de contemplar con indiferencia las tareas que Dios pone ante el espíritu del hombre tratando de conquistarlo. Lo grave es que los cristianos no hemos sido conquistados por el divino Luchador

Dejarse conquistar significa dejarse arrastrar por la mística divina. Como miembros que somos del Cuerpo de Cristo –dice en una expresión mística muy atrevida– «formamos parte de Dios». Y para dar autoridad a esta realidad, Pierre cita a san Juan: «Dios es Espíritu, los que lo adoren deben hacerlo en espíritu y en verdad», porque solo el Espíritu vivifica…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

7 de noviembre de 1930.

Mamá, queridísima mamá:

Si tu Pierre inclina tierna y fielmente hacia ti su rostro espiritual, que se parece exactamente al que tú amabas cuando «sabías» que lo veías, es para hacerte llegar el mensaje celeste, la «Buena Nueva» que Jesús encarnaba, pero que la Iglesia enseña con de una manera lánguida, que aparta de ella la llama sagrada. No es de «mi parte», mamá querida, como hablo a tu alma maternal; soy enviado a ti por Aquel que «murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación» (Rom. 4, 25). ¡Ah, cómo podéis hacer realidad a la Iglesia… (¡triunfante, sin duda! pero incansablemente militante) que la Iglesia terrestre debe reproducir! entonces, os daríais golpes de pecho con dolorosa humillación. En realidad, el Cuerpo de Cristo es Uno, y cuando partís en dos a la Iglesia, convirtiendo una parte en celeste y otra en terrestre, olvidáis que para vivir, un cuerpo (¡símbolo admirable!) no puede partirse así. Jesús es «la Cepa y los discípulos son los sarmientos» (Jn. 15, 5), en el Cielo y en la Tierra. La paz prometida a las almas que creen, no es la paz en el inmovilismo, que sería una aniquilación pero no la vida eterna. Vivir, es actuar.

En el sentido místico, la acción debe realizarse por todo espíritu «nacido de Lo Alto» (Jn. 3, 3), esté encarnado o liberado de la carne; vosotros disminuís las gestos de vuestro amor y de vuestra actividad espiritual, limitándolas por vuestra concepción injustificada. Vuestra capacidad de influencia no es menor porque viváis en la Tierra, os sentiréis extrañamente vosotros mismos, cuando lleguéis a las regiones libres del Cielo.

Hay un gran peligro para la vida de las almas, si no se comprenden estas cosas. Jesús mostró el ejemplo de la unidad de la existencia en el hombre; Jesús, que estaba sin embargo perfectamente sumergido en la carne, no sufría su presión… el Evangelio os da de ello varios ejemplos; uno de los más convincentes sin duda es la afirmación del Cristo terrestre de que El «estaba en el Cielo» (Jn. 3, 13), mientras caminaba con los hombres, semejante a ellos. Decía: «el Hijo único que está en el seno del Padre» (Jn. 1, 18). ¿No comprendéis la debilidad espiritual que resultaría de vuestro error? Cuando, liberados, libres de nuestra pesada crisálida, penetremos en la vida del espíritu, nos sentimos sorprendidos —y puedo decir, preocupados— al encontrarnos tal como éramos cuando formábamos parte de la materia. Hay consecuencias benditas, pero trágicas, en esta continuidad absoluta de la vida del alma. Todas las responsabilidades asumidas en la tierra continúan, y nos abruman, desgraciadamente, cuando han sido voluntariamente violadas. Pero ¡qué maravillosa luz nos desvela la misericordia y la justicia de Dios! Leer el resto de esta entrada »

Pierre no hace teorías sobre el sufrimiento. Nos enfrenta con nuestras lágrimas y nuestro dolor y nos abre una perspectiva fantástica. Sin tapujos, nos muestra el verdadero camino.

He pasado unos días de vacaciónes y, con este motivo, he estado leyendo un libro del P. François Brune que se llama “Cristo de otra manera”. En el capítulo 3 habla de algunas interpretaciones inaceptables de la Pasión entre algunos teólogos católicos de hoy. ¡Son teólogos y no encuentran ningún sentido al dolor y a la Pasión de Cristo!

Algunos continúan pintando a un Dios justiciero y sádico que necesita el sufrimiento de su Hijo para perdonar a los hombres el pecado. Otros tratan de buscar nuevas teologías de la Redención. Para unos, Cristo es un simple modelo a imitar. Para otros, es un modelo político. Para otros, un modelo de sabiduría. Las cosas llegan en algunos tan lejos que el P. Brune se pregunta qué queda de Cristo en su teología…

¡De verdad, vale la pena leer despacio a Pierre y descubrir un poco de equilibrio en medio de tanto disparate!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

30 de octubre de 1930.

¿Qué oís, cristianos inconscientes, en los abismos de lo infinito? Las quejas de los que dudan, y que le culpan a Dios por sus sufrimientos y por sus lágrimas: «Mi llanto me ha servido de pan día y noche, cuando me decían: ¿Dónde está tu Dios?» (Ps. 42, 4).

Estos lamentos son injustos y, por consiguiente, culpables. ¿De qué sirve quejarse y levantar los brazos? Si el Cielo está sombrío y el camino lleno de obstáculos, está así porque habéis hecho nacer en torno a vosotros el obstáculo y sus trampas… solo vosotros sois causa de estas dificultades que os escandalizan. Entrad en vosotros mismos para convenceros de que digo la verdad. Dios quiso salvar a los pecadores; Dios no renunció a su amor por sus hijos; la «paciencia de Dios» (Rom. 9, 22) es un hecho, pero vosotros no eleváis hasta El vuestro ojos en duelo, vuestros ojos velados por lágrimas de ingratitud puesto que son lágrimas de desconfianza. ¿Habéis reconocido que es, en realidad, ese sentimiento el que os deja sin energía, para continuar un camino del que teméis cada recodo?

Jesús vino a reclamaros para la «tranquila casa paterna»; Jesús os previno: «Pasaréis por aflicciones», pero continuó: «¡Ánimo!» (Jn. 16, 33). Jesús solo prometió la felicidad a través del sacrificio y la renuncia, la expiación y el juicio… pero esta felicidad, sí la prometió.

Por tanto, no estéis vacilantes y no os desaniméis, aunque haya que «sufrir persecución» por amor a vuestro Dios y a vuestros hermanos, pues vuestra hambre de justicia será saciada (Mt. 5, 6).

Los cristianos rezan sin perseverancia, y cuando piden el final de las pruebas, de las guerras y de los martirios, ya no se acuerdan de que Jesús dijo a sus discípulos: «Orad por los que os persiguen» (Mt. 5, 44). No olvidéis tampoco que el Maestro, cuando catequizaba a los suyos en los días de su carne, les explicaba las exigencias de su Padre diciendo: «Esta especie (el Demonio) solo puede echarse con la oración y el ayuno» (Mt. 17, 21); Santiago escribió a sus discípulos: «Pedís y no conseguís nada, porque pedís mal» (Sant. 4, 3)

En resumen, cuando el horror de los crímenes os llena de indignación… casi contra un Dios justo y todopoderoso, que deja así al Príncipe del Mundo establecer su reino abominable entre los hombres… ¡daos golpes de pecho! ¡Rezáis mal! no conseguís nada, porque no sabéis rezar. ¡Recordad a Abrahán intercediendo por las ciudades condenadas (Gén. 18, 22-33), y poneos de rodillas! Leer el resto de esta entrada »

Tres cartas que no tienen desperdicio.

¿Por qué dice Pierre que sería una injusticia que uno no pudiera arrepentirse durante toda la eternidad? Porque el tiempo que vivimos en la tierra es como un suspiro. Si Dios da la eternidad a las almas, ¿cómo va a aceptar solo el arrepentimiento de los hombres mientras viven en la tierra? Me queda la terrible duda: ¿Por qué nos dijeron que no era posible?…

Hay un párrafo de la carta del 24 de octubre que me ha hecho recordar al neurocirujano Karl Pribram. Dice Pierre: “Lo que veis a vuestro alrededor es la representación de lo que ocurre en las regiones celestes”. Dice Pribram: «El mundo físico es solo una apariencia holográfica. El universo fundamental se encuentra en el “campo de la frecuencia”» ¿Pierre físico cuántico?

Me asusta este párrafo del 28 de octubre: «los cristianos, como otrora los fariseos, feroces defensores de la fe, “dicen pero no hacen”». Me siento aludido. Tengo a veces pánico de ser -como dice más adelante en la misma carta- de los que “se instalan” en la opulencia (“y hablo también de la opulencia intelectual…”, dice Pierre)…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

22 de octubre de 1930.

Querida mamá:

¿Hay en todo el Evangelio de Jesús una palabra más grave, una amenaza más trágica que su indignación contra los que El acusa de estar bajo el poder de Satán? «El que haya blasfemado contra el Espíritu Santo es culpable de un pecado eterno, no obtendrá nunca el perdón» (Mc. 3, 29).

Nosotros pasamos en la tierra muy pocos días: los que ven sucederse incluso varias generaciones, solo viven el tiempo de un suspiro… ¿creéis por tanto que Dios dará la eternidad a las almas, y solo aceptará su arrepentimiento durante este período, apenas un relámpago en un cielo infinito? Qué injusticia sería la conclusión de la obra divina, así limitada y convertida en tan arbitraria; pero la parábola de los «talentos» desmiente semejante concepción de la Justicia de Dios. Condenar a una alma por la Eternidad, después de u na experiencia (discutible después de todo, por tan breve como es y tan llena de circunstancias que pueden parecer inevitables), sería la negación de la Misericordia paternal de Dios «que tanto amó al mundo». Pero no es así: la vida terrestre de los espíritus es solo un episodio en la existencia que Dios les ha confiado. El Espíritu-hombre, desposeído del Cielo y del servicio espiritual ante el Señor omnipotente, recibe la prueba y el sufrimiento como las gracias más inefables que un Padre puede conceder a unos hijos extraviados… a unos hijos pródigos. ¡Dios espera su arrepentimiento y su vuelta, mientras ellos mueren de hambre! (Lc. 16, 11 y siguientes).

Toda la historia de la humanidad en la tierra es la manifestación de la Compasión divina, que llega hasta las lágrimas de Getsemaní y hasta la cruel agonía sobre el Gólgota. Esta Caridad que nos parecerá siempre tan misteriosa, ¿no iba a prever el remordimiento de los ciegos criminales, a los que el desprendimiento del cuerpo hace que la Luz ilumine todos los secretos del Amor, y desvele de pronto al Dios en el que hay que creer y adorar?

Si este es un enigma para los de la tierra, este enigma nos resulta fácil de descifrar aquí, querida mamá. El Amor que se entregó para salvar a la «oveja perdida» llega a nosotros, tan luminoso y tan tierno, que «todo se ha cumplido»… Leer el resto de esta entrada »

¿Es tan esencial la oración como se nos ha dicho? ¿Para qué vale? ¿Sirve para algo ponerse en contacto con el Más allá para pedir por los muertos que se han quedado “descolgados” de la Luz? Pierre aporta en estas cartas algunas cosas que nos ayudan a comprender la oración de intercesión.

Este tipo de oración, dice, acerca la existencia celeste del hombre con su existencia terrestre. A esta oración de intercesión se refería Teresa de Jesús el 8/11/2011 cuando decía: «¡Si vierais qué alegría hay cuando alguien ora por alguien! Siempre se les da la mano a los que quieren subir…»

En otra de las cartas, Pierre se refiere también a otro tipo de oración, esa que tiene lugar «en el santuario místico donde se encuentra Dios Padre. Este “lugar secreto” no es otro que el fondo más íntimo del alma». En él trataremos de entrar en la oración que algunos haremos esta tarde.

Otro punto que llama la atención es lo que Pierre llama «pecabilidad celeste» y la posibilidad de arrepentirse en el Otro lado. Pero este es un tema que conviene leer muy despacio en la carta que le dicta a su madre el 21 de octubre de 1930…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

18 de octubre de 1930.

¿Has sentido, querida mía, hasta qué punto nuestra necesidad de la oración de intercesión, por vosotros y para nosotros, relaciona los dos estados del hombre, acercando extrañamente su existencia celeste y su existencia terrestre? En efecto, ya te lo he dicho, la vida de los espíritus en el cielo no es espiritualmente distinta de lo que fue durante la encarnación en la tierra. ¿Os sorprende esto? ¿Por qué? Es evidente que aquí ya no somos turbados por el cansancio (sanos o la mayoría de las veces malsanos) de las almas a las que la carne envuelve y domina, desgraciadamente… situación cruel que Dios no ha querido, y que el hombre se ha dado por la debilidad contra la cual no reacciona. Como ha desaparecido la necesidad de alimentos que permiten subsistir al cuerpo, los deseos de nuestras conciencias despojadas de la materia se dirigen únicamente hacia las aspiraciones espirituales. Éstas no pueden ser (y no son) lo contrario de ese movimiento místico que elevaba nuestros espíritus, mientras que, en la tierra, nuestros pensamientos más puros y nuestras concepciones más desinteresadas desvelaban para nosotros el Amor luminoso, con vistas al cual fuimos creados, y del que el orgullo hizo venir a menos a toda nuestra raza.

En esto, querida mamá, encontrarás la confirmación de mis constantes afirmaciones: la perfecta continuidad de la personalidad humana, en el Más allá al que preguntáis temblando… y, por consiguiente, de las «costumbres», si así puedo llamarlas, limpias de los hábitos corporales inútiles… imposibles. Pero no es ni imposible, ni inútil, recurrir a la oración que sigue siendo la razón y la causa de la subsistencia eterna; nosotros vivimos aquí por la oración. No podríamos expresar mejor esta necesidad de orar que comparándola a la de respirar para no morir en la tierra. Ahora bien, este nutritivo alimento se nos da tanto por vuestra mediación como directamente: quiero decir que Dios concede a vuestra intercesión las gracias espirituales que le pedís para nuestras almas, cuando vivimos en el Cielo como cuando pertenecemos a la tierra. Hay un vínculo delicioso y fuerte… «más fuerte que la muerte» (Cant. 8, 6), es el Amor; mira, la oración de intercesión es un impulso de este Amor inmortal.

Esta es la razón de que Cristo, cuando enseñó la Oración perfecta (Lc. 11, 2), hizo de ella una oración de intercesión. Cuál es por tanto la dificultad que os hace dudar ante la oración por nosotros, vuestros queridos invisibles, que aún nos estremecemos por el beso de nuestras madres… esos últimos besos, de una ternura tan pura, que nos sirvieron de viático en el momento del desgarro de nuestras almas, solas frente a lo desconocido desvelado bruscamente. ¡Ah! aún se acuerdan las mujeres que tanto nos amaron en la tierra, y cuyas oraciones nos sostuvieron en nuestra agonía tan dolorosa… ¡aún se acuerdan! ¡y con este recuerdo que ellas continúan hasta en el Santuario donde Dios reina, el gesto de sus manos unidas que nos ofrecían, después se separaban para, desde lejos, bendecirnos! Nosotros lo sabíamos, porque nos sentíamos rodeados de una fuerza secreta de abnegación, de entusiasmo y de asentimiento a la Voluntad del Padre. Leer el resto de esta entrada »

Recuerdo una idea de Pierre en uno de sus primeros tomos. Decía que cuando murió sintió mayor remordimiento de sus faltas que cuando vivía en la tierra, porque la luz del Otro lado le hacía ver con mucho mayor detalle el mal que había hecho.

En estas cartas Pierre no se priva de hacernos caer en la cuenta de nuestros fallos: creer que obedecer es la no-resistencia de la hoja muerta en la tormenta; no valorar el sufrimiento; ser suficientes en la incredulidad; no resistir cara a cara frente al Diablo…

Pero abre a la vez un camino: en la tormenta hay que ser grano vivo que se deja trasladar y se convierte en origen de nueva floración; las leyes esenciales del Universo son el amor y el sufrimiento; las grandes pruebas nos hacen reconocer nuestra incapacidad; Dios envía a sus mensajeros luminosos a las conciencias rotas; Dios no actúa sin el hombre en lo que nos concierne…

Entretanto, a veces no somos capaces de ver lo extraordinario de este ir y venir entre la Tierra y el Cielo: de Allá-Aquí y de Aquí-Allá. Bebemos agua de “charcos”, cuando al lado tenemos fuentes de aguas cristalinas e inagotables.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

26 de septiembre de 1930.

Querida, amada mamá:

El hombre vive, pero sin aprovecharse de las gracias especiales que el Creador le ha dado. El hombre vive como vive el animal, como vive la planta. Cuando pasa la tormenta, con la misma sumisión ciega que caracteriza a los inferiores de los que él es rey (por expresa voluntad de Dios) (Gén. 1, 26-30), cuando se cree cristiano, acepta las decisiones soberanas, y se deja llevar por la tempestad como una hoja que se arranca del árbol, porque está seca y no «se mantiene ya» en su soporte. El hombre, él también, llama «obediencia» a semejante no-resistencia que significa la muerte [1]. ¿No es esto, diréis, la aceptación resignada de la Voluntad divina?… ¡Sin duda! Pero ¿ es esto lo que os pidió el Salvador, El que guardó silencio frente a sus acusadores y, «mudo como la oveja ante el esquilador» (Is. 53, 7) «se parecía al cordero que es llevado al matadero? (Hech. 8, 32). ¿Es esta una actitud de vencido? No, ¡oh, no, no! cuando llega la tormenta, debéis ser el grano vivo que se escapa del corazón de la flor bruscamente abierto: él es trasladado por los torbellinos; más lejos, cae y fecunda el suelo que lo recibe; se convierte en el origen de la floración y la prepara. Al desencadenarse el huracán, ha causado la expansión de la vida, encerrada en el vaso elegido para el nacimiento espiritual de una gracia que debe venir —¡no hablo aquí de una felicidad terrestre, sino de la elección de las almas por medio del sufrimiento!

* * *

27 de septiembre de 1930.

Hay en el motivo del dolor general, en la razón de Dios que ha elegido como leyes esenciales para regir el universo, el sufrimiento y el amor (pura antítesis en realidad, que esta Voluntad omnipotente del Señor de todas las cosas…), hay un misterio todavía indescifrable aquí mismo, para nosotros que lo comprenderemos sin duda al final de los tiempos dedicados a nuestra lucha espíritu, y cuando llegue la victoria definitiva: el «cara a cara con Dios» (I Cor. 13, 12).

Te lo he hecho notar, pobre madre querida, el sufrimiento, para el corazón y el alma de los hombres, es un medio de purificación, una llamada, un gesto violento que libera al espíritu, prisionero de la materia; herido, pero libre a su modo, como una mariposa salida de una crisálida informe, puede abrir sus alas… abrirlas magníficamente, para buscar la luz y la belleza. Pues bien, este es el papel misterioso y sagrado del sufrimiento, ¿no es verdad?

Pero ver sufrir a un inconsciente, sea hombre, animal o planta, es un tema de escándalo para la generosidad, natural a la mayoría de las sensibilidades humanas.

Pierre. Leer el resto de esta entrada »

Amor obstinado.

Como nos ha dicho muchas veces la hermana Concha, no es obligatorio creer ni en los mensajes que ella nos trasmite ni en los de santa Teresa o cualquier otro ser privilegiado del Más allá. Yo añadiría: “No es obligatorio, pero el que no cree se lo pierde”. Digo esto, porque estos mensajes de las cartas de Pierre son realmente antológicos, mirados desde el Evangelio, sin ojos “trapaceros”.

Hoy, por ejemplo, utiliza una expresión enormemente atrevida: Dios emplea «todos los rodeos» del amor obstinado y tierno para llevar a los culpables al arrepentimiento. Y cita algunos: sufrimientos, reveses, decepciones, abandonos, crisis morales y físicas, así como alegrías puras y dulces, satisfacciones legítimas, acogidas favorables…(14 de sep. De 1930)

Pero donde más se muestra este fantástico “amor obstinado” es en la carta del 18 de septiembre: Dios tiene tanta paciencia que espera nada menos que “la conversión de Satán”, que será vencido por el Amor, tal como profetizó su Hijo único. Esto me ha parecido tan fuerte que he consultado con el P. François Brune si es correcta la traducción, aunque me parece que el Amor de Dios es tan enorme que llegan hasta ahí las cosas: ¡el Amor vence a todos!…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

14 de septiembre de 1930.

Mamá querida:

¡Sed fuertes! esta es la orden de Dios; pero porque vuestra debilidad habrá buscado la fuerza de Cristo, que es el Amor, la Caridad. Dios no pide otra cosa a sus hijos, miserables y desgarrados. Dios pide amor, porque da su Amor… y vosotros hacéis sufrir a vuestro Benefactor… «¡Perdónales! No saben lo que hacen» (Lc. 23, 34).

La humanidad rebelde habría perdido el Amor eterno, si no tuviera como defensor a ese Mismo Amor; ahora bien, cada día, cada uno de los hombres crucifica al Dios-Salvador, y cada día el Amor incansable repite las palabras de la misericordia victoriosa: «No saben lo que hacen.»

