Cuentan los Hechos de los Apóstoles (19, 1-6) que llegó Pablo a Éfeso, donde había algunos discípulos, y les preguntó: «¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando abrazasteis la fe?» Y ellos contestaron: «¡Pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo!». Pablo los bautizó entonces en nombre del Señor Jesús, les impuso las manos y vino sobre ellos el Espíritu Santo.
En la tercera de estas Cartas, dice Pierre que Jesús explicó el papel predominante e indispensable del Espíritu Santo. Tal vez la Iglesia, es decir cada uno de los creyentes, no hemos descubierto todavía el papel que Éste juega. Nos comportamos como si no perteneciéramos a la religión del Espíritu. Pero tal vez hay actualmente algo peor: hacer del Espíritu Santo un simple símbolo, como denuncia Pierre. Algunos ven símbolo en todo aquello que está más allá de la comprensión meramente racional. ¡Grave error!
Lee uno con atención estas hermosas Cartas de Pierre, las compara con lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 y llega un momento en que uno se pregunta: Aquí ¿quien tiene razón? Porque la Iglesia que pinta Pierre, el “retrato” que hace de Dios Padre y de Jesús es, a veces, totalmente distinto de lo que dice el Catecismo. Ojalá sepamos todos dejarnos penetrar por el Espíritu de Jesús para saber discernir donde está la Verdad.
¡Buen día!
«El cartero de Pierre»
22 de marzo de 1931.
Mi querida mamá:
En el tiempo que vivís (lo que no significa exactamente lo mismo que la locución en que vivís), la situación del mundo terrestre y la existencia de los hombres, agitada, desequilibrada, es un justo tema de angustia para todo espíritu sabio, así como para los «santificados» por la gracia de Cristo. Centrándose en ellos, las reacciones de la sociedad, que parece descentrada, los «razonables» ―para no utilizar un término que indica demasiado la perfección realizada, los «sabios»― están conmovidos y desolados; se preguntan hacia qué abismo rueda la raza alocada a la que «tanto amó» (Jn. 3, 16) el Salvador, que se complació en el abandono momentáneo de su gloria celeste, para rescatarla del Maligno. Y nosotros también, que vivimos carnal y culpablemente, vemos llenos de dolor el declive de las conciencias, la impunidad del crimen, la inclinación al pecado, la esclavitud del espíritu a la carne… Pero Dios nos envía a vuestras moradas profanadas, cuyo umbral habíamos blanqueado con nuestra sangre derramada como la de nuestro Salvador en sacrificio expiatorio. ¡Ah, qué pocos son aquellos a los que nuestro espíritu despierta de su letargo!… ese letargo que es la entrega del alma a las maniobras del Rey de las Tinieblas (Lc. 22, 53). Nosotros hablamos sin embargo… pero los que nos han oído, se alejan con demasiada frecuencia, y ponen el dedo sobre sus labios para imponerse silencio a sí mismos, por miedo a la sonrisa de la crítica y de las observaciones malévolas de su prójimo. Esta es la fuente –la causa– de ese gran mal del que se muere la civilización cristiana… ¡del que ella va a morir! ¿hay necesidad de promiscuidad sabia, de reproches mordaces para transformar este estado de cosas tan peligrosas? ¡Por supuesto que no! pero la ayuda celeste no se manifestará sin el deseo de los humanos y sin la contrición de sus corazones, indignados tal vez contra sus hermanos, pero por poco tiempo, porque lo necesario es, ante todo, el arrepentimiento, la conversión y la actitud enérgica de los cristianos, puestos en pie ante sus causadores. Solo entonces podrán apelar a la promesa del «Hijo único que está a la Derecha de Dios»: «Lo que pidáis en mi Nombre, lo haré» (Jn. 14, 13). Es necesario, sin embargo, que una llama de vida brille en las almas de los discípulos de Jesucristo; ahora bien, ¿qué está ocurriendo? la Iglesia en cada uno de sus miembros, desde los que dirigen hasta los que obedecen, la Iglesia está sin vitalidad, sin entusiasmo, la iglesia es un «cuerpo muerto» y se os ha dicho: «Donde está el cadáver, se reunirán los buitres» (Mt. 24, 28). «Los buitres» que se ensañan para desgarrar el cadáver ―la Iglesia degenerada y sin vida espiritual, sin consagración real― son los escándalos que os consternar. Los «buitres» nacen de los «buitres»; cada ave rapaz, decidida a mutilar a la presa, se multiplica en torno a restos palpitantes del cuerpo que hacía que viviera el Don de Cristo, su Cabeza gloriosa. Dios «se ha dado» a Sí mismo, ¿qué más puede hacer? Leer el resto de esta entrada »
Conozco a una señora que agarra su coche y lo llena de comida con el dinero que la han dado en un grupo y, luego, ella misma la distribuye entre los parados de su pueblo. Sé de un grupo, que se distribuye los hoteles, recoge la comida que iban a tirar y la entrega para que la distribuyan en comedores de Caritas. ¡Gente fantástica!