¡Tomad en serio mis palabras, hermanos que las leéis! No son solo mis remordimientos y el recuerdo trágico de mis faltas terrestres vistas por fin a la luz justa que me mueven a pronunciarlas, sino que vengo como mensajero de Dios, como un Isaías, un Ezequiel, o un Juan Bautista (mis maestros en el Cielo), vengo a informaros sobre los caminos del Dios «que tanto amó a los pecadores», como para morir por salvarlos. Jesús envió a los Doce y a sus discípulos, todos convertidos en apóstoles (Mt. 10, 5), para despertar las conciencias y llamarlas al conocimiento del Amor divino: «Ida a bautizar a las naciones» (Mt. 28, 19). ¿Creéis que esta fue la última tentativa de Dios para salvar y regenerar a sus hijos? ¡Ah, hermanos, hermanos, vosotros sabéis bien que no es así! que los medios de Dios son infinitos… que Dios emplea, si se me permite la expresión… «todos los rodeos» del amor obstinado y tierno, para llevar a los culpables al arrepentimiento, que es el suelo preparado para las semillas de la salvación. No hablo aquí de la «salvación individual»; tú sabes en qué espíritu debéis comprender las promesas; hablo aquí de la salvación de la humanidad, perdida por amor propio, y a la que debe regenerar la caridad. Los medios de Dios, digo, son múltiples y suaves o amargos, pero su fin es único: rehacer… reconstruir el Amor-Dios, dividido y desposeído de Su poder radiante por la obstrucción voluntaria de las criaturas, en rebelión contra la disciplina del Cielo: renunciarse por amor —la Cruz de Jesús, el Cristo.

En medio de tantas llamadas, cuyas manifestaciones veis bajo la figura del sufrimiento, de los reveses, de las decepciones, de los abandonos, de las crisis morales, de las crisis físicas, dolorosas y humillantes; pero también en las alegrías puras y dulces, en las satisfacciones legítimas, en las acogidas favorables (gracias tan frecuentemente concedidas), en todas las bendiciones de las ternuras del alma que se une al corazón; hay otras, muchas otras también, cuya estela luminosa no distinguen no distinguen vuestros ojos cansados: la comunión de los espíritus humanos entre sí, es  una visión del Cielo concedida a los que, en la tierra, quieren comprender (descubrir, diría yo) todo el Amor paternal de Dios «que sondea las entrañas y los corazones» (Ps. 7, 10) y que, sin cansarse, pasa por la agonía de un Getsemaní del Espíritu, porque su sufrimiento de una noche no ha conmovido aún profundamente a los hombres, para abrirles a los abismos del Amor todopoderoso. Leer el resto de esta entrada »

Hay una frase en la primera de estas tres cartas que llama la atención. Dice: «El dogma de la preexistencia del hombre…» Esta frase me ha hecho recordar algo que nos decía la Hª Concha el 28 de septiembre y que fue para mí algo nuevo y de enorme significación.

En la reunión, se planteó un tema a propósito de dos bebés relacionados con el grupo. Preguntamos a la Hª Concha si habían elegido venir a la tierra, los padres de los que nacer, tener salud… Ella nos dijo algo impresionante: «Se unen con los Maestros de “aquí” y llegan al acuerdo de cómo va a ser su próxima vida».

Esto de la Hª Concha coincide, creo, con la preexistencia del hombre de que habla Pierre. Los hay que, para purificarse más, eligen venir con una deficiencia corporal, o unos padres que los van a hacer sufrir. Cuando le preguntamos si era así o era nuestra propia interpretación, ella dijo por dos veces: «¡No te quepa ninguna duda!».

Cada uno puede creer lo que quiera. Pierre dice solo una cosa: que esta enseñanza no se opone al texto del Génesis, ni a la enseñanza que él viene dando… Si esto es así, la consideración hacia las personas deficientes o con problemas, cambia del todo…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

14 de agosto de 1930.

Mamá querida:

¡De cuántas gracias inefables llena a los hombres el Amor divino! Los medios empleados son innumerables, variados, tiernos o severos, siempre justos, y os demuestran la voluntad «tenaz», si se me permite la expresión, invariablemente ingeniosa, de volver a llevar a las criaturas caídas a la grandeza de su origen, a la belleza que fue suya, a la alegría celeste que tenía que ser su dote, cuando el Creador eterno las había engendrado para las regiones del Cielo.

El dogma de la preexistencia del hombre, enviado luego a la tierra para «hacer sus pruebas», en cierta manera, parece a algunos incompatible con los textos del Génesis, que nosotros afirmamos de acuerdo con la verdad bajo una forma ingenua y mística; nada de eso. Esos preocupados por las investigaciones de la ciencia teológica oponen a nuestra enseñanza la creación de los humanos terrestres, según la hermenéutica de los tiempos misteriosos de la prehistoria, tal como llegó a los primeros escritores sobre el origen de las cosas. Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza» (Gén. 1, 26); ya he explicado que Adán es el nombre de la humanidad, llegada, según el plan de Dios, a una cima de la evolución física de su cuerpo animal, y hecha así capaz de recibir el soplo espiritual. Dios había preparado para el hombre-espíritu, que se había sublevado contra las esferas celestes, el cuerpo que debía recibirlo y que se desarrollaba lenta y gradualmente como se formaba el propio mundo terrestre. Así pues, el texto del Génesis no se relaciona con la estructura del hombre (puesto que, sin duda alguna, ninguna criatura podía compararse con la Espiritualidad integral y completa, Dios), pero a la semejanza otorgada por el Todo-Poderoso: «el conocimiento del Bien y del Mal» (Gén. 2, 17 y 3, 22), a la independencia espiritual en una palabra, que confirmaba al hombre como rey de la tierra, tal como había pedido en su inmenso orgullo, que le había hecho culpable al mismo tiempo que a los ángeles que obedecen a Satán, el Culpable por excelencia (Job. 4, 18).

No ignoro que los incrédulos de vuestro siglo leerán estas líneas con una sonrisa escéptica; pero, si piensan en la enseñanza que doy aquí, deberán reconocer que ningún obstáculo serio se levanta contra su veracidad. La evolución física de la Creación es un hecho incontestable; ahora bien, es cierto para vosotros personalmente que el hombre está dotado de la superioridad psíquica y espiritual, que lo eleva por encima… realmente por encima, de las razas animales que lo rodean. Leer el resto de esta entrada »

Nunca había leído cosas tan profundas y sencillas sobre la conciencia como las que hoy se incluyen en estas tres cartas.

Dice el Papa actual sobre el cardenal Newman: «Newman llegó a la conversión en su calidad de hombre de conciencia; fue su conciencia la que le llevó a salir de las viejas ataduras y seguridades, conduciéndole al mundo del catolicismo… pero este camino de la conciencia es todo menos una senda de subjetividad… es un camino de obediencia a la verdad.»

Cito aquí a Newman, porque lo más hermoso que había leído hasta ahora sobre la conciencia era de este cardenal. El Papa dice que el camino de la conciencia, en Newman,  es “todo menos una senda de subjetividad”. Esta afirmación coincide exactamente con lo que dice Pierre, aunque éste es mucho más comprensible: La conciencia no es de nuestra estructura psíquica, es algo que viene de fuera… es el Espíritu Santo… es Dios que nos habla…

Vale la pena leer con atención estas tres cartas. Por más que uno busque no encontrará cosas tan sencillas y tan profundas sobre la conciencia.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

11 de agosto de 1930.

Mamá querida:

Hay, en la vida espiritual del hombre, un punto que aún no he meditado contigo en nuestros encuentros: es el de la conciencia, y por este nombre entiendo la voz interior que todo hombre serio conoce, sea creyente o ateo, cristiano o librepensador… (hago una diferencia entre estos dos estados del alma, porque el librepensador puede reclamarse de la doctrina cristiana, pero en realidad, no acepta la sumisión perfecta al método de Cristo). ¿Qué es la conciencia que os mueve al bien; que os muestra en todo mal un caso peligroso y despreciable que hay que rechazar; que os aprueba, u os llena de tales reproches que a veces el criminal busca en la muerte la liberación del juicio severo que lo persigue día y noche? ¿Qué es la conciencia?… A esta pregunta, responded sin dudar: «la voz del Espíritu Santo», su medio de manifestarse por una acción que sea accesible al ser humano, muchas veces tan indiferente a las leyes de la moral, por no invocar y censurar su despreocupación por la ley divina. La conciencia, en realidad, no forma parte de vosotros, ni de vuestra «estructura psíquica», por decirlo así; viene de fuera, y es el Espíritu Santo inspirador, director, que se dirige así a los sentidos espirituales… es Dios. En esto, como en todas las cosas, Dios no se impone; siempre le es posible al hombre ahogar el murmullo que, sin embargo, es una prueba magnífica del interés del Padre por las almas vacilantes de sus débiles hijos. El Amo tiene el poder de hacerse obedecer diciendo: «Quiero», pero el Padre pregunta tiernamente: «¡Escúchame!» porque su amor es una plegaria eterna que pide amor. He aquí por qué las llamadas de la conciencia pueden permanecer sin resultados, y después, poco a poco, perderse para el espíritu preocupado solo de sí mismo, entregado al egoísmo hasta la crueldad, hasta la indiferencia asesina… quiero decir asesina de ese «sí mismo», del que he hablado más arriba.

Si la conciencia formara parte del organismo humano, su voluntaria inacción la atrofiaría para siempre sin posibilidad de recuperación; destruida en cierta manera, la voluntad personal del ser humano no llegaría ya a restablecerla. Pero la conciencia no forma parte del organismo del hombre; la conciencia es la Palabra compasiva de Dios, es su Cristo eterno, su Espíritu de Amor, siempre dispuesto a responder cuando el alma venida a menos está al borde del abismo… todavía vacilante, aunque entregada ya, sin ayuda, a las promesas de Satán, a sus pérfidos consejos, a su mortal atractivo. Leer el resto de esta entrada »

 Ayer envié a unos cuantos amigos una denuncia que me había enviado una amiga, en la que  se denunciaba algo que nos parece tan feo , “al menos estéticamente”, como cobrar unos sueldos desorbitados mientras muchos lo pasan mal. Pero en muchos casos tenemos que esconder el dedo y mirarnos al espejo, porque la maldita codicia está también en nosotros. Quizá por esto nos es muy difícil entender el Cielo del que nos habla Pierre en estas dos cartas.

Solo cuando nos libremos de toda codicia, podremos entender un poco el Cielo fantástico de Pierre. A pesar de ser los hombres culpables de utilizar mal la libertad, Dios nos salva del desastre y consigue sobre Satán la victoria del Amor. A esto se debe que el Cielo esté abierto a las almas desorientadas y que los desaparecidos rasguen el velo con su testimonio, y que se nos dé la prueba irrefutable de la inmortalidad…

Con un cariño inmenso, le desvela Pierre a su madre la patria celeste que nos es imposible prever, porque sus paisajes son sentimientos, y no estamos preparados para escuchar esas palabras amorosas. ¿Cómo vamos a estar preparados, si nos parece humillante ser sensibles a los sentimientos? Lo bueno, a mi juicio, es que cada vez hay más gente que está harta de la doblez de unos discursos fríos que alimentan la lógica y la codicia…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

29 de junio de 1930.

Sin embargo, mi pequeña mamá tan tiernamente amada, ¿podía Dios consolar con mayor generosidad a las almas angustiadas, a quienes la crueldad y los horrores del conflicto fratricida habían indignado y escandalizado?

Dios no es responsable de la maldad humana, pues el hombre exigió de El su libertad de conciencia; pero cuando su corazón de Padre constata el castigo que atrae el pecado sobre sus hijos rebeldes y culpables, El triunfa generosamente del desastre, que es la conclusión de los desórdenes acumulados por los hombres en su vida de libertad sin freno, porque ellos han dejado de dudar ante el crimen. Dios, digo, consigue sobre Satán la victoria del Amor.

Esta es la razón de que el Cielo se haya abierto a la llamada de las almas desorientadas, y las propias voces de los desaparecidos hayan rasgado el velo para aportar el testimonio inmortal del cariño que nada puede aniquilar. ¿No fue, querida mía, la dulzura de nuestra comunión maravillosa la que tranquilizó tu corazón materno y tu alma desolada, cuando te sentiste tentada de gritar a Dios: Por qué?… El momento era tan trágico, en la tierra a la que el Padre había prometido el Amor glorificándola por el sufrimiento, que, esta vez también, acogió «a los que estaban fatigados y agobiados» (Mt. 11, 28) y, como «el águila que pone a sus polluelos sobre sus alas» (Deut. 32, 11) para enseñarles a volar, Dios fortaleció vuestras rodillas vacilantes, concediéndoos la prueba irrefutable de la inmortalidad. En gran número, los ojos se abrieron, los oídos oyeron, y nosotros vimos decir a nuestros seres queridos las palabras imborrables y categóricas de la fidelidad permanente en la muerte. Nosotros éramos enviados para recordaros la gracia del sufrimiento aceptado como un beneficio de Dios, y la alegría de los que dejaron la tierra sin perder su amor. Mamá, mamá querida, ¿hemos triunfado en la obra de apaciguamiento y en la educación de las almas? Algunas veces, sin duda… pero no siempre, desgraciadamente, porque vosotros habéis sido demasiado tímidos ante las objeciones y las sonrisas. ¡Nada debe hacer vacilar vuestra fe, queridos míos! Nosotros construimos los cimientos de la vida espiritual renovada, y cuando los torrentes de la incredulidad y de la indiferencia remueven algunas piedras ya colocadas, volvemos a empezar sin esperar la tarea maravillosa, para restaurar los cimientos del puente que va de la tierra al Cielo. Leer el resto de esta entrada »

Acabo de encontrarme con un vecino y amigo. Doctor en física, es inconmovible en las fórmulas de su fe. También, como yo, por edad. Y tal vez por su formación, cita con frecuencia a la Jerarquía de la Iglesia. Muchos católicos, por el contrario, da la impresión de que no se atreven a dar su opinión, fundada en sus propias ideas. Menos aún  si supone criticar ciertos modos de la Iglesia.

Tal vez por eso les resulte tan difícil a muchos admitir ciertas cartas de Pierre en las que se muestra muy crítico con la Iglesia: con la suya protestante y con la Católica Romana. Es impensable, por ejemplo, que ciertos católicos estupendos admitan lo que dice Pierre sobre la Iglesia, en la primera de estas cartas. Habla ¡en 1930! de la gran miseria de la Iglesia y de que hay que salvar a la Iglesia que está en peligro…

No sé si estamos dispuestos a admitir también la hermosa idea central de la carta del 10 de abril en la que dice que no sabemos juzgar la obra inmensa del Amor “estabilizado” en las cosas materiales y que el “hágase” no ha terminado su acción realizadora, ni la terminará nunca. Veo tanta distancia entre lo que decimos creer y lo que demostramos creer…

¿Y qué decir de esa «Iglesia militante a la que nosotros vemos blasfemar y que merece el desprecio de los paganos y el castigo de Dios…»?

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

6 de abril de 1930.

Mi pequeña mamá:

Si te llamo con menos frecuencia a la colaboración tan dulce de nuestros estudios evangélicos, no es porque se haya producido entre nosotros una separación, ni porque yo esté ya demasiado lejos de la tierra, y de ello se siga una especie de evanescencia de nuestras tiernas relaciones espirituales; tú sabes, querida, hasta qué punto estoy atento a cuidar de tu subconsciencia y de su instrumento de acción: tu cerebro; ahora bien, tú eres menos joven y te cansas más fácilmente que al principio de mi misión, y yo evito un posible agotamiento, que comprometería todo nuestro trabajo realizado. Tú me comprenderás.

Mamá, te siento a veces particularmente emocionada por recuerdos dolorosos, y tu Pierre, que es todo amor, no puede dejar a tu alma maternal sin la fiel ayuda de su cariño. ¡Ah! te he dicho muchas veces, apoyándome para ello en las promesas del Salvador: el amor puro es de esencia inmortal; no puede ni debilitarse, ni desaparecer entre tú y yo, mamá, puesto que, amándonos así, cumplimos la voluntad de nuestro Dios. Era necesario sin embargo que yo hable a tu corazón tan triste, de esas horas que tú evocas con un dolor tan grande, a pesar de tu fe en mi presencia cercana… muy cercana después de los meses, de los años, eso que tú llamas: el tiempo que pasa (expresión muy inexacta, pero que la debilidad humana puede sentir cruelmente, tanto en la pena, como en la alegría de los corazones).

Es necesario sin embargo proyectarte fuera de ti misma, y pensar sobre todo en la gran miseria de la Iglesia, cuerpo martirizado de Cristo, martirizado por los culpables… Pero si los discípulos confesos no fueran infieles, el espíritu del mal habría sido vencido por el Amor según Dios.

¿Ojalá hubierais escuchado nuestras solemnes advertencias? ¡Ah! cierto, no debéis perder el tiempo en estériles remordimientos, pues es urgente recoger la cosecha que se descompone, para arrancar y quemar, la cizaña que la mata. Voluptuosos y sin nervio, los cristianos se han «cruzado de manos para dormir» (Prov. 6, 10), y el Enemigo ha lanzado semillas envenenadas (Mt. 13, 25), sobre ese suelo regado con nuestra sangre y nuestras lágrimas de sufrimientos, ese suelo bautizado con la señal de nuestras cruces innumerables, y que nosotros habíamos confiado a vuestro entusiasmo espiritual con tanta confianza… ¡vosotros, hermanos míos, lo habéis abandonado! Leer el resto de esta entrada »

Nunca había pensado en esto: mi tibieza puede ser causa de la tibieza de otros. Más bien había pensado siempre que la tibieza era cosa de otros. Tal vez porque me habían parecido terribles las palabras del Apocalipsis: «Ojalá fueras frío o caliente; pero eres tibio… por eso voy a vomitarte de mi boca». Siempre atribuía a otros la tibieza…

Para mí, procuraba aplicarme esas palabras  que, con mirada dolorosa, contemplan nuestros hermanos del Más allá, bajo el nombre de Cristo, en algunas tumbas: «Pertransiit benefaciendo». Y sin embargo, «hacer el bien» es propio de Jesús. De cada uno de nosotros, es suficiente con decir que, de vez en cuando, «obra bien».

Sería bueno que los momentos malos los considerásemos como intentos de llamadas de Dios, que nos pueden parecer trágicos, aunque la realidad es otra cosa: despertar las conciencias adormiladas y rasgar violentamente la corteza que envuelve nuestro corazón.

Sería bueno que, en medio de nuestros ratos buenos, viésemos eso que, a veces, escriben “ellos”, de parte de Dios, en el muro de nuestro corazón: «Mené, tequel, peres» Lo mismo que Daniel le ayudó a leer a Baltasar: que pesamos poco

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

12 de marzo de 1930.

Mamá pequeñita:

La tibieza es un pecado que lleva a la muerte. Quiso Dios que fueras  «frío o caliente» (Apoc. 3, 16), pero eres tibio, y es el mayor error después de la guerra es esa abulia general, que ha sucedido al generoso entusiasmo de una época trágica. Todos juntos habíamos levantado la Cruz abandonada del Redentor y habíamos bebido con avidez el cáliz de la renuncia… pero ¿qué os queda de aquel impulso de amor que purificó la guerra y sus horrores? Mirad a vuestro alrededor… las pasiones de la lucha ya solo se manifiestan en el egoísmo, cualquiera que sea la meta hacia la que se elevan las manos, ávidas de posesión: goces, corrupción, sed de poder… ¡Todas las cosas sin grandeza! pero eso es solo lo que tensa vuestras energías y os conduce a la acción… ¿me equivoco? ¡Ah, hermanos! mis queridos hermanos, dilapidáis las gracias con las que Dios os había colmado en las horas de prueba, cuando elevabais hacia él vuestros corazones temblorosos y vuestras almas decididas… esos adversarios, actores del gran combate que cada uno de nosotros tuvo que librar consigo mismo, pero del que salimos vencedores.

Una especie de senectud se ha apoderado de los espíritus, y es una decadencia envilecedora, porque es causada por el cansancio que produce el egoísmo brutal. ¿Recordáis nuestro cansancio agradecido, cuando teníamos conciencia de haber servido a nuestro Dios y a nuestros hermanos, sin miedo a la muerte?

Si recuerdo aquí esta victoria, y si muestro esta derrota, es para sacudir vuestras conciencias pervertidas y llamarlas a despertar y a la conversión. La verdadera conversión es una llamada de trompeta, una fanfarria que llama «¡a la bandera!…» (Hablo aquí de la bandera de Cristo, la que flota sobre nosotros: «Amor») (Cant. 2, 4). Esto no es el abandono de la batalla… ¡al contrario! es la llamada a las armas. «No penséis que he venido a traer la paz a la tierra… no la paz, sino la espada» (Mt. 10, 34), dijo el Maestro.

Porque os habéis entregado a un descanso que decíais «bien merecido», el Enemigo os ha derribado… ¡combate tras combate, la guerra sigue! y el Enemigo aprovecha vuestra apatía para conquistar poco a poco el Reino de vuestro Rey… la patria del Amor. Leer el resto de esta entrada »

Lo tenemos casi imposible. Si no somos conscientes los cristianos de que vivimos en un racionalismo estéril, no conseguiremos entender nada relacionado con Pierre. En la primera de estas tres cartas, por ejemplo, repite tercamente una frase que le dirige a su madre: «sé tierna, sé tierna, sé tierna». ¿Por qué esta insistencia? «Porque la gran desgracia de las sociedades que se llaman cristianas es la frialdad…», dice.

Solo el amor –dice en la segunda carta– puede transformar la vida terrestre, asemejándola a la del Cielo. Esta prueba solo la tenemos de manera indirecta: el odio y la crueldad hacen que resplandezca la inefable belleza del amor…

Y añade algo que no se atreve a formular en público ningún responsable de la Iglesia: si los tiempos son tan trágicos, es porque no practicamos la ley esencial del Amor… Lo malo es que caemos en la infidelidad por indolencia y no reaccionamos contra el Mal.

El racionalismo, que denunciábamos al principio, es una de las causas. No es que estemos en desacuerdo con lo que aquí se dice. ¡Lo que nos resulta infumable es que esto nos lo diga alguien desde “el otro lado” y en unas categorías que no son las nuestras!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

9 de marzo de 1930.