Cada vez me es más difícil entender la actitud de ciertos cristianos ante los mensajeros «crísticos». Me refiero a los mensajeros del Más allá que están en la órbita de Cristo. En estas cuatro cartas de Pierre, se comprende perfectamente cuál es su misión. Podemos aceptarla o no, pero nunca podemos decir que pretendan trasmitirnos ninguna revelación nueva. ¡Es pura aplicación de la Biblia, sobre todo, del Evangelio!
Suele suceder en todas las carreras. Siempre hay una asignatura que te complica la vida. A mí me sucedió con el Hebreo y la Estadística; a algún aspirante a Ingeniero Aeronáutico, se les atraviesan las Matemáticas de primero; a otros, en Medicina, la Bioquímica…
Estas cartas son tan impresionantes que el propio Pierre reivindica la autoridad de Cristo para poder escribirlas: “no hablo de mi parte, sino de parte de Aquel que murió y resucitó”. Revestido con esta autoridad, recuerda algo importante: no se puede dividir a la Iglesia en dos, una celeste y otra terrestre. ¡Es una, como uno es el Cuerpo de Cristo, que no está dividido!
Pierre no hace teorías sobre el sufrimiento. Nos enfrenta con nuestras lágrimas y nuestro dolor y nos abre una perspectiva fantástica. Sin tapujos, nos muestra el verdadero camino.
Tres cartas que no tienen desperdicio.
¿Es tan esencial la oración como se nos ha dicho? ¿Para qué vale? ¿Sirve para algo ponerse en contacto con el Más allá para pedir por los muertos que se han quedado “descolgados” de la Luz? Pierre aporta en estas cartas algunas cosas que nos ayudan a comprender la oración de intercesión.
Recuerdo una idea de Pierre en uno de sus primeros tomos. Decía que cuando murió sintió mayor remordimiento de sus faltas que cuando vivía en la tierra, porque la luz del Otro lado le hacía ver con mucho mayor detalle el mal que había hecho.
Amor obstinado.
Hay una frase en la primera de estas tres cartas que llama la atención. Dice: «El dogma de la preexistencia del hombre…» Esta frase me ha hecho recordar algo que nos decía la Hª Concha el 28 de septiembre y que fue para mí algo nuevo y de enorme significación.
Nunca había leído cosas tan profundas y sencillas sobre la conciencia como las que hoy se incluyen en estas tres cartas.
Ayer envié a unos cuantos amigos una denuncia que me había enviado una amiga, en la que se denunciaba algo que nos parece tan feo , “al menos estéticamente”, como cobrar unos sueldos desorbitados mientras muchos lo pasan mal. Pero en muchos casos tenemos que esconder el dedo y mirarnos al espejo, porque la maldita codicia está también en nosotros. Quizá por esto nos es muy difícil entender el Cielo del que nos habla Pierre en estas dos cartas.
Acabo de encontrarme con un vecino y amigo. Doctor en física, es inconmovible en las fórmulas de su fe. También, como yo, por edad. Y tal vez por su formación, cita con frecuencia a la Jerarquía de la Iglesia. Muchos católicos, por el contrario, da la impresión de que no se atreven a dar su opinión, fundada en sus propias ideas. Menos aún si supone criticar ciertos modos de la Iglesia.
Nunca había pensado en esto: mi tibieza puede ser causa de la tibieza de otros. Más bien había pensado siempre que la tibieza era cosa de otros. Tal vez porque me habían parecido terribles las palabras del Apocalipsis: «Ojalá fueras frío o caliente; pero eres tibio… por eso voy a vomitarte de mi boca». Siempre atribuía a otros la tibieza…
Lo tenemos casi imposible. Si no somos conscientes los cristianos de que vivimos en un racionalismo estéril, no conseguiremos entender nada relacionado con Pierre. En la primera de estas tres cartas, por ejemplo, repite tercamente una frase que le dirige a su madre: «sé tierna, sé tierna, sé tierna». ¿Por qué esta insistencia? «Porque la gran desgracia de las sociedades que se llaman cristianas es la frialdad…», dice.
A veces, no nos enteramos, pero somos parte de un movimiento que podemos llamar «Aquí-Allá». Algunos pasan por la vida sin descubrir esto. Otros creen que se trata de una ocurrencia. Es un movimiento de «ida y vuelta». La iniciativa parte siempre de «Allá».
¡Cuánta luz en estas sencillas cartas de Pierre! En la primera, presenta dos modelos de lectura de lo misterioso que nos rodea y que llamamos Naturaleza. Los creyentes ven en ella la expresión del Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas. Los incrédulos reaccionan ante ella con escepticismo y suficiencia. Mientras se nieguen a llamar Dios al principio y origen de todo, andarán por un laberinto del que no ven ni la entrada ni la salida…
¡Tiene razón Pierre! Somos, a veces, de un absurdo increíble. ¡Estamos rodeados de misterios que nuestra razón no alcanza a ver y siempre apelamos al juicio de la razón, de nuestra razón! ¡Queremos comprender! ¡Y protestamos ante lo indemostrable! ¡Y ponemos el grito en el cielo si alguien osa decir, por ejemplo, que se comunica con nosotros desde el Más allá! ¡No puede ser! ¡Eso no está de acuerdo con nuestra particular razón!…
Después de hacer un himno sobre la Cruz del Hijo del Hombre, explica Pierre cómo entender la frase de Jesús: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”. Estas palabras, dice, hay que entenderlas en su contexto: “Mis palabras son Espíritu y Vida”. Los apóstoles no entendieron ni una palabra… El alimento celeste está simbolizado por su carne y por su sangre… Cristo era Espíritu y Vida del Amor de Dios. Esto se recibe en la comunión.¡Esto hay que leerlo despacio!…
¿Quién es el responsable del mal en el mundo? Dice Pierre que «los que son del mundo» tienden a echarle la culpa a Dios. Sin embargo, Dios no es el responsable. Cuando terminó la creación, vio que todo lo que había hecho «era bueno». La tierra toda, sin embargo, se corrompió por la voracidad feroz de todas las razas que llevó a la violencia de unos contra otros. El pecado de orgullo que engendra todos los vicios se instaló en la carne…
San Agustín entendió, en algún momento, que era tan importante recibir el Bautismo de agua, que llegó a decir que los niños que morían sin este Bautismo eran massa damnata, condenados al infierno… Pierre va a lo esencial del Bautismo: es signo del perdón, luz reformadora, realización de la promesa de Amor.
Dentro del colectivo de religiosas, me llamó la atención lo simples y complicadas que eran. Eran sencillas con los que no pertenecían a la comunidad. Entre ellas, complicadas. Tenían en cuenta cosas que, vistas desde fuera, resultaban completamente tontas: que si la Hermana tal era demasiado seria, que si la hermana cual se enfadaba por nada, que si la superiora era una mandona…






De pronto, un día me di cuenta de que estaba atrapado en dos cepos: el de lo nuevo y el de lo ingenuo. El primer cepo me llevaba a valorar las cosas por su novedad: si me sonaban a déjà vu, perdían para mí todo interés: «nada nuevo», me decía, y pasaba página. El segundo, me llevaba también a sonreír levemente y a pasar página.