¡Oh mamá, sé tierna, sé tierna, sé tierna! Cuando aportas a nuestros hermanos en la noche el consuelo prometido por Jesús: «¡Ellos están siempre con vosotros!» no temas el escalofrío de tu alma, herida por la frialdad de una acogida o por la indiferencia de una palabra, incluso por el sarcasmo de un juicio. ¡Mamá, sé tierna, sé tierna, sé tierna!… un sufrimiento sin duda, la sensación de una herida, la extrañeza de la incomprensión y de la duda, la humillación del razonamiento crítico y severo… ¡Mamá, sé tierna, sé tierna, sé tierna!… ¿Quién, de entre los hombres, será más incomprendido que Jesús? ¿Quién será más vilipendiado? ¿más ignorado? ¿más despreciado?… «como un cordero que es llevado al matadero, como una oveja muda ante los que la trasquilan, él no abrió la boca» (Is. 53, 7), El, el Rey de reyes, El que se ofrecía como Víctima expiatoria por el pecado de sus hermanos, no elevó la voz, no protestó con indignación… Guardó silencio. ¡Mamá, sé tierna, sé tierna, sé tierna!… ¿No llegaría tu amor hasta ahí? ¡Claro que sí, querida mía!

La enorme desgracia de las sociedades llamadas cristianas, es la frialdad de los corazones que provoca tan cobardemente la mueca de los labios. La percepción de los sentidos espirituales no es suficientemente fuerte para combatir la anarquía ambiental: lo que es positivo, lo que es útil, domina, aplasta y mata las percepciones que la pérdida de costumbre de la vida sobrenatural atrofia poco a poco. ¡Veis, desgraciadamente, que la tempestad causa estragos contra el Gran Espíritu de Bondad, de Misericordia y de Amor! ¡Veis tambalearse la obra de Cristo, la civilización nacida del Evangelio estrangulada por la barbarie que renace!… pero ¿quién es responsable? ¿Quién es culpable? ¿No habíamos pedido a la Iglesia que abriese los brazos maternales a ese mundo trastornado por sufrimientos, por hecatombes, por mártires de todo tipo, que dejan a las almas desamparadas, como niños que caminan por la noche junto a su madre, y que han perdido el contacto de su mano? Nosotros fuimos enviados por el Padre celeste para garantizar con toda naturalidad la acogida favorable de vuestras plegarias… pobres madres desgarradas, pobres mujeres torturadas, pobres corazones innumerables, vosotras cuyas súplicas angustiosas habían formado un solo clamor, desesperado pero confiado; ¿quién mejor que vuestros seres queridos, habrían podido afirmar solemnemente la exactitud de las palabras del Hijo de Dios: «Yo sé que siempre me escuchas» (Jn. 11, 42), paráfrasis de su promesa: «Pedid, recibiréis» (Lc. 11, 9)? Leer el resto de esta entrada »

A veces, no nos enteramos, pero somos parte de un movimiento que podemos llamar «Aquí-Allá». Algunos pasan por la vida sin descubrir esto. Otros creen que se trata de una ocurrencia. Es un movimiento de «ida y vuelta». La iniciativa parte siempre de «Allá».

 Por ejemplo, en la primera de estas tres cartas, habla Pierre de la prueba trágica que supuso para Europa la Primera gran Guerra: el odio. Él es uno de los elegidos por Dios para llevar al mundo a lo esencial para superar el odio: El Amor. «Nosotros, los resucitados en la Iglesia celeste, os confirmamos la gran noticia del triunfo del Amor POR LA MUERTE.»

 Para ese triunfo del Amor, hay que rezar, dice. Otra vez parte de Allá la iniciativa: Pierre es quien nos dice que hay que rezar]. La respuesta desde Aquí, debe ser pedir en nombre de aquellos que aceptan el sufrimiento a ejemplo de Cristo…

 Pero la oración debe eludir toda “paromología”, figura que consiste en aparentar hacer una concesión para, en realidad, conseguir sacar mayor provecho, como suelen hacer unos países con otros en esta crisis que padecemos [¡ver cómo achuchan a Grecia!]. Nadie da nada, sino es a cambio de algo. Lo malo es que esto mismo lo hacemos a veces unos con otros. «Hay que imitar al Espíritu Santo de Amor», dice Pierre, y renunciar a todo pensamiento egoísta, para servir.

 «El cartero de Pierre»

¡Buen día!

19 de enero de 1930.

Mamá querida:

La prueba trágica ha pasado por la tierra para mover a los hombres al amor, después del testimonio sangrante nacido del odio, y en medio de la vanidad orgullosa de las sociedades que, como bestias de presa, se arrancaban sus bienes materiales y espirituales, para apoderarse de ellos o destruirlos. En medio de este conflicto, nunca igual desde que la humanidad puebla la tierra, ese gran resplandor del Amor ha brotado en la sombra, como un sol deslumbrante que triunfa en la noche; y aunque no ha vencido a las tinieblas para siempre, las almas que lo han recibido han quedado sin embargo iluminadas por él.

Evidentemente, las víctimas de la tormenta son las únicas que pueden afirmar la verdad de lo que digo. Es en medio de las llamas del martirio del amor como la gran luz se ha mostrado aún más brillante, hasta el punto de apagarlas para tomar su lugar. La experiencia nunca se había mostrado tan generosa, porque la prueba nunca había roto a la vez tantos corazones. Una marea excepcional, verdadero océano del que cada gota era una lágrima, inundó al mundo: dolor sin consuelo, heridas incurables; si la humanidad os ignora, no por eso dejáis de ser la prueba maravillosa de la Bondad de Dios, el Padre eterno. Esta es, mamá querida, la razón especial de la revelación consoladora: Jesús, nuestro amado Jesús, habiendo elegido en su Iglesia gloriosa a los militantes de la hora última, a esos que, en la tierra, habían participado en las convulsiones provocadas por la guerra, los envió a vuestros hogares en duelo para deciros: «Dios es Amor» (I Jn. 4, 8), «El fue, El es, El será…» (Éx. 3, 14), y para mostraros a Cristo.

Digo bien: ¡la propia Iglesia, esa esposa elegida y amada, permanece impotente ante tantos crímenes y tanta pasión! sin embargo, cuando viene Jesús, rodeado de sus hijos, y pone en las almas, que se asfixian por falta de aire espiritual, el cariño de sus manos-hostias, la Iglesia habla y dice: «Pasaréis por angustias en el mundo, pero ánimo, El venció al mundo» (Jn. 16, 33). Entonces, el Jefe deja en la plaza recuperada al centinela tiernamente amado… (un padre, un hijo, el esposo), para alejar al enemigo —el Mundo— vencido por el Amor… el Mundo que trata de recuperarse en su posición perdida.

Yo sé, mi pobre mamá, que comprendes mi alegoría. ¡Sí! nosotros hemos sido elegidos… muchos, ¡muchos! para colocar las banderas del Amor triunfante en las «ciudadelas de Dios…», llamo así a los afligidos que han descubierto en su sufrimiento un beneficio y una bendición. Los hay, desgraciadamente, que permanecen fuera del refugio del Amor divino, y que se niegan a penetrar en ese santuario cuya puerta es Cristo —siempre abierta, esta Puerta es el Camino que hay que seguir para llegar a Dios (Jn. 14, 6), y encontrar al Consolador (Jn. 14, 16). Leer el resto de esta entrada »

¡Cuánta luz en estas sencillas cartas de Pierre! En la primera, presenta dos modelos de lectura de lo misterioso que nos rodea y que llamamos Naturaleza. Los creyentes ven en ella la expresión del Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas. Los incrédulos reaccionan ante ella con escepticismo y suficiencia. Mientras se nieguen a llamar Dios al principio y origen de todo, andarán por un laberinto del que no ven ni la entrada ni la salida…
En la segunda carta, hay algo que puede pasar inadvertido y que es, sin embargo, fantástico. En Su presciencia, ve Dios la obstinación del hombre en el pecado terrestre y decide –¡antes de la Creación terrestre!– la Encarnación, el sufrimiento y la cruz; es decir, la salvación en el Amor. ¡Personalmente, me resulta incomprensible esto que es tan sencillo! Uno anda liado en sus pensamientos cuando alguien le da una bofetada. ¡Dios prevé la bofetada y, antes de que suceda, inventa el modo de sacar del hoyo al que se la ha dado!
Curioso y sabio criterio de Pierre en sus comunicaciones: no decir nada que no pueda fundamentarse en una base conocida, comprobable por el Evangelio. ¡Fantástico! Cuando algo te choque de lo que dice Pierre, o Roland, o Arnaud, o la hermana Concha, no te apresures a decir: “¡es imposible!” o “¡qué poca formación revela esto que dice”. Pregúntate si tiene una base en el Evangelio. ¡Esta es la clave!
¡Buen día!
«El cartero de Pierre»

28 de diciembre de 1929.

Mamá querida:
¡Sí! lo que os rodea sigue siendo misterioso para vuestra inteligencia; pues bien, este misterio es querido por el Todo-Poderoso, con el fin de suscitar vuestra curiosidad y, a través de ella, vuestros esfuerzos, que son vuestra grandeza.
El animal se aprovecha de los bienes que Dios y los hombres le conceden, pero sin buscar el por qué, ni el cómo de los mismos. Solo el hombre se siente intrigado por los «beneficios de la naturaleza» (¿no es este el nombre que dais a la obra divina?) pero al mismo tiempo, sufre con rabia los males que atrae sobre sí mismo, las mayoría de las veces por desdeñar las reglas tan equilibradas de esa misma naturaleza… La naturaleza, conjunto maravilloso, razonable, mientras vuestros desórdenes y vuestro absurdo no llegan a turbar su grandeza «ingenua»; los creyentes reconocen en ella la expresión del Verbo de Dios: «Todas las cosas fueron hechas por ella —la Palabra— y nada de lo que se hizo fue hecho con ella». Este Verbo que estaba al principio con Dios, porque es Dios (Jn. 1, 3), este Verbo que es el Amor… por tanto, todas las cosas nacidas de Dios. La naturaleza, cuya soberanía y autoridad reconocen los incrédulos y cuyas decisiones no se pueden ignorar ni despreciar, es, por tanto, un símbolo que manifiesta a Dios en su creación. En resumen, tanto los que tienen fe, como los que se niegan a hacerla entrar en sus distintas combinaciones, se inclinan por igual ante las fuerzas de la naturaleza. Muchas veces, en el fondo de su conciencia arrepentida, los infieles vuelven piadosa y secretamente a las explicaciones de la Escritura, que habían oído en su infancia, luego criticado, después olvidado. El día de la Gran Luz, querida mamá, llegará para todos, en la Tierra y en el Cielo; en el Cielo (donde todo queda desvelado delante de Dios), los espíritus sinceros y los espíritus hipócritas serán juzgados (Jn. 5, 29), como os dijo el mismo Hijo.
Vuelvo al tema principal de este mensaje: el misterio que os rodea, y, frente a este misterio, el culpable escepticismo del hombre, porque la ignorancia de los «inteligentes» es aún más profunda que la ingenuidad de los «niños pequeños» (Mt. 11, 25).
La respuesta está inscrita en el Gran Libro (II Tim. 3, 16) que conserva los archivos del Reino de Dios. No leáis estas páginas como se lee una novela, oh vosotros que buscáis con empeño la respuesta al enigma del Todo; leedlos «con vuestra alma, con vuestro corazón, con vuestro pensamiento» (I Tes. 5, 23) —lo que significa, delante del magnífico Punto de Interrogación que los iniciados llaman: Dios. Vosotros no creéis en El, no queréis creer en El… dejad de forzar a vuestra razón a este rechazo que la hiere, y que produce en vosotros un sordo descontento cuyo malestar reconocéis. ¿Habéis encontrado por tanto una solución justa y completa a todos los problemas de la ciencia, o incluso de la existencia natural, tal como la veis desarrollarse delante de vosotros? Leer el resto de esta entrada »

¡Tiene razón Pierre! Somos, a veces, de un absurdo increíble. ¡Estamos rodeados de misterios que nuestra razón no alcanza a ver y siempre apelamos al juicio de la razón, de nuestra razón! ¡Queremos comprender! ¡Y protestamos ante lo indemostrable! ¡Y ponemos el grito en el cielo si alguien osa decir, por ejemplo, que se comunica con nosotros desde el Más allá! ¡No puede ser! ¡Eso no está de acuerdo con nuestra particular razón!…

La carta de 27 de diciembre me hace recordar a Ken Wilber y su libro Después de Edén (Editorial Kairós). Dice Pierre que la existencia del hombre es una admirable progresión… un desarrollo progresivo y razonable… Reina entre nosotros una especie de “diteísmo” (sistema religioso que admite dos dioses) que divide nuestra creencia en Dios, cuando la voluntad de Dios es la unidad de nuestra vida…

Esto, indudablemente, nos hace recordar esos estadios superiores de un futuro no seguro, a que se refiere Wilber. El hombre está dividido, pero está llamado, desde la ciencia y la religión, a realizar en él una síntesis deslumbrante. Pierre dice que, en Jesucristo, se realiza esta síntesis con su vuelta, como hombre, a la Plenitud cuya Fuente es Dios. Y en él estamos llamados todos a realizar también esta vuelta a la Plenitud…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

24 de diciembre de 1929

Mamá muy querida:

¡Los hombres son de un absurdo inverosímil! Todo lo que los rodea… ellos mismos, y lo que ellos saben, y lo que suponen, y lo que adivinan, ¡todo es misterio! sin embargo, apelan al juicio de la razón —de su razón— para protestar ante lo que les parece indemostrable, utópico, ensueños, fantasmas ingenuos o calculados. Sin embargo, si dejando de criticar, se esforzasen por resolver los problemas que se plantean en torno a ellos y en ellos mismos, cogidos por sorpresa y casi por temor, reconocerían que su ciencia, su conocimiento… todo lo que llaman «luces», solo mostraría un abismo de ignorancia, tan profundo, tan oscuro, que extenderían en seguida hacia su noche unas manos asustadas, para tratar de buscar un apoyo que les salvase del vértigo. ¡Ah! este apoyo existe… este apoyo es Jesucristo, «el Niño de Navidad», Aquel a quien los ángeles anunciaron, Aquel a quien los ángeles cantaron, Aquel a quien los ángeles fortalecieron frente a su carne, Aquel cuya divinidad adoran los ángeles. La Creación es un acto inconcebible para el espíritu degradado del hombre terrestre; la Palabra creadora que, de la nada, hace surgir el Universo ilimitado, eterno —el Universo del que algunas funciones cesarán en nombre de la Voluntad del Todo-Poderoso, pero del que las demás se incrementarán y se perfeccionarán, adaptándose a circunstancias nuevas — la Palabra de Dios es lo único que el entendimiento humano realiza naturalmente, si se me permite la expresión, porque el hombre ve y siente su resultado; la Palabra de Dios ha exteriorizado la Voluntad de Dios: cuando Dios dijo: «¡Hágase la luz!» (Gén. 1, 3), el caos se ordenó, y los innumerables organismos comenzaron a disciplinarse, verdadero «ejército de los cielos» (Apoc. 19, 14), obediente sin rebelión. Este trabajo del Creador solo terminará en los «siglos de los siglos», dicen los cálculos muy pobres del hombre; la comparación que surge en el espíritu es ésta: la noche de los tiempos. Para los propios ángeles del Cielo, el origen de la Creación es un infinito lleno de oscuridad, pero su futuro es eterno. Su estabilización aún es para nosotros algo desconocido que nosotros cubrimos de confianza y amor. El futuro, yo lo decía más arriba, se muestra a nosotros como una gloria (entiendo por ella una luz radiante: la del reino del Amor), cuyos impulsos de nuestra adoración a Dios nos acercan, pero que reclama sin embargo una acto de fe de todo espíritu que aún no ha terminado la ascensión de la montaña de Perfección. El misterio ha dejado de sernos indiferente, como lo es, desgraciadamente, para tantas almas encarnadas; estudiamos y aprendemos lo que nos enseñan nuestros guías, bajo el impulso del Amor divino, Jesucristo; «siendo hombre, tiene el juicio sin fallo» (Jn. 5, 27) que le da la indulgencia, fuera de la cual ninguno de los hombres, ni terrestres, ni celestes, podría subsistir. Leer el resto de esta entrada »

Después de hacer un himno sobre la Cruz del Hijo del Hombre, explica Pierre cómo entender la frase de Jesús: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”. Estas palabras, dice, hay que entenderlas en su contexto: “Mis palabras son Espíritu y Vida”. Los apóstoles no entendieron ni una palabra… El alimento celeste está simbolizado por su carne y por su sangre… Cristo era Espíritu y Vida del Amor de Dios. Esto se recibe en la comunión.¡Esto hay que leerlo despacio!…

Otro tema de fondo que trata Pierre en la carta del 13 de diciembre: la predestinación. No tiene nada que ver con el modo de tratarla en la teología escolástica. Según Pierre, cada alma tiene un papel que desempeñar en la economía del Reino; “nadie sino tú habría podido cumplir tu papel y tu tarea”… Nada que ver con lo que se decía en teología escolástica: Como Dios es Acto Puro y, por tanto, no puede depender de ninguna criatura [se convertiría en potencia], predestina a ésta ante preavisa mérita… Así no depende de la criatura, pero difícilmente puede salvarse la libertad de ésta.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

11 de diciembre de 1929.

¡Oh Cruz del Hijo del Hombre! ¡Cruz!… altar del sacrificio de Dios; Cruz ensangrentada; Cruz rigurosa y desnuda; Cruz cuyo peso ha hecho tambalear su debilidad humana; Cruz convertida en gloriosa; Símbolo el más expresivo y el más conmovedor; ¡Cruz! objeto de horror y de humillación, desde ahora señal inefable de salvación… ¡ofrenda! ¡ofrenda! ¡ofrenda! ¡Bendito sea el árbol asesinado para formar tu silueta eterna! ¡Bendita la mano que lo abatió, la que lo dio forma, la que lo lastimó con clavos profundos! ¡Bendita seas tú, oh Cruz, resumen místico de la victoria del Espíritu sobre la carne, del amor sobre el egoísmo, del perdón sobre el pecado, bendita seas!…

Cántico de «los que vienen de la gran tribulación: Ellos están ante el trono de Dios; Ellos lo sirven noche y día en su Templo» (Apoc. 7, 14). «El cordero está entre los dos» (Apoc. 7, 17). Aleluya.

Yo, Pierre.

* * *

12 de diciembre de 1929.

Querida mamá:

Me gustaría verte meditar la frase misteriosa de Jesús: «Mi carne es una verdadera comida; mi sangre es una verdadera bebida» (Jn. 6, 51 a58); y su contexto: «Las palabras que os digo son Espíritu y Vida; la carne no sirve de nada, es el Espíritu el que vivifica» (Jn. 6, 63).

Desde el primer momento, cuando sus discípulos las oyeron, estas palabras los escandalizaron, porque estaban más allá de su alcance. La sensibilidad espiritual de estos humildes estaba aún mal educada; la enseñanza mística del galileo no llegaba a sus conciencias, sus prejuicios judíos los mantenían en una especie de camino moral, por lo que les era muy difícil dejarlo. Murmuraban: «Dura son estas palabras, ¿quién puede escucharlas?» (Jn. 6, 60).

¿Reflexionáis con mayor claridad, hermanos míos? ¿Captáis el sentimiento inefable de la Víctima divina ofrecida en el altar, semejante a la víctima consagrada de la que el sacerdote se alimentaba? Esta fue la maravillosa comparación puesta por el mismo Dios, pero que los cristianos han «infrautilizado» demasiado, si se me permite la expresión, o «materializado» demasiado… lo que es también un error. Leer el resto de esta entrada »

¿Quién es el responsable del mal en el mundo? Dice Pierre que «los que son del mundo» tienden a echarle la culpa a Dios. Sin embargo, Dios no es el responsable. Cuando terminó la creación, vio que todo lo que había hecho «era bueno». La tierra toda, sin embargo, se corrompió por la voracidad feroz de todas las razas que llevó a la violencia de unos contra otros. El pecado de orgullo que engendra todos los vicios se instaló en la carne…

Cristo vino a restablecer el reino de Dios, que no es violencia, sino Amor. Para eso, Dios creó al ser vivo libre y perfectible. Ojo, esta perfectibilidad se extiende desde las bacterias hasta los hombres: extraña unidad de las leyes de la Creación, conmovedora semejanza que emparenta a las razas, aparentemente tan distintas. Al hombre, «imagen de Dios», le queda mucho para realizar el sueño del Creador: el Hombre-Dios…

Y la Iglesia, viene a decir Pierre, ¡qué pena!, «comparad sus artimañas frente a las palabras y aciones del Maestro divino».

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

4 de diciembre de 1929.

Querida mía:

Los hombres «que son del mundo» (Jn. 8, 23) tienden a dejar a Dios toda la responsabilidad del mal que reina, acusándole de haber creado a los humanos con el pecado unido a sus pasos. La respuesta a esta pérfida acusación ya fue dada en el arcaico Génesis —primeros balbuceos del pensamiento que apenas despertaba, y presentía más que adivinaba la esencia espiritual, el alma y su responsabilidad ante Dios, la conciencia, luz que aclara el Bien y el Mal. Relee el pasaje en el que, bajo la ingenuidad del lenguaje, se plantea el más grave de los problemas: el de la responsabilidad del Creador todo-poderoso ante el Pecado, hijo de la carne, que lucha sin dejarle esperanza, el Espíritu inclinado al Bien. Con mucha claridad, el historiógrafo que ha conservado las tradiciones escribiéndolas para las generaciones futuras, zanja la cuestión y quita la razón al hombre, único culpable: «El Eterno, viendo que la malicia de los hombres era muy grande, y que todos los designios y pensamientos eran puro mal de continuo, se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra y se indignó en su corazón. Y el Eterno dijo: “Voy a exterminar sobre la faz de la tierra al hombre que he creado; desde los hombres hasta los ganados, las serpientes y hasta las aves del cielo, porque me pesa de haberlos hecho» (Gén. 6, 5-7).

¡Lee también, mamá! repito para ti las mismas palabras consagradas.

«La Tierra estaba corrompida en la presencia de Dios; la tierra se llenó de violencia; toda carne tenía una conducta viciosa sobre la tierra, y Dios dijo: “He decido decidido acabar con toda carne; la tierra está llena de violencia; voy a destruirlos”» (Gén. 6, 11-13). ¿Qué queda del pretexto invocado con tanta frecuencia: «Dios quiso así las cosas; ¡la crueldad reina en toda la creación!»?

¡Sin duda! pero esta no había sido la elección malsana de Dios; porque, cuando había poblado la tierra… recordad: «Vio Dios que todo estaba bien» (Gén. 1, 31). La maldad no es la obra de Dios: la feroz voracidad que estigmatiza a las razas (desde el insecto y más allá, hasta el hombre) no estaba en el Pensamiento creador… «la tierra estaba corrompida en la presencia de Dios: estaba llena de violencia… voy a exterminar a los hombres y al ganado, a los insectos, a los peces y a los pájaros del aire».

Es evidente que si Dios castiga, es porque la criatura desobedece. Leer el resto de esta entrada »

Ni “buenismo”, ni “eternamente enojado”…

«El “buenismo” es una expresión que usa la derecha para acusar a la izquierda de tonta e incompetente» (Juan Urrutia Elejalde). Dios no es tonto e incompetente, viene a decir Pierre. “Se nos ha pedido” ─dice─ “repetiros la gravedad de la situación de la Iglesia. Por la «santa ira» de la Palabra de Amor, somos enviados para llamar al arrepentimiento…”

Pero esto no significa que Dios esté “eternamente enojado”, como dice una canción que suele repetirse en Semana Santa. Cierto que hay «condiciones para la justicia y castigos para el alma desobediente». Pero este juicio de Dios no es definitivo «antes de las prueba celeste». ¡Ojo! ¡Esto es nuevo en las Iglesias!…

Habla de un plano «de mejoría y de pruebas» por el que pasan las almas, «que puede compararse con el “Purgatorio” enseñado por la Iglesia romana». Y añade algo muy importante de lo que nos hablaba en una ocasión la hermana Concha: «no hay otro castigo que los remordimientos, la vergüenza, casi el desprecio, por haber recibido tanto» y haber respondido con tan poco. Cada uno es libre de admitir lo que le parezca razonable…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

29 de noviembre de 1929.

Mamá, muy querida:

Colócate por encima de la vida terrestre para comprender mis palabras: el alma es inmortal, la muerte no podría alcanzarla si ella no se suicida. Jesús se lo decía a los saduceos de su época, que «negaban la resurrección» (Mt. 22, 23). «Los que sean considerados dignos de tomar parte en el siglo futuro… ya no podrán morir, porque serán semejantes a los ángeles» (Lc. 20, 35). ¡Luz inefable que brilla en la tierra y que ilumina la vida celeste! Y el Hijo, confirmando sus palabras, añade: «Dios no es el Dios de los muertos, es el Dios de los vivos» (Mc. 12, 27).

Pero «los hombres, critica Pablo, tienen cautiva a la Verdad» (Rom. 1, 18). «Han convertido en mentira la Verdad de Dios» (Rom. 1, 25). Releed toda la Epístola a los Romanos (hombres instruidos, a los que aún sois comparables después de siglos de evangelización); la Iglesia debe darse golpes de pecho por las faltas tan graves de sus sacerdotes. Pablo exclamaba: «Tú que enseñas a los otros, no te enseñas a ti mismo… tú que crees ser el guía de ciegos, la luz de los que andan en las tinieblas, el educador de los ignorantes, el maestro de los sencillos, que tienes en la Ley las reglas de la ciencia y de la verdad» (Rom. 2, 19-23). ¡Cuánto rigor! diréis. No, hermanos míos, la justa condena de un fraude que existe aún en el seno de toda la Iglesia cristiana. Yo ya he hecho estos mismos reproches… pero se nos ha pedido repetiros la gravedad de la situación de la Iglesia: camino resbaladizo por el que, inconscientemente, todos los fieles se dejan arrastrar por la traición de sus guías. Se da una verdadera esclavitud de los unos al lado de la rebelión o la indiferencia de los otros. Si no hubiera «una élite» de almas sinceras que Dios «se reserva» (Rom. 11, 4) (su guardia de honor), la Redención se vería ahogada por las propias manos de los redimidos, y la obra de Dios en Cristo, anulada por el orgullo de sus albaceas.

¿Qué es el orgullo? Una de las representaciones de Satán, el Príncipe del Mundo. Mientras todo el clero, el clero de todos los cultos cristianos (¡pues, desgraciadamente, hay varios) no se dé golpes de pecho como el publicano de la parábola (Lc. 18, 13), Satán combatirá a Cristo; el orgullo, a la humildad; la ostentación, a la simplicidad; la mentira, a la luminosa Verdad. La confusión que produce la debilidad del cuerpo consagrado de Cristo, viene de «la prohibición» (Jos.7, 13) que continúa en las almas responsables. «Tomo como testigos contra vosotros a los cielos y a la tierra, de que he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición; elige por tanto la vida, para que vivas…» (Deut. 30, 19). Solemne advertencia de Moisés, que hablaba de parte del Eterno (Deut. 1, 3). Leer el resto de esta entrada »

San Agustín entendió, en algún momento, que era tan importante recibir el Bautismo de agua, que llegó a decir que los niños que morían sin este Bautismo eran massa damnata, condenados al infierno… Pierre va a lo esencial del Bautismo: es signo del perdón, luz reformadora, realización de la promesa de Amor.

La Reforma protestante quería prescindir de la hojarasca de las ceremonias e ir a lo esencial, a la Verdad pura. Pierre, que era protestante, recuerda dos cosas fundamentales: la Verdad no debe convertirse en rudeza, ni la simplicidad en sequedad; y otra cosa, Jesús no intentó condenar un determinado lujo, si es una belleza agradable al Creador…

Hay algunos super-sinceros, como diría un cantante famoso, que confunden ser sinceros con ser verídicos. Cantan la gallina a todo el mundo. Son sinceros, cuando dan golpes al vecino, pero es problemático que digan siempre la verdad. Pierre dice: Una de las consecuencias del hábito de mentir es llegar a mentir sinceramente… ¡Ver ciertos programas de Telecinco!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

26 de noviembre de 1929.

Mi querida mamá:

¿Cuál fue la profesión de fe del Mesías? «Yo he venido para dar testimonio de la Verdad» (Jn. 18, 37). Pero Pilatos daba ya la respuesta de la humanidad tramposa… una pregunta: «¿Qué es la Verdad?» (Jn. 18, 38). Después del crimen de este hombre que, obedeciendo a Satán más que a Dios, violó el veredicto de su conciencia para condenar a Jesús, la humanidad confirma su propia condenación repitiendo: «¿Qué es la Verdad?» Los cristianos… o los que se dicen cristianos ni siquiera han mantenido bajo sus miradas la figura mitológica de la Verdad, despojada y soberbia. La verdad es profanada, ignorada, abandonada, hasta por los miembros del Cuerpo de Cristo, entre los que se admite la mentira con una u otra excusa. ¡Oh blasfemia! la Verdad no es solo la aparición legendaria de la mujer desnuda, es la visión inefable de Jesús de Nazaret, viviendo entre de los pecadores para dar testimonio de esa Verdad que El concretaba. El conocía su próxima muerte, preveía la ceguera de los ojos materiales y la flaqueza de los sentidos, cuando prometió «otro Consolador, el Espíritu de Verdad…» (Jn. 14, 17). «El os guiará hasta la Verdad completa» (Jn. 16, 13).

¡Señor, Señor, oh Jesús, Verdad! cuando tú les hiciste esta promesa ¿qué comprendieron ellos, los pecadores a quienes acababas de arrancar al Espíritu de mentira?…

¡Cómo fue nuestro despertar, querida mía, cuando, bruscamente liberados de la carne, miramos la deslumbrante y radiante Verdad… Jesucristo, que venía a nosotros! Si el resplandor del Amor no hubiera sido como el de la Verdad, ¿«quién de nosotros hubiera podido subsistir»? (Ps. 130, 3). Nuestro agradecimiento suplió nuestra merecida penitencia, y el Redentor nos recibió en su Amor, como una madre abraza a su hijo culpable y consternado.

Pero los que leáis estas líneas, recordad mis palabras: el alma hipócrita, el alma tramposa, se ve a sí misma envilecida, manchada, bajo la brillante Luz acusadora que es la mirada de la Verdad (Cristo), y su confusión es un sufrimiento tan grande que, sin la certeza del Amor del Padre, desearía la nada y el olvido. No te revelo con facilidad las condiciones de nuestra vida en el Cielo, pues, en este punto, el propio Evangelio es tan sobrio que no podríais controlar a la luz de éste lo que decimos; sin embargo, vemos a las sociedades terrestres tan degradadas por el engaño descarado en sus actos y en sus palabras, que aparece incluso en la Iglesia, que nuestros guías nos aconsejan preveniros, mientras aún es tiempo: «Que vuestro sí, sea sí; que vuestro no, sea no; lo que se diga más allá de esto, viene del Maligno», dijo Jesús (Mt. 5, 37)… ahora bien, la Iglesia —digo bien la Iglesia— desobedece y permite la desobediencia. ¡Qué traición, hermanos míos! ¿por qué practicáis así la mentira? Porque no sabéis amar. Si ella no es Caridad, la sinceridad absoluta se convierte en una falta de caridad. Leer el resto de esta entrada »

Dentro del colectivo de religiosas, me llamó la atención lo simples y complicadas que eran. Eran sencillas con los que no pertenecían a la comunidad. Entre ellas, complicadas. Tenían en cuenta cosas que, vistas desde fuera, resultaban completamente tontas: que si la Hermana tal era demasiado seria, que si la hermana cual se enfadaba por nada, que si la superiora era una mandona…

Al leer estas cartas, no sé por qué he recordado a aquellas religiosas. Tal vez por contraste. Aquí, Pierre repite varias veces la palabra simplicidad. La obediencia no es compleja, es sencilla, pues en ella está el «yugo» del que habla Jesús… La vida cristiana no es la «cara alargada», sino camino «de simplicidad y de serena tranquilidad»… En Cristo todo fue sencillo y «fascinante»; solo hubo una «sorpresa»: su resurrección. ¡Pero «ningún espectáculo triunfal en ella! Todo sencillez…

Puede uno identificar su idea de Dios con el Eterno, con el Verdadero, con la Perfección, con el Omnipotente, pero si no se postra ante su Caridad para adorarlo y servirlo en el desprendimiento voluntario y absoluto, no conocerá a Dios. ¡Este Pierre nos deja en cueros!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

9 de noviembre de 1929.

Mi querida mamá:

La religión —quiero decir la vida religiosa— es una obediencia; la definición gramatical de esta palabra, es la sumisión a la voluntad de otro… puedo incluso añadir la sumisión activa; porque no es obedecer admitir solo una voluntad, sin someterse efectivamente a ella. Así fue la obediencia del propio Jesús a la Voluntad de Dios: Diestra sometida y responsable, el Hijo de Dios había venido a la tierra «para servir»… (Mt. 20, 28). Servía con humildad, porque era Amor.

La obediencia es una de las más hermosas pruebas del amor; obedecer sin amar a la voluntad que se impone, provoca la rebelión de los corazones nobles; pero obedecer, cuando uno es amado y cuando ama, es una acción espiritual de un valor infinito y fecundo. Por eso la obediencia, buscada por el espíritu que se pliega a la voluntad de otro, se convierte en una alegría (la de la aceptación en el sacrificio), una alegría inefable. ¿No conocimos nosotros esta exaltación del alma, en el momento del desprendimiento generoso? La finalidad, sin embargo, tenía un alcance terrestre, aunque un sentido celeste… Sin embargo, el cumplimiento de las decisiones de Dios exige una sumisión todavía más absoluta… no porque las exigencias de Dios sean más difíciles al hombre en un caso que en otro, sino porque si bien se trata de un sacrificio pedido en la tierra, muestra un rostro sin velo que es fácil de comprender, mientras que, si el alma se enfrenta a dificultades únicamente espirituales, el sacrificio se oculta muchas veces en la noche de un misterio, que lleva al espíritu a una turbación peligrosa, y a la inconsciencia de una elección que parece contraria y rechazable a la buena voluntad del amor. Sin embargo, la obediencia se le exige imperiosamente al cristiano que, por el Evangelio de Jesús, acaba de nacer a la existencia celeste. No es compleja… es simple —fácil— puesto que en ella está ese «yugo» del que os hablaba Cristo (Mt. 11, 29-30).

Acoged por tanto esta invitación a la simplificación de la vida religiosa, con decisión, perseverancia y tranquilidad.

Tu Pierre.

* * * Leer el resto de esta entrada »

Pierre sigue mostrándonos la vertiente mística del Cristianismo… Hoy, sin embargo, quiero dedicar especial atención a una frase que aparece en la carta del 23 de octubre de 1929: «¡este hombre [se refiere a Cristo] fue como vosotros, un hijo del polvo, engendrado por un hombre hijo del polvo». ¿Acaso no admite Pierre la virginidad de María?

Pierre, habla aquí de pasada sobre este tema. Lo que quiere destacar es que Cristo es verdadero hombre: «En Cristo, no adoramos un nombre, sino a un ser, », dice, a un hombre que, al mismo tiempo, es Dios. Pierre, aunque protestante, admite la virginidad de María: «una entre sus vírgenes [de Israel] fue la Madre del Salvador de los hombres» (Tomo II, 2/09/1919); «El Amor de Dios se encarnó y nació como un hombre… este fue Jesús; pero nació de una virgen… ¡este fue Cristo!» (Tomo III, 27/08/1921), etc.

Nada que ver con lo que se dice en la enciclopedia Theo y lo que dice Jacques Duchesne, en Jesus, de que la virginidad de la madre de Jesús es un concepto mitológico que manifiesta la fecundidad de la obra divina (Cfr. Los Evangelio son reportajes, p. 300-301)…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

23 de octubre de 1929.

Mamá querida:

Alguien distinto a mí lo dijo: «En Cristo, adoráis un nombre, no a un ser». Esto es un grave, un peligroso desprecio, cuyas consecuencias son incalculables. El nombre de Cristo no es el título de una filosofía especial, ni de un ideal muy elevado y puro, el nombre de Cristo es la denominación especial de un Individuo concreto que vivió en la tierra amando, que murió por sus hermanos, que resucitó para darles una prueba sensible de la supervivencia después de la tumba, y que volvió al Cielo porque «su obra había terminado»… Consummatum est! (Jn. 17, 4). Vosotros no podríais adheriros apasionadamente a un nombre, pero os sentís capaces de vivir y morir por un hombre… ¡este hombre fue, como vosotros, un hijo del polvo, engendrado por un hombre, hijo del polvo! Pero si ese hombre que amáis es el Hijo único de Dios, descendido por compasión hasta la carne; si este hombre sufrió pasión y martirio para convenceros de la plenitud de la Caridad; si este hombre que os dijo: «Venid a mí, vosotros todos… yo os consolaré» (Mt. 11, 28), ha mantenido su promesa, y sus testigos son unánimes afirmándolo; si este hombre proclamó su divinidad misteriosa con señales irrefutables, vosotros nos os limitaréis a amarlo, lo adoraréis como al mismo Dios, «con todo vuestro corazón, vuestra fuerza, vuestro pensamiento» (Mt. 22, 37).

Este hombre (¡vosotros lo sentís incomparable!) puede reclamar el primer puesto en vuestra vida —y con esta palabra, vida, entiendo vuestra personalidad psíquica y espiritual al igual que física y sensual. Vosotros no os condenaréis a esa abdicación total del Yo, si no veis en Cristo mucho más que una doctrina o que un nombre, sino un ser  que os conoce, os comprende, os juzga… y que, a pesar de vuestro pecado, os ama. Por El, aceptaréis todos los sacrificios; incluso con el corazón herido, sentiréis la alegría de sufrir como El sufrió, porque el sufrimiento que os lamina hasta el alma es una prueba de su Amor. («¿Quién es el hijo al que un padre no castiga? El Eterno castiga al que ama») (Heb. 12, 6-7).

Una escuela de filosofía tiene alumnos, que a veces llevan su nombre —Jesucristo tiene hermanos y, como hijos del mismo Padre, llevan también el mismo título de gloria… ¿Quién comparará sin embargo estos dos aprecios? Lo repito una vez más, y me gustaría, mi pequeña mamá, que tú pensases en mis palabras:

«Cristo no es un Nombre que hay que respetar, es un Ser al que hay que querer.»

Pierre Leer el resto de esta entrada »

Emsicosis (unión del alma con el cuerpo), cataplexia (suspensión de toda actividad bajo la influencia del miedo) … No me extraña que el padre de Pierre, cuando leía palabras como éstas, y tan bien utilizadas, dijera: “Estas palabras no pueden ser de Cecile”. Y a partir de ahí, llegó a la conclusión de que las cartas que su esposa decía recibir de Pierre, era seguro que no eran de ella. Y poco a poco, concluyó que el autor era Pierre y se convirtió en su mejor defensor.

En estas cartas, hay una denuncia de algo que, a alguno tal vez, le cueste admitir: que la Iglesia hace valer con demasiada frecuencia un ascetismo que disminuye la vitalidad de la carne. ¿Se da esto, efectivamente, en la Iglesia? ¡Seamos sinceros! ¿Quién que haya conocido de cerca seminarios, noviciados y casas religiosas, no ha oído o no ha vivido lo de domar al potro del propio  cuerpo a base de disciplinas y cilicios, sobre todo en Cuaresma?

Pierre habla en 1929. Desde entonces, se ha evolucionado mucho en la Iglesia en este punto. Por otra parte, no se trata de condenar a nadie. Todos, incluidos los superiores de estas instituciones, éramos víctimas. Lo que llama la atención es la claridad con que ya en ese tiempo, centra Pierre la vida cristiana en lo esencial: Jesús, su ejemplo, su Evangelio, su amor… ¡Y eso sí que sigue en pie!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

14 de octubre de 1929.

Mi querida mamá:

La religión debe ser por tanto para el hombre terrestre la perfección de la empsicosis. ¡Esto es lo que no se da! La propia Iglesia no presenta ante Dios esta situación como conforme a su Voluntad. Aunque la Iglesia descuida menos al alma que al cuerpo, hace valer con demasiada frecuencia un ascetismo tan exigente, que disminuye tan peligrosamente la vitalidad de la carne y de los sentidos, que el creyente vive «en falso», si se me permite la expresión, como un hemipléjico que se hallase incapaz de actuar sencilla y normalmente, con sus cuatro miembros y con su inteligencia sana y completa. No es esto lo que Dios ha querido, hermanos míos; y si nosotros os enseñamos la obligación indispensable de espiritualizar vuestra existencia para alcanzar la plenitud de las facultades humanas, no os aconsejaremos nunca los crímenes contra la carne, que cometen a veces los practicantes de una ascesis, incompatible con la razón, que presenta a Dios Señor de los cuerpos como de las almas.

Ya lo he dicho: si Dios dio al hombre-espíritu esta envoltura material, no es sin un objetivo preciso y concreto. Si se sacrifica el uno al otro, dejáis de estar en la verdad; esta dualidad, por el contrario, tiene su finalidad y su sentido, una utilidad, innegable por la reacción del uno sobre el otro.

Cuando apareció Jesucristo, no despreció su cuerpo perecedero: lo alimentó, lo vistió, le dio los cuidados que una madre humana le había enseñado: este es el Modelo. Jesús pasaba por las aldeas de Palestina «comiendo y bebiendo» (Mt. 11, 19); Jesús «caminaba sobre las aguas» (Mt. 14, 25); ¿os dijo que vuestra carne se oponía a esto? ¡No, por supuesto! puesto que respondió a Pedro que quería imitarle: «¡Ven!» Sin embargo, cuando el apóstol, lleno de miedo, comenzó a hundirse, el Maestro no se burló de su audacia, sino que le reprochó su nerviosismo: «¿Por qué has dudado?» (Mt. 14, 29-31). No fue por tanto su carne la que estuvo a punto de perder a Pedro, sino su alma vacilante y pusilánime. Vosotros no hacéis un caso suficiente de vuestro cuerpo…, esa admirable combinación que Dios creó para educar a las almas. ¿Creéis que, en circunstancias análogas, habría dudado Pedro por segunda vez? No, ¿verdad?