Dos cosas llaman la atención. En la primera carta, lo que Pierre llama el método divino: ir paso a paso, dar a los hombres lo que están preparados para recibir. Dios envió primero a los profetas, para preparar el camino del Señor…
Esta carta empalma con la anterior: la posesión del Cristo no está reservada a los que viven en la Morada del Padre. Me parece que la Iglesia se ha quedado en eso de la Morada del Padre, pero en lo exterior: Primero Casas de Dios exteriores en catedrales y templos. Luego, morada exterior limpia para recibir la Eucaristía: ayuno de alimentos y agua, antiguamente; luego, confesión como rito mágico; luego, sentimentalismo en lugar de conversión… 
Los últimos años de Miguel fueron para mí todo un ejemplo. Había hecho muchas oraciones y sacrificios en el Opus de la primera época, pero cuando descubrió a Pierre, su vida cambió. Su música de fondo era la misma de Pierre: el Amor. De nada sirve la pompa de las catedrales o la austeridad de las iglesias vacías. ¡Amar muriendo a uno mismo! ¡Eso era lo importante! A esto se refiere Pierre cuando habla de seguir al Maestro hasta el Gólgota…
Hay una palabra en la primera de estas cartas que hay que reivindicar y explicar, porque tiene en Pierre una connotación distinta de la de cualquier diccionario: teosofismo. Etimológicamente, significa: “Sistema de los que pretenden que el hombre lo sabe todo, porque Dios late en el hombre” (Diccionario etimológico de helenismos españoles, Crisóstomo Eseverri, Pamplona, 1945).
El Dios de Pierre no tiene nada que ver con el Dios de santo Tomás de Aquino, el mayor teólogo de la Iglesia occidental. El Dios de Pierre hace que la vida y el Amor que en todas las criaturas existe en potencia se transforme en acto. Que nadie se asuste por este lenguaje. Lo vais a entender leyendo estas cartas de Pierre.
Esta carta sobre la Eucaristía es un tesoro. Tiene varias afirmaciones para no olvidar. Una: «Esta es mi Carne, esta es mi Sangre». Ojo, no es solo un símbolo. Es una realidad mística, es decir, relativa a una creencia superior a la razón (Le Petit Robert), una realidad que va más allá del símbolo: la comida espiritual del Reino de Dios.
Sabía perfectamente que, si decía la verdad, firmaba su acta de acusación. Sin embargo, cuando Pilato le preguntó: “¿Tú eres rey?” Él dijo: “Tú lo dices: Yo soy Rey”. ¡Dijo la verdad!, aunque sabía que los sacerdotes iban a utilizar contra él esta afirmación para decir a Pilato: “¡Si salvas a éste, no eres amigo del César!” ¡Uno imagina la escena y se queda de piedra ante la valentía de Jesús!
Resurrección-Puente.
Dice el P. Brune que el Concilio de Calcedonia del año 451, al definir que hay en Cristo dos naturalezas, una divina y otra humana, hace una apuesta sumamente fuerte y que se relaciona con una idea central del cristianismo que se ha perdido completamente en las Iglesias de Occidente: la divinización del hombre. Como a los teólogos de Occidente esto les parecía muy fuerte, hicieron una acomodación al lenguaje que ellos utilizaban y diluyeron prácticamente toda la fuerza del lenguaje de los Padres griegos.
Hace poco me decía un amigo, muy sensible a la vida espiritual: «Cada vez comprendo mejor a Pierre y me gusta más». Lo entiendo. Se va quedando con lo esencial. El Perfecto Amor, como llama Pierre a Jesús, se hace visible en un cuerpo igual al de los mortales para enseñarles las «verdades espirituales esenciales: El culto en espíritu».
En estas dos cartas, recuerda Pierre dos cosas fundamentales: que Jesús es todo amor, que es Dios y Hombre a la vez. Parecen demasiado sabidas, pero lee, verás.
En estas dos cartas, insiste Pierre en un tema importante: la oración. Se nos insiste mucho en la importancia de ésta, pero ¿cómo hacerla? Probemos. Nos damos dos normas: una, evitar oraciones “de memoria”; dos, poner un poquito de amor. Nos proponemos rezar un Padre nuestro y un Ave María.
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