Para practicar plenamente el «culto en espíritu y en verdad» (Jn. 4, 23), no ha lugar por tanto el despreciar al cuerpo, ni el exagerar la abstinencia, hasta el punto de turbar el propio espíritu. Si te doy este consejo práctico, es para guiarte sin perjuicios por el camino del desprendimiento y de la espiritualidad creciente. Leer el resto de esta entrada »

María «proletaria»

Ante esta palabra, más de uno puede decir. «“Pero¿de qué vas, tío?”». Sin embargo, Pierre que no es un izquierdista, que pertenece a la sociedad burguesa de principios del siglo XX, como su madre, dice de Jesús que vivió «junto a una madre proletaria…» ¿Cómo puede decir esto, cuando los ecos de la revolución rusa de 1917 aún suenan en el mundo?…

Un proletario es un «ciudadano de la última clase del pueblo, exento de impuestos, y que solo puede ser útil al Estado por su descendencia». Esta acepción de Le Petit Robert encaja muy bien, a mi juicio, con lo que quiere decir Pierre: Jesús-Dios, a pesar de nacer en el Portal, a pesar de vivir cerca de María proletaria, ha triunfado de la carne por el espíritu…

Tres días más tarde de decir estas cosas, habla de la mística, que debe ser el ámbito del cristiano: «La mística razonable debe convertirse en la vida normal de los cristianos». Todo se entiende perfectamente:¡Aunque uno sea un proletario, está invitado a la mística! Un matiz de la definición: María proletaria es más útil al Estado romano que todas las mujeres, ¡porque su descendencia es de la mayor calidad! ¡Bendita entre todas las mujeres!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

3 de octubre de 1929.

Mamá querida:

Morir por una causa justa no es un esfuerzo imposible para el hombre que se ha dado cuenta del «por qué» del don que se le pide. Te lo he dicho ya, pobre mamá todavía estremecida por mi sacrificio, desde que Jesús-Hombre aceptó la Cruz redentora, el alma humana ha recibido la fuerza para aceptar sin restricción. Cuando comprendí de la gloriosa semejanza de mi destino con el de mi Salvador, morir por amor a mis hermanos, a mi patria terrestre, y «honrar» el nombre de mis seres queridos, en un sentido espiritual y despojado de toda vanidad por la plenitud de la aceptación, dejó de ser difícil. ¡Oh! qué paz vino a ocupar en mí el lugar de la angustia —¡física sobre todo!—, mamá, querida mamá, tu ternura… vuestra ternura, tomó la forma de un luminoso fantasma, que me empujaba hacia adelante y me mostraba a Jesús crucificado… luego, también a Jesús vencedor de la tumba; todo se iluminaba ante mi conciencia exaltada y, porque yo os amaba, pedía a Dios: «¡Que se haga tu voluntad!»

¿Te sentirás sorprendida de que recuerde este combate espiritual, en el que me sentí el luchador y el juez? Sería inútil pasar por la prueba terrestre, si no quedase nada en la nueva vida de estos conflictos entre el espíritu y la carne. ¡Pero no! Dios es demasiado «íntegro», si se me permite la expresión, para castigar a un culpable que se vuelve consciente del pecado cometido, y para probar a un justo que hubiera olvidado sus esfuerzos terrestres. Cuando sangra tu corazón de carne, cuando se horroriza tu pensamiento, cuando se estremece tu amor materno, querida mamá, yo estoy a tu lado, y ante del Jesús triunfante, que me dijo en la tierra: «Mi fuerza se muestra en tu debilidad» (II Cor. 12, 9).

Pierre.

* * *

9 de octubre de 1929.

Ahora bien, este don inestimable de la fuerza divina que suple a la debilidad humana, he aquí, querida mamá, la gracia de las gracias que os fue adquirida para vosotros por la crisis amorosa de la Cruz del Hijo de Dios; ¡pero vosotros la conocéis sin daros cuenta de ella! ¿Qué puede hacer Aquel que os ama? ¿Qué pueden vuestros hijos, oh vosotros que no habéis olvidado nuestras miradas y nuestras voces? ¿Qué podrían los ángeles («vuestros ángeles que ven a Dios cara a cara») (Mt. 18, 10) para llenaros con esta fuerza inagotable que vosotros desconocéis? Leer el resto de esta entrada »

Lo recuerdo como si fuera hoy. Estaba dirigiendo el rezo del rosario, creo que por el segundo misterio. De pronto se acercó un monaguillo y me dijo: «Que dice su hermana que ya lleva 30 Avemarías». Creí que me moría de vergüenza. Terminé aquel «misterio» tan enorme y comencé a rezar el quinto.

Esto me ha permitido comprender lo que dice Pierre de rezar como un péndulo que hace «tic-tac», pero no da la hora. El pasado martes, día 15, le manifesté a la hermana Concha la dificultad que uno encuentra para rezar bien el rosario. Ella, con su enorme sinceridad y sentido práctico me dijo: «¿Qué me vas a decir a mí? Yo lo rezaba a diario. Algunas veces, volvía atrás porque me había saltado tres misterios o dos y no me había enterado».

Entonces, le pregunté por otro tipo de oración que nos permite insertarnos en la Fuente de la energía y la vibración que es Dios, como las células se comunican unas con otras. ¿Cómo viven ustedes esta oración de «inserción en Dios»? Ella: «Aquí ya no resulta difícil, porque es tu interior, el amor interior. Y de ahí nace y ahí está el Maestro y también el Padre eterno. Entonces, vives ese momento con total amor… ¡Todo está ahí!»

«El cartero de Pierre»

¡Buen día!

19 de septiembre de 1929

Querida mamá:

Ya llamé tu atención sobre la debilidad de las oraciones de la Iglesia (no me refiero al cuerpo constitucional del Jefe, Cristo, sino al conjunto de los miembros de este cuerpo: los fieles que lo forman y lo hacen actuar). Toda alma tomada individualmente, tiene grave responsabilidad ante las demás almas; pues bien, a cada una de estas individualidades psíquicas las que reprocho la debilidad de las oraciones de la Iglesia. La mayoría de vosotros rezáis sin convicción, «pedís mal, y no conseguís nada de Dios» (Sant. 4, 3). La oración es, con demasiada frecuencia, una fórmula; ahora bien, una fórmula solo podría ser un medio de concentración y de recogimiento: ella es neutra, y el espíritu que la pronuncia permanece pasivo, pero no en el sentido de obliteración [1] voluntaria del Yo ante Dios; de manera que esta pasividad rompe el impulso de la fe, indispensable para el contacto con el Divino. El objeto de la oración debe ser la unión íntima y santa entre el que suplica (o alaba) y el Todo-Poderoso. Fuera de este abrazo espiritual, la oración es solo verborrea (Mt. 6, 7), sin acción y sin efecto… ¿Por qué rezar así? Tal oración es un ruido vacío, inútil frente a la razón de creer, parecido al tic-tac de un péndulo, que es sin duda una constatación de actividad, pero que no da la hora, finalidad única del aparato que lo produce. Vuestra oración es, con demasiada frecuencia, ese tic-tac sin consecuencia oportuna… rezar así, ¿para qué sirve?

Querida mía, te lo pido con todo mi cariño, huye con perseverancia de esas «repeticiones inútiles» (Mt. 6, 7) a las que la Iglesia está acostumbrada… lo que explica su falta de vitalidad, su flojera: el tic-tac monótono, de que hablaba más arriba, que la invade. Tengo que decir que este es el peligro de las liturgias tradicionales mal entendidas; sustituyen al acto de obediencia y de entrega personal, para reflejar solo la necesidad de orar, pero no la desaparición buscada de la voluntad y del instinto individual, para abandonarse, en un impulso, a la llamada de Dios. La oración es el vértigo del alma que desea a Dios y que, una vez encontrado, se funde en Su amor; la oración es una «exclamación silenciosa», apasionada, del alma que se calla y se consagra a la entrega de sí misma, y «bebe a Dios», si se me permite servirme de esta imagen: por eso la plegaria de oración, en sí misma, es una consagración; ya no hay en ella ninguna búsqueda de un Bien concreto, pues el encuentro íntimo, realizado con el Ser divino, contiene todas las gracias y las concede. Leer el resto de esta entrada »

A veces me resulta difícil entender a Pierre. Estoy acostumbrado a que me den los titulares en los diarios y a que, luego, me hablen de una manera breve y amena. Con Pierre es distinto. Soy yo quien debe descubrir los titulares. Su lenguaje no es a veces tan claro como me gustaría. Su estilo no deja de ser de hace un siglo…

 ¡Y sin embargo, este Pierre cada vez afina más! Insiste en algo importante: la Iglesia comenzó como un niño y estaba llamada a crecer y a convertirse en adulta, pero no llegó a la adolescencia y la madurez por algo que se reconoce muy poco: la indiferencia…

 Él va siempre a lo esencial: Dios no eligió el feroz ascetismo de los primeros anacoretas. ¿Qué dirá hoy de ese ascetismo de los monjes del monte Athos, de Grecia, que no permiten la entrada en su feudo de ninguna hembra?…

Una filosofía cicatera nos aleja de una concepción amplia y generosa del Amor. Y si surge el tema de Jesús, nos metemos en discusiones que mantienen, por parte de la jerarquía, a los cristianos en un infantilismo disfrazado de ortodoxia. ¡Lo importante es comprender la identificación del Hijo de Dios y del Amor del Padre!…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»  

10 de septiembre de 1929.

¡Apareció Jesús! y compartió la vida de los hombres, y murió en la Cruz… pero también, resucitó al tercer día (Mt. 16, 21); «Se apareció a Cefas, a los doce apóstoles, a Santiago y a más de cinco mil hermanos de una sola vez» (I Cor. 15, 4-7), os cuenta san Pablo que, a su vez, vio «al que había estado muerto, pero que está vivo por los siglos de los siglos» (Apoc. 1. 18).

Mi pequeña mamá, ¡qué maravillosa gracia de Dios! ¿Cómo es posible que la duda? (la más pérfida entre los ángeles de Satán) pueda aún torturar vuestras conciencias… (no utilizo esta palabra en el sentido de «conocimiento del Bien y del Mal», o más bien, amplío este sentido a las concepciones espirituales, solo espirituales).

El comienzo de la era cristiana por la Iglesia fue como el nacimiento de un niño; ¡desgraciadamente, éste no creció y no se convirtió en un hombre! Como toda infancia, ésta tenía que estar rodeada de precauciones indispensables, y surcada por amenazas exteriores (como las enfermedades de la infancia). Pero ¿quién os impide triunfar de ellas, y llegar a la adolescencia y a la madurez? Nosotros que compartimos la falta, nos sentimos avergonzados de confesarla ahora: fue la indiferencia.

«¡Dios nos amó tanto!…» ¡Hemos tenido el testimonio vivo de este Amor, pero hemos olvidado el sufrimiento trágico aceptado en favor nuestro! Esta degradación humana fue, en realidad, más sensible al Amor del Padre, que la caída primitiva que había hecho necesario un supremo intento por el Amor incansable. ¡Fracasar, después de haberse entregado a Sí mismo en sacrificio vivo!… (Heb. 10, 5-7) y hablo de la Encarnación más que de la Cruz… ¡esa Cruz siempre levantada, y el Mártir continuamente agonizante, sin consuelo, sin «satisfacción», puedo decir! ¿Os habéis dado cuenta de esto, queridos míos? ¿Habéis sentido en la médula de vuestros huesos el escalofrío del arrepentimiento? ¿Habéis tendido hacia Jesús abandonado (¡¡Eli, Eli, lamma sabacthani!!) (Mt. 27, 46) vuestros brazos «traspasados de amor» —para utilizar una imagen que permitirá comprender mi pensamiento? A cada uno de vosotros el responderme. ¡Oh! qué raros son aquellos a quienes nuestro cariño fraterno descubre en la tierra, que, comprendiendo el fracaso de los cristianos, se golpean el pecho y «nacen de lo Alto» (Jn. 3, 7), como pedía Jesús a Nicodemo. El lema de la Iglesia es el de la pereza, que se convierte en anarquía: «Quieta non movere.» Leer el resto de esta entrada »

Hace ya más de 40 años, los curas franceses insistían mucho en sus sermones en el tema de la fe. ¡Hay que crecer en la fe! decían. Y es verdad. Pero hay algo más importante, dice Pierre. La Iglesia conserva celosamente la fe, la tradición, las prácticas religiosas, pero no practica la doctrina del Amor de Jesucristo: no sabe perdonar, ni coloca por encima de todo la misericordia. ¡¡¡Esto va más allá del cerebro!!!

¡Cuántas cosas habríamos aprendido si, desde pequeños, nos hubieran sabido inculcar el método persuasivo de la doctrina de Jesús. Jesús expone en fáciles comparaciones su enseñanza y luego añade: ¿Qué os parece del hombre que  tiene cien ovejas y va a buscar una que se le ha perdido… del padre que tenía dos hijos… del samaritano…

Es un verdadero consuelo para los padres, las madres y todos los que han perdido un ser querido, saber que en el Otro lado sigue la ternura, esa especial cualidad del amor. «El amor que Dios confía a sus hijos es sobre todo la ternura». ¡Cuánto la echamos de menos en los cristianos! ¡Lástima que, desde niños, no nos la enseñaran! ¡Pero ellos tampoco sabían!…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

25 de agosto de 1929.

Mi pequeña mamá:

Ciertamente, realmente, la Iglesia —y con este nombre glorioso me refiero a la depositaria del tesoro confiado por Cristo a los hombres— la Iglesia aún no ha practicado la doctrina de Amor. Conserva celosamente la fe, la tradición, las prácticas de la religión nacida del Evangelio, pero no cubre con el velo maravilloso del Amor los errores, las flaquezas, incluso los crímenes de los pecadores a los que «Dios amó tanto que descendió del Cielo para salvarlos» (Jn. 3, 16) con el precio de su sufrimiento. En una palabra, la Iglesia es a la vez, autoritaria y sin verdadera caridad, porque no quiere o no sabe perdonar. Vosotros os habéis degradado, cristianos que, por orgullo, descuidáis (por no decir más) el principal deber del discípulo del Amor-Perfecto, y no colocáis por encima de todo, la misericordia.

Mi misión, ¿comprendes, mamá querida?, es tomaros suavemente de la mano, como Jesús que acogía a los niños pequeños, para hablaros del amor infinito del Padre celestial. La prueba que Dios os ha confiado —no te extrañe esta palabra— es una carga de honor que tenéis que practicar con prudencia y perseverancia, como ya te he dicho. La prueba es una favor; Pablo lo había comprendido: cuando comenzó «a anunciar el Evangelio a las naciones», fue flagelado por la injusticia de los hombres, no tuvo ninguna duda: aquellos hombres eran «los instrumentos elegidos» (Hec. 9, 15) para enseñarle a renunciar en el Amor, como lo había hecho su Maestro. No te sientas sorprendida por lo que aquí escribo: «No tendrías sobre mí ningún poder, si no se te hubiera dado de lo Alto» (Jn. 19, 11) dice Cristo al pérfido procurador que le preguntaba. El hombre es libre de servirse del don de Dios para el bien o para el mal, sin duda; sin embargo, el Todo-Poderoso utiliza para la salvación de la humanidad las decisiones tomadas por cada alma. Los adversarios, como los verdugos de los mártires, están en manos de Dios en beneficio de sus hermanos. «Tomad por tanto como tema perfecto de alegría las diferentes pruebas que os afectan» (Sant. 1, 2), escribe Santiago. Y san Pablo insiste: «Nosotros nos gloriamos incluso en las tribulaciones» (Rom. 5, 3). Nadie tiene por tanto derecho a enorgullecerse ante Dios; todos somos instrumentos para la gloria del Príncipe del Amor. El pecado, del que Dios trató de salvar al espíritu-hombre todavía celeste, ha echado de nuevo raíces, en la Tierra concedida por gracia e instrumento de salvación. Pablo os lo revela cuando escribe a los romanos: «A los que Dios había conocido de antemano, también los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos» (Rom. 8, 29). Leer el resto de esta entrada »

Me pareció tan fantástico que no acerté a comprenderlo hasta que vi cómo lo hacían y los efectos que producía. Injertar, me dijeron, es unir una parte de una planta a otra. El resultado es un individuo autónomo formado por dos plantas diferentes, como se ve en este dibujo.

Injerto lateral de tocón de rama

Pierre utiliza este ejemplo del injerto para explicar algo muy profundo: la inserción de la vida de Dios en nuestra vida. La planta que se injerta es Cristo. La planta injertada, nosotros. El injerto deja una herida en árbol que lo otorga y en el árbol que lo recibe. La operación requiere, por tanto, renuncia mutua. El injerto divino regenera a la planta estéril; es el símbolo de la misión crística a favor del pecador…

Es difícil explicar de una manera tan sencilla lo que es la vida cristiana. Es una expresión plástica de lo que los Padres griegos y nuestro querido amigo François  Brune expresan una y otra vez: «Dios se hizo hombre para que el hombre se convierta en Dios».

La carta del 22 de agosto de 1929 es una llamada urgente a revivificar el Cristianismo dentro de la misma Iglesia. La mejor manera de lograrlo es dejar que Cristo se injerte en nosotros…

 ¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

20 de agosto de 1929.

¿Has comprendido, querida mía, el sentido profundo, y vital para la acción religiosa, de lo que he tratado en mi último mensaje?

Es evidente que la salvación del pecador que se arrepiente, cuya vida interior y exterior se ha saneado sinceramente en sus aspiraciones, sus acciones, sus deseos, y en su rechazo de las debilidades personales de su voluntad por el buen-vivir espiritual, esta salvación es prometida… más aún, adquirida, por la pasión de un Redentor incomparable. Sin embargo, las condiciones indicadas más arriba son indispensables para lograr el perdón de Dios, que produce (no digo concede) la Vida eterna. Esta Vida puede ser representada como un fruto; ahora bien, un fruto no se forma sin la planta, y la planta mala, os recuerda el Evangelio, da malos frutos, destinados a la muerte definitiva, si la misma planta no es cuidada, renovada. Para continuar la comparación, añado que la planta que no ha sido cuidada, y que da frutos sin valor, puede ser transformada, si se la trabaja con cuidado. Por ejemplo, lo salvaje será injertado: ahora bien, el injerto nuevo es extraído de una planta sana y fecunda, de excelentes frutos. Cristo es esta Planta, que se da y se mutila en favor del pecador. El injerto deja  una herida en el árbol que lo otorga (es la cruz); pero hay que herir también al árbol que lo recibe (¡es la acción del sufrimiento, regalo de Dios a los que El llama!). La operación debe hacerse por tanto en la renuncia mutua de uno mismo; el don de sí. El injerto, ofrecido por el Hijo de Dios, recibido por el hombre, y que causa doble herida, el Injerto divino, que regenera a la planta enferma y estéril, es el símbolo ya elegido muchas veces de la misión crística en favor del pecador.

Verás por estas líneas, querida mamá, que el método de Dios es siempre su colaboración con la humanidad; hasta en la encarnación, la pobreza, la incomprensión y la Cruz, ofrecía Jesús al mundo una maravillosa demostración del Amor divino que, por la fe en su nombre y la práctica de una caridad parecida a la suya, abría para el futuro la puerta de los Cielos a los culpables. Pero no basta con recibir el don de la fe en Cristo —es decir el injerto que redime del mal realizado (éste es el papel de Dios), hay que ofrecerse al corte, a la mordedura en la carne, para recibir el trasplante que transformará al penitente y le hará digno de la salvación (este es el papel indispensable del hombre). Leer el resto de esta entrada »

Lo había oído comentar, pero no podía imaginar tantos tesoros en la tumba de Tutankamon, como ayer vi al visitar su exposición en la Casa de Campo de Madrid. Y he elegido esta foto , en lugar de las ya clásicas figuras de oro, porque lo que me interesa destacar es algo que en esta foto aparece claro: el Faraón se iba a la tumba lleno de cosas.

 Me perce una buena parábola de lo que nos dicen que ocurre al que ha estado aquí muy apegado a las cosas: ¡se las lleva! No de la forma material que creían los egipcios, sino interiorizadas. Se nos dice, desde el más allá, algo muy importante: que hay personas que mueren y que andan vagando por aquí porque tienen su corazón apegado a las cosas de aquí.

 Las dos cartas de Pierre que hoy se acompañan indican lo que hay que hacer para ir libres de cosas: renuncia y desprendimiento. Es un error dormirse únicamente en los méritos del Redentor para asegurar la salvación de su alma, dice Pierre. Las cuatro patas de la mesa de los que buscan deben ser: Prudencia, paciencia, perseverancia y confianza…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

 28 de julio de 1929

Querida mía:

Es indispensable dejar claro este punto delicado si se quiere demostrar a tales espíritus, sinceros en su deseo de inmolarse sin empequeñecer la concepción única, admirable, del Querer de Dios por el amor. Ya lo he dicho: la renuncia que se pide se realiza, lentamente a veces, pero brusca y totalmente también; para poder permanecer vacío ante el amor renovado, purificado, santificado, único digno de entrar en comparación con el de Dios, el espíritu debe contentarse en sí mismo, no egoístamente, sino generosamente. Entiendo por esto: la concentración de todos los reflejos afectivos del alma, en un centro que la unifique en el amor sentido. Esta concentración se manifiesta a través de la contemplación silenciosa y sumisa del Polo divino, atractivo y condensador por excelencia: Dios. De esto resulta que la contemplación es la gestación del acto de amor fecundo, pero no (cosa que tú podrías creer) el acto mismo. Me explico: contemplar amando es evidentemente un movimiento, pero un movimiento compuesto de quietud, si no lo acompañáis del desprendimiento absoluto de todo impulso egoísta. En una palabra, la renuncia es inseparable de la contemplación, si ésta alcanza la perfección de su impulso dominante. Querer contemplar lo absoluto del Bien, sin «desvestirse» de sí mismo, es una aspiración irrealizable. Subrayo por tanto esto: despojarse totalmente de sí permite la contemplación a la que el alma aspira, pero la una no es posible sin lo otro. Para contemplar a Dios, el alma debe anonadarse voluntariamente, resucitar después toda y solamente amor. Sin embargo, el papel del alma en el Querer de Dios no es la pasividad: Dios no es tampoco pasivo; Dios crea eternamente —no hablo aquí de la materia, sino del soplo espiritual. En efecto, Dios es la Vida Inmanente; si El se detuviera, tanto de crear, como de amar, la vida concentrada en El se inmovilizaría: Dios (Punto central de lo Infinito) viviría solo, sin pérdida pero sin provecho.

Dios vino en Cristo a demostrar, por la experiencia ofrecida, su cualidad esencial de Creador de la Vida y del Amor; por consiguiente,  actúa continuamente y de forma provechosa. Este es el ejemplo que da a sus hijos el Padre justo que solo quiere pedir lo que es posible. El lo demostró cuando Jesús vivió como un hombre en medio de los hombres, y en la tierra. Hay que admitir por tanto que para contemplar, lo repito otra vez, es necesario despojarse libremente de todo rastro de egoísmo; pero además, para alcanzar al Modelo puro colocado ante el esfuerzo espiritual de los neófitos, es también necesario desapegarse. Por el desapego entiendo algo distinto de la renuncia de que he hablado más arriba: la renuncia es el primer escalón en la «escala de Jacob» (la subida hacia Dios), el desapego es más elevado, porque exige al espíritu un abandono de sí mismo que la renuncia no ha logrado. Leer el resto de esta entrada »

De pronto, un día me di cuenta de que estaba atrapado en dos cepos: el de lo nuevo y el de lo ingenuo. El primer cepo me llevaba a valorar las cosas por su novedad: si me sonaban a déjà vu, perdían para mí todo interés: «nada nuevo», me decía, y pasaba página. El segundo, me llevaba también a sonreír levemente y a pasar página.

Hasta que un día, hace bien poco, comencé a leer La verdadera vida en Dios, Encuentros con Jesús, de Vassula Rydén, y me di cuenta de que no era la novedad la que me resultaba interesante, sino el recordarme cosas que ya sé del Evangelio y de la Biblia.

Lo mismo me ocurre con Pierre: hay cosas que me recuerdan exactamente a san Juan de la Cruz. Por ejemplo, el final de la primera carta que hoy envío. Recuerda, casi a la letra, los capítulos 2-4 de la Subida del Monte Carmelo. Si tenéis esta obra, podéis comprobarlo.

¿Qué soy un ingenuo? Y ahora me digo: ¿por qué no? Reivindico y aspiro a ser ingenuo: «persona que no tiene malicia o picardía, que supone siempre buena intención en los otros» [María Moliner]. ¿Qué más quisiera yo?

¡Buenos días!

«El cartero de Pierre»

10 de julio de 1929.

Mamá querida:

Esta orden terminante del Maestro (porque aquí hay más que una promesa… es una orden) solo puede realizarse con la confianza total en Dios… Dios que es Amor, Justicia y Verdad. ¿Cómo no preocuparse del día de mañana, si el alma es abandonada a un mañana lleno de incertidumbre y de sombra? Sin embargo, fue esto justamente lo que quiso decir el Señor-Jesús, cuando pronunció este veredicto, casi severo, pero que él convertía en misericordioso. La quietud amorosa y activa (porque ser amorosa), es el medio para no preocuparse. Ojo, ¡digo quietud, y no quietismo! Jesús nunca aconsejó la inacción espiritual. El error en que han caído muchos cristianos no tiene justificación; la quietud es una virtud y la pereza espiritual es un crimen —¡más que un pecado! es un suicidio que yo podría llamar contagioso, porque se convierte a veces en asesinato. El espíritu «perezoso para entregarse por el otro» (Mc. 25, 26) se pierde a sí mismo, y pierde a los demás. Me gustaría que esto fuera bien comprendido, bien entendido. Pero añado que la actividad caritativa, de la que el alma no debería eximirse si quiere vivir, no se traduce únicamente en obras exteriores; como nosotros hacemos ya en el Cielo donde rezamos por vosotros, la oración «incesante» es un desembolso de caridad activa por el amor fraterno (el amor que llega hasta el don de la vida); ahora bien, esta acción debe producir (y produce de hecho) frutos fecundos, que llevan semillas benditas, fecundas, gérmenes de ricas cosechas para el Reino de Dios.

Hubo en la humanidad cristiana y consagrada, almas puras que comprendieron este misticismo adorable que tiene como centro, causa e instrumentos el amor perfecto hacia Jesucristo, y como meta, la entrega de uno mismo sin restricciones para la salvación de la humanidad: el amor, en primer lugar de predilección, luego de propiciación… en una palabra el amor del Salvador crucificado por los pecadores de la tierra, el amor con el que Pablo os habló de completar, sufriendo por vuestra parte, como víctimas voluntarias de la gran pasión de amar según Cristo (Col. 1, 24). Leer el resto de esta entrada »

Dos cosas llaman la atención. En la primera carta, lo que Pierre llama el método divino: ir paso a paso, dar a los hombres lo que están preparados para recibir. Dios envió primero a los profetas, para preparar el camino del Señor…

Este método divino choca en las comunicaciones que Dios parece permitir: Lourdes, Fátima,  hermana Concha, seres queridos que se fueron… ¿Por qué no lo hace acomodándose a nuestro modo de ser, con argumentos verificables? Pierre da aquí una razón sutil, pero muy inteligente: Si Jesús hubiera descendido de forma espectacular, los hombres tal vez lo hubieran adorado, pero no habrían comprendido el amor recibido, ni el amor que había que darle.

La segunda cosa que choca está en la segunda carta. Es un comentario a aquello de Jesús: «El vino nuevo debe guardarse en odres nuevos». La aplicación que hace no puede ser más pertinente: los que han gustado el vino viejo se resistirán a beber el vino nuevo, porque el vino viejo es mejor. Para aceptar el «vino nuevo» de la Revelación del Consolador… ─¡y de las “comunicaciones”! añado yo─, hay que cambiar los odres viejos por otros nuevos. No nos extrañemos de la oposición sistemática de algunos sacerdotes y cristianos. Son «odres viejos»…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

16 de junio de 1929.

Querida mamá:

El Señor Jesús respetó también esta prudencia cuando enseñaba a sus apóstoles la tarea que, sin embargo, les confiaba de fundar su Iglesia terrestre a imagen de la Iglesia celeste. Recuerda que al anunciarles el Espíritu instructor que iba a enviarles como guía, añadió: «Aún tengo muchas cosas que deciros; pero están ahora por encima de vuestra comprensión» (Jn. 16, 12). Es evidente que le parecía inútil para su obra y nocivo para su apostolado darles un alimento espiritual inasimilable todavía para los espíritus obtusos de los judíos (sin hablar de los paganos), a los que encargaba predicar su evangelio.

Jesús era enviado «a los hijos de Israel» (Mt. 10, 6); sabía que para adquirir la fuerza y para que fuera duradera, toda acción tenía que tener bases sólidas: la salvación del mundo sería legitimada por el trabajo y no por el sueño. ¡Cierto! pero para que un trabajo sea fecundo y capaz de madurar, hay que practicar el método divino de etapas sucesivas. Durante su vida carnal, Cristo se sometió voluntariamente a esta norma, puesto que esperó «la hora» decidida por el Padre, la hora de su martirio, que debía ser la de su victoria. El Mesías reservaba para sus «íntimos», si se me permite la expresión, la predicación desvelada de su teología. Recuerda que les explicaba sus parábolas, cuando se encontraba solo con ellos en la intimidad (Mc. 4, 34); pero a las masas que corrían tras él, las hablaba con símbolos, con comparaciones: no les mostraba «abiertamente» (Jn. 16, 25) todos los misterios de la Gracia que suponía para la humanidad. ¡Qué injusticia, si esta reserva no hubiera sido necesaria para salvar a las almas sin escandalizarlas ni turbarlas! Jesús recomendaba a sus apóstoles, lo mismo que a los curados milagrosamente que acababa de arrancar del poder de Satán, el silencio más absoluto sobre su curación y sobre El mismo (Mt. 9, 30 y 16, 20).

Antes de dar al mundo la Luz divina, y durante largos siglos, Dios solo había enviado su «reflejo»; Cristo, «Estrella brillante de la mañana» (Apoc. 22, 16), apareció después de los profetas (que solo habían anunciado su venida); Juan Bautista fue una voz; llamando a los hombres al bautismo de arrepentimiento, «allanaba los senderos» (Mt. 3, 3), por los que Dios tenía que pasar. Leer el resto de esta entrada »

Si algo caracteriza a estas dos cartas de Pierre es su oposición a lo que hoy llamamos fundamentalismo cristiano. Éste es un movimiento ultraconservador, surgido entre los cristianos evangélicos    protestantes, en Estados Unidos, a finales del siglo XIX. Se caracteriza por defender la infalibilidad de la Biblia, su historicidad plena y la creación en una semana literal (rechazan la Teoría de la Evolución).

Creo importante aludir a este fundamentalismo para que no haya ninguna confusión. Pierre era protestante, pero no tiene nada que ver con ningún fundamentalismo. Al contrario, dice que el crecimiento y la evolución son parte de la ley sobrenatural. El método divino es hacer la crisálida antes de la mariposa, el grano antes que la planta, etc. Este método divino se convierte para el hombre en su norma de vida: ley de la evolución.

La creación tal como viene descrita en la Biblia es un maravilloso relato simbólico que el escepticismo burlón no puede ni siquiera criticar. El que lo critica es el fundamentalismo cristiano, incapaz de comprender que Dios enseña, en el misterio de la Creación, la doctrina del trabajo y de la búsqueda… ¡Hay tanto que aprender en estas Cartas!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

31 de mayo de 1929.

Mamá, curiosa querida, ¿por qué los hombres se preocupan tan poco del misterio de la Vida eterna? —¡su destino, no obstante!—. Ellos buscan sin duda, estudian, hacen listados formidables de cifras, añaden las unas a otras, las dividen, las suprimen a través de cálculos ingeniosos y espléndidos; estudian las ciencias positivas: la química, la medicina, la física, deletrean las frases ocultas que trazan los astros en su carrera vertiginosa; hunden sus miradas ansiosas hasta el fondo de los abismos, y las elevan hasta las alturas… pero cuando se trata de esa ciencia incomparable que es la ciencia teologal —teodicea del Padre, Creador y Compositor de la armonía eterna del Universo y de los seres vivos superiores, a quienes llama al conocimiento de Su sabiduría— parece que la curiosidad de la inteligencia humana se aparta de ella con indiferencia… ¡qué locura y qué blasfemia! El destino del hombre queda limitado entre su nacimiento y su muerte… nacimiento sin embargo extraordinario, si la muerte es el fin último. La gestación del ser vivo (ya se trate de la flor, del insecto, o del animal superior, hasta llegar al hombre) se comprende y se explica, puesto que la formación del feto ha salido de un célula (¿ella procedente de qué?…) porque el crecimiento y la evolución forman parte de una ley sobrenatural, constantemente observada en la tierra, pero su fin brutal que vosotros llamáis: la muerte, sin la resurrección y sin la continuación del desarrollo espiritual consiguientes, es un disparate, insostenible frente a la lógica del razonamiento.

El sabio sincero que ha estudiado por ejemplo la astronomía, esa ciencia de lo infinito que proclama el misterio de la Omnipotencia divina, ¿podrá sustraerse a la preocupación de su conciencia frente a la intuición de una inmortalidad del alma —no digo todavía de su eternidad, consecuencia de orden religioso, de la que la inmortalidad es el primer síntoma? Si los hombres desconocen el Evangelio y las promesas del Hijo de Dios, si destacan incluso los errores de la ciencia de Aquél que, no lo olvidéis nunca, fue en realidad (mientras vivía en la tierra) «un simple hombre» (Fil. 2, 8), es el orgullo el que es la causa esterilizadora y asesina. Creer que se resuelve un tema de esta importancia con un encogimiento de hombros, sería un gesto ridículo si no tuviera las consecuencias tan trágicas; pero cómo tendrían esos altaneros la prueba de una fuerza misteriosa invencible que arranque al mundo de una rutina inconsciente, abriéndole el camino eterno hacia una perfección que sólo se alcanzará en la solidaridad del amor, por fin descubierto y practicado. Yo desafío a los investigadores (que deberían considerarse como simples procuradores, encargados de despejar el camino de la ciencia integral de «todas las cosas», pero que se obstinan en una especie de oscurantismo testarudo, ante las hipótesis de la teología), los desafío, digo, a que puedan descansar al final de su trabajo escrupuloso, sin una especie de ansiosa impaciencia y de descontento, porque no han encontrado lo que han buscado durante todo el día… ¡Dios sea bendito! es esta insatisfacción la que salvará a la humanidad del desastre total. Leer el resto de esta entrada »

Esta carta empalma con la anterior: la posesión del Cristo no está reservada a los que viven en la Morada del Padre. Me parece que la Iglesia se ha quedado en eso de la Morada del Padre, pero en lo exterior: Primero Casas de Dios exteriores en catedrales y templos. Luego, morada exterior limpia para recibir la Eucaristía: ayuno de alimentos y agua, antiguamente; luego, confesión como rito mágico; luego, sentimentalismo en lugar de conversión…

Y con estas Casas exteriores, que eran sustitutos del Reino, nos olvidamos de que Éste está dentro de nosotros. Bueno, hubo algo peor en algunos: identificaron el Reino de Dios con lo interior sí, pero se enquistaron en ciertas teologías porque las creían ortodoxas y olvidaron la injusticia, la misericordia y la mentira, que es el mundo de Satán. Y llegaron a la dureza del corazón de que habla Jesús…

¿Sabremos leer y entender los contrastes que establece Pierre en esta carta y adentrarnos en lo importante: la promesa de Cristo, el amor y la misericordia de Dios…? ¡Es muy difícil! Hay quien piensa hoy que el Evangelio es una leyenda maravillosa y que Cristo fue un utópico generoso. Tal vez haya que repetir lo del ciego de Jericó: «¡Señor, que vea»

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

25 de mayo de 1929.

Mamá pequeñita:

Esta posesión del Señor Jesús no está reservada a los habitantes de la Morada del Padre (Jn. 14, 2), de la que nos habló el Salvador. Pero vosotros no os parecéis a Magdalena, que lanzó la exclamación de la alegría reencontrada: «¡Rabboni!» (Jn. 20, 16), y sin embargo, como a la amiga dolorosa que, postrada junto al sepulcro de José de Arimatea, derramaba lágrimas de desconsuelo (Jn. 20, 15), Cristo resucitado os dice: «¿A quién buscas? ¿Por qué lloras?» (Jn. 20, 1). ¿Qué sombra os oculta su rostro luminoso? María reconoció a su Maestro, vivo a pesar de la muerte; pero vosotros, que habéis recibido no obstante la herencia de la alegría, ¡¡dudáis y lloráis!! ¿Por qué esas lágrimas, esa vacilación, esa duda que Jesús llamaba: dureza del corazón? (Mc. 16, 14). ¿Por qué no os postráis ante la clara visión que os muestra la Vida eterna, la continuidad del amor, el perdón al pecador que se arrepiente, a través de la angustia y del duelo, y del abandono, y de la muerte…  de la Cruz en una palabra?

¿Has comprendido, mamá querida, mi insistencia en mostraros el beneficio de la prueba, incluso la más misteriosa y la más cruel? La experiencia de María de Magdala en la tumba de su Bien-Amado se renueva cada día: «¡Han robado a mi Señor y no sé donde lo han puesto!» (Jn. 20, 2). Esta cuestión desgarradora hace aún estremecerse al corazón de los que sufren en la tierra; y sin embargo, desde hace dos mil años, el mismo Hijo de Dios respondió a ella: «Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn. 20, 17). A pesar de la gloriosa promesa, seguís tendiendo brazos desolados, en el vacío que vuestra fe no sabe llenar con dulces presencias, constantes y llenar de cariño. Los «invisibles», decís… pero en el fondo de vuestra alma, nos llamáis: «los muertos…», palabra cruel, palabra injusta, porque en la Cruz, Jesucristo venció a la muerte… “sepultó a la muerte” (I Cor. 15, 54). Madre, ¿por qué lloras? ¿Qué buscas?», la tumba cerrada sólo contiene reliquias queridas, pero el espíritu vivo ha subido «al lado de su Padre, al lado de su Dios…», no es un país lejano, puesto que el Salvador «primicia de los que han muerto» (I Cor. 15, 20) «está con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28, 20). Leer el resto de esta entrada »

A Pierre, a medida que pasan los que nosotros llamamos años, se le va notando más profundo, más espiritual, más evangélico, más místico. Las cartas de hoy son un ejemplo.

La última, sobre todo, me parece genial. ¡Es verdad! Nos parece que toda llamada de Dios tiene  que venir con «voz de trueno». Así sucede a veces en medio del rugir de los cañones, pero la mayoría de las veces se manifiesta con sonido «suave y sutil»…

San Juan de la Cruz dice también, en esta línea: «Mejor es aprender a ponerse […] en silencio y callando para que hable Dios […] haciendo a la memoria que quede callada y muda, y sólo el oído del espíritu en silencio a Dios, diciendo con el profeta: Habla, Señor, que tu siervo oye…»

Lee despacio estas cartas. Más allá de la letra que, a veces, resulta difícil, se escucha la voz del Espíritu…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

17 de mayo de 1929.

Madre querida:

Vivís demasiado al día. Jesús os dijo que «no os preocupaseis del mañana» (Mt. 6, 34), pero aludía a las preocupaciones de la vida material (¿Qué beberemos? ¿Qué comeremos? ¿Cómo nos vestiremos?…) (Mt. 6, 31). En el pensamiento del Maestro, no se trataba de los bienes espirituales, indispensables para la vida de las almas, porque estos deben ser de caridad. ¿Me comprendes, querida? El alma que vive para sí misma está muerta.

Es un grave error, practicado con frecuencia por el Protestantismo, buscar para uno mismo la perfección que Dios reclama de toda la familia humana; esto no es difícil: Dios es generoso, y su bondad acoge sin prejuicios «la fidelidad en las cosas pequeñas lo mismo que en las grandes» (Lc. 16, 10). Hacer que rinda el talento que os fue confiado, como Jesús lo manifiesta en su parábola (Mt. 25, 14), es poner en práctica las pequeñas virtudes lo mismo que las grandes: amando —esto está al alcance de todos. Yo he censurado a la Iglesia por su indolencia y por la rutina destructiva que se ha convertido en su norma y su método; pero no lo olvides, mamá, la Iglesia es un cuerpo, y los miembros que no son refractarios a esta somnolencia, tendrán que reconocerse culpables ante Dios, si el individuo (en la especie, me refiero a la Iglesia) es un cuerpo muerto que tiene la pretensión de actuar y de vivir. Por eso es urgente que os recuperéis personalmente y en solidaridad amorosa. ¿No tienen los hermanos el mismo compromiso de honor? Hay que devolver los talentos multiplicados al Dueño de la casa; ahora bien este deber os afecta a todo vosotros —a todos nosotros—.

¡Ah, creedme! ¡Daos cuenta en torno a vosotros de las víctimas del mal, después penetrad en vosotros mismos! Esa joven que «deshonra el templo de Dios…» (I Cor. 3, 16), su cuerpo; ese adolescente que pervierte los impulsos de su actividad varonil para derrocharlos en vanidad; ese hombre que engaña y roba a sus hermanos con una elegancia astuta; esa mujer que pisotea a los que la rodean y la admiran, ¿no han provocado todos ellos las catástrofes morales que horrorizan a los hipócritas?… Leer el resto de esta entrada »

Los últimos años de Miguel fueron para mí todo un ejemplo. Había hecho muchas oraciones y sacrificios en el Opus de la primera época, pero cuando descubrió a Pierre, su vida cambió. Su música de fondo era la misma de Pierre: el Amor. De nada sirve la pompa de las catedrales o la austeridad de las iglesias vacías. ¡Amar muriendo a uno mismo! ¡Eso era lo importante! A esto se refiere Pierre cuando habla de seguir al Maestro hasta el Gólgota…

Pierre es agresivo con la Iglesia: porque es responsable de las ovejas perdidas lejos del Redil; porque es cuerpo sin corazón y sin alma; porque si Satán y sus ángeles se alegran de su victoria sobre el Amor, Jesucristo, es porque ella ha fallado; porque se niega a contemplar el Cielo abierto. Sus puertas, según ella, están cerradas hasta el último día..

Como Miguel al final de su vida, Pierre se centra cada vez más en lo esencial: el Amor. Y si ataca a la Iglesia de la Tierra es porque está siendo infiel a esto que es esencial: ¡Se pierde en holocaustos y sacrificios “que no cuestan nada” y olvida lo esencial! Lo malo tal vez es que, entretanto, los que somos parte de esa Iglesia no nos damos por aludidos.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

14 de mayo de 1929.

Escúchame, mamá. «¿Tendrás miedo? ¿Tendrás miedo?» El Espíritu me dice que te responda: «¡Adelante, ánimo! ¡Adelante, ánimo! Adelante… ¡ánimo!» y este impulso de ánimo le es indispensable a la Iglesia entera, la Iglesia con sus sacerdotes —«principados y potestades» cristianas—  y con sus fieles  —los pastores, las ovejas y  los corderillos—  las ovejas que siguen al cayado del Buen Pastor, y las ovejas que se han alejado del Redil. A éstas, buscadlas, volvedlas a traer, obligadlas si es preciso. Son muchas, desgraciadamente, las ovejas perdidas del rebaño de Emmanuel. ¡La Iglesia es responsable! los sacrificios y los holocaustos  «que no cuestan nada» (II Sam. 24, 24) (y si no ponéis sobre el altar vuestra carne sangrando de dolor, vuestro sacrificio no os cuesta nada) ni las pompas de las catedrales, ni la rigidez de los templos vacíos, ¡si no habéis amado hasta morir a vosotros mismos en la cruz, nada de ello os sirve de nada! ¿Habría elegido Dios ese ejemplo trágico, si no hubiera reconocido en él su poder incomparable?

Así que, preparaos, cristianos, para seguir a vuestro Maestro hasta el Gólgota. Responderéis tal vez que esto fue siempre lo que hicisteis… pero os engañáis a vosotros mismos. Llega «la hora» (Apoc. 14, 7) —¡la que los profetas de la antigua Alianza, la del Hijo de Dios y Juan el Vidente y otros muchos también! y nosotros mismos, los hijos de vuestros hogares devastados por la guerra, no dejamos de anunciaros: «Con Dios no se juega» (Gál. 6, 7). Habéis permitido a Satán sentarse en un trono, en el que unos lo adoran y los demás lo olvidan… ¡ha que vencer a Satán. ¡Hay que derribar ese trono que deshonra a las sociedades que se dicen cristianas! Cerca de vosotros, ya se dan a conocer los resultados de vuestra criminal imprudencia, y vosotros tembláis de terror ante el crimen y la corrupción que os rodean. ¿De quién es la culpa? De la Iglesia en sus miembros; de la Iglesia, cuerpo sin corazón y sin alma, vestida de ropajes que os engañan, pero que no engañan a Dios. Leer el resto de esta entrada »

Hay una palabra en la primera de estas cartas que hay que reivindicar y explicar, porque tiene en Pierre una connotación distinta de la de cualquier diccionario: teosofismo. Etimológicamente, significa: “Sistema de los que pretenden que el hombre lo sabe todo, porque Dios late en el hombre” (Diccionario etimológico de helenismos españoles, Crisóstomo Eseverri, Pamplona, 1945).

Visto así, el teosofismo parece completamente irreal y rechazable. ¡Así nos lo hicieron ver! Pero visto desde la perspectiva de Pierre, es algo fantástico: «Porque toda la doctrina celeste es, en definitiva, el teosofismo místico del Amor». Y éste es, en definitiva, la perfección en la unidad. Unidad que no es «fundirse» en el Amor, pues, como Pierre defiende en otras cartas, el hombre no pierde su personalidad en la unión con Dios.

Los reproches que hace Pierre a la Iglesia van en esta línea. «Me dirijo… a la Iglesia dividida y sectaria», dice aquí. Es duro con la Iglesia: «No sabe ser única, porque se parece a una madrasta» que no da el Amor que Cristo vino a traer a través de ella. ¡Para poder dar este amor, cada uno de los cristianos debe practicar la renuncia a su ego por amor!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

11 de mayo de 1929.

Mi querida mamá:

¿Podría darte otro mensaje? Porque toda la doctrina celeste es, en definitiva, el teosofismo místico del Amor. Luces han atravesado el velo y algunos filósofos las han captado, pero torpemente, de forma incompleta, y grandes y numerosos errores manchan sus sistemas y sus teorías. La infinita espiritualidad de todo lo que se acerca a Dios sigue para nosotros inaccesible, hasta que la sombra quede rasgada delante de nuestros ojos, en la muerte del cuerpo perecedero. Sin embargo, Cristo se esforzó por elevar hasta el conocimiento del misterio divino; pero él mismo decía: «Vosotros no entendéis cuando os hablo de cosas celestes» (Jn. 3, 12). Sin embargo, su oración por sus hermanos, en el momento en que iba a «volver al Padre», ¿no era sino la mística más luminosa que el mundo jamás había oído? «La perfección en la unidad» (Jn. 17, 21), no sólo del Padre y del Hijo, sino de todos los que aprenderían a amar como Dios ama y como El ha demostrado este Amor en Jesús —date cuenta que no digo «Cristo», y tú sabes qué matiz trato de mostraros en el doble nombre amoroso de la Perfección divina hecha Carne. ¿Creéis posible, cristianos que leéis estas líneas, llegar a esta perfección y a la unión con Dios, misteriosa y eternamente sólida, sin «fundiros» en el Amor, el Amor recibido (porque el don de Dios llegó primero en su misericordia generosa), pero también el Amor dado, el amor del hombre, confundido por tanto amor, anonadado por la gracia inefable que le aporta el perdón y la felicidad… es decir la Vida que nunca se acaba?

Si vosotros no reaccionáis, no solo virtualmente, sino también activamente, contra el egoísmo natural que no es otra cosa que vuestro orgullo, no podréis participar en la Santa Cena, puesto que la Santa Cena os confiere la «perfección en la unidad» (pedida por el Hijo de Dios) cuando os alimentáis del Amor divino, estableciendo así las nupcias, consumadas sobre el altar del sacrificio (el Mayor Amor, el que da su vida por caridad, y entiendo aquí el Amor que Jesucristo vino a explicar a la humanidad a través de la Cruz). Leer el resto de esta entrada »

El Dios de Pierre no tiene nada que ver con el Dios de santo Tomás de Aquino, el mayor teólogo de la Iglesia occidental. El Dios de Pierre hace que la vida y el Amor que en todas las criaturas existe en potencia se transforme en acto. Que nadie se asuste por este lenguaje. Lo vais a entender leyendo estas cartas de Pierre.

Lo que no es nada fácil de entender es el Dios, Acto puro, de santo Tomás de Aquino. Leed despacio la traducción que os enviaré el sábado del P. François Brune. Resulta que ese Dios, como es Acto puro [lo aprende de Aristóteles, que no era cristiano], no puede depender de lo que haga la criatura, porque sería en eso ser en potencia.

Y entonces inventa la mayor barbaridad que tal vez se ha escrito en teología. Para no depender de nadie, Dios predestina a unos a la salvación, a otros a la condenación. Pero, ¡ojo!, esta predestinación no la hace después de prever los méritos o deméritos, sino ante praevisa merita (antes de prever los méritos) para los que se van a salvar, y ante praevisa demerita (antes de prever los deméritos) para los que se van a condenar.

Las categorías de Pierre parten del Evangelio: ¡Dios es Amor!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

28 de abril de 1929.

Pasó el invierno, querida mía, y el sol de primavera hace brotar las flores; los capullos se abren; los nidos se pueblan… es la fecundidad que esperaba en el silencio de las escarchas, bajo el frío y las nieblas donde se escondían los rayos del cielo… Ya has comprendido, mamá, mi alegoría, estoy seguro por adelantado. Sin embargo, quiero atraer tu atención sobre un detalle de la mayor importancia: este despertar de la vida renovada no tendría lugar, sin la luz cálida que proporciona el sol; sin embargo, esta vida existe en potencia en la naturaleza donde Dios la ha depositado, esperando la hora del Señor para manifestarse; ahora bien, si sigues con todo detalle la comparación que he pretendido entre la tierra en estado de gestación y las almas, fecundadas pero inertes porque la noche y el frío reinan sobre ellas, te estremecerás de emoción al descubrir que el gesto de Dios se manifiesta en la vida sobrenatural de los hombres, lo mismo que en la vida natural de todas las cosas. Las grandes revoluciones de la naturaleza son una semejanza, pero la imagen que ella produce es el desarrollo espiritual de las almas que es su prototipo sagrado.

Poneos por tanto decididamente delante de la obra que os incumbe, y que justifica la misericordia divina a pesar del pecado y la ingratitud humana: los dones inefables concedidos a los hijos caídos frente la carne, cuando El los puso en la tierra de prueba, fueron la gracia más generosa de un Padre ofendido… estos dones, ¿no son la fecundación divina de las almas? En adelante, ellas poseen la vida, que puede convertirse en eterna, y cuyo origen es Dios de donde procede la semilla fecunda, susceptible de hacer que nazcan cosechas abundantes en los campos del Espíritu. Sin embargo, esta semilla está en vosotros desde vuestro origen celeste, y Dios ha hecho el gesto del mandato que debe provocar la venida de la primavera. Mientras dura el invierno, la naturaleza por supuesto no está muerta; en el momento elegido por El, Dios la despierta y la vida se manifiesta.

En este momento de entusiasmo, ¿no sentís, hermanos míos, pasar el soplo? Es necesario sacudir el letargo en el que se atrasan vuestras conciencias para lanzaros al mundo que debéis transformar, puesto que sois su Luz… (Mt. 5, 14), su sol. Leer el resto de esta entrada »

Esta carta sobre la Eucaristía es un tesoro. Tiene varias afirmaciones para no olvidar. Una: «Esta es mi Carne, esta es mi Sangre». Ojo, no es solo un símbolo. Es una realidad mística, es decir, relativa a una creencia superior a la razón (Le Petit Robert), una realidad que va más allá del símbolo: la comida espiritual del Reino de Dios.

Segunda afirmación: el instinto de la piedad de la Iglesia debe ir más allá del sacerdotalismo de su tradición. A pesar de las instrucciones del Espíritu Santo y de que Jesús vino a establecer el «culto en espíritu y en verdad», olvidamos a veces lo esencial: que la religión establecida por Jesús, en el sentido etimológico de la palabra, es la ejecución de un pensamiento dominante: el Amor.

Tercera afirmación: la Eucaristía es, por tanto, una realidad mística que ejecuta el pensamiento dominante de Dios: el Amor. Pero ¿cómo? Hay que ir día a día, poco a poco. ¡Hay que aprender a amar! No es nada fácil, hoy. ¡Hay que fijarse en los que aman, sean o no creyentes! Hay que hacer una cosa. Amar es, como dice mi amigo Ángel A., adelantarse a hacerla con buena cara, para evitar que la haga mi mujer. ¡Bueno, hay muchas cosas!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

21 de abril de 1929.

Querida mamá chiquitita:

Mi último mensaje te ha sorprendido… diría más, te ha turbado; lo he comprendido por la duda de tu alma un tanto desconcertada. No creas que la disertación que ha sido el tema de mi carta está en contradicción con la admirable y auténtica aplicación que realiza la Iglesia a partir de la primera Cena cristiana, instituida por el propio Mesías.

«Esta es mi Carne, esta es mi Sangre; mi carne es verdaderamente una comida y mi sangre una bebida. El que me come vivirá por mí» (Jn. 6, 55). No se trata únicamente de un símbolo, sino de una realidad mística de la que el alma no puede privarse para vivir. Es necesario, sin embargo, con toda sinceridad, hacer discriminación para juzgar los términos de los que Jesús se sirvió cuando inició a sus apóstoles —a los primeros— en la comida espiritual que los ángeles y los elegidos practican en el Reino de Dios. Recordad que el culto establecido por Jesús es el «culto en espíritu y en verdad» (Jn. 4, 23-24), y no olvidéis tampoco la cualidad esencial de la Hostia divina, Cristo-Dios. El Hijo del Hombre no vino a «abolir la Ley» de Moisés, primera instrucción del Eterno a los humanos en la carne; ¿no dijo que «tenía que cumplir a través de la Nueva Alianza las promesas de la Antigua» (Mt. 5, 17)? Todas las normas establecidas en Horeb por los ángeles (Heb. 2, 2) para establecer el culto sacrificial recibieron por tanto satisfacción por decirlo así, y subsisten en el culto espiritualizado como la semilla en sus frutos. En el sacrificio ofrecido por los antiguos, la víctima estaba especialmente reservada a los sacrificadores que comían de ella (imagen del sacrificio expiatorio único y glorioso, en el que Dios imaginaba para los hombres desde toda eternidad). Así pues, cuando El mismo vino a ofrecer su Amor a su justicia, remató su doctrina inefable de la renuncia y de la perfecta caridad, entonó el canto de victoria: «El que me coma vivirá por mí, mi carne es verdaderamente una comida» (Jn. 6, 55). Leer el resto de esta entrada »

Sabía perfectamente que, si decía la verdad, firmaba su acta de acusación. Sin embargo, cuando Pilato le preguntó: “¿Tú eres rey?” Él dijo: “Tú lo dices: Yo soy Rey”. ¡Dijo la verdad!, aunque sabía que los sacerdotes iban a utilizar contra él esta afirmación para decir a Pilato: “¡Si salvas a éste, no eres amigo del César!” ¡Uno imagina la escena y se queda de piedra ante la valentía de Jesús!

Conozco a una testigo de Jehová que le dijo un día a mi mujer: “¡nosotros no podemos mentir!” ¡Como si los demás sí pudiéramos! Conozco también a otro “testigo” que, ante el posible cierre de la tienda donde trabaja, ha dicho la verdad, aún cuando ésta podía perjudicarle. Pero, conozco a varios otros “testigos” que no pudieron ser legalizados cuando estaba el gobierno de Aznar, pero que, a pesar de ello, fueron admitidos a trabajar por la situación precaria en que se hallaban; más tarde, denunciaron a quienes los habían contratado ilegalmente.

Digo esto porque no por pertenecer a una organización o Iglesia dice uno la verdad. La dice si es honesto. ¡Y hay honestos, entre creyentes y no-creyentes! A éstos se refería la hermana Concha cuando, hablando de un médico de Almagro que no creía en nada pero que era muy honesto, nos dijo: “¡No sabe la sorpresa que le están preparando!”. Se refería al Cielo. ¿Cuánto estamos dispuestos a no cobrar para ser fieles a la verdad?…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

7 de abril de 1929.

¡La Verdad! ¡la Verdad! ¡la Verdad!… Oh, mamá, que ella sea vuestro estandarte al mismo nivel que el Amor. El Amor perfecto es verdadero, y Cristo, que es Amor, os previno: «¡Yo soy la Verdad!» (Jn. 14, 6). Figura admirable y pura, la Verdad se proclamó también «el Camino…» (Jn. 14, 6), el Camino que lleva a Dios. Si el mundo se cansa dolorosamente, el que nada en la tempestad, es porque ha perdido el sentido maravilloso de esta afirmación de Cristo. Mirad lo que ocurre a vuestro alrededor: cada uno de los hombres está como en emboscada al borde del camino por donde camina su prójimo, dispuesto a hacerle caer en una asechanza, si descubre con ello una ventaja cualquiera. ¡La Verdad no está a favor de esto! tiene fama de inútil… incluso de  molesta. Ahora bien, la Verdad es una de las figuras sagradas que representan al Hijo de Dios-Redentor. ¿Imagináis un Jesús que no fuera veraz —Yo diría más, que no fuera «la Verdad»? Pero Él mismo lo dijo: «Yo soy la Verdad.»

Los cristianos tienen con frecuencia una indulgencia muy sorprendente hacia las alteraciones infligidas a esta gran imagen, mientras, por su propia naturaleza, ella no podría soportar ninguna. Pequeñas mentiras, pequeños arreglos para motivar circunstancias, pequeños detalles inexactos… primeros pasos en el camino del abismo donde perderéis a Dios al perder la sensibilidad de vuestras conciencias.

¡Desconfiad, hermanos míos queridos, de este indiferentismo de ideas preconcebidas! os aleja radicalmente de lo que, ante Dios, es la verdad. A cuántas catástrofes, muchas veces secretas e íntimas, llevan a un alma recta hacia compromisos humillantes que, poco a poco, la transformarán lamentablemente. Si os detenéis, aunque sea solo un breve instante, a contemplar la inalterable belleza de la Verdad, reconoceréis a vuestro Salvador, y retrocederéis ante un blasfemo… Jesús es la Verdad. Leer el resto de esta entrada »

Resurrección-Puente.

A veces, me dan miedo las palabras. Y reconozco que no es porque me asustan ciertos exabruptos de personas que ven normal insultar a los demás y considerarse ellos mismos como ángeles de verdad. La cosa es más sencilla. Pongamos por caso que Pierre comienza hablándonos de que la certeza de la resurrección es como un puente entre la tierra y el cielo.

Estoy de acuerdo con Pierre, pero temo quedarme en el concepto resurrección-puente. Y de conceptos tenemos llena la cabeza muchos cristianos. Creemos en la resurrección. Cuando oímos hablar del Más allá, decimos: «¡Pero, hombre, si el Más allá no tiene nada de original! Todos los cristianos creemos en él». Y ahí se queda todo. Las palabras, los conceptos, la fe, se convierte en palabras que matan, porque quedan privadas de Espíritu.

¿Nos podemos librar de tantas palabras, de tanta fe…? La solución está, creo, al final de esta carta: «Los primeros cristianos no enseñaron el Evangelio a través de palabras, sino que provocaron el más elocuente testimonio; los que los observaban decían: “¡Mirad cómo se aman!”». ¿Qué pasaría si no solo creyéramos en la resurrección, sino que ésta nos llevara a amar ya Aquí como ellos se aman Allá?…

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

Pascua 1929.

«No busquéis entre los muertos al que está vivo» (Lc. 24, 5), es el resumen exacto del acontecimiento de Pascua, y estas palabras fueron dichas por un mensajero celeste, querida mamá. Pero con cuántas dudas veis vosotros en esta certeza un puente tendido entre la tierra donde el cuerpo muere, y el cielo donde el espíritu liberado continúa más intensamente su vida de hijo de Dios.

Es doloroso al «corazón» de Jesús, si se me permite la expresión, este olvido de sus sufrimientos redentores y de su resurrección visible, que han demostrado a los mortales la inmortalidad. Su caridad debería haber penetrado en los pechos humanos como un dardo, como una astilla, que cada movimiento del alma recuerda al herido del Amor. Vosotros habéis echado los velos de la indiferencia sobre los estigmas de esta Cruz que habíais prometido llevar como hizo vuestro Maestro, cuando decidisteis «ante de Dios y ante su Iglesia» morir en sacrificio expiatorio por amor a vuestros hermanos… semejantes al Cordero de Dios, inmolado voluntariamente por la salvación de los hombres. ¡Y sin embargo, erais sinceros!… pero «las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas» (Mt. 13, 22) perecederas, destruyeron la planta que os comprometisteis a cultivar y a hacer crecer… solo queda de ella una flor reseca, entre las hojitas caducadas del Libro de la Vida (Fil. 4, 3) que lleva vuestra nombre. A veces, echáis sobre el una mirada tierna, pero pasáis la página esforzándoos por no pensar sino en el futuro, prometedor de alegrías esperadas.

No hay que abrumarse en el pasado cuando está muerto; sin embargo, el grano de vida sembrado por Cristo resucitado forma las raíces vivas del árbol que os ha sido confiado… pequeño grano, que debe brotar entre frondas vivas y hermosas, desde vuestra juventud espiritual, después, crecer sus ramas «en las que los pájaros hacen sus nidos» (Lc. 13, 19), incluso en la vida celeste. Pero si el sacrificio de Cristo (su muerte que es un término definitivo, su resurrección que es el alba de la eternidad victoriosa) no es la planta natural en la que vuestro espíritu está profundamente anclado, solo produciréis ramas inútiles, una vegetación estéril, y «eso no sirve para nada» (I Cor. 13, 3). Leer el resto de esta entrada »

¿Qué podemos hacer para la llegada del Reino? Después de leer ese libro bien documentado y lleno de intuiciones geniales que se llama “JESÚS, Aproximación histórica”, de José Antonio Pagola, llega uno a la conclusión de que todo el mensaje de Jesús puede resumirse en la búsqueda del Reino de Dios. Lo que Jesús desea, su obsesión es el Reino de Dios, dice Pagola.

En la primera de las dos cartas que hoy se incluyen, me parece importante subrayar tres cosas: una, el criticismo sobre la teopneustia (inspiración divina) es un grave error, porque limita el poder del pensamiento humano, cuando Dios no ha puesto límites a nuestro poder espiritual; dos, el Señor del mundo no quiere que sus servidores sean «servidores perezosos»; tres, hay que apoyarse en la ciencia para avanzar…

Hay una operación indispensable que deben hacer los cristianos para la llegada del Reino: la conexión entre el conocimiento natural y el sobrenatural, entre la materia y el espíritu, entre la vida terrestre y la celeste, entre «el hombre animal y el hombre espiritual». ¡Pero, ojo! La harán los cristianos que esperan la llegada del Reino llenos de esperanza y de seguridad. La llamada no puede ser más ilusionante.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

25 de marzo de 1929.

Querida mía, tú te das cuenta, nos es imposible informaros, sobre los datos de la alta crítica en lo que se refiere a la “teopneustia”, de todos los últimos resultados del conocimiento que debe adquirirse un día, porque el criticismo, al limitar el poder del pensamiento humano, comete un craso error. No, Dios no ha puesto límites a vuestro poder espiritual, que sigue siendo apto para el desarrollo constante y maravilloso; pero el Señor del mundo no quiere que sus servidores sean «servidores perezosos» (Mt. 25, 26); él les confía los «talentos», dice la parábola (Mt. 25, 14), y les pedirá cuenta un día de la gestión de los bienes puestos en sus manos. Existe por tanto una especie de censura razonable y justa, que detiene nuestras revelaciones en el punto elegido por Dios. Pero el campo de trabajo sigue siendo inmenso, y en todos los campos posibles, la ciencia terrestre se abre ampliamente delante de vuestras inteligencias, de vuestras intuiciones, de vuestras investigaciones exactas, en una palabra, de todos vuestros esfuerzos para levantar el velo de lo inexplorado… ¡no os desaniméis por tanto! De hecho, la totalidad del conocimiento se presenta aún entre vosotros como un teorema que puede y debe ser demostrado, y que no es incognoscible ni tampoco inconcebible. El mayor obstáculo a la luz en el camino del saber perfecto, son los prejuicios y la obstinación que se niegan a admitir el error o los pasos en falso. Colocaos humildemente ante la tarea que os espera, como niños pequeños que no se avergüenzan de confesar su ignorancia puesto que les queda todo por aprender.

Tal vez no estéis vosotros aquí, si bien la materialidad de ciertas observaciones os lleva a las respuestas obtusas que no conseguís desarrollar. Por otra parte, una especie de iluminismo científico os lleva muchas veces a construcciones sin cimientos, que corréis el riesgo de ver hundirse cuando las examinéis más a fondo para descubrir el principio y el final de las mismas.

Es por tanto apoyándose en la roca sólida de la ciencia positiva (llena todavía de desconocimiento, ciertamente, y por muchas generaciones) como la ciencia, en primer lugar especulativa y libre después de las brumas, podrá lanzarse con toda claridad, y se acercará al conocimiento accesible a las inteligencias terrestres y humanas. Leer el resto de esta entrada »

En la primera carta habla Pierre de algo absolutamente inusual para la física que dominaba los años ‘20 y para la teología de Occidente, donde él vivía. La materia y el espíritu, dice, son una misma cosa. Por tanto, a través de la materia podemos descubrir el espíritu.

Esto que es extraño para la teología de Occidente, porque el corte que establece es entre lo espiritual y lo material, para la teología oriental no es extraño en absoluto, porque el corte que establece es entre Dios, de una parte, y el mundo creado por otra, no entre lo espiritual y lo material. Esto quiere decir que, para ellos, el mundo creado incluye todo lo que no es Dios. Por tanto, la materia y el espíritu son, frente a Dios, la misma cosa.

En la segunda carta, habla de algo que a alguno le puede resultar extraño, pero que es algo constatado por los sabios: las reacciones del cristal de cuarzo. “El cuarzo, dicen hoy los científicos, está reconocido por su habilidad para producir impulsos eléctricos. Significa que genera electricidad por presión aplicada. Este tipo de electricidad es la misma en el cuerpo humano.” Lo mismo que venía a decir Pierre ¡en 1929!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

17 de marzo de 1929.

Querida mamá:

Tú planteas un problema muy importante y para el que sería magnífica una respuesta clara y práctica. Voy a esforzarme para darte algunas ideas generales sobre estos misterios, todavía no abordados por la ciencia terrestre; debido a esto, son para nosotros muy difíciles de tratar: tu ignorancia total de la química, por ejemplo, y de todos los términos de un lenguaje del que no tienes ni idea, me limita mucho porque, como ya te he dicho, puedo «sugerirte» algunas palabras que son absolutamente nuevas para ti, y que tu «inconsciencia» más que tu «subconsciencia» imprimen sobre tu cerebro que, como dócil servidor, pero casi automático, grabará el nombre pronunciado; pero cuando se trata de una explicación larga y delicada, no basta este automatismo: me inclino entonces no sobre tu subconsciencia sino sobre tu consciencia, y le hablo. La dificultad que surge es de un orden muy especial: es tu sinceridad la que la produce; no te fías de esta inspiración directa, y la descartas con cautela, muchas veces sin darte cuenta, porque no te es fácil comprobar con claridad y detalle lo que es tu pensamiento y lo que viene de mí. Querida intérprete, sólo la oración puede tranquilizar tu conciencia, porque si Dios no permite un error que tendría, tanto funestas consecuencias, como una acción infructuosa y estéril, haces bien sin embargo escuchando con suma prudencia, y no podrás pensar en dar a los investigadores y a los pensadores sinceros algo más que una luz en su camino. Esta luz sólo le será útil a todo hombre que deje deliberadamente caer en la sombra sus prejuicios, y sobre todo a los de ciencia (especialmente de la filosofía y de la físico-química). La ciencia adquirida es un grado que eleva el pensamiento curioso apenas por encima de la ciencia infusa… hablo aquí sólo de vuestra generación, es cierto. Pero la Voluntad de Dios no es que vosotros os quedéis anclados en estos preliminares del Conocimiento. Lo que retrasa el impulso prolígero [1] es la incomprensible dualidad del pensamiento: científico, opone un fin de no-recibir las conclusiones del pensamiento espiritualista; y espiritual, rechaza como a un enemigo el pensamiento científico. Ambos deberían, por el contrario, vincularse estrechamente el uno al otro, y trabajar como gemelos inseparables que, en dos cuerpos, tendrían una sola voluntad… una sola alma (utilizo esta palabra, en el caso de que te hablo, con un sentido simbólico, y para concretar la individualidad a la vez moral y física). Leer el resto de esta entrada »

 Dice el P. Brune que el Concilio de Calcedonia del año 451, al definir que hay en Cristo dos naturalezas, una divina y otra humana, hace una apuesta sumamente fuerte y que se relaciona con una idea central del cristianismo que se ha perdido completamente en las Iglesias de Occidente:  la divinización del hombre. Como a los teólogos de Occidente esto les parecía muy fuerte, hicieron una acomodación al lenguaje que ellos utilizaban y diluyeron prácticamente toda la fuerza del lenguaje de los Padres griegos.

Esto nos ocurre a veces con los mensajeros crísticos venidos del Más allá. Como nos cuesta tanto creer que puedan comunicarse, envolvemos nuestras críticas en juicios aparentemente razonables: que si lo que dicen no aportan nada nuevo, que si el modo de hablar revela poca elevación, que si la divinidad de Cristo hay que entenderla en clave de “ejemplaridad”, etc.

Pierre, aquí, no se anda por las ramas: lo que hace que los sabios del siglo rechacen los relatos del Génesis como una leyenda infantil es la «suficiencia». Conviene preguntarnos siempre, con humildad, qué hay detrás de determinadas expresiones nuestras y de los demás. A veces, hay un poco de suficiencia e intolerancia. ¡¡En todos!!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

10 de marzo de 1929.

¿Por qué lamentaros de la vida en la tierra? Dios no ha dejado abandonada a Su criatura rebelde, y la generosidad de este Padre adorable supero todo lo que se podía esperar. No es Dios el que obliga a los hombres a la mediocridad molesta y desalentadora, que vosotros criticáis en nombre de la Justicia inmanente… Justicia que El solo realiza y puede manifestar. La humanidad ha merecido el castigo sin indulgencia; sin embargo, el Padre de los hombres, todo Amor, no echó mano de su omnipotencia absoluta para castigar, sino que eligió su misericordia para perdonar. Te lo he dicho, el espíritu-hombre pecó en el mundo espiritual sometiéndose al ángel rebelde, Satán (esto no es un mito), y el Señor de todo aceptó para sus criaturas indignas la prueba de la libertad absoluta en la tierra y en la carne. Una vez más, el Tentador obtuvo la unión del hombre a la desobediencia, y después de que, bajo la imagen de la caída de Adán (Gén. 3, 4-6), el Príncipe del mundo hubo conquistado a la humanidad, el mal engendró al mal; pero Dios mismo vino en Cristo para vencer al mundo por el Amor. Este es el esquema de la Biblia histórica y moral, ¿no es verdad? La suficiencia de los sabios del siglo hace rechazar estos relatos como una leyenda infantil… ¡nada de eso! la Verdad pura y santa, detrás de su forma inefable y velada, sigue siendo la Verdad esencial; arrancad esos velos con los que se envuelve y la veréis en su inefable y único esplendor. La Eternidad de Dios, Centro de todo lo que existe, confunde a la razón limitada del hombre natural, ante este problema insoluble; si no queréis daros cuenta de que, incluso en lo que se refiere exclusivamente a la tierra y al amor físico, apenas balbucís el A B C del Conocimiento, estaréis de cuerdo en que el hombre sobrenatural puede moverse en un ambiente físico del que vosotros no podríais tener ninguna idea.

Digo que el hombre «se mueve» en este ambiente, porque ya no distingo al hombre de su espíritu… en realidad, ellos coexisten estrechamente. El hombre despojado del espíritu, el espíritu separado del hombre, ya no sería el hombre creado por un Dios providente y libre; ese hombre debe llegar a la perfecta semejanza con su Padre… por consiguiente a esa misma libertad y a esa misma previsión —esto en el amor consciente, el amor acumulador, si se me permite la expresión, que remitirá a la Perfección sin debilidad ni defecto, a la Perfección que es el ideal de Dios. Este ideal sólo podrá realizarse cuando la humanidad haya reconquistado libremente sus grados y su hábitat espirituales. Esta es la meta del Creador, obstinado en la decisión de salvar a Sus hijos perdidos, cuando vino hasta ellos, incapaces de elevarse hasta El, para dar testimonio de la sumisión de la carne al espíritu, en el Amor. Leer el resto de esta entrada »

Hace poco me decía un amigo, muy sensible a la vida espiritual: «Cada vez comprendo mejor a Pierre y me gusta más». Lo entiendo. Se va quedando con lo esencial. El Perfecto Amor, como llama Pierre a Jesús, se hace visible en un cuerpo igual al de los mortales para enseñarles las «verdades espirituales esenciales: El culto en espíritu».

Y es curioso, cuando uno examina los mensajes «crísticos» que nos llegan del otro lado, siempre coinciden en esto: van a lo esencial. Y si uno no comprende esto, es posible que no se entere de nada: ni de Pierre, ni de Roland, ni de Arnaud, ni de la Hª Concha. Se pierde en mil comparaciones, se enreda en pequeños detalles y en palabras que no coinciden exactamente con lo que aprendieron en su teología o en su catecismo, ¡y no comprenden!

Por favor, os lo pido a los que tenéis auténtico interés por la vida espiritual: Id a lo esencial. Y lo esencial, creedme, no está en el número de los que van a misa o en los mil preceptos que a veces nos imponen las normas eclesiásticas, (me decían unas monjas mexicanas que su «Costumbrero» tenía más de 500 normas); lo esencial está en el espíritu, en el Amor. Desde esta perspectiva, se entiende muy bien a Pierre, a Roland, a Arnaud y a la Hª Concha.

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

24 de febrero de 1929.

Oh, mamá, mamá querida, no dudes decirlo —¡de nuestra parte, sí! pero porque nosotros te hablamos de parte de Dios: «La Iglesia, esta Iglesia a la que su Esposo celeste llama a la vida por el Amor, por su desconocimiento del Don de Dios, languidece.» Lo sé, los cristianos —sobre todo los tradicionalistas a quienes me dirijo particularmente— protestarán… sin embargo, esta es la dolorosa verdad. La Iglesia, respetando con toda razón el sacrificio incomparable de Dios en la Encarnación, ha perdido pie, en cierto sentido, en medio de este océano de Amor; ante la consciencia de los fieles, la Iglesia sitúa a Cristo «permanecido en la tierra hasta el fin del mundo…» (Mt. 28, 20). ¿No hizo El mismo la promesa? Pero cuando los apóstoles entusiasmados vieron a su Maestro elevado hasta el cielo, lo adoraron en lo sucesivo «vuelto a la Derecha de Dios» (Mc. 14, 62), y en Dios como El mismo lo había anunciado (Jn. 17, 21). Trato con dificultad de haceros entrever la diferencia sutil de la que hablo, pero diferencia sin embargo tan importante, que por no comprobarla hace vegetar los frutos del árbol plantado por el Salvador y confiado a sus discípulos. En definitiva, quiero decir que no habéis entendido todavía el «culto en espíritu» (Jn. 4, 23) en Cristo Jesús; exclamaréis y diréis: «¿No es ésta nuestra doctrina?» pero de parte del Hijo glorificado y vuelto a Dios, yo os contradeciré; ¡porque si bien es ésta vuestra doctrina, no es vuestra creencia, vuestra fe! «Decís y no hacéis» (Mt. 23, 3). Decís: un solo Dos, «el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo», pero esta adorable Trinidad, que se comparte sin dividirse, sólo es presentida y no sentida. «Nuestro Señor Jesucristo», es la fórmula de vuestra oración… hay un solo Señor: Dios (Mt. 4 10); así pues, el Señor Jesucristo ha vuelto a tomar su sitio en Dios, y cuando adoráis a Dios, adoráis a Cristo. La Hostia ya no puede hacer dos partes en vuestro culto… la Hostia es espiritual, y su transubstanciación (la gracia más sublime concedida a los hombres), al hacerse, por el sacrificio crístico, substancial y real, adquiere en nombre de la glorificación del Hijo la consubstancialidad espiritual de Dios… el Espíritu, sin materialidad causal, de la que toda la obra, incluso en sus efectos sensibles, mantiene su principio de espiritualidad indefectible, eterno.

En lo que me gustaría mostrarte tan claramente, querida mía, tal vez descifrarás el doble enigma del que Cristo, al hacerse Jesús por un tiempo, al encontrar después su primer plaza en el Principio-Dios (Jn. 17, 5), hizo en la tierra una demostración para los hombres de «buena voluntad» (Heb. 13, 21). Esta demostración fue defectuosamente interpretada por los beneficiarios de la Gracia, concedida en Jesucristo aún en vuestros días, los creyentes se dividen en este punto absolutamente esencial: unos mantienen al Hombre-Dios en la tierra; otros lo hacen sutil espiritualmente, de tal manera que su religión permanece desposeída y sin fuerza. Leer el resto de esta entrada »

En estas dos cartas, recuerda Pierre dos cosas fundamentales: que Jesús es todo amor, que es Dios y Hombre a la vez. Parecen demasiado sabidas, pero lee, verás.

En lo del amor de Jesús, contrapone Pierre el amor de la Iglesia y el de Jesús. ¡Curioso! El amor de la Iglesia, con el pretexto de la justicia, es un amor tasado y medido. Al amor de Jesús hoy lo consideraríamos un poco como “amor de idiota”: ama hasta el fin a pesar del odio de los judíos, de la traición de Judas, de la negación de Pedro, del ensañamiento de los verdugos… Mirémonos. De verdad, ¿no nos parece que se pasa?

Hoy nos resulta difícil lo de ser cristiano. Para algunos, Jesús es ante todo un Hombre. Fantástico, pero hombre. Eso sí, tan destacado, que no cabe en el protocolo humano y por eso lo consideramos Dios. Ser cristiano consiste, por tanto, en promover los valores humanos: llevar pan a los que no lo tienen, etc. Para otros, Jesús es Dios: ser cristiano es llevar la Vida espiritual de Jesús…

Ojo a lo que dice Pierre. Jesús es Dios y hombre a la vez. El Verbo de Dios fue una manifestación de amor incomparable. Está bien llevar el pan a los que no lo tienen y está bien llevar la Vida espiritual que Jesús trajo. Pero, para ser cristiano, hay que unir las dos cosas a la vez. No se es cristiano por el mero hecho de dar pan, ni tampoco por preocuparse sólo de la vida espiritual. ¡Las dos cosas! ¡¡Dios y Hombre!!

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»

12 de febrero de 1929.

Jamás daréis a Dios suficientes pruebas de amor para calmar Su sed de dar, de recibir, y de ver fructificar por todo el mundo la semilla adorable del Amor. ¡Ah! Mamá, mi querida mamá siempre tan tiernamente amada, la Iglesia escatima el Amor, en la persona de los fieles y en su legislación, tan mezquina ante la generosidad que Jesús el Cristo había encomendado a sus hijos practicar y enseñar (Mt. 28, 20). Con el pretexto de justicia, el Amor es pesado, medido… qué digo yo ¡rechazado!  Ahora bien, Dios —el Padre, Hijo y Espíritu Santo— jamás calculó la cantidad de Amor que debía otorgar a los hombres culpables. En Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor, Dios concedió a la raza perezosa todo su amor… sin límites, infinito, eterno, puesto que el Amor divino es la naturaleza de Dios, por consiguiente su estado de eternidad y de infinidad. Os es difícil, sin duda, declinar esta conjugación misteriosa: «Dios es Amor»; pero sin embargo esta es la Verdad, enseñada por la Persona crística, por el Espíritu Santo, y que la Iglesia os invita a recoger como herencia sagrada, por la que compartís con el Hijo (Se os llamó: «co-herederos de la gracia con Cristo») (Rom. 8, 17), la riqueza, intraducible a palabras humanas. ¿No presentáis esta unión absoluta, por Jesús, de vuestros espíritus con Dios? Como todos los que buscan la vida espiritual, puedo responder: «¡Sí, Dios sea bendito por ello!» Pero esos hermanos, que comparten la herencia del Mesías y caminan como el caminó, no han alcanzado sin embargo el grado inefable de la caridad de un Jesús… no digo de Cristo-Dios, sino de Jesús-Hombre; «Como amó a los suyos, los amó hasta el fin» (Jn. 13, 1), recordaba el apóstol más amado de todos. ¿Habéis meditado, queridos míos, esta afirmación? Hasta el fin, a pesar de que los judíos —escribas, fariseos, sacerdotes y sacrificadores— lo perseguían con su odio; hasta el fin… es decir, a pesar de la traición de Judas, a pesar de la negación de Pedro, del abandono de los propios apóstoles, del ensañamiento de sus verdugos; ¡hasta el fin, oh Cristo querido! ¡y sin embargo, cerca de tu cruz veías las lágrimas de tu Madre, el dolor de Magdalena y de Juan!… hasta el fin, amaste a aquellos mismos que hacía llorar por ti a estos inocentes que te amaban. Mamá, mi pobre mamá, hasta qué punto conmueve el alma de un hombre el sufrimiento y la amargura de esta injusticia… Ahora bien, Jesús, en esta hora, ¿no era el «Hijo del Hombre», sometido a todas las pruebas de la carne y de la conciencia humana? Pero hasta el fin, su amor se extendió sobre aquellos que lo martirizaban: «¡Padre, perdónalos! no saben lo que hacen» (Lc. 23, 34). Encontrar ante Dios una excusa para los enemigos a quienes mandó amar, ¿qué cristiano sería capaz de hacerlo, incluso entre los confesores más sinceros del Nombre redentor? Desde que nosotros somos admitidos al juicio —no de las almas, ciertamente, sino de las demostraciones que denuncian el estado de esas almas— nos estremecemos de compasión, y al mismo tiempo del remordimiento por nuestros pecados pasados. ¡Qué pena! la Iglesia… la Iglesia es rencorosa e intransigente, la Iglesia ya no sabe rezar: «¡Padre, perdónalos! ¡no saben lo que hacen!». Leer el resto de esta entrada »

flor1052En estas dos cartas, insiste Pierre en un tema importante: la oración. Se nos insiste mucho en la importancia de ésta,  pero ¿cómo hacerla? Probemos. Nos damos dos normas: una, evitar oraciones “de memoria”; dos, poner un poquito de amor. Nos proponemos rezar un Padre nuestro y un Ave María.

Padre nuestro. Imagina la escena. Un apóstol le pide a Jesús: Maestro enséñanos a orar. Imagina a Jesús de pie, o sentado, o andando. Va diciendo las frases, como muy marcadas, como sintiéndolas, como con mucho amor. Repite lo que “oyes” decir a Jesús. Sin prisa. Poniendo el amor que puedas. Sin angustiarte: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, etc.»

Ave, Maria. Imagina tres escenas. En la primera, Gabriel le dice. «Ave, María, llena de gracia, el Señor está contigo». “Oyes” lo que dice y repites despacio. Las veces que haga falta hasta que te des cuenta de lo que dices. En la segunda escena, Isabel dice: «Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, Jesús». En la tercera, imaginas el Concilio de Nicea. Los Padres se levantan después de declarar a María Madre de Dios y gritan: «Santa María, Madre de Dios, etc».

¡Buen día!

«El cartero de Pierre»   

27 de enero de 1929.

Querida mamá:

La Iglesia que se une sin embargo a Dios por la Eucaristía (sea ésta substancial, transubstanciada o espiritualmente transformada, según las doctrinas… no erróneas ciertamente, pero imperfectas, incompletas), la Iglesia aún no se ha dado cuenta del poder de unión espiritual concedida al hombre en el don de sí mismo que le ha hecho Dios en Cristo. El «soplo de vida» que hace imagen de Dios-Creador al alma viva del hombre nacido nuevamente a la inteligencia superior al instinto (Gén. 1, 27), el «soplo de vida» penetra por el Amor divino en el espíritu humano y lo asemeja al Espíritu de Dios. Me dirás que esta es la enseñanza de la Iglesia… yo no lo niego, y la élite santificada de los cristianos entiende así la Cena. Pero, desgraciadamente… ¡sólo una élite! de manera que en su conjunto, la cristiandad recibe el «Pan vivo» como una asociación del hombre y de su Dios, sin darse cuenta profundamente de que «comer la carne y beber la sangre» (Mc. 14, 22) produce la asimilación íntima. De tanto pensar en la humanidad incontestable y generosa de Jesús [Cristo crucificado (I Cor. 2, 2), del que se reclamaba un Pablo], el alma corre el riesgo de perder conciencia de Jesús glorificado.

Jesús glorificado… Cristo crucificado… ¡es no sólo la misericordia divina concedida a los pecadores, es también el pecador perdonado! ¡Lo has entendido!… ¡¡perdonado!! por tanto restablecido en la gracia y, por eso mismo, crucificado y glorificado como el mismo Dios. «Dios es Amor» (I Jn. 4, 8), es por el Amor, purificado por medio de la renunciación completa entre Sus manos, como alcanzaréis la envergadura y el poder de la ilustración del Amor, tal como os fue concedido en Cristo. Al final de su trágica peregrinación, el Verbo se  interpreta a sí mismo a través de la Cena. En adelante, podía guardar silencio… todo estaba dicho, «como todo fue cumplido» (Jn. 19, 30) sobre la Cruz; por eso, delante de sus acusadores, el Hijo del Hombre permaneció mudo (Mc. 15, 5 y Lc. 23, 9). Pero si El vino a vivir en la carne, lo hizo para «rehabilitar» la obra de Dios: el hombre había deshonrado la creación generosa, e ignorado esta generosidad. La carne tenía que servir para elevar al espíritu-hombre caído por orgullo, dejándole libre ante las responsabilidades, como Dios mismo (el árbol del conocimiento del Bien y del Mal, dice el Génesis). La carne se convirtió en un pretexto para el pecado… no lo olvidéis nunca. Leer el resto de esta entrada »

 

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